Capítulo 21
El interrogatorio terminó sin una confesión.
Pero el detective Rojas no lo consideró un fracaso.
Mientras caminaba por el pasillo de regreso a su oficina, las últimas palabras de Diego seguían resonando en su mente.
—Las sospechas no son pruebas.
Era cierto.
Todavía no.
Sin embargo, aquel interrogatorio había confirmado algo que Rojas sospechaba desde hacía semanas. Diego había dejado de intentar convencer a los investigadores de que Elisa se había marchado por voluntad propia. Ahora había comenzado a cuestionar la investigación misma.
Y eso era diferente.
Las personas que realmente eran inocentes solían aferrarse a la verdad.
Quienes creían que no podían ser declarados culpables, en cambio, atacaban las pruebas.
Había una diferencia.
Y Rojas la anotó antes de que aquella idea se desvaneciera.
Frente al Ministerio Público, la mañana ofrecía poco alivio. Los periodistas comenzaban a llegar cada vez más temprano, con la esperanza de captar cualquier movimiento en la entrada del edificio gubernamental.
Las preguntas habían cambiado.
Al principio querían saber dónde podía estar Elisa Montenegro.
Ahora querían saber qué sabían los investigadores.
La diferencia era sutil.
Pero importante.
La compasión del público comenzaba, poco a poco, a transformarse en expectativa.
Alguien tendría que ofrecer respuestas.
De regreso en Altavilla, Diego llegó a la residencia poco antes del amanecer.
El vecindario lucía exactamente igual que siempre.
Los arbustos perfectamente recortados.
Las calles silenciosas.
Los guardias uniformados permanecían firmes en sus puestos.
A simple vista, nada había cambiado.
Y, sin embargo, todo parecía distinto.
Por primera vez desde la desaparición de Elisa, Diego notó el movimiento de las cortinas mientras caminaba hacia la puerta principal.
Los vecinos que antes lo saludaban ahora desviaban la mirada.
Incluso los guardias parecían evitar sostenerle la vista.
Abrió la puerta y entró.
La casa lo recibió con silencio.
No con el silencio tranquilizador al que se había acostumbrado.
Sino con uno más pesado.
Un silencio que parecía permanecer suspendido en cada habitación.
Los niños ya estaban despiertos.
Mateo permanecía sentado en la mesa del desayuno mientras Sofía empujaba el cereal dentro del tazón sin probar un solo bocado.
—¿Hoy vamos a ir a la escuela? —preguntó Mateo.
Diego forzó una sonrisa.
—Por supuesto.
La rutina era importante.
La rutina transmitía estabilidad.
Y la estabilidad comenzaba a ser más importante que nunca.
Más tarde aquella mañana, Alicia llamó por teléfono.
—Quisiera ver a los niños —dijo.
—Los viste hace dos días.
—Perdieron a su madre.
—A mí no me han perdido.
Al otro lado de la línea se hizo un breve silencio.
—Solo quiero pasar un rato con ellos.
—Los niños se quedan aquí.
La respuesta fue inmediata.
Sin vacilación.
Sin emoción.
Cuando terminó la llamada, Alicia bajó lentamente el teléfono.
Luis Fernando la observaba desde el otro lado de la habitación.
—¿Volvió a negarse?
Ella asintió.
—Se nos está acabando el tiempo.
Ninguno expresó en voz alta lo que ambos estaban pensando.
Cada día que los niños permanecían dentro de aquella casa era un día más en el que no podían protegerlos.
Mauricio Cedeño pasó gran parte de la tarde ignorando su teléfono.
Tres llamadas perdidas de Diego.
Después una cuarta.
Finalmente contestó.
—Me has estado evitando.
—He estado ocupado.
—No —respondió Diego con serenidad—. Has estado siendo cuidadoso.
Mauricio guardó silencio.
—La policía volvió a hablar contigo, ¿verdad?
—La policía habla con todo el mundo.
—Están esperando que alguien cometa un error.
—Y quizá lo consigan.
El silencio que siguió fue más largo de lo que cualquiera de los dos esperaba.
Cuando terminó la llamada, Mauricio permaneció sentado dentro de su automóvil durante varios minutos.
Por primera vez desde la desaparición de Elisa, comenzó a preguntarse si permanecer al lado de Diego estaba convirtiéndose en un riesgo mayor que alejarse de él.
Ya entrada la noche, Rojas volvió a abrir su libreta de apuntes.
Leyó nuevamente cada nota tomada durante el interrogatorio.
Cada respuesta.
Cada vacilación.
Cada silencio.
Una frase sobresalía por encima de todas las demás.
—Dijo que se llevaría a los niños a un lugar seguro.
La subrayó una sola vez.
Después cerró la libreta.
Desde la ventana de su oficina contempló las luces de San Alejo extendiéndose bajo la oscuridad.
La investigación todavía no había dado el giro decisivo.
Todavía no.
Pero algo había comenzado a cambiar.
No las pruebas.
Las personas.
Y, en ocasiones...
Era precisamente ahí donde comenzaba a revelarse la verdad.