Lo que oculta un corazón: El impenetrable William Capítulo 30
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Capítulo 30

—T homas —dijo Alice con una voz peligrosamente baja—. Sé que tus palabras suelen ser duras, pero, si esto es una broma, agradecería que al menos te rieras.

—Tu esposa tiene más lengua de la que recordaba —la señaló Thomas, aunque miraba a William—. ¿Es obra tuya?

—Es mérito suyo solamente —respondió William—. Ahora, Thomas, por todos los santos, ¿nos explicarás?

—Ahora hasta católico me saliste —se burló el Hamilton.

—¡Thomas! —gritaron los casados al mismo tiempo.

—¡Vale! —dijo con fastidio—. Son bastante parecidos.

La furia compartida de los Charpentier quedó interrumpida por la llegada del camarero, quien colocó tres jugosos filetes frente a cada comensal. Thomas observó el suyo con clara ambición y sonrió mientras se servía vino tinto.

—Me tomé la libertad de ordenar por ustedes. Espero que mi gusto les parezca excelente.

—Sí, Thomas, no tienes igual —dijo Alice, restándole importancia al plato—. Nos decías.

—Ah, sí. Lo de tu madre muerta.

Thomas cortó la primera rebanada de carne y la llevó a su boca. Cerró los ojos con una expresión tan concentrada que parecía estar escuchando una sinfonía. Después, con una sonrisa satisfecha, dio su aprobación al pobre chef que lo observaba desde la puerta.

—Parece que aquí te toman en cuenta —observó William.

—Digamos que ellos sí respetan mi trabajo.

Alice giró los ojos, cruzó los brazos con impaciencia y esperó a que Thomas diera unos cuantos bocados más, aguardando el momento en que al hombre le placiera contar la información que tenía en sus manos. Así eran las cosas con Thomas Hamilton o se hacía como él quería, o se perdía todo.

Normalmente, la gente escogía la primera opción. Nadie sabía qué ocurría si se elegía la segunda.

—Bien, ya me harté de tu mirada de gato suplicante —dijo Thomas, dejando los cubiertos sobre el plato. Se limpió la boca con la servilleta que descansaba en su regazo y la miró—. Eres terriblemente enfadosa sin decir una sola palabra. Te pareces a Aine. Lo heredó de mí.

—Thomas… —advirtió Alice.

—Sí, bien, vale.

Levantó ambas manos.

—Esto fue lo que descubrí: tu madre, Marián Allamand, provenía de una familia ilustre de barones. Tenían dinero, sí, pero ambicionaban algo más que un título frágil como el de barón. Por lo tanto, su hija mayor fue elegida como candidata para convertirse en esposa del duque de Montpensier.

Hizo una pausa.

—Pero, además de la fortuna magnífica que venía con el título del duque, Marián recibió amor.

Alice sintió que la respiración se le cortaba.

¿Por qué aquella historia le sonaba tan ajena?

Todo indicaba que esas personas de las que Thomas hablaba eran sus padres. Entonces, ¿por qué no sentía nada? ¿Por qué escuchaba aquello como si se tratara de la vida de otra mujer?

William notó la confusión en su esposa, con una discreción exquisita, deslizó la mano hasta tomar la de ella y entrelazar sus dedos.

Alice respiró.

—Marián y el duque se enamoraron a primera vista —continuó Thomas—. Todo parecía marchar de maravilla. La boda fue grande, glamurosa, con invitados incontables, y los novios se veían más que enamorados. Cuando llegó la noticia de que tendrían un hijo, las cosas no podían ir mejor.

Thomas bebió un poco de vino.

—Lastimosamente, el embarazo de la duquesa no fue saludable.

Recaía con facilidad en enfermedades extrañas.

Incluso se habló de un posible envenenamiento, nada comprobado, pero las sospechas estaban ahí.

Llegó un momento en que tu padre, lord Luis Eduardo de Montpensier, decidió que nadie entraría a la recámara de Marián, salvo él y su familia más cercana.

—Cercana como una hermana —comprendió William—. Como la actual duquesa Frida.

—Exacto. —Thomas lo señaló con el cuchillo, sonriendo—. Frida es la hermana menor de Marián.

Alice negó despacio.

—No entiendo. ¿Cómo llegó ella a ser duquesa? ¿Qué pasó con… con mi madre?

—Aún no termino. Cuando llegó la hora del parto, Marián estaba muy débil. Nadie pensaba que resistiría. Y así fue. Nadie supo con exactitud lo que sucedió esa noche. Lo único que se informó fue que la duquesa murió… al igual que la criatura.

—Entonces mi padre cree que estoy muerta.

—En realidad, él no sabe que existes —dijo Thomas—. Porque le mostraron a tu hermano gemelo fallecido. Lo que nadie supo es que tú eras la gemela viva. Interesante, ¿cierto?

—O sea que murieron mi madre y mi hermano.

—Pues sí. —Thomas asintió y señaló el pan—. ¿Me pasas un pedazo? Esto está delicioso.

Alice se recostó contra el respaldo y negó varias veces, todavía intentando comprender.

—Esto no tiene sentido… —Se llevó una mano a la frente—. ¿Cómo llegó Frida a ser duquesa?

—Se casó con el viudo de su hermana —respondió Thomas—.

Prometió darle un heredero, pero resultó infértil.

Y, bueno, el duque amaba a tu madre. Perderla a ella y creer muerto a su hijo no mejoró en nada la situación.

Cayó preso del licor y, siendo sincero, no creo que Frida Allamand quiera sacarlo del hoyo en que se encuentra.

Cuanto más pronto muera, antes será una viuda muy rica.

—Pero no lo será —intervino William—. Técnicamente, todo pertenece a Alice.

—Técnicamente, sí. Pero recordemos que el padre no sabe que existe. Y además, el hombre es un alcohólico en un estado lamentable. No sabemos qué tan estable esté su mente.

—Entonces… ¿crees que Frida, la duquesa, es la culpable de todo?

—Es posible —contestó Thomas, encogiéndose de hombros—.

Lo que sí sé es que tienes derecho a pelear por lo que te corresponde.

Esa mujer se encargó de llevarte al país enemigo para alejarte de la verdad.

El señor Miller fue bondadoso al recibirte.

Parte del odio de su esposa nace de creer que fue engañada.

Si supiera que ni siquiera tenía por qué preocuparse…

Miró a Alice con gravedad.

—Tu cuna es alta, Alice. Muy alta. Eres hija de duques y barones.

Alice respiró profundamente y soltó el aire de golpe. Miró a Thomas con el rostro compungido, casi incrédulo.

—¿Cómo puedo hacer eso?

—Tienes el rostro de tu madre. La vi en retratos por todo el ducado de Montpensier.

—¿Fuiste a Montpensier?

—¿Cómo crees que sé todo esto? ¿Sentado en mi despacho?

Alice bajó la mirada.

—Entiendo. La duquesa me alejó para que no me interpusiera en su camino. Pero eso no explica por qué volvió a torturarme.

—Quizá porque volviste a Francia —dijo William.

—Pero mi madre… mi madrastra dijo que recibió ayuda para arruinar mi boda. Si Frida ya tenía todo lo que quería, ¿por qué meterse de nuevo conmigo? ¿Por qué interferir en un plan motivado por un odio que ni siquiera debería existir, si no soy hija de los Miller?

Thomas miró fijamente su filete, no decía nada, porque tenía las mismas preguntas. Si Frida Montpensier ya había obtenido todo lo que deseaba, ¿por qué regresar a la vida de Alice?

—No lo sé —sinceró—. Pero lo averiguaré.

—Mientras tanto, puedes enfrentar a la duquesa —dijo William—. Estará presente en el baile de Versalles esta noche.

—¿Enfrentarla? ¿Para qué? No tiene sentido. Yo no me siento hija de esas personas. No tienen nada que ver conmigo. Si la duquesa es “Ayuda”, sería mejor mantenerme a distancia.

—¿Y permitir que siga torturándote? —replicó William—. ¿Que además te mantenga en el olvido? ¿Que conserve lo que te pertenece? No. Has sufrido demasiado para no ser recompensada.

—Soy feliz con lo que tengo.

—Entonces dónalo todo —dijo William—, pero no permitas que esa mujer se quede con ello. Principalmente porque no lo merece.

Alice no respondió.

—Yo creo que asesinó a tu madre —dijo Thomas con absoluta normalidad—. Y está haciendo lo mismo con tu padre.

Alice recordó entonces aquella lejana conversación con la duquesa. Esa en la que Frida le había hablado de dominar hombres poderosos, de mantenerlos esclavizados en la palma de su mano.

¿Eso hacía con su padre? ¿Con un padre que Alice no sabía que existía? ¿Debía hacer algo por él?

—Tranquila —le susurró William al oído—. Piensa bien qué quieres hacer tú. No dejes que lo que te digamos influya en tu decisión.

Alice lo miró agradecida, no aliviada.

Al final, la decisión seguía siendo suya.

—¿Eso era todo, Thomas? —preguntó William—. En serio agradezco que hicieras esto por nosotros. Yo…

—Miren allí. Ya llegó. —Thomas sacó su reloj de bolsillo—. Nunca me equivoco con este tipo de mujeres.

—¿Qué? —preguntó William.

—Tu mejor amigo se llama Andrei Frescott, ¿no?

—Sí.

—Bueno, pues allí está su esposa, engañándolo por tercera vez consecutiva. ¿Interesante? No, en realidad. ¿Remunerativo? Sí. Pero agradable, jamás. Andrei parece una buena persona.

Alice frunció el ceño y miró con disimulo hacia donde los ojos de Thomas estaban fijos. Era cierto. Amber Frescott se encontraba allí, y el hombre que tomaba asiento a su lado no se parecía a Andrei.

—Es una lástima —dijo Thomas—. Si Annabella me hiciera algo así, seguramente perdería la razón.

William volvió el rostro hacia Thomas, serio e iracundo.

—Por este motivo me llamaste.

—Sí. Alguien debe decírselo. Sería bastante extraño que yo llegara y se lo soltara en la cara. Ni siquiera lo conozco lo suficiente.

—¿Cómo lo descubriste? —preguntó Alice.

—Es la sospechosa número quince. —Thomas apuntó hacia Amber con la cabeza—. No se ha movido de ese puesto. Bueno, quizá subió un poco por las muertes recientes, pero sigue allí.

—¿Amber? —Alice abrió los ojos—. ¿La persona de las cartas?

—Sería interesante. Para construir teorías, mi habilidad consiste en contemplar todos los casos posibles, por improbables que parezcan. Los sigo, investigo a fondo y, consecuentemente, descarto.

Alice miró a la agradable y hermosa esposa de Andrei. Se preguntó cómo alguien podía traicionar al dulce y bueno de Andrei Frescott.

—Eres de temer —admitió.

—Por supuesto, preciosa. Si no, no sería quien soy. —Thomas le guiñó un ojo—. Suerte con lo de Andrei, Willy.

—Y parece que tienes demasiado tiempo libre —replicó William.