Capítulo 26
A lice bajaba las escaleras con rapidez. Llegaba tarde a una de sus muchas reuniones políticas junto a los Harnett y otros miembros de la Cámara francesa.
Su marido, William Charpentier, había partido mucho antes que ella, al menos en esa ocasión. Normalmente lograban ajustar sus horarios para marcharse y regresar juntos, pero aquella mañana Alice había decidido quedarse más tiempo en la cama, y el tiempo, aparentemente, se la había devorado.
Se había vestido de prisa y había tendido la cama casi de forma automática. No tendría tiempo de desayunar con sus invitados y, para ser sincera, lo único que le causaba pesar era no compartir aquel rato con Emma y Charles, los únicos que realmente le interesaban.
Estaba a punto de pasar de largo por el comedor cuando la voz de su madre la detuvo.
—Mi querida Alice, no me dijiste que esperábamos más visitas —informó la mujer, con el rostro inclinado y una ceja levantada.
Alice se detuvo en seco. ¿Más visitas?, se lamentó. Creía que con su madre y sus hermanas dentro de su casa era suficiente. Pero ahora, ¿había más visitas? Aparentemente, sí.
—¿Más visitas?
Alice regresó sobre sus pasos y se acercó al comedor, intentando arreglar su cabellera mal acomodada.
—De hecho —dijo una mujer desconocida, adelantándose con los brazos cruzados—, avisamos con bastante anticipación.
Alice la miró de arriba abajo, buscando en su memoria aquel aviso del que hablaba. Le habían pasado tantas cosas últimamente que no le extrañaría haber olvidado algo importante.
—Tal vez el apellido Achard te recuerde algo —insistió la joven, levantando una ceja con clara exasperación.
Alice se quedó pensando un momento más. En verdad no recordaba nada, hasta que, de pronto, el recuerdo llegó.
—¡Los parientes lejanos de William! —Chasqueó los dedos al recordar apenas aquella carta. Luego miró a la mujer con disculpa y comenzó a excusarse—. Sí, lo siento. Sean bienvenidos.
—No es un recibimiento muy cálido, que digamos —intervino otro hombre, muy parecido a la mujer, pero nada semejante a William.
Los Achard eran más bien de estatura baja; cabellos castaños, como los de Alice; ojos grandes y color miel; nariz ganchuda, poco perfilada; facciones toscas y era grosero decirlo, pero no eran especialmente agraciados.
En comparación con la familia Charpentier, los Achard debían de sentirse muy desgraciados.
—En realidad, hemos tenido días difíciles —se disculpó Alice nuevamente—, pero les aseguro que serán recibidos con la hospitalidad de los Millentmont.
—Sí, ya lo vemos —dijo otro muchacho, igual de bajo, igual de desagradable e igual de hostil.
Alice contabilizó a las personas presentes en el comedor.
Su madre y sus tres hermanas, la mujer agresiva y otros tres hombres tan groseros como ella.
—Yo soy Alice Charpentier, esposa de William —se presentó, a pesar de las malas caras de los parientes de su marido.
Los nuevos rostros la miraron, juzgándola en silencio.
—¿Y dónde está Willy? Nuestro querido marqués —dijo despectivamente uno de los hombres.
—Trabajando —informó la joven, ya menos cortés—. Él regresará a la hora de la comida.
—En ese caso, estaremos bajo la constante compañía de nuestra querida marquesa —dijo la mujer con una lengua viperina que Alice comenzaba a identificar—, quien, por cierto, no ha podido mantener al heredero en su seno.
La joven marquesa sintió un dolor profundo en el interior, nada le dolía más que recordar a su hijo fallecido.
Agradecía que William no estuviera presente, pues seguramente habría enfurecido.
Y no. No valía la pena. Ya había practicado lo suficiente con su “madre” y las muchas veces que le había dicho algo parecido.
Ya no le afectaba en la misma medida que al principio.
—Espero, señorita, que algún día no tenga que repetirse esas palabras a sí misma ni a un ser querido. —Alice la miró con odio y se irguió un poco más—. Con su permiso, le deseo una buena mañana.
Alice prácticamente salió corriendo de su casa. No deseaba dar explicaciones a Emma ni a Charles sobre sus nuevos parientes y su hostil proceder, agradecía que ninguno de los dos estuviera presente en ese momento, agradeció también la privacidad de su carroza.
Después de un trayecto agradable por París, la joven caminó hacia la oficina de su marido. Saludó amablemente al hombre encargado de los horarios de William y entró sin tocar, como hacía siempre.
—No adivinas quién ha llegado hoy —dijo Alice, viendo cómo su marido dejaba de lado los papeles para mirarla.
—Por tu expresión, diría que no es alguien que te agrade.
Alice caminó hacia su esposo, colocó una mano sobre su hombro para sostenerse y se inclinó para depositar un beso en su mejilla. Después fue a sentarse en una de las sillas frente al escritorio.
—Los primos Achard no son nada agradables.
William se recostó sobre su asiento.
—Así que llegaron los Achard, después de un mes.
—Sí. Pero parece que no olvidaron mencionar a… a nuestro bebé.
William apretó los labios en una fina línea y frunció el ceño de tal forma que sus cejas casi se juntaron por completo.
—¿Estás bien?
—¿Bien? —Alice rio un poco—. Perfecta. Me encanta recordar que…
—Alice. —William se puso de pie y se acercó a ella—. No tomes en cuenta lo que dicen. No es como si jamás fuéramos a tener otro hijo.
—¡Pero…!
—Lo que pasó fue terrible —continuó él—, pero no puedes obsesionarte con eso. Nuestro hijo ya está descansando. Haz tú lo mismo. Hazlo por él.
—No es tan fácil… Yo era su mamá. Yo lo llevaba dentro de mí.
La vista de Alice se alejó hasta perderse en un mundo del que William quedaba excluido por completo. El primer ministro lamentó aquella expresión dolorida en el rostro de su esposa y la única forma que encontró para traerla de regreso fue abrazarla. Y eso hizo.
—Lo siento, Will —dijo ella, devolviéndole el abrazo cuando fue capaz de darse cuenta de su retraimiento.
William la soltó y besó dulcemente su mejilla.
—¿A qué hora irás con los Harnett?
—¿Qué hora es? —preguntó la joven.
William sacó su reloj de bolsillo y lo consultó con detenimiento.
—Las once.
—A las once y media.
—¿Qué planean ahora?
—Caridad, ya sabes. Quieren ganarse al pueblo.
—Espero que sea de forma honrada.
—No participaría si no fuera así —respondió ella con una sonrisa pequeña y discreta.
Alice suspiró, algo decaída.
—¿Qué? —sonrió William.
—¿Te ha pasado que no quieres volver a casa?
—No.
William se acercó a su esposa y la abrazó con fuerza.
—Porque sé que tengo una esposa hermosa esperándome allí.
Alice sonrió.
—Tal vez no tengas esposa cuando regreses hoy. Reza para que no termine por suicidarme.
—¿A qué le rezo? —Alice le golpeó el hombro y entrecerró los ojos a modo de reproche—. Ya te he dicho que…
William la besó rápidamente, acallando la réplica de su esposa.
—Lo siento —le dijo entre besos—. No debo burlarme de eso.
—Pareces un niño. No entiendo tu resistencia hacia Dios si, de todas formas, crees en Él.
—¿Yo creo en algo?
—¡William!
Lo regañó de nuevo.
El hombre la abrazó con más fuerza y volvió a besarla, varias veces, de forma furtiva y juguetona.
Unos insistentes toques en la puerta provocaron que la pareja se separara y regresara a sus posiciones políticas.
Porque ahora Alice también era una persona pública importante.
Ya lo era antes, pero, en aquella ocasión, desempeñaba un papel mucho más significativo que el de “esposa del primer ministro”.
—Nos vemos después —sonrió la joven, saliendo presurosa del despacho de su marido para ir a cumplir con su propio trabajo—. Recuerda que tienes que estar presente en el orfanato a las dos.
—¿Por qué tengo que ir? —inquirió él, con una expresión de verdadera duda.
—Porque, mi amor —contestó ella, coqueta, desde la puerta—, debes apoyar a tu esposa.
William negó varias veces y volvió a sentarse en su silla, asintiendo hacia su secretario, quien esperaba pacientemente con más papeles y problemas que resolver.
—¿Tengo opción?
—No, cariño.
La joven negó con dulzura y terminó de salir del despacho.
Desde ese momento, Alice y William apenas estuvieron juntos.
Se cruzaban casualmente de un lado a otro o, incluso, ni siquiera alcanzaban a verse aunque estuvieran en el mismo lugar. Sus vidas se habían convertido en un ajetreo insoportable que no les dejaba tiempo ni para respirar.
—Hola, Alice —saludó Giorgiana, casi corriendo por la calle con su pequeño bebé en la carriola.
La joven marquesa, rodeada por un nutrido grupo de hombres con papeles, manuscritos y discursos, se volvió hacia la voz alegre de su amiga y fingió una sonrisa que no alcanzó a llegarle a los ojos.
Aquello se debía a la incomodidad que el pequeño Lucca le causaba. Sabía que era un problema suyo, uno que tendría que superar, porque en realidad amaba a aquel niño. Pero no podía. Al menos por el momento, no lograba estar cerca de ningún bebé que le recordara a William.
Giorgiana, al notar la renuencia de su amiga, dejó la carriola de lado y tomó al bebé en brazos, mostrando aquellos ojos azules tan parecidos a los de la familia Charpentier.
Alice lo resintió y odió a Giorgiana por un instante, pero su amiga sabía lo que hacía. Antoine y Celio seguramente pensarían lo mismo.
—Hola, bizcocho —saludaron los dos amigos que, en algún momento, le habían sido de gran ayuda.
—Hola —respondió la joven, algo renuente.
—Veo que estás ocupada.
Apuntaron a sus espaldas, donde los hombres vestidos de forma elegante esperaban a la mujer que se distraía del trabajo.
—Tengo algunas cosas que hacer —asintió Alice.
—Sí, pero antes… —Giorgiana se adelantó con el pequeño Lucca en brazos—. ¿Lo sostendrías un momento?
Alice, sin pensarlo demasiado, dio un paso atrás.
—No creo que sea conveniente. Tengo… estoy ocupada.
—Será solo un segundo. Amarraré las cintas de mi bota y listo.
—Yo…
—Anda, Alice, no seas chillona.
Giorgiana, como siempre, hizo su voluntad y entregó al pequeño en los brazos tensos de Alice.