Dos #2
—Encantada de conocerte. Soy Charlotte, de Recursos Humanos. —Tiene acento británico—. ¡Siento que no haya nadie aquí para recibirte! Por desgracia, perdimos a nuestro recepcionista a principios de mes y aún no hemos podido buscar un sustituto.
Me encanta la ambigüedad de la expresión «perdimos a nuestro recepcionista»: podría haber dimitido, fallecido o desaparecido en el bosque sin dejar rastro. Charlotte no da más detalles.
—No pasa nada. ¿Está Yesenia hoy? Es quien se ha encargado de mi contratación.
Charlotte hace una mueca y baja la voz:
—Creía que te lo habrían dicho. Ella… se fue la semana pasada.
—Abre los ojos como platos al darse cuenta de que, en cuestión de treinta segundos, le ha contado a una nueva empleada que dos empleados han dejado la empresa en un breve espacio de tiempo—.
Pero son casos muy diferentes, una nueva oportunidad; ya sabes cómo es esto.
¡Pero que no cunda el pánico! Estoy aquí para guiarte, y creo que te entenderás a las mil maravillas con todo el mundo. Es un equipo muy internacional.
—Me alegro de oírlo. Es estupendo estar por fin aquí, en… CommerX. —Me trabo un poco con el nombre.
—Genial —responde, con otra amplia sonrisa que deja ver bien su dentadura.
Charlotte me conduce hacia el interior de la oficina, señalando las hileras de mesas.
La mayoría están desocupadas—. Aquí somos partidarios de compartir mesa.
Cosas de las oficinas modernas. Puedes sentarte donde más te apetezca.
La sigo mientras me enseña la sala de conferencias, la pequeña cocina y el baño que compartimos con la otra empresa de la planta.
Por suerte, parece que he llegado un poco pronto, y cuando empiezan a llegar los demás, Charlotte me presenta a todos. A Natalia, de Turín. A Mehmet, de Estambul. A Beatriz, de un pequeño pueblo al norte de Lisboa.
—Los directivos están fuera de la ciudad tratando de conseguir más financiación —explica Charlotte cuando regresamos a las mesas después del pequeño recorrido—.
Te van a caer genial. Son todos brillantes.
¡No es de extrañar que la gente esté loca por invertir!
—Detecto cierta tensión en su voz, aunque casi logro convencerme de lo contrario—.
Como puedes ver, somos una empresa pequeña.
Aquí todos echamos una mano. Habíamos pensado que podrías empezar por algo más de tipo administrativo.
—Claro. —Me esfuerzo por no perder la sonrisa—. ¿Qué tienes en mente?
Resulta que ser recepcionista. Atender el teléfono, que solo suena una vez y porque se han equivocado de número; trabajar en algunos cursos digitales para nuevos empleados, y bajar a por café unas cuantas veces.
Al mediodía, cuando hay un gran ajetreo en la sala de conferencias, cierro mi portátil y me dispongo a levantarme.
—No hace falta —dice Charlotte con desenfado—. Solo es una reunión rápida por Zoom con el consejero delegado.
Mi mente divaga entre cursos básicos de PowerPoint sobre nóminas y principios corporativos.
Al final del pasillo hay una pequeña ventana desde la que alcanzo a ver una tienda de Uniqlo.
Algunos grupos de turistas hacen cola frente al Museo Madame Tussauds para guarecerse del mal tiempo.
También veo pasar el tranvía, pero no oigo nada porque, tal y como Charlotte me ha dicho con entusiasmo, estas ventanas son de doble acristalamiento y apenas dejan pasar ni un ruido.
Una extraña sensación se instala en lo más profundo de mi estómago, y hago todo lo posible por hacerla desaparecer.
Solo es el primer día. No esperaba que me incluyeran en las reuniones nada más llegar, y aunque tampoco es que me apetezca demasiado estar en esa sala de juntas al final del pasillo, no sabría decir qué preferiría estar haciendo.
Después de cómo terminó mi anterior empleo, estoy casi convencida de que el problema soy yo.
Podría decir que fue un error enamorarme de un compañero de trabajo que me ponía los cuernos, pero reenviar todos esos correos electrónicos que me había enviado antes de que le pillara no fue ningún descuido.
Los discretos. Los cursis que no podía leer sin sentir vergüenza ajena.
Los claramente explícitos, aunque solo había un par de esos.
Puede que guardar rencor sea ruin, pero sin duda me sentó de maravilla, y en esos momentos de rabia, me pareció la única forma de recuperar algo de control.
Pero lo único que recibió él fue un tirón de orejas y a mí me acompañaron de forma amable a la salida y me pidieron sin rodeos que entregara mi tarjeta de acceso y no volviera a poner un pie en las instalaciones.
—No lo entiendo —dijo mi amiga Nora cuando quedamos para almorzar una semana antes de mi partida.
Su hijo pequeño gritaba que quería más sirope mientras ella mecía a su recién nacido en un portabebés—.
Creía que Jace y tú estabais pensando en iros a vivir juntos.
¿Y ahora te mudas a la capital mundial de la marihuana?
—También de los molinos de viento —repliqué mientras su hijo pequeño me lanzaba un trozo de tortita a la cara—. Y del queso.
Eso no ayudó a que lo entendiera. Quizá ni yo misma lo entendía del todo. Solo sabía que me sentía estancada, como si todo el mundo avanzara hacia nuevos y emocionantes derroteros y yo estuviera atrapada en ámbar.
Pero hasta ahora no he visto ningún molino de viento, y el único queso que he probado es el que viene rallado y envasado en una bolsa de plástico.
Charlotte deja un montón de papeles sobre mi mesa con un ruido sordo y siniestro.
—Si tienes un momento, ¿podrías organizarlos por orden cronológico? —Y como sé que debería estar agradecida por estar aquí, le digo que sí.
El viernes por la mañana me levanto de la cama y planto el pie de lleno en un charco de agua fría. Busco a tientas el interruptor que hay junto a mi cama. La tenue luz me deja ver lo justo para despertarme por completo.
Todo el apartamento está inundado y solo hay un culpable.
— Mierda. —Agarro el cargador de mi móvil, que cuelga del enchufe—. ¡Mierda, mierda, mierda!
Anoche me metí en la bañera del dormitorio porque había sido una semana larga y quería relajarme un rato.
Casi había hecho las paces con esta mazmorra: compré un par de lámparas nuevas y una manta barata para cubrir el sofá, donde como siempre porque no me fío de la mesa del comedor.
El agua no colaba demasiado rápido. Llegó un punto en que no sabía si el desagüe tragaba o no, pero pensé que podía dejarlo así y que ya se vaciaría durante la noche.
Y, en cierto modo, supongo que lo ha hecho. En el suelo.
Engancho los vaqueros empapados de ayer y los lanzo a un rincón seco antes de ir pitando al armario del pasillo a por unas toallas. La bañera, que sigue teniendo una cuarta parte de agua, emite un gorgoteo derrotado.
Meto a toda prisa en la maleta la ropa que no está mojada y me obligo a respirar.
Tomo aire durante cuatro segundos, aguanto la respiración durante siete y lo suelto durante ocho.
Tal y como me enseñó una terapeuta hace años, durante las semanas en las que me desconecté por completo del resto del mundo.
Luego envío un mensaje a la agencia de alquiler con la que Yesenia me puso en contacto antes de dejar CommerX para emprender su nueva y emocionante aventura.
«O tal vez se dio cuenta de que estaba en un barco que se hundía», susurra una vocecita en el fondo de mi mente.
Me preparo para suplicar. Me pongo una sudadera con capucha y llamo a la puerta de mi vecina.
—Hola, lo siento. Sé que es temprano —digo cuando Iulia abre la puerta—. Espero no haberte despertado. Se me ha inundado el piso y… supongo que esto no es lo que imaginabas cuando me ofreciste ayuda, pero… no sé qué hacer.
Iulia se agarra la bata que lleva encima del pijama, todavía medio dormida, y abre los ojos de golpe.
—¡Pobrecita! Claro que sí, lo que necesites. —Abre la puerta y se ofrece a guardarme la maleta mientras decido qué hacer—. Te juro que Ámsterdam no suele recibir así a los recién llegados.
—Muchas gracias. Te debo una. —Se lo repito un millón de veces más por si acaso, mientras intercambiamos el número de teléfono.
Meto todo lo que necesito para el día en mi mochila y me visto en el baño de Iulia, pero no me atrevo a preguntarle si puedo usar su ducha.
Como la agencia de alquiler no abre hasta las nueve, cruzo la calle y me pillo un café con leche y un croissant en la cafetería (una de verdad, no en un coffeeshop ).
Mientras desayuno, echo un vistazo a los anuncios de apartamentos. Por si acaso.
Y no son nada baratos.
Después de diez minutos, estoy convencida de que el apartamento del sótano era poco menos que una ganga del mercado inmobiliario de Ámsterdam.
Le envío un mensaje de pánico a Phoebe y me quedo esperando respuesta, hasta que caigo en la cuenta de que quedan al menos seis horas para que se levante. Todavía no me acostumbro a compartir solo la mitad del día con mi hermana, y la verdad es que no me hace ninguna gracia.
El lado positivo es que, después de dos semanas, ya no es de noche cuando suena el despertador, aunque el día haya vuelto a amanecer gris y lluvioso. Parece que hubieran mojado un pincel en agua y hubieran borrado todo el encanto de la ciudad, porque ahora mismo yo no se lo veo por ninguna parte.
La agencia inmobiliaria no me responde hasta después de comer.
—Todas nuestras otras propiedades están ocupadas en este momento —me dice el chico por teléfono—. Podemos enviar a un fontanero mañana por la mañana, pero es un edificio muy antiguo. Lo mejor es que no utilice el agua hasta la semana que viene.
—¿Y qué me recomienda que utilice en su lugar? —pregunto, y tal vez sea la barrera del idioma, pero se limita a repetir la frase anterior, solo que más despacio.
Al final de mi jornada, después de otra reunión a la que no me han invitado, me acerco a la mesa de Charlotte.
He tenido algunos trabajos de mierda —como aquel verano, mientras estaba aún en el instituto, que pasé repartiendo folletos para una peluquería canina ambulante vestida de San Bernardo, o la empresa que prohibía que dos miembros del equipo cogieran vacaciones al mismo tiempo—, pero seguro que CommerX tiene algo más que ofrecer.
—Me preguntaba si hay alguna tarea relacionada con los productos en la que pueda echar una mano —digo—. O si podría hablar con los otros diseñadores del equipo.
Charlotte me dijo el lunes que teletrabajan, pero de repente empiezo a dudar si esa es la única razón por la que aún no los he conocido.
Empiezo a preguntarme si de verdad existen.
—La semana que viene —responde con una sonrisa forzada—. Te lo prometo.
Justo cuando salgo de trabajar, Phoebe me envía un mensaje cargado de insultos y emojis dedicados a mi casero, y me pregunta si estoy libre para hablar durante su pausa para comer.
Aquí son las diez de la noche, y aunque no suele ser mi hora de acostarme los viernes por la noche, esta mudanza me ha echado cuarenta años encima de golpe.
Ha anochecido, todo está mojado y la resignación pesa como una losa en mi pecho mientras me dirijo a mi bicicleta. Algún imbécil ha tirado unas botellas de cerveza vacías en la cesta. No, descubro al coger una y salpicarme la manga con líquido: no están vacías.
Ahora la arquitectura de Ámsterdam parece burlarse de mí.
Todos los edificios tienen la misma altura y no hay nada en el horizonte.
Me había acostumbrado tanto a ver las montañas de San Gabriel que acabo de darme cuenta de lo poco que lo valoraba.
Aquí el paisaje parece sombrío. Desolado.
Tengo los dedos congelados en el manillar y el frío me corta la cara.
Si siguiera en Los Ángeles, ahora mismo estaría atrapada en el tráfico, puede que yendo a cenar con Phoebe, o quizá habría vuelto a las aplicaciones de citas y estaría esperando en un bar de copas para encontrarme con una cita que acabaría siendo una decepción.
Hasta eso me parece más apetecible que volver en bicicleta a un piso inundado.
Podría permitirme una o dos noches en un hotel, pero ojalá pudiera explicar por qué me parece que eso es rendirse.
Lo único que quiero ahora mismo es un poco de paz. Algo de calor, comodidad y un triturador de basura. Las cosas que dejé atrás en California porque me convencí de que la única solución a mis problemas era irme a vivir a la otra punta del mundo.
Tan absorta estoy autocompadeciéndome que no me doy cuenta de que el semáforo se ha puesto en rojo.
Esta vez choco de lleno contra un ciclista que viene en dirección contraria y ambos caemos al suelo.
Algo duro se me clava en la cadera y me raspo la rodilla al caer. Mi ropa mojada por la lluvia toca el empapado pavimento. El otro ciclista empieza a despotricar en neerlandés. No me hace falta hablar el idioma para saber que está cabreado, pero pillo una palabra: «turista».
—Lo siento, lo siento, lo siento —digo, entrecerrando los ojos, con el pelo mojado pegado a la cara por el choque, e intentando ignorar el dolor agudo en la cadera.
Otra retahíla en neerlandés, algunas palabrotas en inglés y de repente:
—¿Danika?