Capítulo 51
Diego no durmió.
Dormir exigía conservar la ilusión de que existía un mañana.
Y el mañana tenía ahora la forma de una sala de audiencias donde su nombre ocupaba el centro del expediente.
Al amanecer ya había hecho la llamada que se había jurado no volver a hacer.
No fue a Mauricio.
Ni a sus padres.
Llamó a alguien mucho más discreto.
Alguien que, años atrás, había organizado traslados cuando las fronteras aún eran simples sugerencias y los documentos apenas representaban un obstáculo.
—Necesito moverme —dijo Diego al teléfono—. Hoy.
Al otro lado de la línea hubo una vacilación.
Solo aquella pausa ya le dio la respuesta.
—Ahora eres demasiado visible —contestó el hombre—. Todo lo que tocas está marcado.
—No estoy pidiendo un milagro.
Solo una puerta.
—Ya no quedan puertas.
Solo muros.
La comunicación terminó.
Diego permaneció mirando el teléfono durante unos segundos antes de dejarlo lentamente sobre la mesa.
El último camino que todavía sabía recorrer acababa de desaparecer.
Al otro lado de Kalas, la audiencia de extradición comenzaba a puerta cerrada.
Sin cámaras.
Sin público.
Solo documentos.
Normas jurídicas.
Y una sala llena de personas que comprendían que un procedimiento podía decidir el destino de un hombre mucho antes de que existiera una sentencia.
La inspectora Agnetha Voss ocupó su asiento sin ninguna ceremonia.
Los representantes de Valmora habían presentado el expediente completo.
La confesión.
Las redes financieras.
Las identidades falsas.
Los cargos relacionados con el peligro al que habían sido expuestos los menores durante la fuga.
La ausencia del cuerpo de Elisa seguía presente en la sala como una pregunta que nadie pronunciaba.
La abogada de Diego construyó su argumento sobre la precisión jurídica.
—No existe un cuerpo.
No existe una prueba forense directa de homicidio.
Mi cliente reconoce una confrontación.
No reconoce haber causado la muerte.
Conceder una extradición sobre simples suposiciones establecería un precedente peligroso.
El representante de Valmora respondió sin elevar la voz.
—La fuga no es una suposición.
El fraude de identidad no es una suposición.
La puesta en peligro de menores mediante el ocultamiento no es una suposición.
Y una confesión que evita hablar de las consecuencias...
no equivale a inocencia.
Los miembros del panel escuchaban.
Sin asentir.
Sin mostrar reacciones.
Solo el sonido constante de los bolígrafos desplazándose sobre el papel.
Fuera de la sala de audiencias, la presión continuaba creciendo.
Los periodistas permanecían concentrados alrededor del edificio.
Diversas organizaciones exigían que hubiera rendición de cuentas.
El caso había dejado de percibirse como un simple misterio.
Ahora representaba una prueba.
¿Lograría el poder escapar una vez más del procedimiento?
¿O sería finalmente el procedimiento el que alcanzaría al poder?
Mientras tanto, Diego esperaba en la zona de custodia.
Ya no controlaba ninguno de sus movimientos.
Los agentes lo acompañaban incluso cuando pedía agua.
O cuando necesitaba ir al baño.
Aquella pérdida de autonomía no era violenta.
Era puramente administrativa.
Y precisamente por eso...
lo desgastaba mucho más que cualquier uso de la fuerza.
Entonces la vio.
La oportunidad.
Un cambio de recorrido por los pasillos.
Una breve confusión entre dos agentes.
Una puerta que quedó sin asegurar porque alguien supuso que la siguiente persona la cerraría.
Una oportunidad no era libertad.
Pero sí podía convertirse en impulso.
Diego se movió.
No corrió.
Correr atraía miradas.
Avanzó deprisa.
Con seguridad.
Como si perteneciera exactamente al lugar hacia el que se dirigía.
Había construido toda su vida sobre aquella misma ilusión.
Giró por un pasillo.
Atravesó la puerta sin asegurar.
Y llegó a un estrecho corredor de servicio que conducía hacia la escalera administrativa.
Durante tres segundos...
el mundo volvió a abrirse.
Durante tres segundos...
el futuro pareció negociable.
Entonces una voz resonó detrás de él.
—¡Deténgase!
Diego no obedeció.
Empujó la puerta de la escalera...
y chocó de frente con una mujer que descendía desde el piso superior.
Ella perdió el equilibrio y golpeó la barandilla.
La carpeta que llevaba entre las manos salió despedida.
Los documentos se esparcieron por los escalones.
Las hojas revolotearon en todas direcciones.
Diego intentó sujetarse.
No encontró apoyo.
Y ambos cayeron entre papeles y cuerpos enredados.
La mujer lanzó un grito breve e involuntario.
Los agentes inundaron la escalera en cuestión de segundos.
Le inmovilizaron los brazos a Diego detrás de la espalda y lo levantaron del suelo.
Otro miembro del personal sujetaba a la mujer.
Su tobillo había quedado torcido en un ángulo que la obligaba a contener el dolor apretando los dientes.
—Yo no quise...
intentó decir Diego.
Nadie lo escuchaba.
El incidente comenzó a propagarse de inmediato por todo el edificio.
Intento de evasión.
Lesiones a una funcionaria pública.
Riesgo para el personal durante un procedimiento oficial.
Dentro de la sala de audiencias, el panel recibió la actualización en tiempo real.
La presidenta levantó la vista del mensaje.
—Esto...
dijo con absoluta serenidad...
cambia por completo la evaluación del caso.
La votación no se anunció aquel mismo día.
Pero cuando Diego regresó al área de custodia...
el silencio que lo rodeaba había vuelto a cambiar.
Ya no era un silencio de espera.
Era un silencio de decisión.
Y por primera vez desde que huyó de Altavilla...
comprendió con absoluta claridad una verdad que ya no podía seguir ignorando.
Aquello ya no era un corredor que se iba estrechando.
Era una habitación completamente cerrada.
Y cada movimiento que hacía dentro de ella...
solo conseguía que las paredes fueran aún más difíciles de atravesar.