Capítulo 30 #5
—No planeo discutir eso. Sé que me queda poco tiempo. Mandé a mi hijo lejos para asegurar su vida, pero por la mía no puedo hacer nada. Por eso solo me queda ayudarla a conocer a alguien.
—No pienso ir a ningún lado con usted.
—Lo entiendo. Iremos a un sitio concurrido. Es importante.
Alice dudó. Prefería internarse donde hubiese gente a quedarse allí, convertida en un blanco fácil.
Aceptó la invitación y caminó detrás de la silla de ruedas, que el propio Harnett dirigía.
No le importaba que todos la miraran mal por no ayudarlo, no tocaría nada de un hombre que había contribuido a torturarla durante meses.
—Deténgase aquí, querida.
—Es el área de caballeros —dijo Alice.
—Lo sé. Aquí está la persona que pretendo que conozca.
—¿Quién es?
Harnett la miró con ternura.
—Su padre.
Alice perdió el color.
—Prefiero ir con mi marido.
—No le haré daño, será mi forma de compensar lo que hice.
Alice dudó de nuevo.
«Es una mala idea», repetía su cabeza, pero siguió avanzando. La silla se detuvo junto a un grupo de hombres sentados frente a una mesa llena de comida y bebida. Hablaban de temas incomprensibles, demasiado embriagados para sostener una conversación decente.
—Señores —dijo Harnett—, ¿me permiten hablar con el duque?
Alice buscó a la persona que, según él, era su padre biológico.
—Ah, ese viejo —dijo uno de los más jóvenes—. En el rincón de allá.
Alice siguió la dirección de su pulgar, había un bulto sobre el suelo. Llevaba ropas elegantes, una banda azul cruzándole el pecho, pero, fuera de eso, parecía un mendigo. El olor a licor, tabaco y vómito era repulsivo.
—Alice —dijo Harnett—, su padre: el duque de Montpensier.
Alice lo miró a él y después al hombre tirado en el suelo.
Era terrible verlo así. No lo conocía, era verdad, pero algo en su interior se quebró. Tal vez porque, aunque no existía afecto, sí existía sangre y aquel hombre, desvalido y olvidado, era su padre.
Su verdadero padre. El cual no sabía de su existencia. Alice dio algunos pasos hacia él y le tocó el hombro. El hombre abrió los ojos de golpe, arrancado de un sueño profundo por la embriaguez.
—¿Quién eres, preciosa?
Su aliento alcohólico llegó a la nariz de Alice…
—Soy… —Suspiró—. Soy tu hija. Alice.
—¿Alice? —Negó con la cabeza gacha—. Yo no tengo hijas.
—Sí. Sí la tuviste. Te lo ocultaron durante mucho tiempo.
—Aléjate de mí. No tengo hijas. Frida no puede tener hijos.
Alice apretó los labios.
—Frida no. Pero Marián sí.
El hombre levantó el cabeza tan rápido que Alice creyó que se desnucaría. Detrás de aquella mirada enrojecida por los excesos, detrás del brillo cristalino de sus lágrimas, había unos ojos violetas.
Como los suyos.
—¿Cómo sabes de Marián?
—Es mi madre. Nacimos dos aquel día. Mi hermano y… yo.
El hombre la miró con detenimiento. Parecía esforzarse, como si la razón intentara abrirse paso después de años de oscuridad.
—No recuerdo a Marián. Puedes estar mintiéndome. ¿Sabes que soy rico, verdad?
—No me importa tu dinero.
—Eso dicen todas. —Rio, pero acabó tosiendo con violencia—. Frida ha intentado durante años que firme unos papeles para cederle todo. ¡Por eso sigo vivo! ¿Te ha mandado para convencerme? ¿Para hacerme firmar por medio del rostro de su hermana? ¿Sabías que yo la amaba?
—Sí. —Los ojos de Alice se llenaron de lágrimas—. Sí lo sé.
—Lárgate. Déjame tranquilo.
—Señor Montpensier… —Alice cayó de rodillas—. Por favor, intente ver algo de usted en mí. Soy su hija.
Deseaba cuidarlo. Si por ella fuera, toda esa fortuna terminaría en manos de los pobres. Lo que anhelaba no era el título ni el dinero.
Deseaba un padre, uno que la mirara y la reconociera, uno que la amara.
El duque se puso en pie como pudo. Las velas le iluminaron el rostro y lo arrancaron de las sombras.
Alice se levantó también y contempló su altura, su cuerpo robusto a pesar de los excesos, sus facciones duras y esos ojos violetas.
Gracias a esa luz, él también pudo verla. Vio sus ojos, los ojos que solo los Montpensier tenían y, al verla, el recuerdo de Marián volvió a él. La dureza de su rostro se disolvió. Su mano temblorosa se elevó hasta la mejilla de Alice y la tocó con suavidad.
—Eres… eres idéntica a ella. —Tragó saliva—. ¿Cuántos años tienes?
—Veinticinco.
—Sí… la edad de mi hijo fallecido. —La miró con una emoción casi insoportable—. Alice… ¿Cómo pude olvidarlo? Siempre le gustó ese nombre. Era nuestro secreto… ¿Eres en verdad mi hija?
—Sí —lloró ella—. Parece ser que sí.
—Cómo es que nunca lo supe? ¿Cómo creciste lejos de mí?
—La duquesa…
—¡Esa mujer! —El duque se irguió bruscamente—. ¡Esa mujer arruinó mi vida! ¿Ella te alejó de mí? ¿Dónde creciste?
—Londres.
—¡Londres! ¡El último lugar donde habría imaginado buscarte!
—Montpensier —lo llamó Harnett—, espero que la cuide de ahora en adelante. Debería dejar de beber.
—¿Harnett? ¿Por qué me ayudas, bribón? Siempre deseaste a mi mujer. A mi Marián.
Harnett miró a Alice. Ella abrió los ojos con impresión. ¿Por eso había sido dulce con ella? ¿Porque amó a su madre?
—Pero no deseaba su muerte —dijo Harnett—. Y no deseo la de su hija. Creé una venganza contra Frida, pero ahora…
—¡Maldito inválido! —La voz de Frida estalló a espaldas de Harnett—. ¡Se los dijiste!
—¿Qué dije, Frida? —respondió él con tranquilidad.
—Les dijiste que la asesiné, que alejé a esa chiquilla… Te mataré.
—Acabas de confirmárselo a ellos y a mucha más gente.
Harnett miró alrededor, los murmullos curiosos se elevaban por todas partes. Frida comenzó a ponerse nerviosa y, entonces, sonrió.
—De todas formas, estoy acabada.
Sacó un arma y apuntó al hombre en silla de ruedas.
—¡Frida! —Alice levantó las manos—. Tranquilízate.
—¡Cállate! No eres mi objetivo. Yo no soy quien debe matarte.
—Frida, ¿qué demonios has hecho? —preguntó el duque.
—Lo que tenía que hacer para escalar.
La mujer tragó saliva.
—Lo siento.
—Duquesa, baje el arma —pidió William.
—Oh, miren. Un muerto en vida.
Frida sonrió sin mirar atrás.
William se acercaba poco a poco sin que ella se diera cuenta, haciendo señales para que los demás invitados retrocedieran. Pero, como era de esperarse, los curiosos solo daban un paso hacia delante.
—Frida, baja el arma —dijo Asher.
—No lo creo, su excelencia. Este será mi último acto.
Disparó, pero el tiro falló. William había alcanzado a la mujer justo a tiempo y desvió la bala hacia el techo. La duquesa forcejeó, desesperada, pero el cuerpo del marqués era más grande, más fuerte, más poderoso. No podía liberarse.
—¡Suélteme! ¡Suélteme!
Entonces otros disparos se alzaron hacia el techo. Tres tiros seguidos. La intención era clara: llamar la atención de todos y lo consiguió. Nadie alcanzaba a ver quién había disparado, pero pronto comprendieron algo peor.
Las puertas estaban cerradas, cada entrada estaba bloqueada por hombres armados con rifles. El enorme salón de Versalles había sido tomado prisionero, unos aplausos comenzaron a sonar, fuertes y vivaces, seguidos de una carcajada estruendosa.
—Impresionante, Will —dijo una voz—. Muy impresionante.
Alice miró a su marido con nerviosismo, no entendían qué sucedía. Tampoco lograban relacionar la voz con la persona que, en ese momento, les daba la cara.
—¿Amber? —se sorprendió Alice—. Andrei me dijo…
—Que morí.
Amber se encogió de hombros.
—Lo sé. Qué cobarde. Se ahogó tanto en alcohol que ya no distingue la realidad.
—Me dijo que te suicidaste.
—Claro. ¿Y me ves muerta ahora?
—Me gustaría decir que sí —dijo William—. ¿Por qué lo haces?
—¿Por qué?
Amber sonrió.
—Veamos. Comencemos desde el principio.
Caminó con una tranquilidad insultante entre la multitud.
—Mi marido siempre fue una sombra del fantástico William Charpentier.
Un hombre bueno, rico y poderoso. Uno que jamás se dignó a mirarme.
Uno que siempre me despreció. ¿No crees que te habría preferido a ti?
¿Que habría elegido ser marquesa antes que esposa de un idiota como Andrei Frescott?
Un idiota sin título, mimado, que pierde su fortuna poco a poco.
—¿Envidia? —preguntó Alice.
—Quizá podríamos llamarlo valoración correcta de mí misma. Sé que merezco más de lo que tengo.
—Por eso te ensañaste con Alice —comprendió William.
—Sí. Digamos que te destruiría convirtiendo a esa muchacha simplona en algo único, algo irresistible para ti, para que la amaras y así tenerte atado de manos y pies.
Amber miró a Alice.
—¿Qué no harías por ella, Willy? Aún más sabiendo que, nuevamente, está embarazada.
Alice sintió que se ahogaba. ¿Cómo lo sabía? Ella lo había ocultado con la esperanza absurda de que, si nadie se enteraba, nadie podría dañar al niño. William miró a su esposa. No necesitó preguntar.
Amber decía la verdad.
—¿Por qué matar a tanta gente? —preguntó William—. ¿Por qué elaborar un plan donde todos terminaran matándose entre ellos?
—Simple. Eliminaba sospechosos.
Amber sonrió.
—¿No dije una vez que quería que me descubrieras?
Bueno, aquí estoy. Además, míralos a todos.
Son despreciables. Secretos tan fuertes, tan terribles, que se vieron en la necesidad de matar para conservar sus vidas intactas.
Ha sido más fácil de lo que imaginé. Manipular es sencillo cuando sabes cómo, cuándo y a quién atacar.
La mujer aplaudió a sus cómplices con una burla cínica.
—Bravo, señora Montpensier. Nadie sabrá que asesinó a su hermana y mandó lejos a su sobrina para quedarse con la fortuna de su cuñado. Y usted, señor Harnett… viejo promiscuo, ansioso por vengarse de Frida por haber matado a su amada Marián, por quien perdió incluso la movilidad de las piernas.
Alice miraba impresionada a Amber, aquella mujer caminaba como si no temiera a nada. William no decía nada, solo la observaba, sus ojos analizaban cada detalle.