Lo Que Ocultan Estas Paredes Capítulo 23
33%

Capítulo 23

Al comienzo de la semana siguiente, la investigación había adquirido un ritmo diferente.

No hubo avances espectaculares.

Ni confesiones inesperadas.

Solo trabajo paciente.

El detective Rojas observaba a los investigadores entrar y salir de la sala de conferencias, llevando cronologías, declaraciones de testigos, fotografías e informes recopilados durante semanas de entrevistas. Individualmente, ninguno respondía a la pregunta que más importaba.

Juntos, comenzaban a revelar algo más.

Un patrón.

Volvió a extender los expedientes sobre la mesa.

Elisa Montenegro había desaparecido sin dejar una sola explicación creíble.

Esa ausencia se había convertido, en sí misma, en una prueba.

El detective Rojas se encontraba al frente de la mesa de conferencias mientras el equipo de investigación tomaba asiento. La sala estaba en silencio, salvo por el roce de los expedientes y el leve zumbido del proyector que mostraba una cronología en la pared.

—Por el momento —comenzó—, olviden sus teorías.

Varios investigadores levantaron la mirada.

—Llevamos semanas intentando responder la misma pregunta: ¿Qué le ocurrió a Elisa Montenegro? Todavía no tenemos la respuesta.

Tomó un marcador y rodeó el nombre de Diego Barrera en la pizarra.

—Entonces, hagamos una pregunta diferente.

Nadie habló.

—¿Quién sigue protegiendo la verdad?

La sala permaneció en silencio durante unos instantes, hasta que el investigador Salazar abrió una carpeta.

—Los vecinos —dijo—. Sus declaraciones se han vuelto más cautelosas. No se contradicen, pero están proporcionando menos información de la que proporcionaban al principio.

Otro investigador asintió.

—El personal de la casa ha hecho lo mismo. Han cambiado pequeños detalles. Nada significativo por sí solo, pero lo suficiente como para sugerir que piensan más detenidamente antes de responder.

Rojas escribió dos palabras en la pizarra.

Miedo. Lealtad.

—Las personas no se vuelven más cuidadosas a medida que avanza una investigación, a menos que crean que aquello que saben ha adquirido importancia.

Miró alrededor de la sala.

—Ya no buscamos a una sola persona que cometa un error.

Hizo una pausa.

—Estamos esperando a la primera persona que decida que cargar con la verdad se ha vuelto más difícil que contarla.

El silencio se apoderó de la sala.

Nadie discutió.

Porque todos lo entendían.

La investigación había entrado en una etapa diferente.

Ya no se trataba de demostrar que Elisa había desaparecido.

Se trataba de descubrir quién seguía ayudando a mantener esa desaparición como un misterio.

La reunión continuó durante otros veinte minutos mientras los investigadores revisaban asignaciones y comparaban cronologías. Cuando la conversación finalmente comenzó a disminuir, uno de los investigadores de mayor rango permaneció sentado, con su libreta todavía abierta.

—¿Detective?

Rojas levantó la mirada.

—Hay algo más.

—¿Qué es?

El investigador dudó antes de responder.

—Llevamos semanas concentrándonos en Elisa.

Nadie habló.

—Pero hay dos niños que siguen viviendo en esa casa.

La sala quedó notablemente más silenciosa.

—Han perdido a su madre —dijo suavemente otro investigador—. Lo comprendan o no.

Rojas apoyó ambas manos sobre la mesa.

—¿Alguien se ha puesto en contacto con los Servicios de Protección Infantil?

Una mujer sentada cerca del extremo de la mesa negó con la cabeza.

—No formalmente. Hasta ahora, la investigación se ha centrado en localizar a Elisa.

Rojas asintió.

—Eso está a punto de cambiar.

Miró alrededor de la sala antes de continuar.

—No quiero suposiciones.

—No quiero que nadie saque conclusiones precipitadas.

—Quiero saber con qué recursos contamos si las circunstancias lo requieren.

Los investigadores comprendieron de inmediato.

Nadie estaba sugiriendo que se retirara a los niños.

Nadie estaba acusando a Diego de nada más allá de lo que la investigación podía sustentar.

Era simplemente el siguiente paso responsable.

—Coordinen con los Servicios de Protección Infantil —dijo Rojas—. Manténganlos informados. Si la situación cambia, no quiero que perdamos un tiempo valioso tratando de entender cuáles son nuestras opciones.

El investigador tomó nota.

—Comenzaremos hoy.

Rojas cerró el último expediente sobre la mesa.

Cada decisión que tomaba la investigación tenía consecuencias.

Algunas afectaban el caso.

Otras afectaban a las personas que quedaban atrás.

Los niños no habían hecho nada más que perder a la única persona que siempre había intentado protegerlos.

No merecían ser olvidados.

Diego Barrera llegó a casa poco antes del anochecer.

Las puertas de Altavilla se abrieron como siempre, y el guardia de seguridad lo saludó con el mismo gesto cortés de siempre. Nada parecía diferente.

Sin embargo, mientras conducía por las calles silenciosas, no podía quitarse de encima la sensación de que algo había cambiado.

Una cortina se movió en la casa de enfrente.

Dos vecinos interrumpieron su conversación cuando pasó su vehículo.

Ninguno lo reconoció.

Quizá no lo habían notado.

Quizá sí.

Estacionó dentro del garaje y entró por la puerta lateral que conducía a su oficina.

La casa estaba inusualmente silenciosa.

Los niños estaban arriba con la niñera, terminando sus tareas escolares. En algún lugar a lo lejos, escuchó a Sofía reír brevemente antes de que el sonido desapareciera en la quietud.

Diego se aflojó la corbata y se sirvió un vaso de agua.

Su teléfono permanecía en silencio.

No hacía mucho, las noches estaban llenas de llamadas de negocios, invitaciones y reuniones que se prolongaban hasta altas horas.

Ahora...

Nada.

Miró la pantalla.

No había mensajes nuevos.

Ninguna llamada perdida.

Solo el silencio cada vez mayor que parecía seguirlo a todas partes.

Se acercó a la ventana de la oficina desde donde se veía la entrada principal de la residencia Barrera Montenegro.

Durante años, había contemplado Altavilla con tranquila satisfacción.

Representaba todo lo que había trabajado para construir.

Éxito.

Respeto.

Una vida que los demás admiraban.

Aquella noche se sentía diferente.

No porque nadie lo hubiera acusado.

Sino porque, por primera vez, se preguntó qué estaría diciendo la gente después de que él se marchara.

Cerró la cortina.

Afuera, el vecindario permanecía tan silencioso como siempre.

Adentro, por primera vez desde la desaparición de Elisa, Diego comprendió que el silencio ya no podía confundirse con aceptación.