Lo que oculta un corazón: El impenetrable William Capítulo 28 #3
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Capítulo 28 #3

Su adorado primo había sido lastimado por su culpa, y aquello era una situación insostenible para alguien como William.

Aunque él también estaba herido, no soportaba la idea de que alguien ajeno al problema hubiese sido involucrado.

Dio dos toques a la puerta y escuchó el pequeño y asustado “pase” de Emma.

El dueño de la casa asomó la cabeza con lentitud.

Miró toda la recámara, completamente iluminada, por lo que le fue sencillo encontrar a Emma, quien seguía sentada junto a un Charles inconsciente.

—Emma, ¿estás bien?

—S-sí… solo que no sé. Siento que todo puede pasar en esta casa.

—Lo entiendo. —Asintió—. Hablaste con Alice, ¿cierto?

—Sí. Preferiría que fueras directo con ella.

—Emma, sabes lo que está pasando, ¿cierto? Sabes quién es el culpable, ¿verdad?

—William.

Emma le tomó los hombros, mirando sobre los suyos para observar de soslayo la cama donde Charles se removió por el ruido.

—Él necesita descansar. No soy yo quien debe decírtelo. Alice sabe todo lo que yo sé.

William intentó controlarse. Miró a su primo. La verdad era que lucía bastante mal. Su cuerpo estaba sudoroso, preso de la fiebre que sobreviene después de una lesión como la que tenía.

—¿Cómo está?

Emma apretó los labios y suspiró.

—Tiene fiebre. El doctor viene cada dos horas. Estará bien… si cualquier cosa pasa…

—Emma… Em… Emma…

Charles comenzó a balbucear.

—Ve con él. Me avisas cualquier cosa.

Emma simplemente asintió y fue a sentarse junto a Charles, tomándole la mano y hablándole quedamente al oído para tranquilizarlo.

William contempló aquella escena y sonrió.

Charles jamás admitiría nada, pero estaba prendado de Emma.

Lo estaba. Que se diera cuenta sería tan difícil como lo había sido para él mismo.

—Te lo encargo.

Emma volvió la cabeza y asintió un par de veces.

William salió de la habitación y cerró los ojos.

Respiró varias veces y caminó hacia su propia recámara, donde su esposa seguramente lo estaría esperando.

Y así era. Alcanzó a ver, por debajo de la puerta, la luz de una vela.

Eso confirmaba que Alice se mantenía despierta, con las luces encendidas.

El hombre entró sin llamar, sorprendiéndose al descubrir que la puerta estaba cerrada con llave.

Cosa de lo más extraña.

—¿Quién es? —preguntó la voz temerosa de su esposa.

—Soy yo, Alice. Abre la puerta.

William escuchó cómo la joven corría por la habitación. Un segundo después abrió la puerta y se lanzó a los brazos de su marido.

—Alice —la recibió con sorpresa y algo de dolor—, tranquila.

—Tardaste demasiado.

—Lo sé. Lo siento.

Alice se separó de su esposo y miró hacia todos lados, nerviosa.

—Vamos, pasa.

William dejó que su mujer prácticamente lo introdujera en la habitación y lo sentara en una de las sillas. Pero ella no hizo lo mismo. En lugar de eso, Alice caminaba de un lado a otro, como si estuviese a punto de cantar frente a una gran audiencia.

Se mostraba impaciente, con las manos sudorosas si se tomaban en cuenta las veces que se las había limpiado en el camisón, y la mirada incontenible, claro está.

—Alice, ¿qué pasa? Dime lo que Emma te ha dicho.

Alice lo miró llena de dudas y negó.

—No sé. Siento que enloquecerás.

—¿Por qué?

—Porque me ha dicho quién es el infiltrado de la casa.

Suspiró y se dejó caer en una de las sillas.

—Dímelo de una vez, Alice.

—Es que… no puedo creerlo.

—¡Alice!

—Señor.

Peter entró de pronto, trayendo consigo una bandeja de plata con un poco de agua y una copa de licor que seguramente era para el primer ministro.

—Oh, Peter, no pensé que siguieras despierto —dijo William con seriedad, aunque sin prestar demasiada atención—. Bueno, gracias.

Alice se quedó en blanco, por un momento había estado a punto de revelar el nombre de ese preciso hombre.

Tuvo que tragarse las palabras.

—Señora, ¿desea algo además de su agua?

—N-no, Peter. Estoy perfecta.

—¿En verdad? Luce algo pálida.

El hombre hizo ademán de acercarse a ella, como solía hacer normalmente.

Peter y Alice eran más que amigos: eran cómplices contra William.

Les gustaba hacerlo rabiar y, sobre todo, contradecirlo, pero, en esa ocasión, Alice se puso de pie de un brinco y fue hacia su tocador, simulando quitarse unos pendientes que, desde hacía rato, no llevaba puestos.

—Me encuentro perfecta, Peter. En verdad.

—Mmm… Si el señor quiere hacerla rabiar, ya sabe que yo…

—No, Peter. En serio. Estoy bien.

William elevó ambas cejas ante las respuestas secas de su esposa.

No tardó mucho en entender lo que pasaba, pero no podía ser. Peter era su sirviente más fiel. Simplemente no le cabía en la cabeza que pudiese traicionarlo de esa forma.

—Peter, ¿puedes retirarte un momento?

El ayuda de cámara abrió los ojos al comprender que estaba siendo echado de la habitación. Cosa nada usual. Pero atendió lo dicho e inclinó la cabeza.

—Como desee, milord.

Salió. William esperó un tiempo considerable antes de mirar a su esposa y decir con determinación:

—No lo creo.

—William, sé que es difícil, pero eso es lo que me ha dicho Emma.

—Alice, no puedo creerlo. Es algo que nunca podré creer sin pruebas. Tu amiga lleva aquí poco tiempo. Tal vez lo confundió.

—No, William. Ella dice que lo vio claramente disparar.

Pero él negó de nuevo.

—No puede ser…

Se dejó caer sobre el sofá.

Alice se acercó con cautela y se sentó junto a él, posando una mano suave sobre la de William.

—Will, sé que no puedes pensar que alguien tan cercano a ti te traicione, pero…

—No. Afuera todos. Manda llamar a Emma ahora mismo.

—¿Qué?

Alice también se puso de pie.

—Todos. ¡Todos de pie! —gritó con fuerza.

—William, ¿qué haces?

—Vamos. Quiero verles la cara. Que despierten los empleados. Todos los habitantes de esta casa. Los quiero ante mis ojos.

—Es una locura. Si el culpable se ve acorralado, escapará.

—No lo creo —dijo el hombre con seguridad.

—William, es una respuesta obvia.

—No cuando tiene familia numerosa que mover.

Le habló con voz resuelta.

—Soy un hombre meticuloso, Alice. No contrato a nadie sin tomar mis precauciones. Sin poder amarrarlo de alguna forma.

—No entiendo.

—Que, mi querida Alice, si ese hombre se va, dejaría atrás todo lo que ama. Y seguramente actuó bajo presión, porque lo amenazaron con su familia precisamente. No la dejará sola porque sí.

—¡William!

Alice lo siguió cuando lo vio abrir la puerta.

—Ponte una bata, Alice. No quiero que andes así por toda la casa.

La joven regresó a su recámara y suspiró. Sabía que William actuaría impulsivamente. Sabía que no soportaba una traición. Hecha un rayo, se colocó la bata y bajó corriendo las escaleras, escuchando en cada paso cómo su marido despertaba a todo el personal.

Eran las tres de la mañana. La mansión de Millentmont estaba encendida en su totalidad.

Toda la servidumbre se encontraba presente en el salón de baile.

Las pobres doncellas llevaban apenas un chal sobre los hombros y algunos hombres se habían puesto los pantalones al revés o la camisa mal abotonada.

Las visitas de la casa tampoco estaban en mejor estado. Sentados en unas sillas dispuestas con total despreocupación, estaban la familia Miller y los Achard. Todos mal vestidos y quejándose de la hora.

—¿Qué mueve a nuestro querido primo William a actuar tan estúpidamente? —preguntó Brandon Achard.

—Cállate —ordenó William, revisando los rostros de todos los presentes—. Señora Gliplet, ¿están todos?

—Sí, su señoría —asintió el ama de llaves, con los cabellos canosos completamente despeinados.

—Bien.

Alice miraba a su marido como si hubiese enloquecido.

Sabía bien que no era así.

William siempre actuaba acorde a una fina línea de estrictas leyes y normas. Cuando estas se rompían, simplemente actuaba como una autoridad, no había cabida para clemencias.

—Me han dicho que nos han traicionado —dijo sin dar rodeos—. Creo que especifiqué muy bien ese tema al momento de contratar a cada uno de ustedes. Porque no hubo ni uno de los aquí presentes a quien no hubiese entrevistado antes de traerlo a mi casa.

Todos asintieron, para sorpresa de las visitas y de su propia esposa.

—Está de más decir que recuerdo cada rostro y cada palabra dicha el día exacto en que entraron a mi despacho.

Por lo tanto, quiero creer que lo que ha llegado a mis oídos es solo un malentendido.

Si alguien sabe de lo que hablo y es verdad, será mejor que dé un paso adelante.

De lo contrario, las cosas se pondrán peor.

La servidumbre se miró con recelo. Muchos no entendían de qué iba aquel discurso a media madrugada, pero nadie se atrevería a quejarse ni a hacer una mueca de cansancio o desplante.

—Emma —la llamó William—, haz el favor de venir y decir nuevamente lo que sabes.

Emma miró impresionada a Alice, pero esta no podía hacer nada más que encogerse de hombros e indicarle que lo hiciera.

—Sabemos por buena fuente que alguien en esta casa no está colaborando con el bienestar de sus excelencias.

—Y… —agregó William con dureza.

—Y yo vi algo que me hace pensar que sé quién es —añadió la joven, mirando directamente a Peter.

—Gracias, Emma. Ve con Charles nuevamente.

La joven rubia asintió y no tardó en correr fuera del lugar para seguir cuidando a Charles, quien quedó al cuidado de los doctores que habían ido a revisarlo por enésima vez esa noche.

—Y bien, si alguien sabe quién es el culpable, que lo diga. O, si el culpable tiene los suficientes pantalones, que dé un paso adelante.

—Esto se pone interesante —sonrió Kenia hacia su hermano Sergio.

Pero Sergio no pensaba lo mismo, más bien todo lo contrario.

—Dime qué está pasando aquí, William. —Se puso en pie—. Algo me dice que es una situación riesgosa.

—Lo es, querido primo —dijo el marqués con cinismo—. Cosa que a ti te beneficia, ya que puede que yo muera y mi mujer no espera ningún hijo, que yo sepa.