Capítulo 24
Altavilla ya no parecía un lugar aislado del resto del mundo.
Desde hacía varios días, el detective Rojas lo había percibido: un cambio sutil, un pánico silencioso oculto bajo la apariencia impecable del residencial.
Ahora ya era imposible ignorarlo. Unidades externas revisaban los registros de patrullaje.
Los movimientos financieros cruzaban distintas jurisdicciones.
La investigación había comenzado a extenderse mucho más allá de los jardines perfectamente cuidados y del silencio cuidadosamente protegido que durante tanto tiempo había amparado a Diego Barrera.
Los portones, que antes simbolizaban privilegio y aislamiento, se habían convertido en puntos de vigilancia.
Rojas permanecía de pie frente a ellos cuando despuntó el amanecer, observando cómo los vehículos entraban y salían bajo un control mucho más estricto.
Se registraba cada placa.
Se interrogaba a cada guardia de seguridad.
El privilegio estaba aprendiendo que también tenía límites.
Dentro de la estación, la presión seguía aumentando.
Mauricio Cedeño permanecía sentado frente a Rojas, con la espalda rígida.
La seguridad en sí mismo que antes lo caracterizaba se había desvanecido casi por completo.
Había desaparecido el asesor impecable, el hombre de medias sonrisas y respuestas cuidadosamente calculadas.
En su lugar quedaban profundas ojeras y un leve temblor que no consiguió ocultar cuando la grabadora comenzó a registrar la entrevista.
—Usted administraba las finanzas de Diego —dijo Rojas—. Tanto las personales como las de sus empresas.
Mauricio asintió.
—Lo asesoraba. No las controlaba.
—Entonces asesóreme a mí —respondió Rojas—. ¿Por qué se movieron grandes cantidades de dinero pocos días después de la desaparición de Elisa?
Mauricio tragó saliva.
—Diego tenía miedo.
—¿De qué?
—De perderlo todo.
Rojas se recostó ligeramente en la silla.
—La gente no mueve grandes sumas de dinero por miedo a los rumores.
Mauricio bajó la vista.
—Dijo que necesitaba liquidez... por si las cosas se complicaban.
—¿Y usted no le preguntó por qué?
Mauricio tardó unos segundos en responder.
—No quería saberlo.
Aquella respuesta estaba mucho más cerca de la verdad de lo que él mismo alcanzaba a comprender.
Al otro lado de la ciudad, los rumores comenzaron a filtrarse.
Una mujer desaparecida.
Una confesión que no explicaba nada.
Un esposo cuya versión de los hechos cambiaba cada vez que la contaba.
La prensa comenzó a interesarse en el caso.
No de manera escandalosa al principio.
Pero sí con una insistencia cada vez mayor.
A mediados de la semana, un solo titular rompió el silencio:
ESPOSA DESAPARECE DE EXCLUSIVO RESIDENCIAL — SU ESPOSO ADMITE QUE HUBO UNA CONFRONTACIÓN
Alicia lo leyó en la pantalla de su teléfono y sintió que las piernas dejaban de sostenerla.
Luis Fernando la sujetó antes de que cayera, mientras las palabras comenzaban a desdibujarse ante sus ojos.
—Están hablando de ella como si ya no existiera —susurró.
—Ellos no son quienes deciden eso —respondió Luis Fernando con firmeza.
Pero la ciudad ya estaba sacando sus propias conclusiones.