Lo que pasa en Ámsterdam Epílogo
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Epílogo

—…y si miráis a esas casas, podréis ver que muchas están un poco inclinadas hacia delante —digo, señalando la hilera que bordea el Spiegelgracht—.

La mayoría pertenecían a comerciantes que vivían en los pisos superiores y trabajaban en los inferiores.

Tenían ganchos en la parte superior de las casas para poder subir sus mercancías con un sistema de poleas, y las casas se construyeron de esta manera para que esas mercancías no golpearan el edificio al izarlas.

Con el paso de los años, la inclinación se hizo cada vez más pronunciada hasta llegar a esto…

—Son preciosas —dice una turista estadounidense con el pelo rubio y corto—. ¿Se sigue utilizando hoy en día el sistema de poleas?

—La verdad es que sí —respondo—. Aunque la mayoría de las veces se utilizan montacargas, siempre se sabe cuándo alguien se muda de casa porque hay un artilugio eléctrico en la fachada.

Las escaleras son superestrechas y no hay ascensor en el edificio, así que hay que ser creativo.

Y ahí es donde siempre han destacado los neerlandeses, y en todos los ámbitos, desde la arquitectura hasta la gestión del agua.

La rubia estadounidense se recuesta contra su marido, un pelirrojo que me resulta muy familiar, se parece un poco a un actor de una serie de televisión sobre hombres lobo que vi hace muchos años. Probablemente sea solo una coincidencia.

En temporada baja, cuando hace más frío en el agua, mis excursiones no siempre se llenan. Seis meses después de aceptar este trabajo, todavía disfruto yendo a trabajar por las mañanas. Cada día puedo ver la admiración en los rostros de la gente, y no creo que haya nada que me llene tanto como eso.

—¿De qué parte de Estados Unidos eres? —me pregunta la mujer, y cuando le digo que soy de Los Ángeles, su marido y ella intercambian una sonrisa.

—Qué pequeño es el mundo —dice él—. Hemos pasado bastante tiempo allí. Yo viví en Los Feliz durante más de una década.

La mujer asiente y le aprieta la mano.

—Y yo volaba constantemente entre Los Ángeles y Seattle antes de darnos cuenta de que Seattle se adaptaba mejor a nuestras personalidades.

—Seguro que os resulta más fácil soportar el clima de aquí que a mí al principio —digo, riendo, y luego señalo las nubes grises que tenemos encima—. En unos diez minutos estaremos calados.

Cuando el hombre levanta con aire triunfal un paraguas para demostrar que están preparados, estoy casi segura de que es el actor que creía. Me pregunto si hay alguna forma informal de pedirle una foto.

—¿Qué te trajo a Ámsterdam? —pregunta.

Esta pregunta surge en casi todas las visitas guiadas, y mi respuesta es siempre la misma:

—Me enamoré —digo.

De una persona y de un lugar.

Al final, Wouter y yo decidimos no divorciarnos, y la realidad de salir con alguien mientras estábamos casados no fue tan incómoda como temíamos. Los dos estábamos comprometidos con la relación y, si se daba el peor de los casos, pensamos que ya lo afrontaríamos cuando llegara el momento.

Sus amigos siguen bromeando con nosotros todo el tiempo, porque, aunque le perdonaron la mentira enseguida, se dieron cuenta de que estábamos locamente enamorados cuando nosotros aún no lo veíamos.

Hemos hecho algunos pequeños cambios en el piso, suficientes para que lo sintamos como nuestro.

Además del frente de la cocina, hemos colgado más cuadros en las paredes, algunos suyos y otros míos, y hemos convertido mi dormitorio en una combinación de habitación de invitados y despacho.

La reforma está en continuo proceso; uno de estos días nos pondremos con los suelos, pero no tenemos prisa.

El apartamento esperará hasta que estemos listos.

Hace unos meses, Wouter y yo viajamos a Los Ángeles y visitamos a mi sobrina Hazel, que es tan adorable que podría haberla visto dormir durante horas, y Phoebe y Maya estaban más que encantadas de dejarnos a cargo para poder tener una noche de cita.

Le traje un montón peleles con estampado de tulipanes y tantas latas de stroopwafel que me pararon en el control de seguridad, y he estado enviando a casa libros ilustrados neerlandeses cada vez que encuentro uno que me encanta, lo cual es a menudo, ya que acabo de superar ese nivel de lectura.

Era la primera vez que Wouter volvía a Estados Unidos desde que fue estudiante de intercambio, así que lo llenamos de visitas a In-N-Out y largas tardes en la playa y en el Getty.

Y esta vez, cuando entramos en la casa de mis padres, lo hacemos cogidos de la mano.

Al principio bromeamos diciendo que es porque ninguno de los dos puede resistirse a ver a George Costanza con pajarita.

Pero entonces encuentro el vestido: uno recto con estampado de girasoles que me hace ojitos desde el escaparate de una tienda vintage, y no me cuesta nada encontrar una corbata a juego para Wouter.

Sigue sin ser blanco, pero tampoco es que hayamos seguido nunca la tradición.

Esperamos hasta el verano para alquilar una casa para todos en Zelanda, una provincia costera al suroeste de los Países Bajos. Hazel tiene casi un año y todo el mundo la adora, aunque se pasa la mayor parte del tiempo persiguiendo a George por la arena.

Una carpa vaporosa se mece con la brisa y los arreglos florales marcan cada hilera de sillas. Llevo mi vestido de girasoles y espero al fondo de la casa de la playa a mi marido, porque hemos decidido que queremos recorrer juntos el camino hacia el altar.

Wouter aparece con su corbata de flores y un traje gris oscuro, incapaz de ocultar su sonrisa cuando me ve. Y yo no querría que lo hiciera.

—Tienes que estar bromeando —dice—. No puedo creer que vaya a poder mirarte durante el resto de mi vida.

Sus palabras me hacen sonrojar. No sé cómo, pero no se nos acaban las formas de hacernos sonrojar el uno al otro.

—Espero que sea mucho más que eso.

Incluso con los tacones, solo le llego al cuello, así que tiene que agacharse un poco para besarme en la mejilla derecha.

—Mucho más. —Pero antes de darme la mano para que podamos dirigirnos hacia la carpa, se detiene.

—Espera. Algo pasa —dice, frunciendo el ceño.

Esperaba que no fuera tan obvio, pero él siempre ha sido capaz de leerme.

—Estoy nerviosa —admito—. Nunca hemos hecho esto antes.

—¿Nerviosa… por mi culpa?

—No. Eso nunca. —Tiro de su corbata para acercarlo a mí. Tiene barba de tres días y el pelo revuelto por el viento, y así es exactamente como me gusta—. La última vez todo fue tan secreto que me cuesta creer que ahora podamos estar a la vista de todos.

—De todos —confirma, posando las manos en mi cintura mientras acerca la boca a mi oído—. Y con eso me refiero a que más tarde voy a comerte viva en la pista de baile.

—Siempre y cuando dejes algo para la luna de miel.

Vamos a pasar dos semanas y media como turistas en nuestro propio país, alojándonos en encantadores hostales y en cabañas perdidas. Visitaremos una librería enclavada en una iglesia medieval, una ciudad donde los barcos son el principal medio de transporte, un pueblo con forma de estrella.

—Entiendo lo que quieres decir —dice Wouter—. A una parte de mí le preocupaba que algún funcionario del Gobierno se sentara entre el público esperando para poner objeciones.

—Compartiré la celda contigo.

Cuando Wouter sonríe, se le marca el hoyuelo.

—Danika, es increíble lo mucho que te quiero. Nunca imaginé que tendría la suerte de hacer esto contigo dos veces.

—Y esta vez no hay que hacer papeleo —digo.

—Lo único que tenemos que hacer es estar ahí y estar guapos, algo en lo que tú ya destacas. Y luego comer tarta. —Él suelta una risita mientras me abraza con más fuerza, entrelazando sus dedos con los míos y apoyando la barbilla en mi pelo—. Ik hou het meest van jou .

Durante unos segundos de silencio, lo asimilamos todo.

Respiramos el presente y exhalamos el pasado.

La inocencia del primer amor, el desamor devastador, la emoción de redescubrirnos como adultos.

A veces, este viaje me ha parecido interminable, abarcando dos continentes y una década y media, y puede que lo más sorprendente sea que no lo cambiaría por nada.

Es probable que este sea el último momento que tengamos para nosotros esta noche, solo los dos, pero no pasa nada, ya no hay que ocultar nada.

Miro hacia la playa, donde nos esperan todos nuestros seres queridos.

—¿Qué opinas? —pregunto—. ¿Quieres casarte con tu esposa?

Entonces me lanza esa mirada que amo más que nada en este país, más que cualquier pastelito espolvoreado con azúcar o el sol reflejándose en los canales al atardecer.

—Sí —dice, llevándose mi mano a la boca y besándome la muñeca, la palma, la reluciente alianza de oro, sin la cual nunca me siento completa—. Sí, quiero.