Lo que pasa en Ámsterdam Dos
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Dos

Está claro que quien acuñó la frase «Es como montar en bici» no lo hizo en Ámsterdam, en plena hora punta y lloviendo a cántaros.

Este es el país con las personas más altas del mundo, y yo no mido más que un metro y medio, algo que acabo de descubrir y que basta para que la mayoría de los propietarios de tiendas de bicicletas se me queden mirando como si yo les supusiera un reto para el que nadie los ha preparado.

—Esta es una omafiets —me dijo el chico de la tercera tienda en la que probé suerte, un lugar de alquiler por suscripción con una cuota mensual—. Una bici para yayas.

Me quedé a cuadros. ¿Lo decía por mi maña para montar en bicicleta o por mi careto?

Y la verdad es que razones no le faltaban.

Pero el chico me aclaró que aquí en los Países Bajos ese es el modelo de bici más común.

Una omafiets tiene un cuadro más alto y curvado que te permite sentarte erguido, lo que resulta más cómodo y facilita recorrer largas distancias.

En teoría, sonaba genial. Ya me imaginaba recorriendo la ciudad en una coqueta bici de color rosa pastel, con unos tulipanes recién comprados en el puesto de flores de la esquina asomando por la cesta. Sería una más entre los lugareños. Muy neerlandés todo.

Pero en la práctica, subirme a la bici es como montarme en una montaña rusa con los raíles rotos: veo que voy a morir y ya me he resignado a mi destino.

La bici que alquilé no es del tamaño adecuado, ni siquiera después de que el chico bajara el sillín hasta el tope.

Mis pies no llegan al suelo, y aunque para la gente de aquí eso sea lo más normal del mundo, a mí me da la sensación de que no tengo el control.

Parece que tenga que fiarme de mi cuerpo para no estamparme cuando intento frenar.

Y pocas veces ha demostrado ser digno de confianza: ni cuando pasé los primeros seis meses de mi vida en el hospital; ni cuando en tercero de primaria un ataque de asma me impidió hacer el papel protagonista en el musical original de nuestra profesora, ¡La geología es lo más!

; ni cuando estaba tan nerviosa por mi primer beso que terminé mordiéndole la lengua al pobre Levi Moskowitz en el campamento judío de verano en secundaria.

Los días siguientes son una vorágine de citas para registrarme.

Consigo un permiso de residencia, el equivalente neerlandés al número de la seguridad social y abro una cuenta bancaria.

Hacer la compra es una odisea: paso una hora entera recorriendo los estrechos pasillos de Albert Heijn, traduciendo todo con el móvil.

Me entero de que los coffeeshops no son cafeterías, como yo pensaba, cuando intento pedir un café con leche y, al reconocer ese aroma terroso, me doy cuenta de que el menú está lleno de porros y dulces con nombres como Lemon Skunk y Amnesia Haze.

Aun así, nada de esto me parece real.

Cuando llega mi primer día de trabajo, ya me he recuperado casi por completo del jet lag , después de haber hecho varias veces en bicicleta la ruta hasta mi oficina. Me muero de ganas de relacionarme con otras personas, y las llamadas telefónicas con Phoebe y mis padres no son suficientes.

—Ay, Dani —me dijo mi madre anoche cuando cometí el error de mencionar que no se me daba bien montar en la bici típica de este país—. No fuerces demasiado los pulmones.

—Sabes que no te juzgaremos si esto no sale bien —añadió mi padre—. Puedes volver a casa cuando quieras.

Entonces me mordí el interior de la mejilla y cambié de tema.

Intento no interpretar la persistente lluvia matutina como una especie de augurio. Tal y como Iulia me advirtió, a las ocho y media sigue siendo de noche, y después de pasar toda la vida en un lugar sin estaciones, no tengo la ropa adecuada.

—Resistente al agua, y una mierda —murmuro mientras pedaleo con fuerza, con la lluvia goteando por mis pestañas y mi ridícula chaqueta pegada a los hombros.

Giro de golpe el manillar a la derecha cuando alguien me adelanta en una bicicleta con lo que parece una carretilla acoplada en la parte delantera.

Dentro van tres niños con impermeables de vivos colores, e incluso hay un bebé sujeto a un asiento delantero más pequeño de la bicicleta.

Deduzco que es lo que en Ámsterdam entienden por coche compartido.

—¡Perdón! —grito cuando el ciclista me lanza una mirada de pocos amigos, y me pregunto si hay un número máximo de veces que puedo pedir perdón cada día.

Cuando llego al aparcamiento subterráneo del edificio, reservado solo para bicicletas, estoy calada hasta los huesos y sin resuello. Me recojo el pelo en una coleta y pulso el timbre del tercer piso, irguiendo la espalda y haciendo todo lo posible por proyectar confianza.

La oficina está a dos pasos de la plaza Dam, en pleno centro de la ciudad, en una calle paralela a las tiendas internacionales y los reclamos para turistas como el Ripley’s Believe It or Not!

He estado tan ocupada instalándome que no he tenido oportunidad de explorar demasiado, pero me prometo sacar tiempo este fin de semana.

Todo es un contraste entre lo antiguo y lo moderno: un KFC frente a un monumento a la Segunda Guerra Mundial, un H&M al lado del palacio real.

Me pregunto si terminaré acostumbrándome.

CommerX es una empresa emergente que afirma que su nueva plataforma democratizará el comercio electrónico de un modo sin precedentes. Para ser sincera, no termino de comprender qué significa eso. Tampoco estoy segura al cien por cien de cómo se pronuncia.

Al llegar a la universidad me di cuenta de que el problema era que me interesaban demasiadas cosas, pero no destacaba en ninguna.

Siempre me había atraído el arte, pero era demasiado pragmática para creer que pudiera ganarme la vida con ello.

La industria del entretenimiento no me fascinaba tanto como a muchos de mis compañeros de clase.

Me gustaba la historia, no se me daban mal las matemáticas y recuerdo que un año mis padres me regalaron un kit de fósiles por Janucá y les dije a todos que iba a ser arqueóloga.

Cada vez que me volcaba en algo nuevo, estaba convencida de que iba a descubrir alguna habilidad latente sin explotar.

A lo mejor tenía mano para la repostería, aunque siempre quemara los brownies .

O igual se me daba bien escribir diálogos con chispa, aunque tirara de resúmenes cada vez que tocaba leer a Shakespeare.

Durante unos seis meses me convencía de que era la nueva gran chef o la próxima autora revelación…

, hasta que acababa aceptando que no tenía ni una pizca del talento necesario para triunfar.

Lo del Diseño de Experiencia de Usuario fue una afortunada casualidad.

Había recibido demasiadas clases introductorias y tenía que elegir una especialidad.

Mi orientador miró mi expediente académico y se dio cuenta de que tenía más créditos para una licenciatura en Bellas Artes o una especialidad en Informática, nada menos, que incluía una clase a la que me había inscrito porque todas mis primeras opciones ya estaban llenas.

Así que elegí la más segura y pasé mis veinte años saltando de una empresa tecnológica a otra, mientras mis aficiones seguían multiplicándose sin control.

Pensaba que, si conseguía dar con esa vocación que andaba buscando , por fin podría dejar de huir.

Esta profesión nunca me ha apasionado, no como mi hermana y Maya, que adoran lo que hacen.

Y con los precios astronómicos de la vivienda, solo podía permitirme el alquiler mensual de mi apartamento de una habitación.

Hasta que conocí a Jace, ninguna de mis relaciones había durado tanto como para plantearnos vivir juntos, y ahora me alegro de que no llegáramos a firmar un contrato de alquiler.

Confesar que sigo sin tener claro qué hacer con mi vida no despertaba tantas miradas de incredulidad hace cinco años como ahora.

Por eso he aprendido a callármelo.

Respira hondo. Empieza de cero.

Un logotipo verde y blanco cubre la pared que hay detrás de la zona de recepción, decorada de manera minimalista.

Ese es el estilo que impera en este sitio: un par de hileras de sobrias mesas blancas, una sala de conferencias al fondo y una iluminación bastante potente para el encapotado cielo.

Aparte de unas cuantas tazas desordenadas, no parece que nadie haya hecho suyo el espacio.

Hasta la planta artificial parece mustia.

Entro con cuidado de no mojar el suelo de linóleo con mi chaqueta.

—¿Hola? —digo en voz alta.

Un hombre asoma la cabeza por la esquina, con cara de sorpresa. Vestido con vaqueros y un chaleco de la marca Patagonia, parece sacado de una foto de archivo del típico emprendedor de una empresa emergente.

—No vienes por la auditoría, ¿verdad?

—Eh…, no. Me parece que trabajo aquí —digo. No soporto el tono de incertidumbre que refleja mi voz. Me pregunto de manera fugaz si una auditoría inminente es un procedimiento estándar o si debería preocuparme—. Soy Dani Dorfman. Se supone que empiezo hoy.

El hombre parece relajarse un poco cuando le confirmo que no soy auditora. Pero tiene el efecto contrario en mí.

Una mujer rubia de unos treinta y cinco años, con un minivestido vaquero nada apropiado para este clima, se acerca con paso rápido y una sonrisa que parece casi sincera.

—¿Danika?

Y otra vez la historia de siempre: su mirada se detiene en mi mejilla derecha antes de obligarse a sonreír con más ganas.

—Dani. Hola —digo, extendiendo la mano. Después del trayecto en bicicleta, se me han arrugado los pantalones negros de talle alto, que he combinado con una camiseta blanca de pico y una chaqueta a rayas.

No sabía si el término «vestimenta semiformal» significaría lo mismo a este lado del charco, y me alegro de no haberme arreglado demasiado.