Lo Que Ocultan Estas Paredes Capítulo 65
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Capítulo 65

La audiencia no comenzó con ruido.

Comenzó con el procedimiento.

Los nombres fueron incorporados al expediente.

Los cargos fueron resumidos.

Era el lenguaje del sistema haciendo lo que siempre hace: reducir el derrumbe de una vida humana a una secuencia jurídica.

Diego permanecía de pie junto a la mesa de la defensa, con las manos entrelazadas y la vista fija al frente.

No miró al juez.

No miró al fiscal.

Mantenía la mirada clavada en la delgada línea donde la pared se unía con el piso, como si el equilibrio pudiera encontrarse allí.

La presión en su pecho volvió a aumentar.

Esta vez no desapareció.

Llegó en oleadas.

Se intensificaba.

Cedía un poco.

Volvía a intensificarse.

Cada respiración era más superficial que la anterior.

Su campo de visión comenzó a estrecharse.

La sala no se oscurecía.

Simplemente parecía desvanecerse por los bordes.

El juez formuló una pregunta.

Diego no respondió.

Su abogada se inclinó hacia él.

—¿Diego?

Intentó hablar.

La palabra quedó atrapada.

El aire se negaba a salir como debía.

Llevó una mano al pecho.

Aquello no era una actuación.

No era una estrategia.

No era una maniobra.

Era un colapso.

Se tambaleó una vez.

Recuperó el equilibrio.

Y luego las piernas dejaron de sostenerlo.

El sonido de su cuerpo al golpear el suelo resonó con más fuerza que cualquier golpe de mazo.

La sala reaccionó por fragmentos.

Una silla se arrastró.

Alguien se puso de pie.

El alguacil pidió asistencia médica.

Rojas se movió sin pensarlo, haciendo señales a los agentes de la puerta.

Aquello no era pánico.

Era reconocimiento.

Había visto antes un colapso verdadero.

Los colapsos reales nunca llegan con teatralidad.

La respiración de Diego era rápida y entrecortada.

La piel había adquirido un tono ceniciento.

El sudor le perlaba las sienes.

Una de sus manos se cerró instintivamente sobre la pierna.

—No lo muevan —ordenó el alguacil mientras hablaba por radio.

Diego encontró la mirada de Rojas.

No era una súplica.

No era un desafío.

Solo desconcierto.

Como si su propio cuerpo hubiera traicionado un plan que todavía no había terminado de ejecutar.

Al otro lado de la ciudad, Alicia estaba sirviendo café cuando sonó el teléfono.

Se quedó inmóvil antes de contestar.

Hay instintos que se aprenden antes que las palabras.

—¿Sí?

Su voz sonó firme.

Demasiado firme.

—Habla el Departamento —dijo la voz al otro lado de la línea—. Se ha producido una emergencia médica en el tribunal relacionada con Diego Barrera. Está siendo trasladado para una evaluación.

La taza resbaló de su mano y se hizo añicos contra el fregadero.

El ruido hizo que Sofía apareciera en la puerta.

—¿Qué pasó?

Alicia se agachó y apoyó las manos sobre el gabinete.

—Se enfermó —respondió.

Mateo levantó la vista.

—¿Se está muriendo?

Alicia no respondió.

En lugar de eso, los abrazó a los dos.

De regreso en el tribunal, los paramédicos llegaron con la rapidez de quien ha repetido aquel procedimiento innumerables veces.

Diego seguía consciente.

Apenas.

Cuando intentó hablar, las palabras salieron arrastradas.

Su pecho subía y bajaba con una respiración irregular y trabajosa.

—Coágulo —murmuró uno de los paramédicos tras una rápida evaluación, mientras hacía señas para que acercaran el oxígeno—. Posible embolia pulmonar.

La expresión cayó sobre la sala con todo su peso.

Sin dramatismo.

Sin efectos teatrales.

Clínica.

Definitiva.

Subieron a Diego a la camilla.

Las esposas fueron retiradas sin ceremonia.

Nadie fingió que aquello fuera un gesto de compasión.

Era el protocolo.

Mientras lo sacaban de la sala, el tribunal quedó suspendido en un silencio que se parecía a un juicio sin necesidad de palabras.

Rojas lo observó alejarse.

Aquello no era justicia.

Tampoco era una huida.

Era la consecuencia entrando por la única puerta que Diego jamás había aprendido a cerrar.

Y no le importaba lo que él hubiera pensado decir después.