Lo que oculta un corazón: El impenetrable William Capítulo 28 #4
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Capítulo 28 #4

—¡No pienses que estamos dispuestos a terminar como tu primo solo por tu título, Willy! —se levantó Ulises—. Será un nombre de alcurnia, pero no vale la pena si tenemos que morir para conseguirlo.

—¿Entonces a qué demonios han venido?

—Ese nombre más bien parece estar maldito —dijo Brandon—. De ser así, yo no lo quiero, Kenia, por más que insistas.

—Esto les beneficia a ustedes —dijo Kenia—. ¿No ven que parece que William ha enloquecido?

—¿A qué viene todo esto de toma de poder? —sonrió Rigoberta Miller—. ¿Me conviene ser pariente de los Achard, entonces?

—No será pariente de nadie —dijo Kenia con tono grosero.

—¡Basta todos! —pidió Alice—. Creo que nadie está entendiendo nada. William, por Dios.

—Es verdad. Basta. —William miró a Peter—. Da un paso al frente.

—¿Qué? Pero, su señoría…

—Dalo.

Peter dio el paso, enfrentando todas las miradas sorprendidas que sus compañeros le dirigían.

—Emma dice que te vio disparar. ¿Tienes una explicación?

—Mi señor…

—Explícate.

—Le disparé a alguien que le disparó al señor Charles y a milord.

—¿Qué?

La exclamación salió de todos los presentes, incluso de algunas doncellas que estaban más dormidas que despiertas.

—Sí. De hecho, mi señor, ella no está presente.

William lanzó una mirada incriminadora hacia su ama de llaves, quien empezó a repasar mentalmente la lista de la servidumbre, asustada por el error cometido en un momento tan crucial.

—La señora Gliplet no la tendrá —dijo Peter— porque no es parte de la servidumbre de la casa, milord.

—¿Quién es, entonces?

—La señora Pakins y sus dos ayudantes. Desde que llegaron a la casa sospeché de ellas. Las seguí de cerca y descubrí cosas.

—¿Cosas? —dijo William—. ¿Qué cosas? ¿Por qué no decírmelo?

—Mi señor… —El hombre se inclinó con vergüenza—. Estoy amenazado. Como lo está usted.

—¡Maldita sea! —gritó William—. ¿Dónde están?

—L-la señora Pakins duerme arriba, mi señor. En las habitaciones que ocupan las institutrices.

William no esperó indicaciones. Simplemente dio media vuelta y caminó en dirección a esas habitaciones.

No necesitaba compañía, pero todos los que estaban en el comedor se apresuraron a seguirlo. Aunque el mayordomo principal, Peter y el ama de llaves lograron controlar un poco a la muchedumbre, muchos curiosos siguieron a su señor escaleras arriba.

A William no le importaba, estaba cansado de toda aquella maldita situación, tenía ganas de zarandear a esa mujer hasta que se le saliera el cerebro.

Lástima que alguien se le había adelantado.

Cuando llegaron a la habitación austera con el nombre Pakins escrito en una tableta de madera sobre la puerta, William supo que algo estaba mal.

El olor, el silencio, la brumosa calma, todo anunciaba una desgracia y así era. Cuando William abrió la puerta, tuvo que tomar a su esposa y hacerla retroceder para alejarla del interior.

Después cerró nuevamente.

—Todos a dormir. No necesito a nadie fuera de su cama. Que alguien llame a Peter. Díganle que suba hasta aquí.

Nadie hizo nada.

Todos estaban a la expectativa de ver el interior de la habitación. Pero el marqués se mostraba reacio, y su mano sobre el picaporte daba a entender que nadie abriría aquella puerta si no era él.

—¿A qué esperan todos? —dijo con dureza.

La servidumbre que los había seguido se apresuró a bajar las escaleras al trote, con la jugosa sensación de tener un chisme que contar a todos los que no se atrevieron a seguir al amo del castillo.

—¿Qué pasa, William? —preguntó Alice con susto.

—No quiero que estén aquí.

Miró a todas las mujeres, desde las Miller hasta su prima Kenia.

—No soy una flor de cerezo —se quejó la mayor de los Achard—. Puedo ver escenas poco agradables.

William miró a sus primos y, por extraño que pareciera ante su rivalidad y odio mutuo, llegaron a un acuerdo silencioso, concedido únicamente por la situación actual.

—Vamos, Regina —dijo Sergio a una de las hermanas de Alice—. Hace tiempo quería mostrarte un libro fascinante.

La joven lo miró desconcertada, pero asintió.

Al igual que Sergio, Ulises y Brandon ayudaron a William con una de las hermanas de Alice. Rigoberta los siguió como una madre responsable de sus hijas casaderas, y Kenia, sin ganas de dejar que sus hermanos cayeran en las garras de aquellas mujeres, hizo lo mismo.

La única que no se movió fue Alice.

—Mi amor, por favor.

—No, William. —Negó—. Quiero saber a qué atenerme.

—No, Alice. He dicho que…

Alice abrió la puerta y entró en la habitación.

Enseguida tuvo que llevarse las manos a la boca.

—¡Dios mío! —exclamó.

—Esto se está saliendo de control —asintió William—. Ni siquiera nos hemos dado cuenta.

—Y-yo estaba a solo unos pasos, William. Pude… pude ser yo…

William no dijo nada, no podía.

El cuerpo inerte de la señora Pakins estaba tendido en la cama. La sangre proveniente de una herida en el costado se extendía por toda la colcha. Los ojos abiertos de aquella mujer mostraban el miedo que sintió. La desesperación de sus últimos segundos.

William se acercó con mirada crítica, revisando el cuerpo con la frialdad de un médico que no era.

La señora Pakins tenía un rozón de bala en la pierna y otro en el brazo.

Nada grave. Esos debían de ser los disparos defensivos que Peter realizó en su contra.

En definitiva, la causa de muerte era la puñalada en el costado derecho.

William revisó el cuerpo para cerciorarse de que no hubiese otra herida.

Pero no. Solo había hecho falta una estocada certera.

—William —llamó su esposa—, la mataron también.

Alice estaba cerca del cadáver de Goretti, quien había recibido tres poderosas puñaladas. Parecía haber estado cuidando a la señora Pakins de sus heridas de bala. Seguía sentada en la silla junto a la cama, como si fuera a velarla eternamente.

—Qué espanto —pronunció, cerrando los ojos de Goretti.

—¿Dónde está la otra?

Alice abrió los ojos. Era verdad. Si allí estaban Goretti y la señora Pakins, Sandre no podía estar lejos.

Un sonido dentro de uno de los armarios les dio la razón, por un momento, la pareja pensó que ella sería la culpable de los asesinatos.

Pero, al escuchar el lamento que se desató dentro de aquel mueble, rechazaron la idea.

El armario escondía a un alma en pena. No a una asesina. William, de todas formas, pidió a Alice que se quedara atrás, y ella obedeció. El hombre abrió de golpe aquel armario, arrancando un grito desquiciado de la persona escondida en su interior.

—¡No! ¡Déjeme! ¡Le aseguro que no hice nada! ¡No he dicho nada!

—Tranquila. No vengo a hacerte daño.

La mujer lo miró.

Vio a William a la cara y gritó con espanto antes de arrastrarse hacia el fondo del mueble, quedando pegada a la madera, temblorosa y con la mirada fija en el primer ministro.

William notó que sostenía algo entre las manos, la miraba como un cordero que ve a su depredador.

El marqués se estiró hasta llegar a ella.

Sandre ya no se movió. Él tomó la nota de entre sus dedos temblorosos y la abrió con lentitud, sintiendo cómo su esposa se acercaba para intentar leer también, pero lo impidió tanto como pudo, sobre todo al leer.

Hola, hola.

¿Cuántas muertes van? Ya ni siquiera lo sé. Dios santo, ahora ya no se pueden encontrar personas de confianza. Creo que ambos batallamos con lo mismo, ¿no, Willy? Pero qué se le va a hacer.

Recuerda: vamos en cuenta regresiva. Faltan dos.

¿Qué nos tendrá Versalles esta vez? Piensas asistir, claro está.

No es como si el primer ministro pudiera faltar.

Solo una pregunta más: ¿sigues sin saber quién soy?

Es bastante patético… decepcionante. Esperaba más de ti.

Recuerda, Willy: te tengo rodeado. No hay salida posible.

Si te preguntas qué quiero, qué necesito para dejarte en paz, bueno, es fácil: yo lo quiero todo.

Y eso viene con tu muerte, física o mental.

Así que Alice bien podría morir y no necesitaría matarte.

Mira que dispararte y no morir… Bueno, sabía que eras duro de matar.

Saludos, Una ayuda.