Lo Que Ocultan Estas Paredes Capítulo 22
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Capítulo 22

La mañana llegó sin respuestas.

El interrogatorio de Diego Barrera no había producido ninguna confesión, ningún avance decisivo ni una sola prueba capaz de cambiar el rumbo de la investigación.

Aun así, el detective Rojas tenía la sensación de que algo fundamental había cambiado.

Las respuestas que buscaba ya no parecían estar en Diego.

Tendrían que surgir de quienes lo rodeaban.

En el Ministerio Público, la investigación entró en una nueva etapa.

El interés dejó de centrarse únicamente en la desaparición de Elisa para abarcar también a las personas que formaban parte de su entorno.

Los investigadores reconstruyeron nuevamente la cronología de los hechos.

Revisaron con mayor detenimiento los registros telefónicos.

Volvieron a entrevistar a testigos que ya habían declarado y analizaron, cuadro por cuadro, las grabaciones de las cámaras de vigilancia de las calles cercanas, buscando detalles que habían pasado inadvertidos durante los primeros días de la investigación.

Pequeños datos que antes parecían no tener relación comenzaron a analizarse en conjunto.

No porque demostraran nada.

Sino porque los patrones suelen aparecer mucho antes que las certezas.

Rojas pasó la mayor parte de la mañana reuniéndose con los investigadores asignados a distintas áreas del caso.

No hubo descubrimientos espectaculares. En su lugar aparecieron decenas de observaciones menores que, vistas de manera aislada, parecían insignificantes, pero que comenzaban a adquirir un significado distinto cuando se contemplaban como parte de un panorama más amplio.

Uno de los investigadores señaló inconsistencias en la cronología de los acontecimientos que rodeaban la desaparición de Elisa.

Otro observó que algunos testimonios ya no encajaban entre sí con la misma precisión que al principio.

Un tercero destacó la frecuencia con la que detalles aparentemente inconexos seguían conduciendo la investigación de regreso a la residencia Barrera Montenegro.

Nada de aquello demostraba culpabilidad.

Pero todo justificaba seguir investigando.

Alrededor del mediodía, Mauricio Cedeño recibió una nueva citación para ser entrevistado.

La llamada fue cortés.

Profesional.

Protocolaria.

Aun así, permaneció sentado durante varios minutos después de colgar.

Las preguntas comenzaban a ser mucho más específicas.

Los investigadores ya no formulaban preguntas generales sobre el matrimonio de Diego o la desaparición de Elisa.

Ahora querían fechas.

Reuniones.

Conversaciones.

Momentos concretos.

Por primera vez, Mauricio comprendió que la investigación había dejado de explorar posibilidades.

Ahora estaba comprobando hechos.

En otro punto de la ciudad, Alicia y Luis Fernando se reunieron discretamente con un abogado.

Ninguno habló de venganza.

Ninguno buscaba publicidad.

Su preocupación seguía siendo exactamente la misma desde el principio.

Los niños.

—¿Qué ocurrirá si esta investigación se prolonga durante meses? —preguntó Alicia.

El abogado eligió cuidadosamente sus palabras.

—Si las circunstancias cambian, existen mecanismos legales para proteger a los niños.

No era la respuesta definitiva que ella esperaba.

Pero sí bastaba para recordarle que aún no había agotado todas sus opciones.

Mientras tanto, en Altavilla, Diego hacía todo lo posible por mantener la apariencia de una vida normal.

Cada mañana se encerraba en la oficina de la residencia Barrera Montenegro para responder correos electrónicos, devolver llamadas de negocios y revisar documentos como si nada hubiera cambiado a su alrededor.

Sentado detrás de su escritorio, proyectaba la misma seguridad que durante años le había permitido desenvolverse con éxito en el mundo empresarial.

Sin embargo, fuera de aquellas paredes, el ambiente comenzaba a transformarse.

Las llamadas que antes llegaban con facilidad se hicieron menos frecuentes. Algunos socios comerciales empezaron a posponer reuniones o a delegarlas en otras personas. Incluso las conversaciones más rutinarias parecían desarrollarse con una cautela que antes no existía.

Nadie lo acusaba de nada.

No hacía falta.

Diego comprendía que una reputación construida durante décadas podía empezar a desmoronarse mucho antes de que existiera un veredicto.

Al caer la tarde, Rojas regresó a la residencia Barrera Montenegro.

No llevaba una orden de cateo.

Tampoco una orden de arresto.

Solo llevaba preguntas.

Recorrió la propiedad con calma, observando lugares que ya había visto en más de una ocasión.

El jardín.

La escalera.

El pasillo que conducía a las habitaciones.

A veces, la familiaridad permitía descubrir aquello que una primera impresión ocultaba.

Se detuvo cerca de la terraza trasera y permaneció unos instantes contemplando el terreno en silencio.

Uno de los investigadores se acercó.

—¿Cree que estamos más cerca?

Rojas mantuvo la vista fija en la propiedad.

—Creo que estamos haciendo mejores preguntas.

El investigador asintió.

A veces, eso era suficiente.

Cuando cayó la noche sobre San Alejo, las luces del Ministerio Público seguían encendidas.

La investigación había crecido.

No era más ruidosa.

Ni más rápida.

Simplemente se había ampliado.

Cada entrevista.

Cada documento.

Cada pregunta sin respuesta.

Cada detalle que en algún momento pasó inadvertido.

Todo ello comenzaba a reducir, poco a poco, el espacio donde la verdad podía seguir escondiéndose.

Rojas permaneció unos instantes junto a la ventana de su oficina, contemplando las luces de la ciudad perderse en la distancia.

Las respuestas seguían ahí afuera.

Solo tenía que continuar buscándolas.