Tres #2
La furia, que durante tanto tiempo había sepultado, se revuelve en mi estómago.
Antes de que él se fuera de Los Ángeles, habíamos hecho un plan.
Llenos de cándido optimismo, pensamos en mantener una relación a distancia hasta que pudiéramos reunirnos.
Tal vez yo pudiera ir a estudiar allí o él volver aquí, o pasaríamos juntos las vacaciones de verano e invierno.
La distancia era un inconveniente, pero estábamos decididos a ponerle solución.
Y entonces, pocos días después de llegar a casa, cuando ya había tenido tiempo suficiente para recuperarse del jet lag , me envió un mensaje muy breve que dividió mi vida en un antes y un después.
He estado dándole muchas vueltas desde que volví y no creo que esto vaya a funcionar. Necesito estar con alguien que tenga un poco más de ambición. Lo siento mucho. Gracias por todo.
Como si darme las gracias hiciera que fuera menos cruel. O si ser educado fuera a conmoverme hasta el punto de hacerme olvidar lo que en realidad estaba diciendo.
«Gracias por todo» .
Seis meses de secretismo, y ni siquiera tuvo las agallas de llamarme por teléfono. Lo intenté una y otra vez, pero nunca contestó. No fue capaz de decírmelo a la cara, lo que debía significar que yo no le importaba tanto como él a mí.
El desengaño fue algo brutal y devastador. Recuerdo que entré hecha un mar de lágrimas en la habitación de Phoebe en la universidad. Ella me arropó con una manta y me abrazó, meciéndome hasta que dejé de llorar.
Juré que jamás volvería a permitir que nadie tuviera tanto poder sobre mí.
En cuanto empezó el curso, me puse a salir con un chico del equipo juvenil de fútbol.
Le dejé antes del baile de otoño porque noté que estaba perdiendo interés.
Desde entonces, siempre he sido yo la que ha puesto fin a las relaciones antes de que la otra persona decidiera dejarme.
Cualquier cosa con tal de no volver a sentir ese vacío.
Wouter tomó la salida fácil. Fue un cobarde, pero tenía toda la razón.
Él sí era ambición, impulsado por las altas expectativas de sus padres.
En cambio, a los míos parecía bastarles con que estuviera viva.
No me exigían nada, cuando alguna vez sacaba un aprobado raspado, se encogían de hombros y me decían: «Lo harás mejor la próxima vez».
Pasaba de un hobby a otro y lo único que hacían era sonreír y aplaudir.
Estaba perdida, y la mayoría de los días siento que sigo igual.
—Estoy…, bueno, ahí voy. —Al parecer, esa es la mejor manera de describirlo.
¿Cómo te pones al día con alguien cuando ha pasado tanto tiempo?
¿Cuando esa persona era una parte tan importante de tu vida y de repente…
desapareció? Me aclaro la garganta y lo intento de nuevo—. Las últimas semanas han sido moviditas.
—¿Has dicho que estás aquí por trabajo?
Asiento con la cabeza y me vuelvo a colocar la bolsa de hielo.
—Soy diseñadora de Experiencia de Usuario en una empresa emergente de tecnología financiera.
—Quién iba a decir que acabarías en Ámsterdam después de tanto tiempo.
—Su entusiasmo inicial se ha desvanecido, y ahora parece algo inquieto.
Siempre que movía las manos con nerviosismo en el regazo como ahora, pensaba que era porque no las tenía ocupadas con un Faber-Castell.
Ahora me pregunto si es porque recuerda lo mal que acabamos.
Llegan dos cestas a la mesa y Wouter parece encantado de tener algo que hacer. Señala las bolas de masa frita que hay en una de ellas.
—Aperitivos tradicionales neerlandeses. Bitterballen , y esto son kaasstengels , palitos de queso. Espero que te guste la comida frita. —Entonces parece que le viene algo a la cabeza—. Pero tú eras más de dulce, ¿verdad? Si quieres puedo pedir…
—No hace falta. Está bien así. —Aunque es cierto que prefiero comerme un postre a cualquier hora del día, me inquieta que él recuerde esto de mí. Debería haber renunciado a su derecho a esos detalles, por triviales que sean, en el momento en que decidió que todo había terminado.
Muerdo una de las bitterballen , y aunque casi me quemo la lengua, está tan buena que me da igual. Sabrosa, caliente y bien crujiente. Me acerca una pequeña taza de mostaza y el siguiente bocado es aún mejor, aunque se produzca entre nosotros un incómodo silencio.
—Te confieso que todos estos años he pensado que me atacarías con un hacha si alguna vez volvíamos a vernos —dice.
—No, solo con una bicicleta.
De su garganta sale algo a caballo entre un gemido y una risa mientras se lleva la mano a la frente, subiéndose las gafas.
—Tenía diecisiete años y era un idiota. Me lo habría merecido.
Espero a que continúe, sorprendida de que saque el tema, ya que tener diecisiete años y ser un idiota no lo justifica todo. Con esa edad ya sabíamos lo que era el amor.
—Aunque pensándolo bien… —dice, con la mirada fija en su bebida—, está claro que aquello no fue… lo que ninguno de los dos pensaba que era.
Me atraganto con un palito de queso, convencida de que no he oído bien.
«No fue lo que ninguno de los dos pensaba que era».
Él fue quien me hizo daño, ¿y ahora resulta que se lamenta de que no estuviera a la altura de sus expectativas?
—¡Eso es lo que pasa cuando dos idiotas se juntan!
—suelto en el tono más animado que consigo fingir, incluso con una sonrisa forzada, como si estuviéramos compitiendo por ver a quién se le partió el corazón en más pedazos.
Ni en un millón de años podría reclamar ese título.
No cuando fue él quien empuñó el cuchillo—.
Pero, bueno, hace mucho tiempo de eso. Menos mal que hemos madurado.
Me muero de ganas de pedirle que me dé más explicaciones, pero no sé cómo hacerlo sin demostrar justo lo que él sospecha: que sigo siendo la chica inestable e insegura de entonces.
—Exacto. Para qué remover el pasado.
Perfecto. Después de tanto tiempo sin saber del otro, estaba claro que no íbamos a analizar a fondo nuestra relación.
Mantendremos una charla educada y superficial para ponernos al día y después cada uno por su lado.
Yo volveré cojeando a mi mazmorra y él se irá pavoneándose a casa con su alta novia neerlandesa, que hace que montar en bicicleta parezca fácil.
O con su mujer.
O con sus hijos.
Dios mío . ¡Vete tú a saber!
—¿Y qué tal tú? —digo, tirando de las mangas de mi jersey para taparme las manos, todavía frías por la bolsa de hielo—. ¿A qué te dedicas?
Moja una bitterbal en mostaza, y no se me escapa que ambos estamos haciendo todo lo posible por no mojar dos veces.
—Soy fisioterapeuta.
La sorpresa es mayúscula, y casi tengo que pedirle que lo repita.
Si algo podía frenarme en seco mientras intentaba reprogramar mi imagen de Wouter van Leeuwen, era esto.
Todos los demás recuerdos que tengo de él están ligados a su amor por el arte.
Una de sus razones para participar en el programa de intercambio fue la de mejorar su expediente universitario, aunque estaba claro que sus padres creían que el tiempo que le dedicaba al arte era un desperdicio.
Querían que tuviera una carrera estable, algo con un sueldo fijo.
Llevaban media vida en Ámsterdam y se codeaban con las familias más influyentes de la ciudad, aquellas cuya historia se remontaba a la Edad Media.
Deseaban poder presumir de tener un hijo médico, abogado o ingeniero, no de su artista muerto de hambre.
Yo estaba tan cautivada por su talento, que tenía una fe ciega en él. Si alguien podía triunfar en un campo creativo tan impredecible, ese era él.
—¿Eso estudiaste? ¿Fisioterapia?
—Me saqué la carrera y el máster. —Y al ver que parezco impresionada, añade—: Aquí es habitual tener un máster. Es muy asequible.
—Educación superior asequible, qué maravilla —repongo, con otra sonrisa forzada—. Tus padres deben de estar orgullosos. Era justo lo que querían, ¿verdad? Algo importante, serio.
No pretendo que mis palabras suenen hirientes, pero puede que él las perciba así, porque de repente se pone tenso y aprieta los labios.
—Sí —confirma, y su voz suena hueca. Cuando desvía la mirada, sus pestañas rozan las lentes de sus gafas—. Lo están.
Un millón de preguntas se agolpan en mi cabeza: ¿Por qué cambiaste de idea? ¿Por qué renunciaste al arte? ¿Alguna vez me echaste de menos? Yo a ti sí, y durante mucho más tiempo del que me gustaría reconocer.
—¿Vives por aquí? —pregunto en su lugar. Manteniéndolo superficial. Seguro.
—A solo unas calles, en el Prinsengracht.
—Me gustaría decir que sé dónde está, pero…
Él se ríe, pero la risa no se refleja en sus ojos.
Es una risa educada, distante. No es una de sus risas espontáneas y sinceras, de esas que le sacudían los hombros y hacían que se tapase la cara porque no sabía si algo debía resultarle gracioso o no.
Yo le levantaba la barbilla para poder mirarle, sobre todo ese hoyuelo que solo aparecía cuando se reía de verdad. «Deja que te vea», le decía.
—Aquí todos los canales tienen nombre —dice Wouter—. El Prinsengracht es uno de los principales y significa «Canal del Príncipe».
—Lo añado a mi lista de cosas básicas que ya debería saber.
—Cuesta adaptarse —dice—. Lo sé por experiencia, porque yo hice lo mismo, pero al revés. ¿Cómo están tus padres? ¿Y Phoebe?
Recuerdo lo que me dijeron mis padres por teléfono a principios de semana. «Puedes volver a casa cuando quieras» . Como si estuvieran esperando a que decidiera que Ámsterdam es demasiado para mí.
—Están bien. A mis padres les ha dado por el kayak, así que se pasan la mayor parte de los fines de semana en el agua.
Todos pensábamos que se comprarían uno y que acabaría muerto de risa en el garaje, pero nos han tapado bien la boca.
Phoebe tiene una librería independiente y le va genial.
Se casó hace unos años y su mujer está embarazada.