Cuatro
—Y lo mejor de todo es que el suelo está incluido en el precio —dice Wouter, con total seriedad, después de hacer un recorrido para documentar todos los desperfectos.
No hay demasiados: algunos arañazos en el parqué y algunas grietas en las molduras—.
Eso sí, es una oferta exclusiva para ti.
No se lo cuentes a ninguno de mis futuros inquilinos.
Aquí, en el Grachtengordel, el cinturón de canales de la ciudad, las fachadas de los edificios están protegidas por la UNESCO, así que solo se permiten reformas interiores.
Aun así, muchas conservan gran parte del encanto del viejo mundo: puertas correderas con vidrieras que separan la cocina del salón, una chimenea, grandes ventanales a ras de la calle.
Esas ventanas están por toda la ciudad y no puedo evitar fisgonear en las casas de los desconocidos. No sé cómo alguien puede resistirse.
La lavadora secadora está empotrada debajo del lavabo del baño —«aquí hay que aprovechar el espacio como sea»—, pero aun así busco razones para decir que no.
Me acerco a mirar más de cerca las vidrieras de las puertas: un barco zarandeado por las olas, entre serpenteantes remolinos azules y verdes.
—Este lugar es una verdadera obra de arte.
—Sí, es muy especial —dice, en un tono que roza la devoción.
Siempre me he burlado de los hombres que miman sus coches o sus barcos, pero tal vez pueda entender lo que es enorgullecerse de algo hermoso, sobre todo si ha pertenecido a tu familia durante tanto tiempo—.
La casa es de mi abuela, pero ya no vive en la ciudad.
Siempre he deseado heredarla algún día y poder hacerle las mejoras que tanto necesita.
Habrás visto que muchas de las casas de aquí se inclinan hacia un lado u otro.
Como una boca llena de dientes torcidos.
Asiento y me ciño más el jersey. Aún no han encendido la calefacción.
—¿Y eso no es… peligroso?
—No. Las casas están tan pegadas, que se sostienen unas a otras.
Además, el ayuntamiento realiza inspecciones constantes para comprobar si es necesario reforzarlas.
El que estén algo inclinadas… —se acerca a la ventana y golpea el cristal con los nudillos—, en parte se debe a que las casas se construyeron sobre pilotes de madera, que se debilitan cuando la madera empieza a pudrirse.
¿Ves los ganchos que sobresalen de los tejados de esas casas al otro lado del canal?
Afuera ya ha oscurecido, pero aún puedo distinguir los detalles con la ayuda de una farola.
—La mayoría tienen escaleras empinadas y estrechas, incluida esta.
Hace siglos, no era práctico subir las pertenencias o mercancías por las escaleras, ya que muchas de estas casas pertenecían a comerciantes que vendían sus productos en la planta baja y vivían en el piso de arriba.
Así que colocaban esos ganchos para poder utilizar un…
—Se interrumpe y frunce el ceño—. Lo siento, solo conozco la palabra en neerlandés.
Katrolsysteem —dice, mientras con las manos hace como si tirara de una cuerda.
—¿Un sistema de poleas?
Él asiente.
—Está claro que nunca he tenido que usar ese término en inglés.
Tenían un sistema de poleas para subir los artículos a los pisos superiores.
Y las casas se construyeron con una leve inclinación hacia delante para evitar que chocaran con el edificio al subir.
—Cuando se vuelve hacia mí, todavía puedo ver el Prinsengracht reflejado en sus gafas—.
En fin. No me has pedido una clase de arquitectura.
—No pasa nada. Te juro que no me estás soltando un discurso paternalista sobre Ámsterdam. —Han pasado trece años y me sigue cautivando la pasión con la que habla de esta ciudad. Pero está siendo demasiado amable y no entiendo por qué—. En serio, el apartamento es perfecto. Más que perfecto.
—Y aun así veo que dudas.
Exhalo un suspiro; cada célula resentida de mi cuerpo me dice que era una mala idea.
—¿No crees que sería un poco raro que viviera aquí?
Él lo piensa un instante.
—No tiene por qué serlo. Podemos comportarnos como adultos, ¿no?
—Mi dolor de espalda dice que sí.
—Y mi incipiente calvicie también.
Intento no reírme. No quiero que sea tan fácil volver a hablar con él.
Nunca tuvimos problemas para comunicarnos, ni siquiera cuando evitábamos hablar de la atracción que sentíamos.
Él quería ver todos los lugares típicos de Los Ángeles: Rodeo Drive, el Paseo de la Fama y el Observatorio Griffith, y mis padres siempre estaban dispuestos a hacer de turistas.
Pero, cuando estábamos solos, yo me encargaba de planear el itinerario.
—Te aviso que esto no va a ser muy cultural —le dije una vez mientras arrancaba el coche, más o menos un mes antes de nuestro primer beso.
—Da igual, siempre y cuando podamos ir a In-N-Out después.
—Eso por descontado. Es todo un referente cultural —respondí—. ¿Qué vas a hacer cuando vuelvas a Ámsterdam y no puedas comerte una hamburguesa doble?
—Abrir mi propia franquicia, claro —dijo—. Ya es hora de que se expandan a Europa.
—Serás artista, empresario y cocinero. —Enarqué las cejas—. En cuanto aprendas a hacer patatas sin quemarlas.
Él soltó un gemido exagerado.
—Fue solo una vez. ¡Nada más!
Había intentado prepararle la cena a mi familia y aquello fue un desastre total: humo negro saliendo del horno y la alarma de incendios sonando a todo volumen.
Para ser justos, estuve distrayéndolo todo el rato, sentada en la encimera de la cocina mientras le ponía todas las canciones del Top 40 de los últimos cinco años para ver cuáles conocía.
Él sacudía la cabeza y reía, diciéndome que los Países Bajos no estaban en la Edad Media y que la gente seguía escuchando a Taylor Swift.
Esa noche le llevé en coche a la ciudad sumergida, el lugar donde hace casi un siglo un corrimiento de tierra arrastró las casas al mar, haciendo que el barrio fuera abandonado.
Mis padres no lo habrían elegido como uno de sus destinos diurnos, y por la noche resultaba casi espeluznante, con los aullidos de los coyotes rasgando el silencio.
Entre los grafitis y las ruinas, ese lugar era una fuente de inspiración.
El riesgo de saltar la valla, haciendo caso omiso de los carteles de prohibido el paso , valió la pena cuando se volvió hacia mí mientras estábamos sentados en una roca.
—Eres la mejor guía turística —dijo, con la boca cerca de mi oído. Y, a pesar de la cálida tarde de otoño, fui temblando durante todo el camino a casa.
Esta nueva versión de él apoya la cadera en la encimera de la cocina, hecha de granito de color crema con vetas grises. Bajo los potentes focos del techo, en lugar de la tenue luz de la cafetería, sus ojos se vuelven de un intenso color bronce.
—El favor sería mutuo. Así no tengo que arriesgarme con un completo desconocido.
—Aun así, gracias. Esto es más que generoso.
Lo veo morderse el labio inferior.
—¿No era generoso entonces?
La pregunta es bastante inocente, pero aparto la mirada de su boca, con las mejillas ardiendo por los recuerdos.
Lo era. Siempre lo fue.
—A lo mejor podrías considerarlo una ofrenda de paz —continúa—. Un nuevo comienzo.
No me desagrada la idea de un nuevo comienzo, sobre todo porque esa frase ha sido mi mantra desde que decidí marcharme de Los Ángeles.
Hasta que me doy cuenta de lo que este apartamento podría ser en realidad.
No solo una ofrenda de paz, sino un intento de comprar mi perdón.
Esa idea está teñida de vergüenza, una emoción familiar cuando se trata de Wouter. Me sentí tan avergonzada cuando todo acabó, creyendo que él era el amor de mi vida. Este es el hombre que me rompió el corazón, y ahora soy yo quien necesita su ayuda.
Pero, joder, quiero este apartamento.
Deambulo por la sala de estar y me paro delante de un cuadro enmarcado en el que una piscina ocupa casi todo el lienzo.
Al mirarlo más de cerca, veo que las figuras de la piscina no son personas, sino perros.
Un perro salchicha descansa sobre un flotador con forma de perrito caliente y hay un hombre sentado cerca, en una torre de socorrista.
—Me gusta. ¿Quién es el artista?
Él sacude la cabeza.
—Lo compré en alguna tienda local, no lo recuerdo, lo siento.
—¿Ya no te gusta el arte?
Es muy extraño haberlo conocido de forma tan íntima cuando teníamos diecisiete años y ahora no saber si aún pinta.
Recuerdo sus palmas tiznadas de carboncillo y una mancha de pintura en la uña del pulgar.
El Diseño de Experiencia de Usuario no es tan creativo como me gustaría, menos todavía cuando se trabaja para grandes empresas.
Esperaba que esta empresa emergente cambiara eso, y tal vez aún pueda hacerlo.
Este apartamento hace que quiera ser optimista.
Wouter se reúne conmigo frente al cuadro.
Puedo sentir su calor a mi lado, su cuerpo más alto junto al mío; esa barrera que antes cruzábamos con tanta frecuencia ahora bien podría estar hecha de hormigón.
Nos recuerdo lavando los platos en la cocina de mi familia, salpicándonos con espuma, riéndonos, pero sin tocarnos nunca. Un coqueteo doméstico.
—Me temo que no tengo tanto tiempo para ello como antes —dice.
—Así que todo eso del equilibrio entre la vida laboral y personal en Europa es un mito.
Una dura sonrisa se dibuja en su rostro mientras se apoya contra la pared, con esos anchos hombros cubiertos de pana verde. Tengo que echar la cabeza hacia arriba para mantener el contacto visual, y de repente pienso que puede que sí esté encendida la calefacción.
—No es un mito. Supongo que ahora tengo otros pasatiempos —repone—. ¿Y tú? ¿Sigues siendo…? ¿Cómo lo llamabas entonces?
Lo sabe perfectamente y solo está esperando a que lo diga.