Capítulo 29
L as autoridades no tardaron en presentarse en la casa del primer ministro.
En definitiva, era un caso especial que dos personas murieran sin ser vistas ni escuchadas por absolutamente nadie.
Más impensable todavía era que todo ocurriera en casa de nada más y nada menos que el presidente del Consejo de Ministros de Francia.
Algo estaba sucediendo, primero, la matanza en el orfanato, luego, otras dos muertes dentro del castillo de Millentmont.
—Lo siento, señor —dijo uno de los oficiales que tomaba nota de todo cuanto se percibía en la habitación—, pero no hemos encontrado sospechosos. Y la mujer esa no dice palabra.
William dejó salir un sonido gutural de su garganta.
Una muestra inequívoca de su desesperación.
—No puedo creer esto. —Se tocó el puente de la nariz—. Simplemente entró en mi casa y salió sin dejar rastro. ¿Eso es lo que quiere que me trague?
—L-los empleados dicen no haber escuchado nada —intentó compensar el hombre—. No podemos sacar nada más, mi señor.
—Sí, sí. Ya lo ha dicho.
William manoteó el aire, quitándole importancia.
—Deje este caso abierto. Algo pasa aquí, y quiero que cada detalle se agregue al mismo expediente. ¿Entendido?
—Sí, mi señor.
—Bien. —Suspiró—. Gracias por su labor.
—De nada, cualquier cosa, sabe que estamos al pendiente.
William asintió un par de veces.
—Peter, acompaña a este hombre a la puerta.
—Como ordene, su excelencia.
Peter inclinó la cabeza hacia el primer ministro y señaló el camino al oficial con la palma de la mano. William se quedó solo en la habitación de la señora Pakins, intentando comprender cómo aquella mujer había logrado involucrarse en todo el asunto.
¿Qué tenía la señora Pakins contra ellos? Que él recordara, era una encomendada de su madre, enviada precisamente para ayudar a Alice a orientarse dentro de la corte francesa.
En sí, nada encajaba, suspiró al recordar la carta, lo que esa persona quería era verlo destruido a él.
Políticamente, podía pensar en los Harnett.
Personalmente… en nadie. Que él supiera, no tenía problemas con nadie, ni había dado pie a que alguien lo odiara de aquella manera.
Por otra parte, su mujer era otro foco de guerra.
Otro punto al que atacaban con constancia.
Podía ser que Alice fuese solo un escalón para llegar a él, pero ¿y si no era así?
¿Y si en realidad iban tras ella? Alice tenía más personas en contra, al menos en lo personal.
Para él, la principal sospechosa era su madre.
Su madrastra. No era difícil imaginar a Rigoberta Miller creando algo tan maquiavélico y elaborado como lo que acontecía día con día.
De lo que no estaba seguro era de cómo habría obtenido tanta influencia en Francia.
Siendo inglesa, habría tenido que abrirse camino a la fuerza. Nada probable, por cierto.
Los franceses no eran de los que se dejaban mangonear por cualquiera.
Menos por su rival de vida, como lo era Inglaterra.
Eso lo dejaba nuevamente en la nada. Miró el colchón manchado de sangre, ya sin sábanas, ya sin cuerpos que hicieran la imagen todavía más grotesca.
Aun así, se sentía la presencia del asesinato.
Eso dejaba en William la sensación de que seguían en peligro constante y entonces recordó a su primo herido de bala.
Y a su mujer.
Alice seguía asustada y, aunque había pasado más de un mes, la pérdida del niño de ambos aún se asomaba con tristeza en aquellos ojos violáceos que tanto amaba.
Lentamente, dio media vuelta y se encontró con el rostro apesadumbrado de Luciana, una de las hermanas de Alice.
—Señorita Luciana —la llamó al verla sumida en sus pensamientos, mirando el colchón ensangrentado.
—Nunca me gustó —dijo la joven.
—¿La señora Pakins? —dudó él, sin entender.
Que él supiera, Luciana no la había conocido lo suficiente como para sentir desagrado por ella.
—No. —Lo miró a los ojos—. Lo que pasaba con Alice.
William volvió el cuerpo hacia ella y la enfrentó.
—¿Quieres contarme?
La joven apretó los labios y negó con una sonrisa dulce.
—No creo que le agrade. Cuando termine, querrá matar a alguien.
—Quiero matar a alguien ahora, Luciana. No habrá diferencia.
La chica se mordió el labio y arrancó una pequeña piel muerta, costumbre que William ya había notado en ella.
—Pero querrá matar a alguien de mi familia —le hizo ver—. Las cosas cambian, ¿verdad?
—Sé controlarme.
—Lo dudo.
La joven sonrió.
—He visto cómo mira a mi hermana.
—¿Cómo la miro?
—La ama —le dijo—. Lo noté desde que se casó con ella.
—Se desvía del tema, señorita. Hablábamos de Alice.
—Sigo hablando de Alice —replicó con perspicacia.
Pero, en ese sentido, a William no le ganaba nadie.
—No. Hablaba de mí y de mi enamoramiento.
—¡Entonces es verdad!
Luciana sonrió, contenta. William suspiró.
—Sí, señorita. Es verdad.
—¡Lo sabía!
Aplaudió, feliz, y extrañamente giró sobre sí misma varias veces, como si hubiese recibido una noticia incomparable.
—¿Y bien?
William quiso regresar al punto de partida.
—Oh, pero si me acaba de decir algo tan hermoso, ¿por qué arruinarlo con cosas malas?
—Porque necesito saber quién podría hacerle daño a Alice. No lo sé bien, pero parece que le tiene alguna clase de aprecio.
—Yo la quiero —dijo Luciana.
—Entonces necesito que me cuente.
Luciana suspiró y asintió varias veces.
—Sabía que lograría sacarme la sopa de alguna manera. —Miró el lugar donde se encontraban—. Pero creo que debemos cambiar de sitio. No me agrada estar donde asesinaron a alguien.
—Sí. Creo que es lo mejor. Vamos a mi despacho.
—¿No podríamos dejarlo para mañana? Sabe que son las cuatro de la mañana, ¿no?
—Sí, lo sé. Pero es importante. Quisiera saberlo ahora.
—Es una persona demandante. ¿Está acostumbrado a hacer siempre su voluntad?
—Digamos que logro lo que me propongo.
—Lo que quiere decir que así es. —La joven se tocó la barbilla y sonrió—. Me agrada. Me gustaría casarme con alguien igual.
—Gracias, aunque tal vez no muchos piensen lo mismo.
—No. Me agrada.
—Gracias.
—Vamos entonces a su despacho, supongo. Entre más rápido le diga lo que sé, más rápido me dejará ir a dormir.
Ambos caminaron en silencio hasta el despacho, no se encontraron con nadie.
Seguramente todos estarían retomando las horas de sueño perdidas o, en su defecto, encerrados en sus habitaciones.
Alice, por mandato de William, había ido con Emma y Charles mientras él se encontraba en el lugar del asesinato.
No deseaba que siguiera presenciando algo tan duro como una escena del crimen.
Un crimen que pudo haberse llevado a cabo en su recámara, en lugar de en la de la señora Pakins.
William abrió la puerta del despacho y dejó pasar a Luciana Miller.
La muchacha rápidamente comenzó a curiosear por todo el lugar: tocó los objetos sobre las mesas, sacó libros y revisó los retratos colocados sobre el escritorio del primer ministro.
—¿Por qué no hay fotografías de mi hermana aquí?
Apuntó hacia los retratos. William caminó hacia ella y los miró, todas eran de su familia, pero era verdad, no tenía ninguna de Alice.
—Eso debe hacerla sentir fuera de su familia, ¿no lo cree?
—No lo veo de esa manera —negó el hombre—. El retrato de mi esposa lo llevo siempre conmigo.
—¿En serio? ¿Dónde?
William sacó su amado reloj de bolsillo y se lo enseñó.
—¡Es muy hermoso!
Luciana lo tomó de la palma del hombre.
—Mi hermana es afortunada de estar aquí.
—Sí, supongo. —William señaló una silla—. Siéntese, por favor.
—Claro.
La joven se sentó, todavía mirando la imagen que había en el interior del reloj de William Charpentier. Una fotografía de Alice el día de su boda. Se veía preciosa.
—¿Podría comenzar a contarme?
La muchacha levantó la vista del reloj y sonrió, entregándole el objeto a su dueño.
—Sí. ¿Por dónde comenzar?
Se tocó la barbilla.
—Creo que… lo primero que recuerdo de ella es una sonrisa. Alice, cuando era niña, era muy risueña. Siempre me hacía reír. Jugábamos tanto como podíamos, pero mi madre siempre fue muy dura con ella.
—¿Con dura se refiere a…?
—Digamos que no la dejaba hacer lo mismo que a nosotras. La apartaba. Al principio no me daba cuenta, pero Alice siempre vestía ropas viejas, muchas veces rotas. Con el tiempo noté lo horrible que madre le hablaba, lo mucho que la interrumpía, incluso la golpeaba.
—¿La golpeaba?
—En ocasiones, cuando Alice hablaba de más… o intentaba hablar.
William dejó salir un suspiro, intentando que su enojo se marchara con la misma facilidad que el aire escapaba de sus pulmones.
No funcionó.
—Alice no podía salir a jugar. No podía montar, aprender lenguas, cantar ni participar en ninguna actividad de las que se nos permitían a nosotras. Pronto fue llevada a una recámara alejada. Hacía mucho frío cuando la visitábamos. Pero ella no se quejaba. Seguía sonriendo, aunque ya no lucía feliz.
Luciana bajó la mirada.
—Una vez escuché un regaño que mamá le daba a Alice.
Era tan dura y malvada que yo comencé a llorar.
La llamaba de tantas formas… le hacía notar defectos que yo jamás habría imaginado y que Alice ciertamente no tenía.
La criticaba y, cuando menos pensé, Alice ya no hablaba.
Ni comía. Enfermó durante mucho tiempo y, cuando logró aliviarse de alguna forma milagrosa, porque no recibió atención, solo caminaba por la casa como una muerta en vida.
Luciana tragó saliva.
—No sé qué habrá pasado cuando estuvo enferma. No dejaban pasar a nadie, a excepción de madre.
William guardó silencio.
—Una vez escuché a mi madre quejarse con mi padre sobre ella.
A mi ver, madre era demasiado dura. Pero padre nunca hizo nada.
Es más, padre jamás miró a Alice a la cara.
La quiere, lo sé, pero nunca se lo demostró protegiéndola de mi madre.
Hasta que un día comprendí por qué había tanta diferencia entre el trato de una hija y otra.
Alice era mi media hermana, la hija de mi padre.