Lo que oculta un corazón: El impenetrable William Capítulo 30 #6
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Capítulo 30 #6

William siempre dudaba, eso lo hacía quien era, entonces sonaron nuevos aplausos.

La gente se tensó. Por un instante, todos dieron por muerto al desdichado que se hubiera atrevido a hacer semejante barbaridad.

pero, cuando buscaron al culpable, descubrieron que no era un estúpido y que seguramente no moriría.

—Fue una buena actuación, Amber —dijo Thomas desde una silla colocada sobre una mesa de banquete—. Bastante convincente.

—¿Qué?

Thomas saltó de la mesa y se abrió paso entre la gente.

—Muy bien. Juguemos a un juego. ¿Amber tiene razones para odiar a Willy y Alice? ¿Piensan que sí, verdad? Sobre todo los gordos de allá, que ni siquiera se levantaron de sus asientos.

—¡Cállese! ¿No ve que…?

—Como dije: convincente. Pero mentira.

Thomas miró a William.

—¿Lo descubriste también, verdad?

William asintió.

—Y no te gustó la conclusión a la que llegaste, ¿cierto?

William apretó los labios y cerró la mano sobre el arma.

—Bien, Amber querida. Pasa a sentarte.

—¡Pero yo…!

—No eres más que otra chantajeada. Nada importante.

Amber cerró la boca y miró a todos lados.

—Tranquila, preciosa. Saldrás cuando yo diga quién es. No antes.

Thomas paseó frente a todos con una tranquilidad casi teatral.

—Empecemos la lista con el eslabón más bajo.

Lucca Fridckford, el primero en descarriarse y querer decir la verdad.

Luego Peter, quien no pudo cumplir su misión de matar a Alice.

Después, la señora Pakins y sus perros guardianes, quienes murieron tras el intento de matar a William en la masacre del orfanato.

Consecuentemente, lady Miller, quien asesinó a Pakins para que no hablara.

Después, lord Harnett, quien reveló el secreto de la duquesa.

Luego la duquesa de Montpensier. Y, claro está, la señora Frescott.

Thomas sonrió.

—La pregunta segura de todos es: ¿por qué? ¿A quién hace culpable todo esto? Simple. ¿Quién ha estado siempre junto a William? ¿Quién posee la capacidad mental para algo tan elaborado?

—¡Giorgiana Charpentier! —gritó una voz escondida.

—Bien pensado, lord Hildent —reconoció Thomas, dejando al hombre en vergüenza—. Yo también dudaría de ella para cualquier otra cosa.

—¡Ey! —se escuchó la voz de Giorgiana en la lejanía.

—Sigamos. Más opciones. —Nadie habló—. ¿Nadie? Vamos, gente…

—Thomas —gruñó William.

—Es alguien cercano a él. Alguien que sabría lo que pensaba, cómo actuaría, cómo respondería bajo presión, a quién protegería si se enamoraba…

—¿Su madre? —preguntó una voz.

—Interesante deducción, lady Arabela, pero no creo que su madre quiera matarlo.

—Su hermana Katherine.

—Muy lejos.

—Su mujer.

—Qué estupidez —se burló Thomas—. Vamos.

—Quizá… —dijo otra voz— su mejor amigo.

Thomas sonrió hacia William y se volvió con júbilo.

—¡Brillante! Bien dicho, Andrei.

De entre la gente, Andrei Frescott comenzó a caminar con paso seguro. Ya no parecía embriagado. Ni perdido. Ni roto. Parecía más racional que nunca. William miró el rostro del hombre en quien más había confiado después de su padre.

Su amigo, el que creyó que estaría a su lado toda la vida.

Andrei Frescott.

—Hola, Willy.

Alice se acercó a William y tomó su mano con fuerza. Él no pudo devolver el gesto, no porque no quisiera, sino porque no podía, de alguna forma, ya lo sabía. Desde que Thomas lo llevó a descubrir a Amber, quizá desde antes, pero no había querido aceptarlo.

—Son idiotas —dijo Andrei, mirando a la duquesa, a Harnett y a su propia esposa—. Les brindé la oportunidad de que uno sobreviviera.

—¡Estás loco! —gritó Amber entre lágrimas—. ¿Dónde está mi hijo?

—Te dije que te lo devolvería si hacías bien tu trabajo.

—Andrei, por favor —dijo William—. ¿Qué demonios te pasa?

El hombre rio y negó varias veces.

—En un momento te explico.

Rápido como un rayo, Andrei sacó un arma y disparó contra la duquesa y contra Harnett, quienes no esperaban aquella acción a sangre fría. Amber gritó y corrió detrás de la gente.

—Me ocuparé de ti después.

—No, por favor, Andrei. Basta. Detente…

—Como sabrán, todos están rodeados por mis hombres.

Thomas volvió la mirada hacia las puertas y asintió.

—¿Vas a matar a toda la sociedad francesa?

—Deben morir.

—Se acabó la monarquía, Andrei, pero siempre habrá privilegiados. Y, que yo sepa, muchas de estas personas ganaron su lugar por sus propios medios.

—Por favor. ¿El magnífico Thomas Hamilton no entiende la corrupción? Estas personas detienen el progreso.

—¿Por qué ir contra tu mejor amigo? —preguntó Thomas.

—Su idea de ser primer ministro salió de mí. Era mi sueño. Pero era imposible que yo ganara. Lo sabía.

William dio un paso hacia delante.

—Nunca me dijiste que era tu sueño. Tú sugeriste que lo hiciera.

—Así es. Tú no conocías nada de lo que yo deseaba.

—Si no me lo decías, ¿cómo querías que yo…?

—¡Lo deduces todo, William! ¡Siempre lo has hecho! ¿Ahora quieres que crea que no lo notaste?

—No soy una máquina, Andrei. No puedo saberlo todo.

—Lástima.

Andrei elevó el arma. William hizo lo mismo con la suya.

—Tranquilicémonos un poco —pidió Thomas—. ¿No crees que llevaste esta pelea de amigos demasiado lejos, Andy?

—¡Cállate! ¡Cállate o haré que mis hombres maten a cada ser viviente aquí dentro!

—No —dijo William—. Al único que quieres es a mí, adelante.

—El salvador. —Andrei se burló—. Pero dije una vez que, si te mataba, sería en vida. Nuevamente tienes un hijo en camino, ¿cierto?

William sintió cómo Alice apretaba su saco desde atrás. Tenía miedo y, por primera vez en mucho tiempo, William tuvo terror de verdad. Jamás había notado un cambio en Andrei. Siempre que iba a visitarlo parecía el mismo hombre amable y solidario de siempre.

Nunca vio la sombra que ocultaba su corazón.

—Dispara —dijo William.

—Piensas que no lo haré. Pero no estoy dudando. Solo lo disfruto. —Andrei sonrió con una crueldad desconocida—. Disfrutaré ver el rostro de tu esposa cuando caigas.

—Irás a la cárcel después de asesinarme.

—Mataré a todo el que esté aquí.

—Son cientos de personas. Es estúpido creer que nadie saldrá vivo. Menos con Thomas Hamilton presente.

—Pero me llevaré la satisfacción de matarte.

—¿Por qué? ¿Qué hice yo para recibir tu odio?

—Existir. —Andrei apretó los dientes—. Existir con todas esas comodidades, con todos esos privilegios, sin esforzarte, siendo perfecto, casándote con la mujer perfecta, teniendo hermanos, padres y primos perfectos. ¡Maldita sea, William! Apenas has sufrido.

—Bueno —William sonrió con dolor—, estos meses en los que has andado tras de mí equivalen a una muerte lenta y dolorosa.

Por un segundo, Andrei sonrió también. Fue como antes. Solo dos amigos. Sin títulos. Sin dinero. Sin familia. Solo ellos, disfrutando de la vida, viajando o persiguiendo a alguna de las hermanas de William.

—¡Dios mío, Andrei! —Giorgiana lloraba entre la multitud—. ¡Eras parte de nuestra familia!

El rostro de Andrei se deformó de tal forma que William supo que ya no había marcha atrás. Después, todo ocurrió demasiado rápido.

Un disparo. Dolor. Sangre. El mundo inclinándose.

—¡Salgan todos de aquí! —ordenó Thomas—. No hay peligro. Son mis hombres quienes custodian las puertas.

—¡Giorgiana! ¡Saca a las mujeres! —gritó Asher.

Todo sonaba lejano. William cayó de rodillas.

El grito de Alice llegó como desde otra vida.

—¡William!

El primer ministro sostenía el cuerpo de su amigo moribundo.

Andrei respiraba con dificultad. La sangre que brotaba de su vientre era demasiada. Sus ojos revelaban que perdía el conocimiento, aunque luchaba por permanecer despierto.

—Eres un bastardo —sonrió Andrei, en brazos de William—. Estás malditamente herido y aun así lograste arrebatarme el arma y dispararme.

—¡Cállate! —dijo William—. ¡Maldita sea, Andrei, cállate!

—Yo valía la pena… mi vida…

Tosió sangre.

—Descubrí lo de Amber casi al mismo tiempo que se embarazó.

—¿Por qué no me lo dijiste, imbécil?

William lloró. Sí. Lloró. Andrei sonrió apenas.

—Porque tú siempre habrías sabido qué hacer.

Su mirada se perdió un momento.

—Y yo… yo ya no quería que salvaras a nadie.

William apretó los dientes, sosteniéndolo con más fuerza.

—No te mueras.

—Qué orden tan tuya…

Andrei intentó reír, pero solo salió un sonido quebrado.

—Cuida a Alice. Te mira como yo quería que alguien me mirara.

Alice se arrodilló a su lado, llorando en silencio.

—Andrei…

El hombre volvió apenas los ojos hacia ella.

—Perdón. —Fue lo último que dijo.

Después, el peso de su cuerpo cambió y William supo que su mejor amigo había muerto en sus brazos.