Lo que oculta un corazón: El impenetrable William Capítulo 27 #2
81%

Capítulo 27 #2

—Que te quieren muerto.

William sonrió y rodó los ojos.

—Igual que media Cámara del Senado. No te preocupes.

—¿Que no me preocupe? —Alice se apartó de él—. Alguien intentó matarte hoy. Charles casi muere. Emma, Andrei, los niños… ¡Todo se sale de control! ¡No puedo más!

—Cálmate.

William le tomó el rostro y la acercó al suyo, dejando ambos rostros a una distancia mínima, solo mirándose.

—Es que… no sé qué hacer. Tengo miedo.

Lo abrazó.

—Lo sé. Yo también lo tengo. Lo tengo por ti.

Con aquella frase, Alice comprendió algo.

Fue como si su mente se iluminara de pronto y conectara con una realidad que no había visto antes.

Las cartas. Todo, al inicio, tenía apariencia de ser algo bueno.

Una acción noble para ayudarla. Pero lo único que hicieron fue convertirla en una mujer atractiva para su marido.

Con ayuda de Celio y Antoine, la hicieron una dama elegante.

Con la señora Pakins, educada. Con Giorgiana, valiente.

Todo enfocado hacia William, querían que ella fuera la debilidad de William, desde el principio, el objetivo había sido que William se enamorara de ella.

—William —dijo—. Tengo que alejarme de ti. Thomas también.

—¿Qué?

—¿Qué pensaste cuando oíste el primer disparo? ¿Qué pensaste, incluso después de estar herido?

—No entiendo.

—No pensabas en ti. Ni en Charles. Ni en el resto de la familia que pudiera estar presente. ¿Verdad?

—Alice, ¿qué demonios…?

—No quiero sonar vanidosa, pero… pensabas en mí, ¿cierto?

William se puso serio.

—Eres mi esposa.

—Soy tu punto de presión —dijo Alice, comprendiendo al fin la perfecta estrategia de “Ayuda”.

—Eso ya lo sé.

La joven lo miró con el mayor asombro que pudo reflejar.

—E-entonces, ¿por qué no me alejas?

—Porque no quiero. —William se encogió apenas de hombros—. Porque te necesito y no sé qué piense ese imbécil. Tal vez crea que todo esto lo planeó él con una precisión perfecta, pero el hecho es que te amo y no necesitaba que cambiaras nada para hacerlo.

—Tú… ¿lo dices en serio?

William rio suavemente.

—Clases con Celio y Antoine, horas aprendiendo idiomas con la señora Pakins, tú metiéndote en mi biblioteca para instruirte en cultura… ¿Crees que eso me hacía falta para amarte? —Negó—. Yo ya te quería. Solo no lo aceptaba porque sabía que serías justo lo que eres ahora: mi punto débil.

—Entonces…

—Pero también eres mi punto fuerte —la interrumpió—. Lo eres todo para mí. Si te fueras, quedaría tan debilitado como cuando eres blanco de amenazas. Sé que puedo ser egoísta, pero no quiero perder lo único que me da felicidad.

—William, ¿qué vamos a hacer?

—Iremos a casa a descansar. Ha sido un día terrible.

En el castillo de Millentmont, en una de las habitaciones de invitados, un hombre era atendido con gravedad. Los doctores recurrían con frecuencia a las mantas para contener la sangre que se desbordaba de la herida en el vientre de aquel caballero.

—¿Charles? —lloraba Emma a su lado, apretando con fuerza la mano de su prometido.

El hombre no respondió. Simplemente dejó escapar un sonido brutal de dolor y miró a Emma con los ojos inyectados de sufrimiento.

—Lo siento.

Emma inclinó la cabeza hasta apoyarla sobre la mano que mantenía unida a la de Charles.

En ese momento, William entró en la habitación.

Había dejado a su primo aparentemente estable. Ahora se daba cuenta de que el análisis inicial no había sido completo, pues los doctores operaban con ímpetu y sin descanso.

—¿Qué ha pasado? Me habían dicho que estaba estable.

—Milord.

Uno de los doctores se inclinó.

—El conde ha recaído a causa de una bala que permanecía en el interior de su vientre. Pensamos que había salido y…

—¡Es una incompetencia! —dijo William, furioso—. ¡Es la vida de mi primo de la que hablan! ¿Cómo se les pudo pasar un detalle así?

—Milord…

El hombre volvió a inclinarse, disculpándose. Alice, que llegó justo detrás de su marido, logró refrenar la ira que se expresaba en la mirada de William al posar una mano dulce sobre su pecho.

—Eso no es lo que necesitan, William. Deja trabajar a los doctores.

—¡Alice! —suplicó Emma—. ¡Ha sido mi culpa! No debí separarme de él. Me lo dijo… Me dijo que algo se sentía mal, y yo me aparté.

Emma permanecía junto a la cama, con la mano prisionera entre la de Charles, quien se aferraba a ella en medio de una operación dolorosa. El vestido y los cabellos de la joven estaban completamente manchados de sangre.

—Emma, tranquilízate. Están haciendo todo lo posible.

—¡No quiero lo posible! —gritó desesperada, mirando al hombre sudoroso y sangrante—. ¡Lo quiero sano! ¡Lo quiero bien!

—Deja de gritar, Emma.

La marquesa se acercó a su amiga, que estaba fuera de sí.

—William —llamó a su esposo—. Me la llevaré.

—¡No! —dejó salir Charles con dolor, apretando el agarre—. No…

Emma lo miró con compasión y después alzó la vista hasta encontrarse con la de Alice, quien, extrañamente, tenía una sonrisa dibujada en el rostro.

—¿Por qué sonríes? —preguntó Emma, desesperada.

—Nada. Lo siento.

Alice negó con la cabeza.

—Solo… Será mejor que te quedes con él, si eso es lo que desea.

—Pero…

—Tranquila, señorita —dijo uno de los doctores, concentrado en la herida—. El conde es fuerte. No creo que haya problemas.

—Por su bien, eso espero —dictaminó William, preso de una rabia contenida únicamente por la presencia de su esposa.

—Will, ¿por qué no los dejamos trabajar? —pidió Alice al ver la tensión de los médicos ante aquella amenaza.

—Me quiero quedar.

—Si quieres que esos hombres hagan mal su trabajo, entonces puedes quedarte —dijo Alice con una voz conciliadora y dulce.

—¡Charles! ¡Dónde está ese bribón!

Alice miró a su marido con una ceja levantada.

—Es Giorgiana —concordaron ambos.

—Será mejor tranquilizarla.

William salió de la habitación y se topó de frente con su hermana.

—¿Dónde está? ¿Qué le pasó? ¿Está bien? ¡Quita esa muralla de músculos y déjame pasar, estúpido hermano mío!

—Giorgiana.

William le tomó los hombros.

—Los doctores están trabajando en él ahora mismo. No creo que tu sarta de gritos y maldiciones ayude en algo.

—¿Quién está gritando?

—Tú —dijo Alice, saliendo a su encuentro y cerrando la puerta tras de sí—. Creo que lo mejor es esperar.

—¡Esperar! ¡Que alguien me explique qué demonios pasó hoy! —La mujer se movió desesperada de un lado a otro—. ¡Esto es un caos!

—¿Dónde está Asher?

Giorgiana levantó la vista con pesadumbre y suspiró.

—¿Tú qué imaginas? —respondió cortante—. Con una matanza en sus manos, no creerás que tiene el día libre, ¿o sí?

—Ni yo tampoco —murmuró William—. Creo que tendré que irme.

—No. —Gigi lo detuvo—. Me dijo que te quedaras con Charles.

—No puedo dejarle todo a él. Es mi trabajo.

—William, pero si es…

—Quisiera quedarme.

Miró a su esposa.

—Pero no puedo. Por favor, no salgan. Quédense a salvo.

—¿A salvo de qué, querido primo?

La voz de la nueva invitada de la casa se hizo escuchar.

Kenia Achard.

—¿Qué hace aquí la gárgola número tres? —se burló Giorgiana.

—Siempre tan graciosa —sonrió fingidamente—. Vengo de visita.

—Vienes a regodearte en las desgracias ajenas, Kenia.

Giorgiana rodó los ojos.

—La verdad es que la falta de concepción de un heredero me permite hacerme muchas expectativas.

—Sería buena idea eliminarlas —Giorgiana se cruzó de brazos—. No es como si mi hermano fuera impotente o Alice infértil.

—¡Giorgiana! —se avergonzó Alice.

—¿Qué? ¿No es la verdad?

—Como siempre, querida prima, no mides tu boquita.

Apareció otro de los Achard, esta vez el mayor: Sergio.

—Sí… ¿Y tú sigues asesinando mujeres ricas para quedarte con sus fortunas, Sergio?

—¡Maldita grosera insensata! —gritó Brandon, otro de los Achard.

—No le grites a mi hermana, Brandon. Recuerda que estás en mi casa —dijo William con seriedad.

Por un instante pensó dos veces si irse o no, puesto que su hermana tenía toda la apariencia de querer empezar una guerra. Y, si las cosas salían como de costumbre, alguien terminaría herido.

—Entonces controla su boca —pidió Ulises Achard.

—¿Es que tú no puedes hacerlo? —sonrió Giorgiana con malicia.

Para ese momento, Alice ya le había dado tres pellizcos a su amiga, pero ella apenas los sentía. Su boca fluía como cascada y no parecía tener intención de dejar de insultar a sus primos.

—Siempre había escuchado hablar de su boca.

La madre de Alice apareció junto con sus tres hijas, quienes rápidamente fueron a coquetear con los Achard.

—A sus órdenes, señora Miller —se inclinó Giorgiana con burla.

—¡Es maleducada con todo el mundo! —se quejó Kenia.

—Solo con quienes se lo merecen.

Y entonces comenzó una discusión a voces, los Achard contra Giorgiana, los Miller contra Alice. En fin, no se entendía ni una palabra de lo que cada bando se lanzaba. En realidad, quizá era mejor que así fuera.

—¡Basta, maldita sea! —gritó William.

Milagrosamente, no se oyó nada más.

—Mi primo está ahí dentro —señaló la habitación—, luchando por su vida. Créanme cuando les digo que lo último que me importa es lo que cada uno piense de mi matrimonio, de mi hermana o de mis herederos. Si por mí fuera, los echaría a todos de mi casa.

—Qué maleducado —gruñó la madre de Alice.

—Sí, puedo serlo. Y ahora no tengo paciencia. Así que todos pueden perderse en alguna parte de la casa y procurar no toparse.

—Willy, siempre poniendo soluciones a todo menos a su vida.

—Gracias, Brandon. Inspiradoras palabras. Ahora cállate.

—¡Por qué nos has de callar! ¿Quién eres para hacerlo? —dijo Ulises.

—Bueno —intervino Giorgiana, limpiándose las uñas—, comenzando porque es el dueño de la propiedad, el marqués de Millentmont y, si eso no te basta, el primer ministro de Francia.

Miró a su hermano.

—No sé, hermano. ¿No puedes ordenar su ejecución por imbécil?

—Giorgiana, por favor —pidió William.

Pero fue demasiado tarde. Otra vez se desató el griterío: maldiciones, insultos y palabras hirientes lanzadas de un lado a otro.

Giorgiana era la más atacada, pero, cómicamente, ella ya no decía nada.

Simplemente los miraba a todos como si fueran idiotas desvalidos, probablemente eso los enfurecía más.

—¡William!

Emma salió de la habitación donde estaban operando a Charles. La rubia estaba pálida, manchada de sangre, pero con una sonrisa temblorosa en los labios. El primer ministro apartó a cualquier primo que tuvo enfrente y se acercó a ella.

—Lograron extraerle la bala —dijo Emma—. Dicen que puede recaer con fiebre, pero estarán al pendiente.

William sonrió apenas, tocó el hombro de la joven y entró en la habitación. Alice se acercó a su amiga, que parecía a punto de desfallecer. La abrazó con ternura y sonrió al separarse de ella.

—¿Ves, Emma? Todo…

—Sé quién disparó —interrumpió Emma con semblante serio—. No estamos seguros en esta casa.

—¿Qué?

—Alice. —Emma le tocó los hombros—. Sea lo que sea que me ocultas, el enemigo se ha infiltrado en tu casa.