Lo Que Ocultan Estas Paredes Capítulo 6
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Capítulo 6

El detective Rojas llegó a la casa de los Barrera Montenegro más temprano de lo habitual.

El cielo aún estaba oscuro, con la promesa del amanecer.

La casa permanecía quieta, como si contuviera la respiración.

Adentro, los niños ya estaban despiertos, aunque permanecían sosegados, sus voces apagadas y sus movimientos cautelosos.

Rojas notó de inmediato que los niños presentían el peligro.

Los niños siempre presienten el peligro antes de que los adultos lo admitan.

Rojas se acercó a la puerta del cuarto de juego donde Sofía y Mateo estaban sentados en el piso.

Habían piezas de Lego dispersas a su alrededor; sin embargo, los niños no parecían interesados en armarlos.

En cambio, estaban dibujando remolinos oscuros, líneas irregulares y colores corridos y densos.

—¿Puedo verlo? —preguntó suavemente.

Sofía asintió.

Recogió uno de los dibujos de Mateo. Una casa, con una mujer parada frente a ella. Se veía un hombre parado dentro de la casa, sin embargo, los matices de éste se veían más pronunciados. La expresión de la cara de la mujer no era más que un círculo frenético, y éste lo estremeció.

—¿Tu mami dibujaba contigo? —preguntó Rojas.

Mateo negó con la cabeza.

—No. Ella… ella estaba triste.

Antes de que Rojas pudiera preguntarle algo más, Diego apareció en la puerta. Apretó la mandíbula y dijo con tono cortante:

—Le agradecería mucho que dejara de cuestionar a mis hijos sin mi consentimiento.

—Simplemente estoy observando —dijo Rojas—. Los niños suelen fijarse en cosas que nosotros los adultos pasamos por alto.

—Están traumatizados —dijo Diego, perdiendo la paciencia—. No necesitan que los estén interrogando.

Rojas sostuvo su mirada y dijo:

—A veces las cosas más insignificantes podrían ayudarnos a encontrar a Elisa.

Un largo y tenso silencio se extendió entre ellos.

Finalmente, Diego forzó una pequeña sonrisa.

—Usted ha estado aquí por muchas horas cada día. ¿No cree que deberíamos darles un poco de espacio, detective?

No era una petición, sino un nuevo límite que acababa de imponer.

Rojas no le respondió. Por lo menos no directamente. En su lugar se volvió hacia sus notas.

Había otro cabo suelto. La niñera del vecino, Maribel, había estado a punto de decirle algo más cuando se apareció su empleador, poniendo fin a su conversación con una mirada fría.

Rojas había enviado a un oficial a buscarla. Sin embargo, ella se había regresado a su casa. Los vecinos dijeron que había empacado sus cosas antes del amanecer y se había marchado. No había regresado ni a recoger su sueldo.

Parecía haber huido… de algo o de alguien.

Rojas levantó su mirada de su cuaderno.

Diego reapareció al final del pasillo.

—Detective, hoy tengo una reunión. Mi consejero legal está por llegar y le agradecería un poco de privacidad.

—Perfecto —pensó Rojas. El asesor legal y facilitador de Diego era otro nombre que había salido a relucir entre los emails y documentos financieros: Mauricio Cedeño.

Era él quien le había ayudado a Diego a esconder una súbita transferencia de fondos justo antes de la desaparición de Elisa.

Esto no era ilegal en sí, pero sí lo suficientemente sospechoso para merecer atención.

A su llegada, Cedeño saludó a Diego con un firme apretón de manos. Hablaron en voz baja dentro del despacho de Diego. La tensión que fluía entre ellos era inconfundible: miedo  disfrazado de normalidad.

Rojas permaneció en el corredor, escuchando fragmentos de lo que decían:

—…no podemos dejar que esto siga adelante…

—…me dijiste que esto se iba a calmar…

—…van a descubrir todo…

Luego, en un susurro, Cedeño dijo:

—¿Y si Rojas sospecha algo?

Diego recobró el aliento y respondió:

—No sospecha nada.

Sin embargo, Rojas tenía sus propias sospechas.

***

Tres Meses Antes

Elisa estaba parada frente a la puerta del baño principal, observando a Diego por el espejo. Se estaba ajustando la corbata, con la mandíbula tensa de la irritación.

—¿Cancelaste de nuevo la reunión? —le preguntó en voz baja.

—Porque la echaste a perder otra vez  —replicó—. Siempre echas a perder todo.

Elisa respiró profundamente.

—Solo pregunté por qué no cuadraban los números.

Diego se volvió hacia ella, con una expresión controlada y voz quebradiza, y dijo:

—Estás imaginando cosas y estás tratando de hacerme parecer incompetente.

Ella dio un paso atrás.

No porque él hubiera dado un paso hacia ella sino porque vio algo nuevo en sus ojos. Algo frío, calculador, y por primera vez, Elisa se preguntó de lo que podría ser capaz de hacer y qué quería proteger a toda costa.

Rojas pasó su mano por toda la baranda, recorriendo con los dedos las leves hendiduras dejadas por años de vida familiar. Aún no sabía qué había ocurrido aquí— pero la casa lo sabía. También los niños. Y Maribel.

Al caminar hacia la puerta de entrada, sintió el peso y la opresión de cada amenaza tácita.

Aún no había terminado con la casa, ni con ninguno de los que vivían dentro de ella.