Lo que oculta un corazón: El impenetrable William Capítulo 26 #2
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Capítulo 26 #2

La joven mujer tomó al bebé lo mejor que pudo.

Su preciosa carita, sus hermosos ojos y esa boquita que no dejaba de moverse le arrancaron un profundo lamento y una sonrisa trémula de aceptación.

Abrazó con fuerza al pequeño. El hermoso nene le devolvió una sonrisa tierna y tomó su vestido con firmeza entre el puñito.

—¿Mejor? —inquirió Giorgiana con una sonrisa—. No puedes ir a un orfanato si no puedes tomar a un bebé en brazos.

Giorgiana tenía razón. Alice no había pensado en eso. Más bien, había querido evitar el hecho de que tendría que ver a muchos niños nacidos y, de alguna forma, despreciados por sus padres. Era terrible. ¡Con lo mucho que ella deseaba tener un bebé!

—Debes recordar mantenerte derecha.

Celio le tocó la espalda, acomodando su postura.

—Y nada de moños rígidos —añadió Antoine—. Queremos a una marquesa juvenil, hermosa y libre. Eso es lo que deseas mostrar en tus campañas, ¿no? Pues todo comienza por la imagen, créelo.

—Sí, lo sé —asintió la joven—. ¿Los veré en la cena de Versalles?

—¿Le hablas a la primera dama? —dijo Celio con sorna—. ¿O a tus mejores amigos?

—Entiendo. —Alice rodó los ojos—. Entonces los veo en un rato.

La joven se despidió con la mano de sus amigos y caminó junto al grupo de varones importantes, quienes enseguida volvieron a entregarle papeles. Algunos contenían partes de su discurso; otros, planos de proyectos.

Y alguien…

Alguien le entregó una carta; Alice abrió los ojos y se tensó.

—¿Quién me ha dado esto? —preguntó, mirando hacia todos lados.

—Nadie, señora marquesa —negó un hombre—. Nosotros no sabemos de quién es ese apellido.

—Es mío… era mío —indicó la joven con tensión.

Los hombres se miraron entre sí, sin darle demasiada importancia a un asunto tan banal como una carta. Continuaron mostrándole planos y papeles a la mujer que los representaba, pero ella ya no prestaba atención.

—Disculpen, señores —dijo de pronto—. Necesito un segundo.

Alice se alejó solo un poco de su guardia de Estado y se apresuró a abrir aquella carta, esa nueva amenaza, porque eso eran.

Amenazas.

Mi querida señorita Miller:

Veo que ha progresado como política. ¡Bien por usted!

Tiene potencial. Lástima que su marido no lo tenga.

Todas esas ideas revolucionarias no me agradan en absoluto.

Hacen al pueblo más… listo, por decirlo de alguna forma.

¿Sería abominable sacarlo del panorama? ¿William Charpentier es tan querido como para llorar su pérdida?

No es por asustarla ni nada semejante, pero comienzo a quedarme sin paciencia.

Para este momento pensé que, al menos, tendrían una sospecha sobre quién soy.

Deseo que lo sepan. Los rondo todo el tiempo. Los veo, pero ustedes no me ven. ¿Es eso posible? ¿Soy acaso una persona tan invisible? No lo sé. Pero quizá, después de la muerte de hoy, ya no lo sea tanto.

Alice tembló y tuvo que hacer un esfuerzo enorme para mantener el estómago estable. Lo primero que pensó fue en William.

No podían quitarle a William, no podían.

—¿Señora marquesa?

—Mi marido… —dijo alterada—. ¿Dónde está el primer ministro?

—E-en su oficina, señora marquesa.

—Quiero… deseo regresar allí.

—Pero, señora marquesa, debemos ir al orfanato —le dijo un hombre, un tanto fuera de sí al ver la actitud de la mujer que, hasta ese momento, había mantenido un temple inquebrantable—. El marqués llegará allí también, según su itinerario.

—¿Qué?

Alice pestañeó, despistada.

—Alice. —Giorgiana le tomó el hombro. Había visto la escena anterior con una expresión extrañada—. ¿Te encuentras bien?

—William —le dijo ella, alterada—. Ve con él, por favor.

—Alice, ¿qué pasa? —preguntó Giorgiana, cada vez más preocupada.

—Manda una carta cuando estés con él —pidió la marquesa a la primera dama—. Por favor.

—Sí… lo haré, pero…

—Tengo que irme. Te explico después.

Dos de la tarde.

Alice estaba de pie en el podio dispuesto para su discurso ante los muchos pobladores de París, quienes esperaban escuchar a la dulce joven que rápidamente se había ganado el corazón de los franceses, a pesar de ser inglesa.

Lástima que la amable, dulce y altruista joven no pensaba en los pobladores del que ahora era su pueblo.

Pensaba en su marido, en William, en el hombre que, en ese preciso momento, estaba amenazado. Aquella maldita carta, aunque distinta a las demás, tenía esa sazón de locura impresa en cada palabra. Ahora le resultaba más que obvia la extraña obsesión que esa persona tenía con su esposo.

“Ayuda” le hacía ver a Alice que deseaba ser descubierta o descubierto y, aparentemente, era alguien cercano. Alguien con quien pasaban tiempo. Alguien a quien no veían. Era una persona retrógrada, contraria al progreso que William y Asher proclamaban.

Pero ¿por qué Asher no recibía ese acoso? ¿Por qué solo William?

Era verdad que, en cuestiones de Estado, el primer ministro resultaba mucho más influyente que el presidente. Sin embargo, aunque no desempeñaran las mismas funciones, quitar al presidente siempre habría sido una buena estrategia.

—Señora marquesa —la llamaron.

—¿Ha llegado ya el primer ministro? —preguntó, esperanzada.

—No, excelencia. Pero el presidente y su señora esposa ya están aquí. El primer ministro ha enviado una nota anunciando su llegada.

—No empezaremos sin él.

—Tiene que hacerlo —pidió el joven Harnett—. Todo París espera.

—Pero…

—Sal, mi niña —dijo el anciano en silla de ruedas—. Él llegará cuando corresponda.

Alice asintió un par de veces. Sus manos temblaban al sostener aquel pedazo de hoja entre los dedos, y sus pies no se desplazaban con la seguridad acostumbrada.

Al salir, una serie de aplausos y pequeños gritos infantiles inundaron el ambiente.

Las sonrisas alegres de la gente fueron un pequeño consuelo para su corazón atosigado.

Solo quería ver a William, solo deseaba saber que estaba bien, que llegaría a abrazarlo ese día, besarlo, escucharlo reírse de alguna de sus preocupaciones.

—Buenas tardes, gente de París.

La multitud volvió a gritar, las banderas con los colores del país se elevaban por todas partes, las decoraciones y los listones que adornaban el orfanato y el podio componían un escenario colorido y patriótico, había niños con pequeños silbatos y trompetillas.

Los tambores y los cantos hacían de aquel día una celebración.

—Estamos hoy aquí para conmemorar una nueva expansión en el orfanato de Saint Lridls. Miles de personas han ayudado con este proyecto, mediante el cual planeamos sustentar a más de ciento cincuenta niños con las mejores condiciones de vida…

En ese momento, entre la muchedumbre, casi al final del tumulto, apareció William. Estaba allí. Con aquella sonrisa orgullosa y la mirada satisfecha al verla frente a tanta gente, hablando de manera segura ante el pueblo de París. Su pueblo.

—…condiciones de vida… —repitió Alice con duda, intentando revisar los alrededores sin lograr concentrarse en lo que hacía—. Nuestros… nuestros niños…

Los ojos violetas de Alice repasaban cada rostro del público, las personas comenzaban a preocuparse por su bella representante.

Entonces Alice vio a William a los ojos y sintió un escalofrío recorrerle toda la columna hasta la planta de los pies, cuando escuchó aquel sonido atronador, todo resultó exactamente como había temido.

Una muerte.

Vio, con una lentitud terrible, cómo William volvía el rostro hacia el sonido del disparo con expresión impresionada.

Alice sintió entonces cómo una mano pequeña se abría paso hasta la suya, que permanecía flácida a su costado, entumecida por el horror, cuando bajó la mirada, descubrió una nota entre sus dedos.

Pero no había rastro de la persona que la había colocado allí.

Ya no importaba.

La abrió lentamente y leyó en voz alta, intentando comprender las palabras por encima del griterío, del caos y del desastre provocado por las personas que intentaban huir.

Cuenta regresiva, Alice Miller.

Día cinco, descontado.

Muerte prometida. Cumplida.

¿Una ayuda?