Lo que oculta un corazón: El impenetrable William Capítulo 30 #4
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Capítulo 30 #4

—¡No puedo volver ahí! —respondió Alice, recordando el horror.

—¡Maldita sea! —gruñó Will—. Empaquen sus cosas. Nos vamos.

—¿A dónde?

—A Matignon. De todas formas, es mi residencia.

—William… aún tenemos que asistir a…

—Sí. Cámbiate, Alice. No nos mostraremos débiles frente a esto. Sea lo que sea, esto se acaba hoy.

William visitó a Peter en la celda antes de partir.

Lo encontró golpeado, débil, casi irreconocible.

—Peter…

—¿Mi señor?

William sostuvo la antorcha y se acercó a los barrotes.

—No sé qué decir por tu comportamiento.

—No tengo justificación. Pero puedo darle lo que necesita.

—¿Por qué lo hiciste? Confiaba en ti.

—Ese será el mayor honor que llevaré conmigo.

Peter tragó saliva.

—Le diré el secreto que me dieron a guardar. La duquesa de Montpensier es hermana de la madre de su mujer. No dudó en quitar del camino a su hermana mayor, casada con el duque que ahora agoniza por la misma causa: envenenamiento.

William permaneció inmóvil.

—Tengo todas las evidencias en mi recámara, detrás de una pequeña puerta bajo la cama. Puede comprobar que su mujer es la legítima heredera de la casa Montpensier. Puede salvar al duque de un destino abominable.

—Peter, ¿es tan grave tu secreto?

—Ese secreto muere conmigo.

—Peter…

—Adiós, mi señor. Sé que no me queda mucho tiempo. La venganza de esa mujer vendrá enseguida. Pensó que me dejarían tan golpeado que no recordaría ni mi nombre. Se equivocó. Moriré, pero su secreto no lo hará.

—Puedo ayudarte.

—No, mi señor. —Peter sonrió apenas—. Suerte.

William se alejó de aquel hombre abatido y le tendió la mano por última vez, pese a todo, Peter le había sido fiel, a su manera torcida.

Pero fiel.

Cuando William regresó a Matignon, Alice caminaba de un lado a otro en una hermosa habitación que no era la suya.

No podía decir que se sintiera segura en ninguna parte, pero al menos Emma y Charles estaban allí.

Acompañándola. William entró tiempo después.

No habló. Simplemente fue hacia ella y le besó la frente.

—¿Por qué has tardado tanto? —preguntó Alice, tocándole el pecho con nerviosismo.

—Te ves preciosa.

—William.

—Tu nombre será cambiado pronto a duquesa. He llevado todo lo necesario al registro. Ahora buscarán a tu tía para encerrarla

—¿Qué? ¿Qué ha pasado?

—Peter conocía el secreto de Frida Allamand. Y tenía la evidencia necesaria para encerrarla.

—Pero ¿cómo? No creo que haya pruebas de hace tantos años.

—Sí las hay. El médico registró ambos nacimientos: el niño que falleció y la niña que sobrevivió. Hay un registro de tu vida, Alice. Tu madre vivió lo suficiente para ponerte nombre.

Alice dejó de respirar.

—Además, encontré medicamentos letales. Venenos. Tu padre seguramente sufre de eso ahora. Si logramos que te vea…

—No estoy segura de querer verlo.

—Alice, es tu padre. Y está sufriendo.

—No puedo llamarlo así cuando ni siquiera lo conozco.

—Piénsalo, por favor. La evidencia está, y es contundente. Había varias cartas del señor Miller informando de tu crecimiento, pensando que eras querida por la mujer que se hizo pasar por tu madre.

Un silencio brutal se instaló en el lugar.

—Entonces Peter no es —dijo Charles—. Y tampoco la duquesa, puesto que ambos son víctimas de alguien más.

—Sí —aseguró William.

—¿Eso dónde nos deja? —preguntó Alice.

—En la nada.

William se dejó caer en la silla más cercana.

—¿Saben que no entendimos ni una palabra de lo que acaban de decir, verdad? —preguntó Charles.

—Sí —contestó la pareja al mismo tiempo.

—Ah, vale. Solo quería estar seguro.

Versalles los esperaba y ellos lo sabían.

William ayudó a Alice a prepararse, aunque ambos entendían que iban hacia una trampa. Ella lucía preciosa, elegante, pulcra. Perfecta. Deslumbrante. William la contempló por un instante más del debido.

No era momento de admirarla, pero no pudo evitarlo.

—¿Qué harán para protegerse? —preguntó Emma—. No creo que nada detenga a esa persona.

William pensó un momento y miró a su esposa.

—Te quedarás junto a Giorgiana y Asher todo lo que puedas, su seguridad es exquisita. Tienen hombres infiltrados entre los invitados. Cuanto más cerca estés de Giorgiana, más segura estarás.

—O la pondré en riesgo.

—Alice, ella estará bien. Y tú también. Si algo sale mal, quiero que te alejes. No hay cambio de opinión.

—No te dejaré allí. No puedes defenderte. Estás herido.

—Me las sé arreglar. He ido a la guerra.

—Es verdad —apuntó Charles—. Fue general en jefe de Francia. Combatió codo a codo con Adam, fue genial verlos en acción.

Los tres le lanzaron una mirada hostil.

—Aquí no se puede decir nada —se quejó el irlandés.

Alice se acercó a William y se colocó a una distancia mínima de él. Alzó la cabeza para mirarlo.

—No te dejaré. Si algo sale mal, correré hacia ti.

—Entonces será mejor dejarte aquí.

—Es más fácil que me asesinen en una casa sola que en un baile.

William soltó un bramido y la tomó de los hombros, desesperado.

—¿No entiendes que es demasiado peligroso?

—Lo entiendo tanto como tú.

Alice le apartó las manos y tomó su rostro entre las suyas.

—Por eso debemos estar juntos.

Charles suspiró.

—Creo que no lograrás que cambie de opinión. Increíblemente, tiene carácter.

Alice lo miró con los ojos entrecerrados.

—¡Aquí no se puede decir nada! —volvió a quejarse él.

—Así es —dijo Emma—. Mejor mantenerse callado, ¿verdad?

El mayordomo asomó la cabeza.

—Mi señor, el carruaje los espera.

William miró a Emma y a Charles.

—Manténganse a salvo.

—Nosotros no somos los que vamos a un suicidio —dijo Emma.

—De todas formas —respondió Alice—, cualquier cosa puede pasar.

—Estaremos bien —dijo Charles—. Espero verlos regresar.

Emma levantó los brazos al cielo.

—En serio no puedes mantenerte callado.

Versalles comenzó a verse desde la ventanilla.

El nerviosismo de Alice era evidente por el constante golpeteo de su pie contra la madera del carruaje. William, a su lado, observaba su ansiedad de soslayo. La única forma que encontró de calmarla fue tomarle la mano y llevarla hasta sus labios.

—Tranquila.

Alice sonrió. Eso era precisamente lo que no podía estar, pero ya no había opción. Debía bajar de esa carroza y caminar con una sonrisa fingida ante toda la sociedad francesa.

Dentro, el lujo, el desenfreno y la pomposidad parecían ser el centro del mundo.

La música sonaba por todas partes; las largas mesas con banquetes, postres y bebidas rodeaban el enorme salón; las risas, las conversaciones y los saludos se multiplicaban como ecos dorados bajo los candelabros y no fue diferente para William y Alice.

Una de las parejas más importantes de Francia.

Una de las más observadas.

Alice fue separada rápidamente de su marido. Era normal en un evento como aquel. Él debía hablar con políticos, ella con damas, benefactores y familias de la alta sociedad.

—¡Alice! —sonrió Giorgiana al abrirse paso entre la multitud—. ¡Vaya, te ves preciosa!

—Gracias, Gigi. ¿Tu marido?

—Oh, ya sabes. Perdido. Es Asher.

La pelinegra lo buscó con la mirada.

—Oh, mira. Está con William.

Alice siguió su dedo. Era verdad. Los dos hombres conversaban con naturalidad. Eran tan imponentes, tan cargados de presencia, que resultaba difícil apartar la vista de ellos.

—Se ven relajados —dijo Alice.

—¿Por qué no lo estarían? Es una fiesta.

—Nada.

Alice sonrió con nerviosismo. La fiesta parecía proceder con normalidad. Incluso cuando llegaron la duquesa y Harnett, nada se alteró. Ni siquiera se acercaron a ellos.

Alice decidió caminar. Creía que enloquecería si permanecía junto a Giorgiana, escuchando conversaciones superficiales de personas que intentaban impresionarla.

En su recorrido se encontró con Andrei. Estaba sentado en una mesa lejana, con una copa de vino en la mano que claramente no era la primera de la noche.

Parecía descompuesto, ausente, un tanto divagante.

—¿Andrei?

La joven se acercó.

—¿Te encuentras bien?

—Miren lo que tenemos aquí.

El hombre alzó la copa en honor a ella.

—La esposa del primer ministro.

—Andrei, ¿qué sucede?

—Mi esposa se suicidó —dijo—. Al menos esa es la versión que quieren que crea. Alucinante, ¿cierto?

—¿Amber murió?

Andrei asintió.

—Soy afortunado. Al menos ya no tendré que cargar con la vergüenza de sus indiscretas infidelidades.

—Lo siento mucho. Sé que no querías que muriera.

—La adoraba.

—Lo sé.

—No me tengas lástima, Alice. Te aseguro que no me hace falta.

—No tengo lástima por ti. Solo por tu hijo, que posiblemente necesitará una madre.

—Y un padre.

—Te tiene a ti, Andrei. No puedes dejarlo en el olvido.

—No sé si soy su padre.

—¡Lo eres! El niño es igual a ti.

—No tengo tiempo para discutir contigo.

Andrei se puso de pie y se alejó. Alice suspiró. No podía imaginar el dolor que sufría el pobre amigo de su esposo.

—Me resulta interesante verla poner tanto interés en todo el mundo, señorita.

La voz surgió a sus espaldas. Alice se dio cuenta demasiado tarde de su error. Se había quedado en una zona poco poblada, y una silla de ruedas estaba ahora frente a ella, impidiéndole el paso.

—Lord Harnett.

Sonrió de forma fingida.

—Hola, querida. No la veo desde…

—Desde el incidente donde dejaron morir a docenas de personas.

—Fue un suceso terrible.

—Los dejaron morir.

—No podíamos hacer nada.

—¿Qué tiene usted que ver con “Ayuda”? —preguntó Alice.

La sorpresa en la mirada del hombre fue respuesta suficiente.

—¿C-cómo dice?

—Me ha dado la respuesta. Será mejor que me aleje de usted.

—Nunca planeé hacerle daño —dijo él—. La verdad es que estoy atado de manos y pies.

—No entiendo a qué quieren llegar. ¿Por qué tanto odio?

—Nosotros no lo tenemos. Admito que, al principio, buscaba sacar a William de mi camino. No asesinándolo, por supuesto. Pero la política no es para todos.

—Las ideas de William son revolucionarias. Nos llevarán a la siguiente era.