Tres #3
—Me alegro mucho. Dales la enhorabuena de mi parte. —Me observa mientras vuelvo a coger la bolsa de hielo y la cambio de la rodilla a la cadera—. Puedo echarle un vistazo a tu pierna, si quieres.
Tardo un momento en darme cuenta de por qué me lo ofrece: es fisioterapeuta.
—¡No! —respondo tan alto que algunas personas vuelven la cabeza para mirarnos—. No hace falta. Seguro que no es nada, solo un par de moratones.
En estos momentos no estoy preparada para que Wouter, ahora un hombre hecho y derecho, examine mi cuerpo de adulta.
Y más con lo bien que le han sentado los años: se ha desarrollado de forma armoniosa.
Esas manos parecen capaces de aliviar el dolor de la misma manera que antes sabían esbozar un paisaje, justo antes de lamerse el índice para pasar de página.
Esas mismas manos que solían explorar mis piernas, mi cintura, mis caderas, con igual delicadeza y determinación. El pulgar en mi mandíbula. La palma en mi estómago.
—No sé yo si esto de ir en bici es lo mío —continúo, tratando de evitar que un rubor traidor cubra mis mejillas. «Malditos recuerdos»—. En fin, la verdad es que nada está yendo como esperaba. Y no hablo solo de esto de la bici. No quiero que suene como una crítica a tu ciudad, pero…
Frunce el ceño y una profunda arruga aparece entre sus cejas: ya le advertí de que le pasaría cuando teníamos diecisiete años.
—¿Qué quieres decir?
—Pues mira… —Y el dique se rompe antes de que el pensamiento racional pueda intervenir—. En el trabajo solo me encargan tareas rutinarias, y me da que no hay nadie más en mi equipo. Y… anoche se me inundó el piso.
Se queda inmóvil cuando se disponía a beber un trago de cerveza.
—Qué putada. ¿Tú estás bien? —pregunta—. ¿Y todas tus cosas? Sí, ya sé que eso no es lo principal, pero aun así… son importantes.
—He podido salvar casi todo, pero no creo que pueda seguir viviendo allí.
No entiendo cómo la gente consigue encontrar un piso en esta ciudad.
Algunos ni siquiera incluyen el suelo. —Como no me vendría mal que me diera algún consejo, busco en mi teléfono y le enseño un anuncio que dice: SIN AMUEBLAR, SIN SUELO—. ¿Qué significa eso? ¿Cómo es posible?
Wouter no parece sorprendido.
—Aquí es bastante normal. Claro que hay suelo, pero es de hormigón. La gente compra su propio suelo…, parqué, tarima, moqueta…, y luego se lo lleva a su siguiente apartamento cuando se muda.
—¿También hay que traer tu propio inodoro?
Wouter enarca las cejas mientras suelta una carcajada.
—No, eso ya sería pasarse.
—Me alegro de que mi calvario te resulte tan divertido —replico, pasándome una mano por la cara con un gemido—. Porque me siento la estadounidense más patética del mundo. Ya puedes darme un sombrero del Tío Sam y un cubo de alitas picantes, porque es imposible que consiga integrarme aquí.
Él deja de reírse y sacude la cabeza. Se queda callado un rato; su expresión parece indicar que está librando una batalla interna. Entonces posa un dedo en su vaso de cerveza y empieza a hacer un dibujo en la condensación, manteniendo los ojos fijos ahí en lugar de mirarme a mí.
—Danika…, a lo mejor puedo ayudarte.
«Danika».
Ya lo ha dicho un par de veces, pero, por alguna razón, no me he dado cuenta de verdad hasta ahora. Él era el único que me llamaba por mi nombre completo, susurrándolo contra mi piel con una dulzura que podía partirme en dos. «Danika, Danika, Danika. Ik hou van jou ».
Trago saliva con dificultad, tratando de borrar las imágenes que me vienen a la cabeza. Son demasiado vívidas, esas versiones de nosotros siguen atrapadas en el tiempo.
—Mi último inquilino tuvo que mudarse de forma repentina, así que… tengo un apartamento libre. El edificio es de mi familia.
—No podría… No podría quedarme contigo —balbuceo, incapaz de entender lo que me está contando.
—No, lo alquilo —explica, y su dedo sigue subiendo despacio por el vaso—. Está amueblado, así que la mayoría de mis inquilinos son de fuera. Yo vivo arriba. La entrada es totalmente independiente.
Recuerdo haber oído algo de esto. En aquel entonces, los Países Bajos me parecían un lugar idílico, de cuento de hadas: tulipanes, molinos de viento, Wouter.
Mis padres hablaban de vez en cuando de hacer un viaje familiar a Europa, pero tardaron años en pagar mis gastos médicos, y luego otros tantos recuperar una estabilidad económica.
Eso me provocó un sentimiento de culpa nada desdeñable.
Wouter saca el móvil del bolsillo y me enseña algunas fotos de un coqueto apartamento en la planta baja.
—Eso se sale de mi presupuesto.
—Te haré el descuento para estadounidenses patéticas —dice, y aparece por primera vez el hoyuelo. Apenas se ve, pero está ahí—. Aunque yo no creo que seas patética. Puede que hayas tenido mala suerte, pero la suerte siempre cambia.
Me inclino por seguir rechazándolo, porque es absurdo alquilar un apartamento al chico que vivía al otro lado del pasillo durante el mejor, y más tarde el peor, año de mi vida. Pero, por otra parte, no tengo muchas opciones. Ninguno de mis otros exnovios me ofrece un precioso piso ya amueblado.
—¿Y tú serías… mi casero?
—Sí, así es como funciona —responde. Acto seguido frunce el ceño con una expresión que no logro interpretar; quizá preocupación.
Hace mucho que perdí la capacidad de saber qué piensa—.
No invadiría tu privacidad. No suelo entrometerme en nada, a menos que alguno de mis inquilinos necesite algo.
—Por fin levanta la vista y me mira el tiempo justo para que un escalofrío recorra mi espalda, aunque podría atribuir f ácilmente al hielo de la bolsa que se va derritiendo despacio—. Apenas me verías.
Algo parecido a la esperanza prende en mi pecho.
—En ese caso… —digo, apurando el resto de mi cerveza. Ya sea el destino, el karma o una simple coincidencia, sería imbécil si dijera que no sin verlo primero—. Supongo que puedo echarle un vistazo.