Capítulo 29 #3
William sonrió con picardía y la miró de soslayo.
—¡No me refería a eso!
El marqués dejó salir una risa contenida, tan masculina y reconfortante que provocó un escalofrío en el cuerpo de Alice.
—No seas malo. —Se ocultó en el pecho de su marido—. Me refiero a que, en realidad, con todo lo que pasó…
—Sí, lo sé.
William dejó salir de golpe el aire que contenía en los pulmones.
—William. —La joven se ayudó del pecho de su marido para levantar la cara y mirarlo—, Tengo miedo.
—Lo sé también. —La recostó nuevamente sobre él—. Hago todo lo que puedo para solucionar esta locura.
—William, a esta persona no le importa matar. No le importa nada. No entiendo por qué alguien puede odiarnos de esa forma.
—Yo tampoco tengo idea…
William miró hacia la nada.
Le había dado muchas vueltas al asunto, pero no encontraba a alguien que pudiera guardar tanto rencor hacia ellos o hacia alguno de los dos, con Alice existía la posibilidad de que fuera su madrastra, pero incluso eso comenzaba a ponerlo en duda.
Ya no estaba seguro de nada.
—¡Dios santo! —Alice se sentó de golpe—. ¡Son las doce!
—Sí.
—¿Por qué no nos han despertado?
—Porque dije que no lo hicieran.
—William, tenemos lo de Versalles esta noche. Además, tenemos invitados y…
—Unas horas de descanso sirven para todos. Tanto ellos como nosotros necesitábamos dormir.
Alice calló y aceptó la idea. Al fin y al cabo, nadie había dormido demasiado la noche anterior. ¿Cómo hacerlo cuando un asesino podía entrar con semejante facilidad a la casa y salir sin ser visto?
—Bueno, eso es cierto. Pero ahora hay que levantarnos.
—¡Vaya, señora! Sí que usted es estricta. No da su brazo a torcer, aunque su esposo esté en casa y en la cama.
—Yo no… —Entrecerró los ojos—. Estás bromeando conmigo de nuevo, ¿verdad?
—No. Te lo digo en serio. Planeo hacerte el amor hasta que llegue la hora de tener que salir de la mansión.
—¡William! ¡Eso no está bien!
—Sí, claro. Como digas.
Se recostó sobre ella, sonriendo ante la pequeña réplica que puso.
—William, es en serio.
—¿En serio?
Sonrió y le dio un beso en la nariz.
—Sí.
Lo empujó apenas mientras sonreía.
—¡Quítate de encima!
La interrupción vino por parte de Peter, quien comenzó a tocar la puerta de forma rítmica.
—Lo sé, Peter, lo sé. Es tarde.
—No, mi señor. Ha llegado una carta de Thomas Hamilton. El muchacho que la trajo dijo que es urgente que la lea.
—¿Qué?
William miró a su esposa con cautela, se puso de pie y cubrió su desnudez con una bata.
Alice no se movió de la cama. Observó con detenimiento el recorrido de su marido y esperó a tenerlo nuevamente junto a ella, sobre el colchón, para acercarse y leer el papel que ya estaba fuera del sobre y siendo inspeccionado por los ojos de William.
—Dice que es urgente que nos veamos en el Café Anglais.
—¿Yo también?
—Sí. Parece que quiere hablarnos a los dos.
Alice lo miró con nerviosismo, pero intentó ocultarlo al ponerse de pie y llamar al servicio para que la ayudaran a vestirse.
No podía ser el lado débil, es más, no quería serlo, sabía afrontar cosas duras. Siempre lo había hecho. No veía por qué en esta ocasión le resultaba tan atemorizante.
No. Sí lo sabía. Todo le parecía atemorizante porque la vida de todos corría peligro. La vida de William.
—No tiene nada de malo mostrar miedo.
William la abrazó por la espalda.
—No tengo miedo —aseguró con testarudez.
William sonrió y besó su nuca.
Si eso la hacía sentir mejor, no sería él quien la hiciera dudar.
—Bien. Arréglate para irnos.
Eran las tres de la tarde cuando Alice y William entraron al restaurante indicado por Thomas. Era lujoso y elegante, pero eso no importaba en ese momento. Tampoco importaba lo mucho que su presencia llamó la atención de los comensales.
—William Charpentier —dijo su marido al encarar al encargado.
—Sí, mi señor. Es todo un honor.
—Nos están esperando, creo. A nombre de Thomas Hamilton.
—¿Ustedes conocen a lord Hamilton? —se mostró sorprendido.
—Somos familia —explicó Alice.
—¡Santo Dios! ¡Vuestra familia es muy influyente!
Alice y William se miraron un tanto escépticos ante aquellas palabras, pero no dijeron nada.
Esperaron a que el hombre terminara de hablar maravillas sobre Thomas Hamilton y sus acciones por la gente humilde.
Después, no hubo más contratiempos y los llevaron hasta la mesa donde Thomas ya tomaba un aperitivo.
—Lord Hamilton.
El hombre se inclinó.
—Aquí están sus parientes.
—Gracias, Constantin.
El encargado volvió a inclinarse ante aquellos grandes nombres y se retiró, como si no soportara la presión que se respiraba en ese instante, en que todos los afectados se veían a los ojos.
—Será mejor que se sienten —pidió Thomas—. Esto tardará lo oportuno para atraparla.
—¿Qué?
—También la carne aquí es deliciosa. Así que pidan. Yo invito.
—Thomas. —Alice tomó asiento—, ¿Puedes tomar esto con un poco más de seriedad?
—Sí. —La miró—. En cuanto tenga un filete frente a mí.
William se sentó con semblante serio y miró a Thomas sin mediar palabra. Una rivalidad de miradas se llevó a cabo: la claridad turquesa de Thomas contra los profundos ojos azules de William.
—No me mire así, señor primer ministro. —Thomas sonrió—. Sé lo que piensas.
—Sé que lo sabes. Por eso esperaría más consideración.
—He trabajado para ustedes durante muchos meses. Merezco una carne. ¡Que incluso yo voy a pagar!
William entrecerró los ojos aún más.
—Vale, lo sé. Tranquilízate, por Dios. Se los diré.
Alice sentía que caía por un precipicio, por alguna razón no podía con los nervios. Algo le decía que las noticias la involucraban. Porque, si no fuera necesaria, Thomas no la habría mandado llamar.
—Sí, Alice. —Thomas la miró—. Tengo noticias sobre ti.
—¿Qué es?
—Sé quién es tu madre… quien era tu madre.
—Murió. —Thomas bajó un poco la voz—. En serio lo lamento.
—Pero ¿quién era?
—La duquesa de Montsenpier.
Alice levantó una ceja y miró a su marido con una pregunta silenciosa que no fue contestada.
—Ella está viva.
—No. —Thomas sonrió—. Bueno fuera que estuviese viva tu madre. No. Tu madre murió al darte a luz. La actual duquesa de Montsenpier no es quien crees.
Alice sintió que el aire abandonaba sus pulmones.
Thomas continuó:
—La verdadera heredera de Montsenpier eres tú.
—¿¡Qué!?
—Digamos que han usurpado tu lugar.
Alice se recostó contra la silla y miró hacia la nada. No comprendía mucho de lo que le decían, pero algo dentro de ella entendía que la actual duquesa de Montsenpier tenía demasiado que ver con el problema en el que se encontraban.
La verdadera pregunta era: ¿De verdad era aquella mujer capaz de hacer tanto daño? ¿Y por qué?