Lo que pasa en Ámsterdam
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Uno
Ese anhelo es algo muy concreto, una suave desazón que podría ser simple pasión por viajar o tal vez algo más agudo, algo que anida en tu corazón y te convence de que ahí es donde por fin serás feliz. Donde podrás respirar y ser la mejor versión de ti mismo.
Una vez me enamoré de un lugar así, lo idealicé hasta el punto de que fue imposible que la realidad estuviera a la altura de mi imaginación.
Mientras le paso medio adormilada al taxista un puñado de euros, me pregunto si de verdad ese lugar existió alguna vez.
Compruebo tres veces la dirección mientras mi teléfono busca señal.
No sé cómo, pero ya son las ocho de la mañana, un hecho contra el que mi cuerpo se revela con cada músculo afectado por el jet lag .
La ansiedad no me ha dejado pegar ojo durante el vuelo, mientras los pensamientos catastróficos se iban apilando como piezas de Tetris, y solo me he quedado medio dormida cuando el piloto ha anunciado que íbamos a iniciar el descenso.
El sol bajo del invierno lo envuelve todo en una neblina surrealista, casi etérea.
Por eso no me fijo en el sótano al principio.
Las empinadas escaleras de hormigón terminan en una puerta metálica negra con una frase pintada con grafitis que alguien ha intentado borrar, dejando a la vista media palabra subrayada y un enorme signo de interrogación.
No hay número de apartamento. No hay ventanas.
Miro hacia la calle, como si esperara que el santo patrón de los estadounidenses perdidos me ayudara, pero no sirve de nada.
Mi taxi se ha ido. Todos mis conocidos están en otro continente.
Por primera vez, estoy completamente sola, salvo por un gato naranja encaramado en la barandilla, que agita la cola de un lado a otro.
Antes de irme de Los Ángeles, mis amigos y mi familia me hicieron muchas preguntas. «¿Es un trabajo de verdad, Dani? ¿Estás segura de que podrás vivir sola en otro país? ¿Te has duchado ya esta semana?». A lo que respondí: «Define “semana”» .
Cuando todo tu mundo se derrumba a tu alrededor, a veces la única opción es derrumbarte con él. Sobre todo si ese derrumbe te lleva a casi cinco mil millas de tu hogar, o lo que sea eso en kilómetros.
Intento mantener los nervios a raya y me paso la mano por mi melena a la altura de la barbilla, ese corte postruptura que no me favorece nada, a pesar de que el estilista me dijera lo contrario.
No creo haber soltado el aire de verdad desde que puse un pie fuera del avión, ni cuando arrastré mi equipaje de mano repleto de papeles por el control de pasaportes ni cuando recogí mis maletas de la cinta transportadora.
Ahora sí, bajo los hombros y relajo los pulmones.
Respiro hondo el aire de Ámsterdam, y luego otra vez.
Esto es emocionante, es una aventura, y no una catástrofe en ciernes.
La calle está flanqueada por hileras de casas torcidas, apiñadas unas contra otras, la mayoría de solo tres o cuatro pisos, en tonos que van del marrón claro al marrón oscuro.
Algunos tejados son curvos y otros tienen forma de campana, y pueden verse intrincados diseños grabados sobre algunas puertas.
Tal vez lo más extraño sea el silencio que reina.
No se oye ni un coche ni el bullicio habitual del tráfico, solo el suave tintineo de los timbres de las bicicletas de la gente que se dirige al trabajo. Nadie lleva casco.
Estoy tan anonadada por este nivel de confianza que no me percato de que un ciclista se acerca a toda velocidad hacia mí hasta que empieza a gritar en neerlandés.
—¡Lo siento! —grito, apartándome de un salto justo a tiempo de evitar que se lleve mi mochila por delante.
Si estuviera algo más despabilada, me habría dado cuenta de que el suelo bajo mis Crocs de viaje está pintado de rojo, indicando que es un carril bici.
Echo otro vistazo a mi alrededor. Se supone que tiene que haber una caja con una llave dentro, pero no la veo por ninguna parte. Otra cosa más para la columna de catástrofes.
Y la verdad es que no sería raro: una misteriosa oferta de trabajo, un proceso de selección que parecía demasiado corto, un billete de avión pagado…
Las probabilidades de que se trate de una estafa aumentan por momentos.
Y, sí, está claro que soy el tipo de persona que picaría, igual que piqué cuando Jace me dio su palabra de que solo salía conmigo o cuando mis padres me aseguraron que algún día crecería y mis orejas se verían proporcionadas.
Hasta el gato me juzga con esa condescendencia típica de los felinos, sin pestañear mientras se lame la pata con indolencia.
—Hola. —Levanto la mano, porque nunca me he tomado en serio esas viejas advertencias de que no hay que acariciar a animales que no conoces.
El gato salta de la barandilla y desaparece calle abajo sin volver la cabeza, dejando al descubierto la pequeña caja negra con la cerradura sobre la que estaba sentado. «¡Victoria!».
Tecleo el código que me enviaron por email y la caja se abre; dentro hay una llave que encaja en la puerta de estilo industrial sin apenas esfuerzo.
Un subidón de adrenalina me convence de que este es el mayor logro de mis treinta años en esta tierra. Soy fuerte. Soy poderosa. Y… tengo ante mí una cámara de tortura medieval restaurada.
Llamar a esto «apartamento en el sótano» me parece demasiado generoso, pienso al entrar en mi nuevo hogar, mientras la ansiedad da paso a una bofetada de frío.
La estrecha ventana en la pared deja entrar la luz justa para proyectar sombras lúgubres sobre cada uno de los muebles cubiertos de polvo: un sofá con un boquete en el respaldo y una mesa de cocina con dos sillas que parece que están a punto de romperse.
Las paredes están pintadas de azul oscuro y el olor a humedad y a moho que invade mis fosas nasales hace que me arrepienta de haber mangado ese segundo paquete de galletas de la cocina cuando las azafatas no miraban.
Pero nada de eso importa cuando veo lo que sin duda es la joya del apartamento: una reluciente bañera blanca en medio del dormitorio. Así, porque sí. A pocos pasos de la cama.
Una risa descontrolada escapa de mi garganta. Debo de estar delirando por el viaje si esto es lo que al final hace que pierda los nervios, porque cómo no iba a tener esta pinta el apartamento que mi empresa encontró y que yo acepté sin verlo antes.
Alguien llama a la puerta y evita que caiga en una espiral de pánico, aunque por los pelos.
—Oye, ¿eso es tuyo? —Una chica de unos veinticinco años se asoma por las escaleras y señala la maleta que he dejado en la acera—. Soy tu vecina —explica con un acento que no logro identificar.
No creo que sea neerlandés. Va vestida para salir a correr, con el pelo largo y oscuro recogido en una coleta, un AirPod en la oreja y el otro en la palma de la mano.
—Lo siento, sí —digo, avergonzada—. Es mía. Gracias.
Tarda un segundo más en responder, algo a lo que ya me he acostumbrado cuando conozco a gente por primera vez.
Cuando la gente ve mi marca de nacimiento, suele quedarse mirando más tiempo del que debería, y luego se esfuerza por fijar la vista en otra parte de mi cara, como si no se hubieran percatado de ella.
De pequeña, pensaba que la gente sería menos descarada a medida que creciera, pero lo único que ha cambiado es que ahora se muestran más incómodos.
Incluso me he cruzado con desconocidos que se han acercado solo para decirme que «sigo siendo guapa».
La marca, de un tono rosa apagado y forma irregular, comienza sobre mi ceja derecha, se extiende a lo largo de mi nariz y cubre la mitad de mi mejilla derecha.
Es como mi propio test de Rorschach. En el instituto la ocultaba con maquillaje y solía pensar que algún día me la quitaría con láser, pero hace años que la acepté, casi del todo.
Aunque a veces sigo girando la cara en las fotos para mostrar mi perfil izquierdo.
—Deberías tener más cuidado —dice la chica mientras me ayuda a bajar la maleta por las escaleras—. Aunque sea temporada baja, he llegado a ver cómo le robaban el móvil de las manos a la gente.
Cuando la maleta está por fin a salvo dentro del apartamento, abrazo el policarbonato abollado como si la maleta y yo nos hubiéramos reencontrado tras un arduo viaje.
—Lo tendré. Muchas gracias. Acabo de chuparme un largo vuelo internacional y me parece que todavía no soy persona. Supongo que ahora… vivo aquí.
La chica se relaja un poco al oír eso.
—Es mala época para mudarse. Prepárate para tener solo unas ocho horas de luz al día.
Miro hacia mi apartamento. Aún no había amanecido cuando el avión aterrizó, y el sol salió mientras me dirigía en taxi a la ciudad.
—Me encanta vivir en completa oscuridad. Últimamente me preocupa estar recibiendo demasiada vitamina D.
—Pero los veranos son increíbles —añade—. Hacen que los inviernos merezcan la pena.
—¿Hace mucho que vives aquí?
—Casi siete años.
—¿Y todos los apartamentos son… así? —pregunto, haciendo un gesto exagerado con la mano.
Ella baja otro escalón y hace una mueca.
—Me parece que has tenido mala suerte —dice, y luego señala a su izquierda—. Soy Iulia. Vivo justo al lado, por si necesitas ayuda.
—Yo soy Dani.
Ella se despide con la mano, vuelve a ponerse el AirPod y, antes de que pueda decirle que a lo mejor voy a necesitar bastante ayuda, se aleja corriendo por la calle.
Me quedo otra vez sola, rodeada de platos desportillados y decepción, con mis Crocs pegados al suelo.
Entonces, ignorando todas las recomendaciones para superar con éxito el desfase horario, me dejo caer en el finísimo colchón y me quedo frita.