Lo Que Ocultan Estas Paredes Capítulo 9
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Capítulo 9

La mañana siguiente, San Alejo despertó con una creciente sensación de inquietud.

Los faroles aún parpadeaban desde la noche anterior, y la neblina que descendía por el valle hacía que la ciudad pareciera más pequeña, contenida, casi frágil.

Dentro de Altavilla, la casa Barrera Montenegro parecía intacta desde afuera, pero el ambiente en el interior se había tensado, como un alambre a punto de romperse.

Rojas se estacionó al otro lado de la calle del enclave, cuaderno en mano. Hoy se centraría en los niños—no para interrogarlos, sino para observar y ver qué rastros de su madre quedaban en sus rutinas, en los detalles más pequeños de sus vidas.

El guardia en la entrada asintió cuando pasó, pero la vigilancia era diferente ahora. Las miradas de los guardias se detenían más tiempo, más calculadoras. Rojas tomó nota: sutil, pero significativo.

Dentro de la casa, Rojas siguió el suave eco de pasos hasta el cuarto de juego de los niños.

Mateo y Sofía coloreaban en silencio, su concentración era frágil, interrumpida cada vez que una sombra pasaba por la puerta.

Rojas se agachó cerca de una mesa baja, cuidando que su presencia fuera neutral, casi invisible.

—Buenos días —dijo en voz baja.

Los niños levantaron la mirada pero no hablaron.

Rojas estudió los dibujos esparcidos por el suelo. Crayones, garabatos, dibujos de la casa. En cada uno, Elisa aparecía una y otra vez en distintas habitaciones.

En el despacho, Mauricio Cedeño se sentaba frente a Diego, hablando en voz baja, con una presencia que transmitía control.

—Debes tener cuidado —dijo Mauricio—. Rojas es metódico. Un pequeño error y empezará a unir cabos.

—No he hecho nada —murmuró Diego, pero la tensión en su voz lo delataba.

—Eso no importa —dijo Mauricio—. Es la apariencia de control, la narrativa. Tú manejas la casa, manejas a los niños, y mantienes todo bajo tu alcance. Déjalo ver lo que tú quieres que vea. Nada más.

Diego asintió lentamente. Había aprendido el peso de la percepción—y el costo de perderla.

Mientras tanto, Alicia y Luis Fernando coordinaban con el Ministerio Público. Su preocupación se había profundizado hasta convertirse en determinación. Cada llamada sin respuesta y cada retraso aumentaba la presión.

—Tenemos que asegurarnos de que los niños estén protegidos —dijo Alicia—. Y que la casa esté segura—no solo físicamente, sino también libre de cualquier influencia.

La mano de Luis Fernando apretó la de ella. —Lo haremos. No serán manipulados. Conoceremos la verdad.

Rojas llegó a la casa Barrera Montenegro esa tarde para continuar su observación, notando la coreografía cuidadosa de la vida diaria. Diego guiaba a los niños, Mauricio merodeaba cerca, y sin embargo, a pesar de las apariencias de orden, algo no encajaba.

La tensión era sutil: una mirada que duraba demasiado, un paso un poco más fuerte, manos que se agitaban sobre objetos en la habitación. Rojas anotó cada observación meticulosamente.

Afuera, los vecinos empezaron a murmurar con más libertad.

Autos que no encajaban en el enclave, rostros desconocidos, patrullas que iban y venían.

Rojas hizo llamadas, recabando declaraciones, verificando la cronología.

Cada observación, por pequeña que fuese, ayudaba a esclarecer la investigación, aunque aún no había pruebas directas sobre el destino de Elisa.

Horas más tarde, Rojas volvió a estacionarse frente a la casa Barrera Montenegro. Las luces resplandecían en las ventanas, sombras moviéndose entre las habitaciones. Adentro, los niños seguían su rutina de dormir, voces suaves resonando por el pasillo.

Rojas suspiró lentamente. La residencia era una fortaleza de apariencias, cada detalle calculado. Y sin embargo, sabía que dentro de esos muros calculados, siempre se formaban grietas.

Pensó en Elisa, la mujer que se había desvanecido entre esos muros.

En algún lugar, detrás de las rutinas, las fachadas, las miradas cuidadosas, se escondía la verdad.

Rojas miró una vez más hacia las ventanas antes de volver a su coche pensando que los niños habían visto algo y que ellos sabían la verdad. Quizá llegaría el día en que pudiesen contarla.