Lo que oculta un corazón: El impenetrable William Capítulo 28
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Capítulo 28

—¿Q ué fue lo que dijiste, Emma?

La joven rubia miró al resto de personas que discutían fuera de la habitación: todo encabezado por Giorgiana, la familia de su amiga y los parientes de William, a quienes incluso ella acababa de conocer.

—No puedo contarlo ahora, pero ten cuidado, ¿vale?

—Emma, espera ahí —susurró Alice, tomándola de la muñeca—. No puedes decirme algo como eso y simplemente huir.

—Alice, hay demasiada gente.

—Necesito que se lo digas. A mí y a William.

—Tú díselo.

—En realidad, no creo que William lo ignore. Menos ahora.

—No creo que él tenga conocimiento de algo —negó Alice—. Hemos tenido la misma problemática desde…

Con tristeza, Alice comprendió que sus problemas con William habían comenzado casi al mismo tiempo que su matrimonio.

Las cartas habían iniciado con la apariencia de una verdadera amiga preocupada por ella, pero, justo en ese momento, “Ayuda” no era más que una presencia conflictiva, cruel, empeñada en verlos infelices.

Emma entendió sin que Alice tuviese que decir nada más.

Lo único de lo que era consciente era que no le gustaría vivir la vida que su amiga había vivido.

—Entiendo —dijo con tristeza.

—Tienes que ayudarme. Si sabes quién disparó, entonces dínoslo.

—¡Bien, no te alteres!

Emma levantó los brazos hacia el cielo.

La rubia miró a su alrededor. No pudo evitar sentir que todas las miradas estaban sobre ellas: tanto las de los Achard como las de la familia Miller. La madre de Alice, especialmente, mantenía una mirada escudriñadora, capaz de atravesar paredes.

—Los veré en un rato, cuando William salga de ver a Charles y… bueno, supongo que vuelva al trabajo.

—William va a estar ocupado todo el día. No tengo tanto tiempo.

Alice se veía alterada, ansiosa. Y era normal: toda su vida de casada se había deformado por esas cartas.

Incluso había perdido a un bebé.

—De todas formas —Emma miró alrededor, captando nuevamente las miradas—, no creo que ahora sea el momento más conveniente.

La madre de Alice se acercó hasta ellas y las abrazó cariñosamente. Ambas muchachas se miraron por encima del hombro de aquella mujer, haciéndose la misma pregunta:

¿Qué le sucedía?

—Me alegra que Charles esté bien —le dijo Rigoberta a Emma—. Es terrible quedar sin prometido a unos días de la boda.

La intención era evidente. Rigoberta Miller no era una mujer que dijera las cosas sin haberlas pensado.

Lo había dicho con el claro propósito de lastimar a Alice.

Emma lo sabía. En realidad, era terrible que una madre pudiese odiar tanto, que tuviese la capacidad y el corazón para herir a alguien como su amiga.

Emma iba a responder con la agresividad que la caracterizaba, pero la mirada suplicante de Alice la frenó.

A decir verdad, así era mejor. Emma, aunque era una chica lista, no tenía la misma precisión verbal que Giorgiana o Katherine. La rubia más bien se caracterizaba por lanzar lo primero que le venía a la cabeza y, por tal razón, tendía al arrepentimiento.

—Madre —habló Alice, con una seguridad que desconcertó a Rigoberta—. ¿Por qué no me acompañas?

—¿Qué? ¿Después de todo este desastre?

—Madre —repitió Alice—, por favor.

Rigoberta no tenía ni el más mínimo deseo de escuchar el tartamudeo de aquella chiquilla.

Pero tampoco podía quedar mal delante de los Achard, quienes, a pesar de no estar pendientes del herido, se encontraban cerca, hablando con el resto de sus hijas, por lo que sabía, la familia lejana de los Charpentier estaba bastante bien acomodada y, en caso de que William muriera sin herederos, ellos serían los primeros en la lista para tomar posesión de todo.

—Bien, Alice. Si tanto insistes, vamos —dijo con desesperación.

Alice lanzó una mirada a su amiga antes de comenzar a caminar hacia el saloncito donde planeaba hablar con su madre por primera vez en su vida. Nunca, jamás, se había atrevido a algo como eso.

No cuestionaba el comportamiento de su madre, ni su preferencia por sus hermanas. Nunca había pedido explicaciones por el desprecio, por las palabras crueles, por esa distancia permanente que la había hecho sentirse ajena dentro de su propia casa.

Las dos se sumieron en el más profundo silencio al tomar asiento en el sofá.

Alice se removió incómoda y respiró hondo, intentando calmarse, tratando de ordenar todas las ideas que debía decirle.

Todas aquellas dudas. Todo aquel dolor. Deseaba saber por qué.

Ansiaba que se lo dijera a los ojos; que, con la mirada fija en la suya, le confesara el motivo de su desprecio.

—Y bien, si no piensas hablar, entonces será mejor que me retire.

—No —dijo con una firmeza desconocida—. Siéntate, por favor.

Rigoberta no pudo evitar que su ceja se elevara unos cuantos milímetros, pero obedeció. Tomó asiento de nuevo y miró con burla contenida a su “hija”.

—¿Y bien?

—¿Por qué nunca me dijiste la verdad?

—¿La verdad sobre qué? —preguntó con poca cordialidad.

Era claro que sabía de qué hablaba.

—De que no soy tu hija.

Rigoberta sonrió y ladeó el rostro. Siempre que veía a Alice, recordaba lo mucho que aquella niña distaba de sus propias hijas. De ella misma. Incluso de su esposo. Tenía la mala fortuna de parecerse a aquella desgraciada que se había metido con su marido.

Negó con la cabeza, era una pesadilla, era imperdonable.

—Es gracioso. ¿Cómo te enteraste?

—Tengo buenos amigos.

—Tu constante contacto con los Bermont tiene algo que ver.

—Seguramente.

La mujer sonrió y se encogió de hombros.

—Entonces lo sabrás todo. Eres una bastarda. Punto.

Alice cerró los ojos ante la brusquedad de aquellas palabras. Ante la forma en que esa mujer podía lastimarla sin sentir el más mínimo arrepentimiento, pero ahora la entendía un poco más.

Criar a alguien ajeno, a la hija de su esposo, no debía de haber sido fácil. Tal vez ella no habría actuado de la misma forma, pero comprendía que no era una situación agradable.

—Entiendo —dijo tranquila—. ¿Por eso tu desprecio?

—Sí. No puedo creer que incluso me obligara a cuidar de ti, a fingir que te amaba cuando, en realidad, siempre fue todo lo contrario.

—En realidad, no lo hiciste del todo bien —sinceró la joven—. Por alguna razón, siempre me hiciste saber que era diferente al resto de mis hermanas.

Diferente. Sí. En definitiva, aquella chiquilla era distinta.

Rigoberta siempre la detestó por ser mucho más hermosa que sus hijas y, cuando era niña, aquello era incluso peor. Alice tenía un carácter alegre, comedido, dulce y mayormente comunicativo.

Le había costado tiempo y esfuerzo eliminar esa parte de su ser.

Exterminarla al punto de que no supiera quién era ella.

Durante mucho tiempo lo logró. En serio pensó que conseguiría hacerla sufrir todo lo que ella sufrió al enterarse de que su amado esposo la había engañado.

Incluso pagó a Lucca Fridckford para enamorarla y abandonarla en el último momento frente al altar.

Aunque la idea no había sido plenamente suya.

Había recibido la ayuda de alguien que le propuso una venganza.

Alguien que odiaba a esa niña tanto como ella.

Pero nunca pensó que el mismo Lucca terminaría enamorándose de la muchacha, y mucho menos que el mismísimo William Charpentier se ofrecería a casarse con ella.

Su ayuda le había prometido que aquella venganza destrozaría a su hijastra por completo.

Que la haría dejar de salir de su casa, que aplastaría su personalidad hasta reducirla a nada, pero no había sido así, ahora más bien la veía mejorada.

No podía negar que eso la encolerizaba, se hecho, la hacía rabiar de una forma que ni siquiera lograba describir.

—Y bueno, ¿esas eran todas tus preguntas? ¿O tienes más cosas que quisieras saber?

—En realidad, tengo más dudas.

—Entonces dilas de una buena vez. No sabes lo agradable que es no tener que seguir mintiendo respecto a ti.

—Me lo imagino, en verdad —dijo la joven con tristeza—. Pero será mejor hablar de lo importante. ¿Sabes quién es mi verdadera madre? ¿Padre jamás te lo dijo?

La mujer hizo un ademán con la mano y tapó con ella su sonrisa.

—Alice, por Dios. Sería alguna mujerzuela con la suerte de que tu padre tuviese el corazón blando y endeble.

Alice miró con enojo a la mujer que, hasta hacía poco, solía llamar madre. No. Pensándolo bien, ella nunca había sido su madre.

De ninguna forma imaginable.

—Entonces no tienes idea… —murmuró la joven—. En ese caso, ¿qué tuviste que ver con la muerte de Lucca Fridckford? ¿Con mi abandono en el altar? Con el odio que has desarrollado hacia mí, no me cabe duda de que serías capaz de algo por el estilo.

—¿Me crees una asesina? —sonrió—. Si es así, te equivocas.

—Pero no niegas lo otro.

—¿Tu boda? —rio con gracia—. Sí. Ese fue un plan mío… bueno, no tan mío, pero, dentro de lo que cabe, fui yo.

—¿A qué te refieres?

—A que hay una persona que comparte el mismo odio hacia ti que yo. Impresionante, ¿no crees?

La joven bajó la mirada, meditabunda.

—No entiendo qué otra persona podría odiarme con esa magnitud.

—No lo sé. Cuestión de pensarlo.

Alice miró con hostilidad una última vez a su “madre”, justo antes de la interrupción formulada por su marido, quien entró en ese momento al pequeño salón donde ambas mujeres se encontraban.

—Alice —dijo William, sin notar a la otra mujer presente, caminando sin miramiento hacia su esposa—. Tengo que irme, pero volveré cuanto antes. Emma me dijo…

—William —lo detuvo Alice antes de que dijera algo inconveniente en aquel lugar y frente a esa persona—. No has saludado a mi madre.

William, como si se tratara de una cuestión profundamente inconveniente, volvió la mirada hacia la supuesta madre de Alice.

El primer ministro no pudo frenar una expresión de repudio, apenas disfrazada de seriedad y delimitada cortesía. Desde un inicio, William había sospechado lo que seguramente su mujer ya sabía en ese momento.

—Señora.

Se inclinó ante ella y, de inmediato, volvió su atención hacia Alice.