Capítulo 30 #3
Alice se detuvo. William jamás le habría dejado esas flores. A ella no le gustaban y él lo sabía. Sus flores preferidas eran los tulipanes, y esos eran los que William le regalaba cuando se presentaba la ocasión.
Estaba tirando de la cuerda de servicio cuando un sonido la hizo detenerse.
Un golpe. Como si alguien tocara una puerta.
Solo que provenía del armario de William.
Alice prestó más atención entonces. Notó la habitación alterada, los detalles mínimamente desplazados, la sensación de intrusión extendida sobre cada mueble.
Pero lo más llamativo eran las flores y un portarretrato colocado sobre la cama. ¿Qué hacía allí? ¿Por qué no lo había notado antes?
Instintivamente recorrió la habitación con la mirada, se sintió amenazada, nerviosa, asustada. Su respiración se volvió lenta mientras intentaba calmarse, los sentidos se le agudizaron, un escalofrío le recorrió el cuerpo entero.
—¿Hola? —preguntó, tirando dos veces más de la cadena.
No hubo respuesta.
Alice pensó que tal vez había sido cualquier cosa, el crujido de un mueble viejo, un golpe en otra puerta, el eco atravesando los pasillos. Pero… ¿y las flores? Tomó aire y se acercó a la cama. Levantó el portarretrato con manos temblorosas.
Era una fotografía de William y Andrei, ambos tenían el rostro tachado con una sustancia negra, pero aquello no fue lo que le heló la sangre, fue el mensaje escrito al pie de la imagen.
Te estoy observando. Mira hacia el armario.
Alice no miró, porque, en cuanto terminó de leer, dos golpes volvieron a sonar desde la madera. No dudó. Gritó. Salió despavorida de la habitación y bajó las escaleras como una bengala, dispuesta a huir de la casa en ese mismo instante.
—¿Alice? —Emma asomó la cabeza ante el escándalo, pero solo alcanzó a verla pasar corriendo escaleras abajo.
Alice estaba a punto de llegar a la puerta cuando esta se abrió, dando paso a William. Él se apartó apenas, sorprendido, mientras su esposa salía disparada entre gritos y lágrimas.
—¡Alice! —William corrió tras ella, la alcanzó rápidamente, la tomó por la cintura y la levantó unos centímetros para hacerla volver sobre sus pasos—. ¡Alice!
—W-William… —Lo reconoció entre sollozos—. Está en la casa. En nuestra habitación. ¡Me estaba observando! ¡Siempre lo hacía! ¡No puedo más! ¡Suéltame!
—Cálmate, por favor. Si no me explicas, no sé cómo ayudarte.
—Esa persona está en la habitación —dijo, limpiándose las lágrimas con el dorso de la mano—. Me miraba. Lo sé. Lo dijo en esa foto.
—¿Foto? ¿De qué me hablas, amor?
—No, no, no… —Negó varias veces—. Nos matarán.
—Ya, tranquila.
William la atrajo contra su pecho.
El cuerpo de Alice temblaba con la fuerza de su llanto. Por lo poco que él comprendía, algo había ocurrido en su habitación. Tal vez otra carta, tal vez otra amenaza, porque ya no se trataba de acoso.
Era un asesino.
—Alice. —La separó con cuidado—. ¿Crees que puedes entrar?
—No quiero. No quiero volver ahí.
—Si no te sientes segura, iremos a Matignon.
Alice asintió varias veces.
—Hay una foto tuya y de Andrei —gimoteó—. Está tachada. Y rosas rojas… No me gustan esas flores.
—A la duquesa sí —dijo William.
—¿La culpas de esto?
—¿Tú qué dices? Todo apunta a ella. Quiere impedir que reclames el título y la fortuna que te pertenecen por tu padre.
Alice se encogió de hombros.
—Si la herencia se lo dejó a ella, no veo qué interés tendría en mí.
—Yo creo que te teme. Por alguna razón, hace todo esto.
—No sabemos si es ella.
—O tu madre. Bueno, tu madrastra.
—¿Ella? ¿Por qué?
—Venganza.
—La corrí.
—¿Qué?
—Sí. No puede ser ella. Acababa de verla antes de entrar a la habitación. —William miró hacia la casa—. Entonces es alguien cercano. Alguien que conoce el castillo a la perfección. Pero asesinó a sus propios espías… ¿Quién más está involucrado?
—Peter. Pero no creo que siga ayudando.
—Yo ya no creo en nada.
William observó su propia casa.
Por primera vez la sintió ajena, invadida.
—¿Tu madre se ha marchado ya?
—No lo sé. Lo dudo. Tiene que arreglar…
—Ven conmigo.
—¡William!
La pareja subió los escalones de dos en dos.
—¿Qué haces? —preguntó Alice, sin aliento.
—Enfrento la situación.
—¡William!
Pero él ya entraba sin miramientos en la habitación destinada a Rigoberta Miller y sus hijas.
—Bien, señora Miller. Hora de hablar.
Rigoberta estaba sentada en una de las sillas de la recámara.
—¿De qué, querido?
—De la forma en que “Ayuda” la informó y la empujó a arruinar a su hija. De cómo sigue ayudando a esa persona a hacernos daño.
—Me cree una persona muy maligna.
—Lo es.
—Es verdad.
La mujer se encogió de hombros.
—Dígame, ¿sigue siendo influenciada por “Ayuda”?
—¿Influenciada? La palabra sería chantajeada. U obligada.
—¿No le ofrece beneficio económico?
—No. Esa persona sabe cosas. Cosas que a nadie le gustaría revelar.
—En su caso, que tuvo bajo su techo a la hija de otra mujer. Que se sepa que su esposo la traicionó.
—Correcto —dijo ella entre dientes.
—¿Tiene idea de cómo se enteró?
—No, por supuesto que no. Era un secreto de familia. Sería una deshonra que se supiera. Que pensaran que soy tan falta de carácter como para rechazar a una bastarda, que…
—Enfóquese, señora Miller.
—¿En qué? ¿Qué quiere que le diga?
—Siguió participando con esa persona durante su estancia aquí.
—Ese monstruo me trajo aquí contra mi voluntad. ¿Cree en serio que yo quería ver a esa bastarda?
—Deje de llamarla así —dijo William, con una calma peligrosa—. Primero, porque es mi mujer. Segundo, porque no es una bastarda.
—Eso dicen.
Rigoberta se miró las uñas.
—¿Qué vino a hacer aquí?
—Encresparle los nervios a Alice. Informar. Pasar cartas. Lo que fuese necesario.
—¿Cómo funcionaba el sistema?
—Me mandaban cartas diciéndome qué hacer, y yo lo hacía. ¿No es así para todos?
—¿Sabe quiénes más están en esto?
—Conocía a los de la casa: Pakins, las mujeres y el ayuda de cámara.
—¿Dejó entrar a alguien a la propiedad?
—Sí.
—¿Lo vio?
—No podía quedarme. Solo abrí una puerta indicada y me largué. Si no, me asesinan. De hecho, me van a asesinar.
—¿Qué? —preguntó Alice—. ¿Por qué?
—La primera regla es no decir nada. Y la estoy rompiendo.
—¿Y por qué lo hace?
—Porque me he cansado. No soy una mujer manejable.
William la miró con desconfianza, no podía creerle, pero tampoco tenía mejores opciones, entonces algo se le ocurrió.
—¿Es suficiente con decir la verdad sobre Alice? ¿O es que usted oculta algo más profundo?
Rigoberta se tensó apenas.
—No sé a qué se refiere.
—Sus hijas. Las verdaderas. No son muy parecidas entre sí.
—¿Qué insinúa?
—Creo que acabo de llegar a su secreto.
—Piensa que sabe algo, pero solo tiene pensamientos infundados.
—¿Y por qué se ha puesto tan nerviosa?
Rigoberta suspiró y sonrió.
—Es usted un hombre astuto. Pero torturarme a mí no lo llevará a ningún lado. No soy a quien buscan.
—¿Cómo puedo estar seguro?
—Puede llevarme a la estación de tren y ver que partiré enseguida, mientras su querida “Ayuda” planea hacer su movimiento final hoy.
—¿Movimiento final? —preguntó Alice, tomando el brazo de Will.
—Asesinar a William.
—Entonces la cosa va contra mí —dijo él.
—Siempre fue contra usted, señor.
La voz provenía de la puerta. Peter acababa de entrar.
—¿Peter?
—Sé… que no entenderá lo que hago.
William colocó a Alice detrás de él de forma instintiva. Levantó las manos, intentando calmar al hombre que sostenía un arma.
—Señor Peter —saludó Rigoberta—. Ha sido más rápido de lo que pensaba. Creí que llegaría al tren antes de que me asesinara.
—Lo siento, señora Miller —lloriqueó—. Sé que no merece morir. Sé que nadie merece morir. Pero no puedo dejar que diga mi secreto.
—¿De qué hablan? —preguntó William.
—La persona que elaboró el plan es astuta —dijo Rigoberta—. Creó la forma perfecta de eliminar testigos sin mover un solo dedo.
—¿Cómo?
—Contar el secreto de alguien para obligarlo a matar.
Alice comprendió antes que nadie.
—Eso quiere decir que usted…
—Yo maté a Pakins y a las tres muchachas. Bueno, a una la dejé un poco desquiciada. No era mi intención. La carta no sé cómo llegó. Es de la mente maestra, pero yo no la puse allí.
—Entonces la persona que sabe el secreto de Peter… —dijo William.
—Sí. —Rigoberta suspiró—. Soy yo.
—No lo haga —pidió Alice—. Estoy segura de que no dirá nada.
—Claro que lo haré —dijo Rigoberta sin miedo, aunque tenía un arma apuntándole a la cabeza.
—¡¿Pero qué…?! ¿Está usted loca? —se exaltó William.
—Si no revelo el secreto de otra persona, alguien revelará el mío.
—Eso quiere decir que lo que se ha iniciado es un matadero —susurró Alice.
—Quién diría que los cazadores serían los cazados.
Rigoberta sonrió con una tranquilidad espantosa.
—Nos metimos con una mala persona. Aparentemente buscaba ayudarnos, pero siempre tuvo intenciones ocultas. Cuando nos dimos cuenta, ya no podíamos retroceder.
—Peter… —pidió Alice.
—¡No se mueva! ¡Nadie se mueva!
—¡Peter, por Dios, no puede ser tan grave! —dijo William.
—No lo sabe… Usted no lo sabe…
—¡Dispare de una vez, cobarde! —exigió Rigoberta, como si pidiera que le pasaran la sal.
—¡Madre! —gritó Alice.
La mujer la miró con seriedad y sonrió.
—Yo no soy tu madre.
El arma tronó, el estruendo aturdió a todos, Peter sostenía el arma en alto, con las manos temblorosas y los ojos desorbitados, no parecía capaz de hacer nada más y, ciertamente, no pudo.
Las autoridades llegaron en cuestión de segundos y se lo llevaron.
—¡Mamá! —gritó Luciana, entrando tras la policía.
—Luciana.
Alice la detuvo.
—No te acerques, linda.
—¡Ella sabía que moriría! ¡Me mandó a traerlos!
Luciana señaló a los oficiales y se echó a llorar. Alice, arrodillada junto a su hermana menor, miró a William. Él parecía fuera de escena. Lo entendía, nada cobraba sentido. Los participantes de aquel enredo se asesinaban unos a otros, como piezas en un juego macabro.
—Lleva a tu hermana a nuestra habitación —dijo William.