Lo que oculta un corazón: El impenetrable William Capítulo 27
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Capítulo 27

A lice sintió que el mundo se ladeaba bajo sus pies. Por un instante creyó que iba a desmayarse, pero, a pesar de la debilidad que le aflojaba las piernas y de aquel sonido sordo que le retumbaba en la cabeza, dio un paso hacia delante.

No se detuvo ni siquiera cuando varias manos intentaron sujetarla para ponerla a salvo. Tenía la vista fija a lo lejos, en el último lugar donde había visto a William antes de que todo se saliera de control.

Los empujones eran constantes, los gritos alarmados estallaban en sus oídos, un nuevo disparo se oyó entre la multitud, y aun así Alice siguió avanzando, esquivando cuerpos, faldas, bastones y niños que corrían despavoridos.

—¡Lady Charpentier! —exclamó un hombre al tomarla del brazo e impedirle seguir—. ¡Tenemos que sacarla de aquí!

—No… Tengo que…

—¡Alice! —le gritaron—. ¡Alice, tienes que salir de aquí!

La joven logró enfocar el rostro del mejor amigo de su esposo, la cara amable y preocupada de Andrei apareció frente a ella. El hombre miraba sobre su hombro de forma desesperada, buscando a alguien entre el caos.

—Andrei… —susurró ella—. Will…

—¡Alice, sal de aquí! —suplicó—. ¡Dónde demonios está Felipe!

Entonces Alice comprendió la angustia de Andrei. No encontraba a su hijo. La sorprendió darse cuenta de que, incluso en medio de aquel suplicio, Andrei había tenido tiempo de preocuparse por ella.

—Te ayudaré a encontrar a Felipe —dijo con decisión, comenzando a buscar entre la multitud.

—Lleva una camisa azul, pantalones cortos y…

Andrei parecía a punto de quebrarse.

—Sí, tranquilo. Lo encontraremos.

Alice le tocó el hombro con dulzura.

—¡Separémonos!

Andrei asintió varias veces, ofuscado, pero obedeció.

Ambos comenzaron a buscar a una criatura pequeña en medio de aquel desastre.

Alice tenía que ser útil de alguna forma.

Debía ocuparse en algo, porque, si se detenía, enloquecería al recordar que William estaba desaparecido, o herido, o muerto. No. No podía pensar en eso.

Continuó buscando.

A lo lejos vio cómo varios políticos escapaban del caos. Sintió vergüenza por aquella actitud tan poco solidaria con el pueblo de París. En ese momento se necesitaba toda la cooperación posible, y sin embargo muchos huían, protegiendo solo su propio pellejo.

Era una locura. Los disparos, por alguna razón, se habían desatado. Los niños corrían y gritaban aterrados.

—¡Vengan! —gritó Alice a un grupo de pequeños que estaban tirados en el suelo, cubriéndose la cabeza—. No se queden ahí. Arrástrense debajo del podio.

—¡Tengo miedo! —lloró un niño con la cara manchada de tierra.

—Lo sé, mi amor. —Alice lo miró con ternura—. Pero tenemos que movernos o los pisarán.

—¡Ese niño de allá no quiere moverse! —apuntó uno de los pequeños huérfanos—. ¡Solo llora y llora!

Alice siguió con la mirada aquella manita sucia y pequeña. Entonces vio a un niño de pie, con la carita empapada en lágrimas y una confusión profunda en los ojos.

—¡Felipe! —gritó Alice, reconociendo el atuendo que Andrei le había descrito—. ¡Felipe!

Regresó la mirada hacia los demás niños.

—¡Escóndanse donde les indiqué!

Los pequeños obedecieron y se ocultaron en la parte hueca bajo el escenario que habían colocado frente al orfanato para el discurso de apertura.

Alice se vio obligada a rasgar sus finísimas faldas para poder correr con mayor facilidad.

Sentía la tierra hasta en las enaguas; el cabello se le había convertido en un desastre; tenía las rodillas raspadas de tantas caídas provocadas por los empujones, y su expresión de angustia la hacía parecer una demente.

—Felipe, mi amor, ven aquí.

Lo tomó en brazos y escondió su cabecita en su hombro, intentando protegerlo del terrorífico exterior.

—¡Señora! ¡Eh, venga! ¡Escóndase! —gritó un desconocido desde una pequeña casa cercana.

Seguramente no la había reconocido, pero Alice agradeció que intentara mantenerla a salvo junto con el niño.

—Gracias.

La joven se agachó junto al hombre. Ambos quedaron acuclillados bajo las ventanas que daban al exterior, esperando a que aquella pesadilla terminara. Felipe lloraba contra su pecho, aferrado a su vestido con las manos pequeñas.

—¿Sabe qué ha pasado? —preguntó Alice, sosteniendo al niño.

—Dicen que es una amenaza extranjera —respondió el hombre, encogiéndose de hombros—. Pero esos malditos políticos han salido corriendo, dejándonos a la deriva.

Negó con enojo.

—Solo he visto al primer ministro intentando ayudar, pero…

—¿Pero qué? —preguntó Alice, alterada.

El hombre frunció el ceño ante el ataque hostil de aquella mujer a la que acababa de ayudar. Luego pareció reconocerla y palideció, lamentando haber dicho con tanta crudeza lo que pensaba del grupo político al que ella apoyaba.

—¡Mi señora! —dijo, en tono de disculpa.

—No importa, no importa. ¿El primer ministro qué?

—La última vez que lo vi, mi señora, él no aceptaba irse, a pesar de que su guardia se lo pedía.

—¿Estaba bien? —Alice lo tomó por la camisa de algodón.

—Estaba sangrando del hombro, mi señora, pero creo que no era nada grave… o eso aparentaba él.

—Está herido…

Alice se dejó caer sobre el suelo, con el pequeño Felipe ya más tranquilo entre los brazos.

—El primer ministro es fuerte, señora marquesa —intentó consolarla el hombre—. Estará bien.

Alice sonrió hacia el suelo. Sí. Todos pensaban que su marido era invencible. Lo que muchos no comprendían era que William era solo un hombre. Uno que, además de cargar con los problemas de su puesto, su familia y su marquesado, tenía a un psicópata detrás de él.

—Necesito salir.

Alice alzó la cabeza para asomarse por la ventana.

Hacía ya un rato que un silencio atroz dominaba el lugar. Aquello solo podía indicar que el horror había pasado y que únicamente quedaban los estragos de aquel proceder malvado.

—¿Puede quedarse con el pequeño aquí dentro? —preguntó.

—No la dejaré salir sola, mi señora —negó el hombre con autoridad—. Está calmado, sí, pero no sabemos quién hizo esto ni si ya está satisfecho.

—Prefiero que se quede con el niño.

El hombre la miró indeciso y volvió a negar.

—Salgamos todos, en ese caso.

Alice comprendió que no había opción. Como todo hombre educado, no permitiría que una dama se arriesgara mientras él protegía su pellejo.

Si tan solo el resto del partido hubiese hecho lo mismo.

—Bien.

Alice tomó en brazos al niño, todavía desorientado, y asintió hacia el hombre, que ya sostenía la perilla de la puerta. Él miró por la ventana antes de abrir y asomar la cabeza.

—Bien, mi señora —dijo—. Parece estar despejado.

La joven no esperó más. Caminó hacia la puerta y se encontró con una de las escenas más horribles que hubiese podido presenciar.

Cadáveres, al menos una docena.Las autoridades ya trabajaban para retirar los cuerpos de quienes habían muerto aplastados o, en su defecto, por el arma del agresor desconocido. Alice se acercó a uno de los oficiales, que observaba con mirada entristecida cómo retiraban el cadáver de un pequeño.

—Oficial.

Alice se posicionó junto al hombre.

—No tengo tiempo, señorita. Por el momento, retírese de esta área.

—¡Alice! —Andrei gritó con una felicidad que le inundó el rostro al verla con su hijo en brazos—. ¡Gracias! ¡Por Dios, gracias!

El padre tomó al pequeño y lo abrazó con fuerza. Felipe, al reconocer el calor de su padre, comenzó a llorar.

—Andrei, ¿qué fue lo que pasó?

—No lo sabemos. Hay demasiados heridos, sobre todo lesionados por pisotones o aplastamientos.

—William está…

—¡Alice!

La voz que necesitaba oír sonó a sus espaldas. No pudo evitarlo. Tampoco encontró forma de impedir que las lágrimas resbalaran por sus mejillas. Se dejó llevar por el momento y corrió al encuentro de su marido, abrazándolo con fuerza, tal como él la abrazó a ella.

—¡William! —Le tocó la cara—. ¿Estás bien?

El hombre miró su hombro vendado e inmovilizado.

—Un rozón de bala. —Apretó los labios—. Charles no tuvo tanta suerte. Protegió a Emma. Está bastante malherido.

—¿Qué? ¿Dónde están?

—Los trasladaron a Millentmont.

—¿Emma está bien?

—Sí, pero tiene un golpe atroz en la cabeza. Según dice Charles, es posible que ella haya visto al atacante.

—¿No lo capturaron?

—Tenemos al ejecutor, no a la mente maestra.

—¿Qué quieres decir?

—Que no tenemos nada —se molestó William.

—Esto es raro —intervino Andrei—. ¿Qué sacan con esto?

—No lo sé.

William se tocó la barba incipiente y lo miró.

—¿Dónde está Amber?

—No quiso venir —respondió Andrei—. No le gustan estos eventos.

Alice seguía abrazada al cuerpo de su marido. Tenía la extraña sensación de que, aun en ese momento, cuando todo parecía haber vuelto a una calma precaria, alguien los observaba, la persona que los quería muertos, la persona que disfrutaba viéndolos sufrir.

—Mi señora marquesa —dijo de pronto el hombre que la había ayudado a salir con vida de aquel evento desafortunado.

Alice volvió la cabeza y llamó la atención de su marido, quien comenzaba a deducir lo ocurrido junto con Andrei.

—Este hombre me ayudó a mantener a Felipe con vida —presentó.

William, aún con el brazo rodeando el cuerpo de su esposa, se volvió un poco hacia el hombre y le tendió la mano con firmeza.

—Se lo agradezco…

—Humblet, mi señor. Humblet.

—Se lo agradezco, señor Humblet. Ha salvado usted a mi esposa y a un querido sobrino mío.

Andrei se adelantó y, sin preámbulos, abrazó a aquel hombre de campo, quien sonrió sorprendido.

—No fue nada, mi señor —dijo Humblet—. Lo volvería a hacer.

—Es mi hijo —informó Andrei—. Se lo agradezco de verdad.

William besó la coronilla de su esposa y miró a lo lejos.

—Todos los pequeños ya fueron introducidos al orfanato, no puedo imaginar el miedo que pasaron. —Su voz se quebró apenas—. No sé cómo resolver eso.

—No fue tu culpa —lo abrazó Alice.

—Me llegó una nota —negó William—. Dice que tú sabes la razón.

Alice se alejó del cuerpo de su esposo y negó nerviosamente.

—Te llegó otra carta, ¿verdad? —Alice asintió—. ¿Qué decía?

La mujer levantó la cabeza y lo miró con incertidumbre.