Uno #2
Hasta ayer, mi pasaporte estaba casi sin estrenar.
Solo lo había usado para ir a la despedida de soltera de una amiga en Montreal y a unas vacaciones universitarias de primavera en Cabo que prefiero olvidar.
Esta mudanza no fue una decisión meditada y calculada.
No hice ninguna lista de pros y contras, ni charlé largo y tendido con la familia o los amigos.
Solo hubo un derrumbe total: me quedé sin trabajo y sin novio (dicen que a las mujeres se nos da genial la multitarea), y me puse a mandar solicitudes de empleo con unas copas de más, en cualquier ciudad que no fuera Los Ángeles.
Un miedo desconocido me empujó a seguir, convenciéndome de que no podía quedarme en la ciudad que me vio crecer.
Cuatro semanas después, hice las maletas, vendí mi coche y me mudé al otro lado del mundo.
Cuando abro los ojos a las tres y media de la tarde, hace aún más frío en el apartamento que cuando llegué.
Me duele la cabeza, es un dolor sordo e insistente, y tengo la garganta seca.
Medio adormilada, me obligo a sentarme y busco mi móvil en la mesita de noche antes de recordar que está guardado en el bolsillo delantero de mi mochila, al otro lado de la habitación.
Cojo el teléfono y la botella de agua, que siempre ha sido demasiado grande para el portavasos de mi coche, y vuelvo a la cama. Ahora que son casi —cuento rápidamente hacia atrás— las siete de la mañana en la costa oeste, la familia Dorfman se está despertando.
Mamá: ¿Qué tal tu apartamento? ¿Qué tal el tiempo? ¿Qué tal la comida? ¡Ya te echamos de menos, envía fotos cuando puedas!
Papá: ¿Ámsterdam es tan bonita como en las fotos o son solo una campaña turística muy bien elaborada?
Mamá: ¡Acuérdate de pedir cita con el médico para renovar tus recetas! He leído en Internet que allí los medicamentos pueden tener otros nombres.
Los mensajes me provocan una punzada de nostalgia que no esperaba sentir tan pronto.
Mis padres siempre me han tratado con especial cuidado, como si siguiera siendo aquella diminuta bebé prematura que nació tres meses antes de tiempo, con los pulmones sin desarrollar del todo.
Por culpa del asma grave tenía prohibido los deportes de contacto, estaba exenta de la clase de gimnasia y llamaban de urgencia a nuestro médico de cabecera si sentía la más mínima molestia.
Aunque hoy en día lo tengo bastante controlado, nunca han dejado de estar pendientes de mí ni un momento.
A veces pienso que habrían sido capaces de meterme en una burbuja si hubieran podido.
Les respondo de forma lo bastante detallada para tranquilizarlos: «¡Esto es precioso!
Hace frío, pero brilla el sol. Todavía no he comido nada que no venga de un avión, os aviso en cuanto lo haga.
Llevo medicación de sobra, pero pronto pediré cita.
¡Yo también os echo de menos! ¡Os llamo cuando se me haya pasado un poco el jet lag ! ».
Mi padre responde de inmediato, y me pregunta si tengo copias digitales de mi historial médico o si necesito que me escaneen algo.
Y aunque ha añadido unos cuantos emojis (un médico, un estetoscopio y una carita sonriente), no puedo evitar pensar que piensan que soy demasiado frágil para hacer esto yo sola.
Decido que ya le responderé a eso más tarde y abro el chat con mi hermana, que me ha enviado un mensaje mucho más sensato: «Te quiero. Descansa, pero quiero saberlo todo».
«Ups, he tropezado aterrizando en un calabozo», respondo, enviándole unas cuantas fotos del apartamento.
Phoebe: ¡Nooooooooo!
Phoebe: Maya dice que las mazmorras están muy de moda este año. A lo mejor lo han hecho a propósito.
Maya, su mujer, es diseñadora de interiores, mientras que Phoebe es propietaria de una librería independiente en Pasadena. Siempre me ha fascinado que hayan conseguido trabajar en aquello que les apasiona, en parte porque es algo que yo llevo años persiguiendo en vano.
Tal vez por eso no me costó mucho tomar esta decisión: porque yo no he echado las mismas raíces.
Dani: eso no explica la bañera en el dormitorio.
Phoebe: ¡Dios mío! Vete a casa, Ámsterdam, estás piripi.
Phoebe: ¡Ah, y no te olvides de tomarte la melatonina que te di para el jet lag !
Busco el frasco en mi maleta, lo coloco con cuidado encima de una almohada y le envío otra foto.
Siempre hemos estado muy unidas. Phoebe solo es un año y medio mayor que yo y nunca hemos vivido a más de una hora de distancia, ni siquiera con el espantoso tráfico de Los Ángeles.
Pero ahora que nos separan nueve husos horarios y su mujer está embarazada de diez semanas, imagino que eso está a punto de cambiar.
Nos dieron la feliz noticia durante una cena con mis padres el mes pasado, mientras Maya se acariciaba con suavidad el vientre.
En ese momento ya me había comprometido a mudarme a Ámsterdam y tuve que resistirme a cancelar todos mis planes, porque ¿y si me perdía el nacimiento de mi sobrina o sobrino?
«Aún faltan siete meses —me dije—. No pienses en ello ahora mismo».
Compartimentar hace maravillas con la salud mental.
Aunque no haya dormido gran cosa, sé que no debería acostarme otra vez, así que voy derecha a la minúscula ducha del baño, que rocía agua por todas partes. No hay cortina, solo una mampara de cristal opaco que no impide que el suelo se empape.
Como tampoco hay ventilación, me conformo con secar el agua lo mejor que puedo antes de sacar un jersey ancho y unos vaqueros limpios de la maleta. También llevo en ella todos los productos de mi rutina de cuidado facial de siete pasos, aunque no recuerdo la última vez que pasé del tercero.
Toda mi vida cabe en dos maletas facturadas y un equipaje de mano. No sé muy bien qué dice eso de mí, pero no es el momento de pararme a pensar en ello. Así que me pongo un abrigo de lana un poco arrugado y salgo a explorar.
Entrecierro los ojos para protegerlos del sol de la tarde, aunque estemos a mediados de enero y haga un frío que pela.
Se ve más animación en la calle: hay niños haciendo dibujos con tiza en la acera y los perros se paran a olisquear los parterres.
El piso de Iulia está en la planta baja, con un montón de macetas en la ventana, pero imagino que está en el trabajo.
Esta vez me aseguro de evitar el carril bici y me invade una absurda oleada de orgullo, pero luego revelo a las claras que soy extranjera al ponerme a hacer fotos de todo.
Los pintorescos edificios de ladrillo. El montacargas de enfrente que sube un sofá por la ventana del tercer piso.
El gato naranja de antes, que ahora está tumbado al sol dentro de la cesta de una bicicleta aparcada.
—Pero ¿qué es este sitio? —murmuro para mí.
Mi estómago emite un leve gruñido, recordándome que no he probado bocado desde que estaba sobrevolando el océano Atlántico.
Comida. Supongo que toca hacer la compra.
Nunca antes había experimentado semejante libertad.
Auténtica libertad, sin ataduras y sin que nadie me controle.
La universidad se parecía un poco: experimenté con los chicos y con el alcohol porque no había nadie a mi alrededor que me dijera que no lo hiciera.
Pero estaba en el mismo Estado. El mismo huso horario.
Ahora estoy sola en un país nuevo, sin ningún compromiso hasta que empiece a trabajar la semana que viene.
Da miedo, aunque también me resulta emocionante.
Esa conexión que una vez creí tener, ahora tan lejana que bien podría haber sido en otra vida, no era solo con este lugar.
También había una persona: la primera que me rompió el corazón.
Intento no pensar en él a menudo, pero estar aquí hace que sea inevitable.
Durante un instante me entra el pánico solo de pensar en encontrármelo, aunque la realidad es que somos dos personas en un país con una población de diecisiete millones.
Aun así, es posible que siga en algún rincón de los Países Bajos, dibujando lo que ve desde su ventana como solía hacer en la mesa de nuestra cocina.
O quizá no. Tal vez se haya marchado de nuevo con una maleta llena de promesas vacías, igual que cuando me dejó a mí.
El barrio en el que estoy se llama De Pijp, una pequeña zona de la ciudad sin canales, pero con muchos bares y restaurantes.
A la vuelta de la esquina, aparece algo mucho mejor que una tienda de comestibles: un enorme mercado al aire libre.
La calle es un hervidero de actividad, repleta de puestos con fruta y verdura, flores recién cortadas y comidas de medio mundo.
La gente vocifera en neerlandés y en inglés para que se la oiga a pesar del ruido de las parrillas, invitando a turistas y lugareños a acercarse con la promesa de probar algo delicioso.
Hay gigantescos quesos con forma de rueda, recuerdos horteras de Ámsterdam y varios puestos solo de patatas fritas, servidas en un cucurucho y cubiertas de salsa.
Casi me mareo con toda esa mezcla de olores: salado, dulce, frito… y perfecto.
En Burbank, lo único que quedaba cerca de mi apartamento era un túnel de lavado de coches.
Me paro en un puesto de tortitas en miniatura, en el que un hombre mayor está vertiendo masa en pequeños círculos sobre una plancha. En el letrero que hay sobre él dice: POFFERTJES .
—¿Una de estas, por favor? —pregunto, y luego hago todo lo posible por pronunciarlo bien—. ¿ Poffert-yays ?
— Poffertjes —dice el hombre, y la palabra suena tan ligera y esponjosa como las propias tortitas. Po-fer-yes —. ¿Con azúcar o con Nutella?
—¿Con las dos cosas?
Miro mientras mis pequeñas tortitas se inflan y se doran por los bordes antes de que el hombre las pase a una bandeja de cartón. A continuación, las espolvorea con azúcar glas y una generosa cucharada de Nutella. El toque final es un palillo coronado por una pequeña bandera de los Países Bajos.
El primer bocado es pura mantequilla caliente, con una textura que se encuentra en la sagrada intersección entre tortita y dónut. ¡Un manjar! Siempre he sido una golosa empedernida, y esta delicia es justo lo que necesita alguien que sufre de jet lag .
En cuanto termino, pido otra bandeja, y cualquier preocupación de que esto sea un error desaparece al instante bajo una avalancha de absurdo optimismo.
«Estoy en Ámsterdam».
Y entonces me sobreviene un pensamiento igual de extraño: «Vivo aquí» .
Suena tan ridículo que se me encoge el corazón y empiezo a sentir presión detrás de los ojos.
Pero lo más absurdo de todo es que esta podría ser mi oportunidad para reinventarme.
Aquí no tengo que ser la chica que sus padres consideran demasiado frágil.
Ni la chica que reenvió los emails privados y casi obscenos de su ex a toda la empresa.
Tampoco la chica a la que sus amigas acusaron de portarse como una cría cuando lo único que quería era que le cogieran de la mano y la dejaran llorar.
La chica a la que todos parecen adelantar, con sus hipotecas, sus ascensos y sus tarjetas de Navidad con los niños vestidos a juego.
«¿Cuándo vas a espabilar?».
«¿A madurar?».
«¿A sentar cabeza?».
«¿Y te has acordado de reponer tus medicamentos?».
Tal vez este sea el lugar en el que debo estar.
Puede que sea un subidón de azúcar, el desfase horario o quizá esa euforia que no sentía desde que era pequeña.
No sé si alguna vez he tenido esa capacidad de ver el mundo con los ojos llenos de asombro de un niño, puede que ya viniera al mundo algo desencantada.
Pero aquí, en medio de este mercado, en esta ciudad que una vez me envolvió en amor y luego en desamor, por fin lo siento.
Ámsterdam va a cambiarme la vida.
Tiene que hacerlo.