Capítulo 30 #2
—Lo siento, Will, pero tengo la capacidad de cumplir todas mis obligaciones y, además, encargarme de tus cosas. Increíble, ¿cierto?
William entrecerró los ojos y se puso de pie. Alice hizo lo mismo con lentitud, sin evitar mirar con cautela a Amber.
—Vamos.
El marqués colocó una mano sobre la cintura de su esposa, guiándola fuera del establecimiento.
Ambos evitaron la zona donde Amber coqueteaba descaradamente con aquel hombre.
Al salir y acomodarse en la carroza, el silencio se instaló entre ellos como una tercera presencia.
Después de unos metros, Alice se atrevió a hablar:
—¿Qué piensas hacer?
William dejó salir un suspiro pesado y se recostó contra el asiento.
—Se lo diré, por supuesto. Lo haré enseguida. Pero me cuesta creer que esto esté pasando. Nunca imaginé que algo así pudiera ocurrirle a un hombre como Andrei.
—A veces es lo que nos toca vivir. —Alice le tomó la mano con mucho cariño—. Lo lamento por él.
—Sí. Yo también. —Suspiró—. ¿Te importa que baje en casa de Andrei? Prefiero decírselo cuanto antes.
—¿Quieres que…?
William negó.
—No. Regresa a casa. Arréglate para la cena. Veré qué hacer.
—Bien. —Alice le tomó el rostro—. Suerte con eso.
Lo besó de forma dulce y lenta.
William no pudo evitar desear presionarla contra él y hacerle el amor allí mismo. Estaba agradecido de que su mujer no se pareciera en nada a Amber. Al besarla, solo quiso hacerle saber cuánto la quería.
—Gracias, cariño.
Le dio otro beso y le sostuvo el rostro.
—Te amo.
Alice sonrió encantadoramente y lo abrazó antes de que el carruaje se detuviera frente a la casa Frescott.
Cuando William bajó y miró la residencia de su mejor amigo, suspiró.
Esa pareja tenía un niño pequeño de por medio.
No quería imaginar lo que aquel pequeño sufriría con la desunión de sus padres.
William encontró a Andrei en un estado deplorable.
Su amigo estaba en el despacho, rodeado por el hedor del alcohol, el tabaco y la desesperanza. La barba crecida le endurecía el rostro; la ropa arrugada le daba el aspecto de un hombre que había dejado de importarse a sí mismo.
—¡Mi querido amigo! —Andrei levantó la copa—. Un gusto verte.
—No puedo decir lo mismo.
William lo observó con horror.
—¿Puedo saber qué sucede?
Andrei se encogió de hombros.
—Amber.
—¿Qué pasa con ella?
—Me traiciona. Lo sé. —Sonrió con una languidez triste—. A eso vienes, ¿cierto? A decírmelo, pensando que yo no lo sabía. Lo siento. Llegas tres meses tarde.
—Lo lamento mucho.
—¿Por qué? ¿Porque la mujer de mi vida me puso los cuernos?
—Porque te ha destrozado. Este no es el Andrei que conozco.
—Bueno, entonces es un placer conocerte.
Andrei extendió la mano a modo de saludo. William no se movió.
—¿Dónde está tu hijo?
—¿Será mi hijo de verdad? Con esa mujer, puedo tener mis dudas.
—No hagas que tu hijo crezca creyendo que es un bastardo, Andrei. Sabes perfectamente lo que eso puede ocasionar.
—¿Quién me asegura que no lo es?
—¡Basta! —William alzó la voz—. No digas estupideces.
—El gran William Charpentier ha hablado. Callaos, que nadie lo contradiga. El poderoso magnate no debe ser puesto en guerra.
—Vamos, amigo. —William se acercó al cuerpo descuidado de Andrei—. Vamos a que tomes un baño.
—No, gracias. Solo deseo que te vayas.
—No lo creo. Irás a Versalles hoy.
—¿Yo para qué quiero ir a ese lugar de pretenciosos engreídos?
—Porque te he invitado yo.
—Y no hay que desobedecerte.
—Estás ebrio.
—Eres un imbécil —respondió Andrei—. Deberías tener más vigilada a tu mujer. Seguro te traiciona igual que a mí.
—No hablemos de infidelidades ahora.
—¿Te la imaginas, cierto? —Andrei sonrió con la ebriedad expuesta en todo el rostro—. Imaginas a tu mujer en brazos de otro hombre.
—Deja de decir estupideces.
—¿Te molesta? ¿Será que acabas de acostarte con ella y la imagen te causa repulsión?
—Cállate, Andrei.
—Eso me pasaba a mí —aceptó—. Me repugnaba pensar que la amaba mientras ella se burlaba de mí.
—Con un demonio, Andrei. —William lo dejó caer contra un escalón, arrancándole un gemido de dolor—. Deja de ensuciar a tu mujer con tus palabras.
—¡Ya no es mi mujer!
—Como sea. —William le quitó relevancia—. Créeme, se reiría de ti si te viera así, destrozado. Lo mejor que puedes hacer para vengarte es demostrar que estás perfecto. Que saldrás adelante.
—¡Yo me quiero morir! ¿Qué no entiendes, William? ¡La amaba! ¿Qué sentirías tú si tu mujer te engañara?
William ni siquiera permitió que esa posibilidad entrara en su cabeza. No era sano. Alice lo quería, tal vez nunca le había dicho que lo amaba, pero él lo sabía, tenía que amarlo.
Entonces lo golpeó el pensamiento; Alice nunca le había dicho que lo amaba, nunca lo había pensado hasta ese momento.
—Vamos.
Lo volvió a tomar del brazo y subió el resto de los escalones para dejarlo en la bañera, que, curiosamente, ya estaba preparada.
—Eres un imbécil, William. Creyendo en el matrimonio. Todo es una farsa, deberías saberlo.
—Sí, Andrei. Tienes razón.
—¡No me des largas! Sé que quieres discutir el tema cuando esté sobrio. No cambiaré de opinión.
—Solo quiero que te bañes, amigo. Apestas, en verdad.
Alice regresó a la mansión Millentmont con prisa.
Debía correr si pretendía verse presentable para el baile de Versalles. Estaba a punto de subir las escaleras cuando su madre —no, su madrastra— la tomó del brazo y la detuvo.
—Veo que tienes prisa por ir a ese bailecito tuyo. Te crees muy importante porque te casaste con un hombre importante, pero, por más que lo intentes, siempre serás una bastarda.
Bajó el escalón que había logrado subir y sonrió con suficiencia.
—Creo que debería dejar de preocuparse por el tema. No necesita pagarle a nadie más ni hacer esfuerzos por torturarme. Su marido no es mi padre. Al parecer, me recibió por dinero o por bondad. No lo sé. Pero usted vivió en una mentira.
—¿Qué dices, chiquilla insolente?
La zarandeó un poco, pero Alice se soltó con fuerza.
—Le pido que salga de mi casa cuanto antes. No es de mi interés hospedar a alguien que no forma parte de mi familia.
—¡Yo te crié!
—No venga con eso, señora.
Alice negó. El horror de años pasados se reflejó en sus ojos violetas.
—Usted fue lo peor que pudo pasarme.
—Alice… —susurró Luciana.
La única que siempre se había interesado por ella.
—No te preocupes, Luciana. Tú puedes acompañarme a la gala de hoy, si lo deseas. Y tus hermanas pueden quedarse cuanto quieran.
—No pensarás que estaremos aquí mientras mi madre es echada de este estúpido castillo —dijo Regina, cruzándose de brazos.
Mariana se colocó a su lado.
—Entonces no es preciso que se queden tampoco.
Alice se encogió de hombros y subió las escaleras a toda prisa.
—¡Es una insolencia! —escuchó gritar a Rigoberta Miller.
Alice sonrió, no tendría que preocuparse más por ellos ni por ser aceptada ni por ser querida. Nunca más. Terminó de subir las escaleras y se encontró con los Achard, la joven maldijo su mala suerte.
—Prima Alice —dijo Kenia, con su irritante lengua viperina—, nos marchamos de este lugar maldito por Dios.
—¿Qué?
Alice sonrió con burla evidente.
—Desde que llegamos aquí, nos hemos visto acosados por el miedo de ser asesinados.
—Nadie será asesinado, Kenia. Te lo aseguro.
—Eso pensaron la señora Pukims, Elena y Frania.
—Pakins, Goretti y Sandre.
—Como sea. Mis hermanos y yo nos retiramos ahora mismo. Pueden quedarse con sus títulos y su dinero.
—No pensábamos hacer otra cosa, Kenia. Son de mi marido.
—Aún no tienen herederos.
Alice sostuvo su mirada.
—No soy infértil. Perdí a un bebé, no mi vientre.
—¡Insensata! ¡Grosera!
—La verdad, Kenia, no tengo tiempo. Les deseo buen viaje.
Alice siguió su camino, no tenía energía para librar una guerra con aquella mujer.
Entró después en la habitación de Emma y Charles, por desgracia, no tocó.
Emma estaba sobre la cama junto a Charles, y ambos se besaban con una pasión tan evidente que ni siquiera notaron la intromisión.
Alice estaba a punto de salir discretamente cuando Emma se separó y dijo:
—¡Ves! ¡Te dije que sabía hacerlo!
—Sí, aún tengo mis dudas —respondió Charles.
—No te besaré de nuevo, si eso planeas.
—¿Segura? ¿Acaso no te ha gustado?
—Tendrías suerte si me hubiera gustado.
Alice se aclaró la garganta, los dos se separaron de inmediato.
—¡Hola, Alicia! —saludó Charles—. ¿Dónde dejaste a mi primo?
—En casa de Andrei —respondió ella—. ¿Cómo te sientes?
—Mejor.
Se tocó el vientre, donde la herida seguía oculta bajo múltiples vendas. Alice asintió con una sonrisa encantadora y miró a Emma.
—¿Piensas ir al banquete de Versalles?
Emma miró a Charles. Él solo le respondió con una ceja alzada y una sonrisa sarcástica. Era obvio lo que le diría, pero la dejaría hacer lo que quisiera. Al fin y al cabo, nadie podía impedir que Emma hiciera algo cuando se le metía en la cabeza.
—Creo que me quedaré.
—Me lo imaginaba.
Alice levantó una ceja, juguetona, y se despidió de Charles.
—Suerte con la herida.
—Gracias. Jamás había agradecido tanto estar herido.
Emma entrecerró los ojos y le dio un golpe suave en el hombro.
—No es lo que piensas.
—Claro.
Alice sacó la lengua juguetonamente y salió del lugar.
Fue corriendo a su recámara, intentando despeinarse ella misma para adelantar trabajo.
Solo tenía que cambiarse de vestido, peinarse de otra forma, ponerse joyas, cambiar zapatos…
Sí. Era bastante. Sobre todo, porque ni siquiera sabía qué se pondría.
Estaba tan enfocada en eso que no se dio cuenta de que algo era anormal en la recámara.
Terriblemente anormal.
La cama estaba deshecha; las ventanas, abiertas de par en par; las cortinas, corridas; los armarios, abiertos. Algunos muebles habían sido movidos apenas y, sobre la cama, descansaba un ramo de rosas rojas.