Capítulo 5
El detective Rojas estaba sentado frente a su escritorio, las luces fluorescentes parpadeantes proyectaban largas sombras sobre el mapa de Altavilla que tenía extendido frente a él.
Cada calle y cada casa estaba marcada con notas: ángulos de cámara, puntos de entrada y horarios de patrullaje.
El cuaderno que había encontrado en la casa lo tenía abierto junto a él, las páginas llenas de las palabras de Elisa que revelaban el abuso doméstico que sufría a manos de Diego.
—Me siento atrapada. Se espera todo de mí, pero siento que no puedo respirar.
La repetición lo inquietó. No era únicamente miedo lo que sentía Elisa, sino también resignación. Un patrón. Una señal.
Cerró el cuaderno y estudió la secuencia de eventos que mostraba la pizarra frente a él. Había demasiadas inconsistencias. Demasiadas fallas que resultaban demasiado convenientes: como las cámaras que no habían funcionado. Los vecinos no habían oído ni visto nada.
Rojas empujó la silla hacia atrás, tomó el cuaderno y caminó hacia la puerta. Si había respuestas a esas preguntas, estas únicamente podrían encontrarse dentro de aquella casa.
Las calles de Altavilla parecían demasiado tranquilas cuando se dirigía a la entrada principal del enclave.
Los arbustos parecían más altos de lo habitual, inmóviles bajo la tenue luz de la mañana.
Tenían un aspecto fantasmal. Se le erizó la piel.
El guardia en la garita lo reconoció casi de inmediato y abrió la puerta de entrada sin hacerle pregunta alguna.
Cuando Rojas entró de nuevo a la casa Barrera Montenegro, el viejo olor a cloro parecía flotar en el ambiente como una señal de alerta.
Recorrió la casa con exagerada precisión, de modo que sus ojos captaron todos los detalles que había notado anteriormente y también aquellos que no había visto antes.
En el baño principal se agachó cerca del gabinete.
Detrás de él había un hueco bastante estrecho donde se unían la madera y el piso.
Ahí había una pequeña mancha. Parecía la huella de una limpieza apresurada. Pero la perfección era imposible.
Rojas fotografió la posible huella y anotó el lugar preciso donde la había encontrado. Cualquier cosa que se le pasara por alto podría ser de suma importancia.
En el exterior del enclave, Alicia se encontraba sentada dentro de su auto. Sus ojos fijos en los altos e impresionantes muros de Altavilla. Luis Fernando estaba sentado junto a ella, su rostro pálido y demacrado.
—Hace horas que debía haber regresado —susurró Alicia — . Parece haberse esfumado.
Luis Fernando no respondió. Ninguna palabra parecía suficiente frente al miedo que sentían. En el asiento trasero había varios juguetes y una chaqueta de uno de los niños. Cosas que habían recogido de la casa, cosas que simplemente hacían más palpable el dolor.
Alicia apretó sus manos.
—Ella nunca los dejaría. Nunca.
Luis Fernando se volvió hacia ella y dijo:
—Debemos seguir adelante. Seguir empujando, pues alguien tiene que saber algo.
Más tarde, en la estación, Rojas revisó de nuevo las imágenes granulosas y oscuras del video. Eran casi inútiles, pero mostraban una sombra en el perímetro, moviéndose entre dos arbustos, deliberadamente y con cautela. La figura sabía dónde las cámaras fallaban.
Regresó la cinta de video para verlo nuevamente. Y luego otra vez.
Alguien que estaba familiarizado con Altavilla había estado allí esa noche.
Se realizó una segunda entrevista con Diego. Mantuvo su compostura; sin embargo, hubo algunas particularidades como la rigidez de sus hombros, irritación cuando se le pidió que repitiera algunos detalles, vaciló cuando se le mencionó el cuaderno de Elisa.
Su coartada era endeble y estaba sostenida por demasiadas lagunas convenientes.
Rojas no quiso empujarlo más. Aún no. Lo observaba cuidadosamente. La forma en que sus manos se inquietaban, cómo evitaba mirarlo directamente a los ojos y cómo su voz era muy leve cuando se le pedían mayores detalles.
Su fachada de calma se estaba resquebrajando.
Por la tarde, un técnico forense le llamó con una pista. Una huella parcial se había encontrado cerca del límite de la propiedad. Pequeña, pero lo suficientemente distintiva para analizarla. Junto a ella, entre la grama, un gancho de cabello de color plateado. Simple, pero fuera de lugar.
Rojas colgó el teléfono y se recostó hacia atrás en su silla. El peso de la investigación recaía sobre él con la misma silenciosa firmeza que parecía envolver a Altavilla.
El enclave no estaba simplemente silencioso; también parecía proteger sus propios secretos.
Rojas lo percibía ahora con más claridad que nunca.
Lo que le había sucedido a Elisa estaba enterrado entre aquellas paredes. Y él estaba decidido a descubrir la verdad.