Capítulo 28 #2
—Te veré en la cena. Sé que no es el mejor momento, pero recuerda que tenemos que ir a la cena de honor en Versalles el viernes.
¡La cena! Alice no la recordaba en absoluto. Qué estupidez. Tener que ir a esa dichosa cena cuando estaban ocurriendo tantas cosas.
—Sí, no lo olvido —mintió.
—Me alegra recibir la invitación, querido William —dijo Rigoberta Miller, poniéndose en pie y mirando a la pareja con una chispa de rabia al ser totalmente ignorada.
El marqués de Millentmont no se mostró feliz con la intromisión y, sin pensarlo, respondió en voz alta y directa:
—Lo lamento, señora Miller, pero es un evento sumamente privado. Solo la alta alcurnia francesa puede ser admitida, sobre todo los altos cargos de gobierno.
—¿La élite francesa es así? —se burló la mujer—. No sé qué pensar del lugar al que mandé a mi hija.
William sonrió y dejó salir una risotada gruesa y gélida.
—¿De qué hija habla? Que yo sepa, ninguna de sus hijas pertenece a la élite francesa.
La mujer no pudo evitar dejar escapar un suspiro. Sus ojos abiertos de par en par demostraban que no esperaba aquella contestación por parte de su yerno o supuesto yerno.
—¿Le contaste? —acusó Rigoberta, mirando a Alice incrédula.
—No lo hizo —contestó William, para después volver la vista hacia su esposa—, aunque debió hacerlo.
Alice bajó la mirada de nuevo, más secretos. En realidad, si lo pensaba bien, ella era quien guardaba más cosas ocultas. Era ella quien tenía más heridas emocionales, quien siempre vivía en las sombras.
Ella complicaba demasiado las cosas.
Toda su vida aprendió a hacerlo de esa manera: en silencio, sin que nadie se diera cuenta de lo que hacía, de lo que sentía. Con el tiempo, incluso lo que llegaba a decir comenzaba a carecer de importancia.
Hasta para ella.
Aquello había ocasionado que, cuando nuevamente se encontró en problemas, lo callara todo. Lo escondiera el mayor tiempo posible. Incrementando, sin querer, la gravedad de las cosas.
—William…
—Luego, Alice —la detuvo su marido—. Ahora tengo que irme. Hablaremos de todo después.
—Pero… —Alice miró rápidamente a Rigoberta y suspiró. No podía echarla—. Emma dijo algo interesante sobre…
—Tengo conocimiento de la biblioteca. Emma puede entrar todo lo que quiera.
Alice no entendió aquella respuesta.
Tal vez le estaba hablando en clave. Y, si era así, ciertamente no lo comprendía ni un poco. O quizá William hablaba literalmente y no tenía idea de que Emma había logrado ver al agresor de Charles. Al posible dueño de las cartas. Al confabulador andante.
—Te veré en la cena. —William se acercó a su confundida esposa y besó su frente, entregándole de paso un papel—. Señora Miller.
—Lord Charpentier.
Rigoberta se inclinó, mirando cómo el hombre abandonaba nuevamente el lugar.
—Interesante conversación. Me pregunto a qué iban.
Alice volvió la mirada con tranquilidad.
—A Emma le gusta leer.
Alice prácticamente corrió fuera del saloncito, dejando atrás su pasado con aquella supuesta madre. En realidad, descubrió que estaba feliz, esa mujer no era su madre, una madre no podría amar a una hija más que a otra, de eso quería convencerse.
Ella simplemente nunca experimentó lo que era el amor de una mujer que se interesara verdaderamente por ella. Era reconfortante pensar que Dios le había dado la satisfacción de no tener que seguir llamando madre a esa mujer horrible.
—¡Emma! —gritó al entrar en la biblioteca.
—¡Cállate! ¡No grites!
Graciosamente, Emma también había gritado.
—Lo siento —se disculpó Alice, cerrando la puerta tras de sí.
—William te dio mi mensaje —asintió la rubia—. Bien, Alice. En este momento nos convertiremos en buscadoras de pistas. Seremos detectives de la Corona.
—¿Qué?
—Chist. —La rubia colocó un dedo sobre su boca y miró a todos lados—. Aquí no es seguro hablar. Salgamos al jardín.
—Emma, ¿te has golpeado la cabeza?
—No. Hablo en serio. Pero sigo sin poder hablar aquí.
Alice rodó los ojos y abrió la puerta de la biblioteca con una graciosa inclinación hacia Emma, quien le dirigió una mala mirada.
—Tómate esto más en serio.
—Tan en serio como su alteza lo desee.
—¿Se puede saber a qué se debe su falta de hospitalidad, prima?
Las dos jóvenes se sintieron inesperadamente reprendidas por la abuela de los Bermont. Sabían que Violet no estaba cerca, así que solo quedaba la otra mujer con cuerpo de joven y alma de anciana.
—Kenia —sonrió Alice—, creí que te entretenías con Mariana…
—Tus hermanas son más educadas que tú —la cortó Kenia—. Pero no. Ellas están entretenidas con mis hermanos.
—Espero que no te moleste.
—En realidad, sí. Sobremanera. Se ve a todas luces que son unas trepadoras sociales —hizo ver—, pero son bonitas. Sabrán entretener a mis hermanos lo suficiente para no molestar.
Emma abrió la boca sin poder evitarlo y ella que pensaba que Giorgiana era la ganadora de las mujeres sin pelos en la lengua. Negó. Kenia Achard ganaba por mucho. Al menos Giorgiana sabía decir las cosas con elegancia.
—En ese caso, prima Kenia, es su deber separarlos.
—No —sonrió—. Son solo para un rato.
—¿Y qué tenemos que hacer nosotras para deshacernos de usted? —preguntó Emma—. ¿Acaso le interesaría conversar con otra serpiente? La madre de Alice está cerca.
—¡Pero qué insolente! —alzó la barbilla la señorita Achard—. Dígame, señorita Sellers, ¿su prometido ya revivió? Sería una lástima si tuviera que llevar luto sin estar siquiera casada.
Emma encolerizó.
No era difícil lograrlo. Emma tenía un carácter voluble; era fácil molestarla y fácil contentarla. El humor no solía durarle más de dos minutos. Pero, con aquellas palabras, tal vez bastara para que la rubia ocasionara suficientes problemas.
—Emma.
Alice la tomó del brazo antes de que diera un paso.
—¡Está jugando con la vida de una persona! —negó Emma—. Es imperdonable.
—Déjala.
Emma suspiró varias veces, mirando con repudio a la mujer que sonreía, satisfecha de haberla hecho rabiar, como era su deseo desde el principio.
—Ahora entiendo por qué está sola —dijo Emma, ya más tranquila—. Es usted una espina en el trasero. Solo le digo una cosa: sus hermanos no estarán solteros toda la vida. Se quedará sola.
—Emma —regañó Alice, mirando recriminatoriamente a su amiga.
Emma apuntó con la cabeza hacia Kenia Achard, quien, por primera vez, había quedado callada, sin capacidad de decir nada para defenderse. Emma había dado en el blanco, en la preocupación más sincera de aquella mujer, la soledad.
Durante un tiempo, Alice dudó si acaso ella era la persona de las cartas.
Ahora lo ponía en duda. ¿Con qué razón querría hacerles daño?
¿Dinero? Posiblemente. Pero estaba segura de que para Kenia era más importante mantener a sus hermanos a su lado, y tenerlos en un marquesado los dividiría más. Seguramente los haría pelear aún más.
—¿Alice? —la llamó Emma.
—¿Sí?
—Vámonos. La arpía se fue enojada.
—¡Emma, has dicho cosas terribles!
—Se lo merecía la desgraciada.
—¡No levantes injurias!
—Sí. Como digas, mamá. —Rodó los ojos—. Ahora, lo importante.
Emma la tomó del brazo y prácticamente la jaló hacia el exterior para hablar con la tranquilidad de no ser escuchadas. Y, ya avanzado un tramo, Alice no pudo con la curiosidad. Detuvo con fuerza a su amiga y la miró a los ojos con determinación.
—Dime todo lo que sabes de una vez, Emma. Esto me está volviendo loca.
La rubia se mordió el interior de la boca y miró hacia el cielo azul que se extendía sobre París.
—Es un día muy hermoso, a pesar de todo lo que ha sucedido.
—Emma…
—Sí, lo siento. —La miró con disculpa—. Charles y yo hemos investigado algunas cosas desde nuestra llegada. Digamos que estamos ayudando un poco a Thomas en su deber.
—¿Qué?
—Sí. Vinimos porque Thomas nos lo ordenó.
—¿Son parte de… de eso que él hace?
La joven rio con ganas y negó varias veces.
—¡Eso quisiera yo! Pero no.
—Entonces no entiendo nada.
—Bueno. Te diré lo que me dijo. Y cito: “Si ellos tienen infiltrados, entonces nosotros también. Serán ustedes dos. Escríbanme todo lo que descubran”.
—¿Y simplemente aceptaron?
Alice levantó una ceja.
—Bueno, así como así, no. Nos explicó todo. Él sabía que Charles haría cualquier cosa por William, y yo por ti.
—Gracias.
—De nada. Ha sido divertido.
—¿Entonces?
—¿Entonces qué?
—¡Emma!
—Rayos, lo siento. Ya prosigo.
Se disculpó nuevamente.
—Lo que pasa es que, desde el principio, han tenido a alguien dentro de la casa. Alguien que da aviso de cada cosa que se hace. William lo sabe, pero no se puede actuar sin provocar una huida colectiva. Es necesario saber a ciencia cierta quién es el culpable antes de ir tras él.
—Sí, eso lo sé, lo que nos deja en las mismas.
—No. Porque yo lo vi. Y lo seguí hasta su habitación.
—¿De quién se trata?
William entró a casa pasada la medianoche.
La penumbra y el silencio lo acogieron casi con burla. Toda aquella calma solo hacía que sintiera con más nitidez el dolor de cabeza que llevaba atormentándolo todo el día.
Todo parecía tornarse cada vez peor. Temía que, en algún momento, enloqueciera él o, en el peor de los casos, su mujer.
Lo cual estaría más que justificado. Alice no solo había perdido a un bebé, sino que seguía bajo la presión constante de un acosador, de ser una figura pública y de soportar la ya pesada visita en casa.
Qué más quisiera que echar a todo el mundo y quedarse a solas con ella.
—Señor, buenas noches —saludó el mayordomo—. ¿Desea algo?
—No, Laurens. Puede irse a dormir.
—Gracias, milord.
William subió los peldaños de dos en dos. Su dirección: Charles.
Era primordial en todo ese asunto.