Lo que oculta un corazón: El impenetrable William Capítulo 29 #2
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Capítulo 29 #2

—¿Y qué pasó después?

—Madre la odiaba cada día más. Alice crecía en belleza y, gracias a ustedes, en popularidad. Cuando llegaron las primeras propuestas para ella, madre no los dejó ni pasar del umbral de la puerta. Alice nunca se enteró de que era popular. La dejó creer que era una despreciada social.

Bajó la mirada.

—Lamento decir que no hice nada.

—Era usted una niña.

—No tanto. Ya sabía lo que pasaba y no moví ni un dedo para que la situación de Alice mejorara.

La culpa se imprimió en su rostro.

—Después llegaron los años en que Alice pasó a ser considerada una solterona. Madre pensó que todo se solucionaría, que ella se quedaría sola y a su merced para siempre. Pero llegó su último pretendiente. Uno que se entusiasmó con ella. Su nombre…

—Lucca Fridckford.

—Sí. En realidad, él sí la quería. Pero, de la nada, madre cambió mucho. La escuché hablar una vez con ese hombre. Le habló de algo que jamás olvidaré.

—¿De qué hablaron? —inquirió William al verla tan turbada.

—De la forma en que sería asesinado si no se alejaba de Alice.

Si Lucca Fridckford no seguía al pie de la letra lo estipulado por mi madre, Alice sufriría y él también.

No me pregunte cómo, pero por la forma en que mi madre hablaba, parecía tener todo resuelto.

Como si no hubiera cabida para la duda. Como si cualquier cosa que dijera fuese a cumplirse.

William entrecerró los ojos.

—Y así fue como ocurrió lo del desplante en la boda y su milagrosa intervención. En verdad pensé que usted no iría a la boda de mi hermana, pero cuando lo vi salvando el día… en serio lo agradecí.

Luciana respiró hondo.

—Eso es todo. Espero que ahora la comprenda un poco más.

—Yo ya la comprendía —dijo ensimismado—. Pero no creí que hubiera tenido una infancia tan cruel. Creció sola y despreciada.

—Sí.

—¿Por eso es así?

—Sí. Digamos que no conoce otra forma.

William se puso en pie, sobrecogido por la información. No solo por el pasado de su mujer, sino por la intervención de Rigoberta Miller con aquella “ayuda”. Sí. Seguro algo tenía que ver. Incluso recordaba que Lucca Fridckford había dicho algo relacionado con la madre de Alice antes de morir.

La madre de Alice estaba ligada al problema central.

—Gracias, señorita Luciana. Siento haberla entretenido.

—No hay problema.

La joven se puso en pie.

—Me avergonzaba contar la historia. Le pido que no sea duro conmigo. Sé que no actué como debía y…

—Ha sido de gran ayuda en este momento. En verdad, no sabe cuánto lo aprecio.

La joven sonrió. De alguna forma, William vio cómo se le quitaba un gran peso de encima, como si no pudiera vivir con aquella culpa.

—Le agradezco las palabras.

William esperó a que la mujer abandonara la habitación para soltar un grito contenido.

Estaba furioso. ¿Cómo podía existir un alma tan cruel como la de Rigoberta Miller?

En ese momento admiraba aún más a su mujer y, por tal motivo, no pudo detener sus pasos cuando se dirigió a la recámara donde Charles se recuperaba y donde su esposa estaba ayudando.

Abrió la puerta sin tocar y se encontró con ambas mujeres dormidas en sus respectivas sillas junto a la cama. Charles tenía los ojos abiertos y disfrutaba de la escena con una sonrisa.

—Jamás he sido tan afortunado, William. Lárgate de aquí —replicó el hombre que había despertado de entre los muertos.

—Una de esas mujeres es mi esposa, Charles —dijo William con humor, sintiéndose aliviado al oír la voz de su primo.

—Sigue siendo un buen sueño.

—Me alegra ver que estás mejor.

—¿Mejor? Si estoy perfecto. —Se tocó el abdomen—. Un rasguño.

—Sí, claro. Y tu estado en el limbo también es normal.

—Déjame en paz. —Charles sonrió—. No le digas a Emma que estoy mejor. Me agrada ver su preocupación.

—Eres un caso perdido.

—Pero eso ya lo sabíamos. —Rio con dolor—. Sí… Bueno, si no te molesta, me llevo a una de las mujeres de tu sueño.

—Sí, claro. A esa, de todas formas, no puedo hacerle nada.

William levantó una ceja y sonrió.

—No puedes hacerle nada en tu estado. Eres inútil.

—Te sorprendería lo que puedo hacer.

—No preguntaré más.

William se inclinó y acarició la mejilla de su esposa con ternura.

—Alice… Alice, vamos a la cama.

No podía cargarla. Él también estaba herido y se encontraba totalmente imposibilitado para aquella tarea. Alice ni siquiera se removió ante la caricia. Parecía bastante cómoda en aquella silla. Normalmente tenía el sueño ligero, pero en ese momento no fue capaz ni de mover un dedo.

—Alice.

—¿Mmm? —murmuró somnolienta.

—Vamos a la habitación.

—Vaya, eso suena bastante seductor en mi cabeza —dijo Charles.

—Cállate, Charles.

Alice, como si le hubiesen gritado al oído, se puso de pie de un salto, mirando hacia todos lados en busca de una amenaza inexistente.

—Tranquila.

William posicionó la mano buena sobre la mejilla de su esposa.

—Will… ¿Qué pasó?

—Nada. Vamos a que descanses un poco.

—Sí… pero…

Abrió mucho los ojos.

—¡Charles!

La joven volvió su violácea mirada hacia el herido, quien, por supuesto, fingía dormir tranquilamente.

William alabó la actuación de su primo y negó con la cabeza.

Compadecía terriblemente a Emma.

—Estará bien.

—¿Seguro? ¿No sería buena idea tomarle la temperatura?

—No lo creo.

Colocó una mano sobre la cintura de su esposa, comenzando a llevarla hacia la salida.

—Emma puede con ello.

—Emma está dormida —le hizo ver su mujer.

—No por mucho tiempo.

William lanzó una última mirada a su primo antes de salir por completo de la habitación y dirigirse hacia la suya junto con su mujer.

Alice replicó todavía un poco más, pero al final decidió no discutir con su marido, que de todas formas no tenía ningún caso, y lo siguió por el pasillo.

William abrió la puerta y dejó pasar a su esposa primero.

Alice venía preguntándole sobre algún tema del cual su marido no seguía pista alguna.

William no podía olvidar la conversación con la hermana menor de su esposa.

Tanto era así que, cuando cerró la puerta de la habitación, no pudo resistirlo más y, con paso rápido, fue tras ella.

—William, entonces dices que…

La frase quedó incompleta cuando su marido, imprevistamente, le dio la vuelta de forma brusca y presionó sus labios contra los de ella.

Alice se mostró extrañada, pero aceptó aquella caricia con facilidad. Pasó los brazos alrededor del cuello de su marido para acercarse más a su boca, a su cuerpo, a su alma.

—¿A qué se debe esto? —preguntó con una sonrisa entre los besos.

—A que deseo a mi mujer… —La besó—. Y descubrí que puedo admirarte aún más.

—¿Admirarme? —Sonrió con gracia—. ¿De qué hablas?

William besó lentamente la nariz de Alice, luego sus ojos y, por último, sus mejillas.

—Hablemos de eso después.

William caminó lentamente hacia la cama, intentando no dejar de besar a su esposa, quien reía por la hazaña que su marido intentaba lograr.

Ambos cayeron sobre el colchón. William sobre el cuerpo de Alice, besándola con ternura, moviendo la boca rítmicamente junto a la de ella, deseando no tener que detenerse jamás.

—Te amo —susurró William en el oído de su esposa, mientras la mordía apenas y jugueteaba con ella.

Alice buscó su mirada y lo observó con extrañeza.

—¿Pasa algo?

William la besó de nuevo.

—¿Necesita pasar algo para que te diga que te amo?

—No… —Se sonrojó—. Solo que no lo dices con frecuencia.

—Eso no significa que no sea verdad.

El juego amoroso comenzó con un sinfín de besos sobre el rostro de su mujer. El cuello y los hombros fueron otra fuente de adoración para William, quien parecía alabar el cuerpo entero de su esposa.

—Me estorba —dijo de pronto.

William hizo que su esposa se pusiera en pie para poder desabrocharle el vestido que comenzaba a molestarlos a ambos.

Alice, por su parte, no se quedó sin hacer nada. También comenzó a desvestir a su marido hasta que ambos, desnudos y deseosos, cayeron nuevamente sobre la cama.

Piel contra piel. Labios sobre labios. Alma contra alma.

William pensaba que nunca habían hecho el amor con tanta solemnidad. En aquella ocasión, mientras amaba a su esposa, no perdió detalle de nada. Tocó algunas cicatrices de Alice que, si bien no sabía de dónde provenían, estaba casi seguro de conocer el motivo.

Antes no les había dado importancia. Para él, su esposa era perfecta, pero ahora cada marca sobre el cuerpo de Alice, por pequeña que fuera, merecía su atención y veneración.

Cuando se unió a ella, no se perdió detalle de su expresión: la cabeza echada hacia atrás sobre la almohada, las manos abrazadas con fuerza a su espalda, las uñas clavándose en él de una forma que lo desarmaba, los ojos cerrados al no poder contener sus emociones y los labios entreabiertos, dispuestos a ser tomados por él en cualquier momento.

La besó mientras el mar de sensaciones se incrementaba.

Sintió el corazón comprimirse con audacia ante cada sonido dulce que Alice emitía, como si aquello aumentara todavía más su deseo.

Cuando todo terminó y la luz del día comenzó a florecer sobre los campos de Millentmont, William no se levantó de la cama, como era su costumbre.

Permaneció de costado, esperando pacientemente a ver cómo los rayos del sol atravesaban la ventana y caían sobre las facciones dormidas de su esposa de una forma única, mágica e hipnótica.

Era un espectáculo admirable: el cabello revuelto de Alice sobre la almohada, su cuerpo desnudo cubierto por la manta blanca, esa pequeña sonrisa de satisfacción.

Y esos ojos, que comenzaban a abrirse perezosamente tras unas pocas horas de sueño. Al saberse observada por su marido, la joven atinó a sonreír tímidamente y a cubrirse un poco el rostro con la sábana. Seguro tendría un aspecto terrible.

—Hola —saludó William.

—Hola —respondió ella en un pequeño susurro.

Él se acercó y depositó un suave beso en sus labios antes de abrazarla contra su pecho.

—¿Dormiste bien? —preguntó.

—Sí… aunque siento que no fue nada.