Lo que pasa en Ámsterdam Tres
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Tres

Wouter van Leeuwen, mi primer amor y mi primer todo, me devuelve la mirada mientras nuestras bicicletas yacen en un amasijo entre los dos.

Sus anchos hombros llenan su impermeable; sus botas Blundstone grises están desgastadas por el paso del tiempo.

Es casi el chico que recuerdo: cabello rubio, más oscuro en las raíces, y una barba incipiente más poblada que a los diecisiete años.

Ojos color avellana oscuro, que tan bien sabía plasmar él en un autorretrato mientras que yo era incapaz de dar con el color exacto.

Gafas redondas de montura metálica salpicadas por la lluvia, un poco torcidas. Y algunas pecas a lo largo de la nariz.

Esto no puede ser real. Pero es lo único en las últimas dos semanas que tiene algún sentido. ¿Minitortas neerlandesas? ¿Perros viajando en las cestas de las bicis? Todo inventado.

Wouter van Leeuwen, con su boca suave y su expresión perdida, el chico —el hombre— al que nunca he podido perdonar.

Tan real que resulta doloroso.

Él reacciona antes que yo. Me ofrece su enorme mano para ayudarme a levantarme, y luego se apresura a arrastrar nuestras dos bicicletas hasta la acera con la rapidez de un recogepelotas en Wimbledon.

—¿Qué haces tú aquí? —pregunta una vez que ya no bloqueamos el tráfico.

Ahora su voz se cuela en los rincones de mi cerebro donde habitan los buenos recuerdos.

Debería haberla reconocido en el acto; incluso con trece años de diferencia, nunca pensé que olvidaría el sonido de la primera voz que me dijo «Te quiero».

En inglés y también en neerlandés.

Me abrazo más fuerte a mi chaqueta, pero no sé si tengo demasiado calor o demasiado frío.

—Por lo visto, intentar echarte de la carretera. —Pero la broma no resulta tan divertida. Estoy demasiado conmocionada y me duele muchísimo la pierna derecha—. Yo… ¡Joder! Lo siento. Intento asimilarlo.

Wouter van Leeuwen sigue viviendo en Ámsterdam. Wouter van Leeuwen está aquí, justo delante de mí, después de las promesas que nos hicimos, de su cruel ruptura…, y antes de todo eso, de una relación que debíamos mantener en secreto.

A pesar de todo el caos que he causado en cinco minutos, Wouter esboza una sonrisa. Como si se alegrara de verme, cuando la sensación que recorre mi cuerpo es más bien de pánico y terror, con una pizca de conflicto sin resolver por encima.

—Estás… —Su voz se apaga, como si acabara de fijarse en las pintas que llevo: casi parece que me hayan rescatado de un canal. Y se sonroja al notar que se ha quedado mirándome más de la cuenta—. Vaya —concluye, y no sé muy bien cómo interpretarlo—. ¿Cuánto tiempo te quedas?

—Vivo aquí —respondo—. Trabajo en una empresa emergente. Hoy hace justo una semana.

Su sonrisa da paso a la más absoluta incredulidad.

—¿En serio vives aquí? ¿En Ámsterdam? ¡Madre mía!

Pues mira, hay una cafetería que me encanta en la calle de al lado.

Te invito a una copa y me lo cuentas todo, ¿vale?

—Asegura su bicicleta en un aparcamiento y hace lo mismo con la mía.

De repente me veo siguiendo a Wouter van Leeuwen calle abajo, cojeando con mi pierna lesionada mientras él sacude la cabeza y murmura—: Danika Dorfman. No me lo puedo creer.

La cafetería está decorada como si fuera una sala de estar, con mullidos sillones que no combinan, una pared llena de estanterías con libros y música rock suave de los ochenta de fondo.

Wouter le pide algo en neerlandés a la camarera mientras nos sentamos en una mesa vacía en el rincón, y ella vuelve con una bolsa de hielo, dos aguas y unas tiritas.

—Estoy bien, de verdad —digo, plenamente consciente de que tengo al menos tres heridas abiertas.

Pero Wouter solo enarca las cejas al ver el lamentable estado de mis pantalones.

Así que me rindo y me pongo la bolsa de hielo en la rodilla.

Con la otra mano, me aparto el pelo húmedo de la cara.

Ahora tengo una dosis moderada de vanidad, sobre todo desde que hice las paces con mi marca de nacimiento.

Pero siempre que imaginaba cómo sería reencontrarme con Wouter, estaba mucho más atractiva que ahora. Y me había duchado, eso por descontado.

He ensayado infinidad de veces qué le diría. Le he maldecido como si estuviera lanzándole un hechizo. Puede que hayan pasado diez años, pero cada relación que he tenido, cada vez que he dudado de mí, todo se remonta al año en que solo existíamos nosotros dos.

Y, a pesar de todo, las palabras que salen de mis labios son:

—¿Te has hecho daño?

Porque, aunque le guarde rencor, el accidente ha sido culpa mía.

—Un par de rasguños. —Limpia los cristales de las gafas con la camisa—. No es para tanto.

¡Esto es surrealista! Todavía me cuesta creer que esté sentado enfrente de mí, y sigo intentando reconciliar a este hombre con el chico que conocí.

Sus rasgos tardan en volverse nítidos, como un dibujo a lápiz que cobra vida.

Cuando consigo respirar con calma y bebo un trago de agua, por fin empiezo a mirarlo con atención.

A los diecisiete ya era mono, con ese hoyuelo en una mejilla y las gafas que siempre se olvidaba de ponerse, por lo que a veces iba sin ellas, y tenía que entrecerrar los ojos para mirar su bloc de dibujo.

«Te va a salir una arruga ahí», le decía, posándole el pulgar en el entrecejo.

Él me agarraba el dedo y se lo llevaba a los labios.

Ahora no se puede negar que es guapo , sobre todo cuando se quita la chaqueta y deja al descubierto una camisa verde que resalta el color de sus ojos.

Veo alguna que otra cana en la áspera barba incipiente que le cubre la mandíbula y la barbilla, y junto con las pequeñas arrugas en el rabillo de los ojos, le da un aspecto maduro y sereno.

Una vez pinté esas suaves pecas con pintura, convirtiendo su rostro en una obra de arte, aunque ya lo era.

Y sus manos… Me enamoré perdidamente de sus manos.

El tiempo solo se ha portado mal con él en una cosa: su cabello empieza a clarear en la zona de la coronilla.

No puedo evitar preguntarme si le acompleja, aunque no parece haber afectado a su confianza.

Estira sus largas piernas y se apoya en el respaldo de su asiento, irradiando una seguridad que envido al instante.

Tener la desfachatez de estar tan guapo y tan relajado después de tanto tiempo es una auténtica crueldad.

Mis padres siempre habían querido acoger a un estudiante de intercambio, pues les entusiasmaba la idea de aprender de ellos tanto como ellos aprenderían de nosotros.

Cuando yo tenía diecisiete años y Phoebe estaba en la universidad, rellenaron todas las solicitudes y asistieron a todas las charlas, y acabaron asignándoles a un estudiante de los Países Bajos.

Wouter y yo teníamos la misma edad, y enseguida me pareció diferente de los chicos con los que iba a clase.

Más mayor, en cierto modo. Intentaba imaginarme viviendo en el mismo lugar en el que vivieron Van Gogh, Rembrandt y Vermeer, cautivada por toda esa energía creativa concentrada en un país tan pequeño.

Me sorprendía la gran independencia con la que se había criado; iba a todas partes en bicicleta desde que era pequeño, a menudo solo y siempre sin casco.

Mis padres no lo entendían, por más que Wouter les explicara una y otra vez que era algo normal en los Países Bajos.

Cuanto más tiempo pasábamos juntos, más me daba cuenta de que mis sentimientos eran más profundos que el simple hecho de encontrarlo interesante.

No podía dejar de pensar en su cabello revuelto, su suave acento y sus manos manchadas de tinta.

Cuando nos cruzábamos en el pasillo, su camiseta rozaba la mía y a mí se me aceleraba el corazón.

A veces me quedaba dormida en el sofá mientras hacía los deberes, y él me arropaba con una manta.

Era una tortura que él durmiera en la habitación de enfrente, a solo unos metros de distancia. Estaba prohibido.

Pero juré que jamás haría nada al respecto. Mis padres me habrían castigado de por vida, y supuse que Wouter no quería poner en peligro su programa de intercambio liándose con la hija de la familia que lo acogía.

Pero esos sentimientos no desaparecían. Me ponía los pantalones más cortos que tenía para estar por casa, le llevaba a mis lugares favoritos de Los Ángeles, me quedaba hasta tarde viendo películas con él. Si no podíamos estar juntos, al menos podíamos ser inseparables.

Una tarde de diciembre, mientras él estudiaba y no había nadie más en casa, llamé a la puerta de su habitación. Sus apuntes estaban llenos de dibujos. Una puesta de sol. Un caballero montado a caballo.

—Dibújame algo a mí —le pedí, armándome de valor mientras me colocaba junto a su mesa y le ofrecía mi brazo.

Él se sonrojó, se dio unos golpecitos en la barbilla con el bolígrafo y luego lo acercó a mí.

Deslizó la punta por mi piel, de peca en peca, formando líneas curvas que evocaban las olas del mar. Una marea azul a bolígrafo.

—¿Qué te parece? —me preguntó mientras yo lo miraba.

Seguía tocándome, moviendo el pulgar en círculos sobre mi palma.

Ya estaba perdida. El resto de la noche transcurrió como una serie de imágenes vertiginosas: mi mano en su mandíbula, sus dedos recorriendo mis piernas desnudas.

Nos besamos hasta que la puerta del garaje vibró debajo de nosotros.

Y esa noche, cuando me metí en la cama, apreté mi antebrazo tatuado contra mi pecho.

Sabía que no debíamos hacerlo, pero durante los siguientes seis meses, seguimos adelante.

—Vaya —dice de nuevo ahora, después de que el camarero nos traiga un par de cervezas—. ¿Cómo estás? Quitando el accidente, claro. —Sigue conservando ese ligero acento neerlandés, que suaviza sus palabras.