Lo que oculta un corazón: El impenetrable William Capitulo 25 #2
76%

Capitulo 25 #2

—Pero no lo decidimos con anterioridad —dijo William.

—Lo que sucede es —intervino Charles— que es lo mejor que se nos ocurrió para que nos dejaran tranquilos.

—¿Un acuerdo? —preguntó Alice con espanto.

—Sí, algo así —asintió Emma, moviendo una mano—. Ambos seguiremos con nuestras vidas y no interrumpiremos la del otro.

—Eso no es un matrimonio —desmintió William.

—¡Exacto! —asintió Charles—. Nos casamos, dos años y adiós.

—¿Adiós? —preguntó la marquesa.

—Divorcio, Alice. Divorcio —explicó Emma.

—¡No! —se encolerizaron al mismo tiempo Alice y William, quienes estaban recibiendo las demencias de aquella pareja.

—¿Qué? ¿Qué tiene? —se inquietó Emma.

—¿Saben lo mucho que les afectaría un divorcio? —preguntó William—. Un matrimonio no es cosa de broma.

—No es una broma. Es lo que necesitamos para obtener libertad —dijo Charles.

—Eso está bien para ti, Charles —dijo Alice—. Tú puedes casarte de nuevo, pero una mujer divorciada… No, Emma. No es tan fácil.

Emma apretó los labios y miró hacia otro lado, sin querer aceptar aquellas palabras.

Alice sabía que nunca había sido la ilusión de Emma estar sola y, con esa decisión, era justamente lo que estaba buscando.

¿Un divorcio? No. Aunque ya estuviera aprobado en muchos lugares, seguía siendo mal visto por la sociedad.

Si incluso cuando una mujer enviudaba se esperaba que no se casara de nuevo, Alice no podía imaginar lo que dirían de una mujer divorciada.

—No venimos a hablar de nosotros, sino de ustedes —dijo la rubia, queriendo cambiar el tema de conversación.

William y Alice se dirigieron una rápida mirada y suspiraron al mismo tiempo. Si no querían hablar del tema, perfecto.

Al menos por el momento.

—Alice… me enteré de lo del… ya sabes.

—Lo del bebé —asintió con tranquilidad—. Sí. Es una lástima.

William cerró los ojos.

La forma en que su mujer se expresaba sobre el bebé daba la impresión de que no le interesaba en lo más mínimo. La realidad era otra: Alice escondía todos sus sentimientos, por alguna razón quería verse fuerte frente a todos, y eso la hacía parecer poco sensible.

Emma notó aquella actitud enseguida y miró a William, pidiendo una explicación. El hombre simplemente cerró los ojos, suplicando consideración hacia ella. Su amiga así lo hizo.

—Alice, ¿no quieres dar un paseo conmigo antes de ver a tu madre?

—Quisiera perderme en el bosque para no verla.

Emma abrió los ojos y sonrió, disimulando la incomodidad con una bella carcajada.

—Bien. Entonces caminemos.

Las dos mujeres avanzaron lentamente hacia la salida. Emma tomó con dulzura el brazo de su amiga para que pudiera caminar con más facilidad, dejando en soledad a Charles y William.

—Creo que necesitas un buen whisky y un tabaco —dijo Charles conciliadoramente.

—Tengo que ver a mi suegra —se lamentó William—. Intentaré disculpar a Alice.

—Ellas sabrán entretenerse con la casa. Ya sabes cómo es esa mujer de avariciosa. Seguramente morirá de envidia un rato por lo que su hija puede tener y ella no.

—Una forma dura de expresarte.

—Emma me ha contado algunas cosas.

Se encogió de hombros.

—Hablando de Emma… ¿qué es eso de que se casarán?

—Bueno, es mi mejor amiga de toda la vida —sonrió Charles—. Se me hace una buena opción.

—Alice era una de mis mejores amigas también, y jamás pensé en casarme para divorciarme de ella.

Charles se pasó una mano por los cabellos y suspiró.

—Es complicado. No quiero lastimarla, pero es lo único que se me ocurre. Y parece estar de acuerdo…

William entrecerró los ojos y lo miró con una expresión dura y tajante, donde claramente le decía lo que pensaba sin necesidad de abrir la boca.

—Sé lo que estás pensando —lo apuntó Charles—. Lo sé, pero justo ahora no tengo ganas de escuchar un pensamiento razonable.

—Bien, entonces no diré nada. De todas formas, creo que sabes lo que tienes que hacer.

—¡Maldita sea, William! —se exasperó el hombre—. ¡Sabía lo que me dirías! ¡Lo sabía!

—No te estoy diciendo nada, Charles —respondió tranquilo.

—¡Tu maldita cara! —negó—. Tu maldita mirada me lo dice todo.

Charles se dejó caer sobre el sillón de la recámara de su primo y soltó el aire de manera abrupta.

—Sé que no está bien, pero es una forma en la que puedo ayudarla.

Negó con la cabeza.

—No sabes toda la historia.

—Ni quiero saberla. —William también tomó asiento—. Solo espero que no hagas algo estúpido, como siempre.

—Gracias, William. Tus palabras son alentadoras.

—Solo digo que…

—¡Mira, mamá! —gritó una voz desde las escaleras—. ¡Ahí debe de ser su recámara!

William miró a su primo con interrogación.

Charles, por su parte, simplemente sonrió y negó varias veces, recostándose cómodamente en el sofá.

—Oh, cielos. Esperé esto todo el camino.

—¿Esperar qué?

Charles hizo un movimiento de cabeza, señalando la puerta por donde ya entraban dos jovencitas, a quienes William reconoció de un pasado no tan lejano.

—¡Mira, Regina! —gritó una mujer—. Esta es la recámara de Alice.

Si William no se equivocaba, en la voz de la hermana de su esposa se percibía un deje de fastidio y envidia.

Tal vez había escuchado mal.

—¿Dónde estás, Luciana? —gritó la voz de otra de las hermanas, quien intentaba encontrar a la joven que ya se introducía en la recámara sin prestar atención a los dos hombres.

—Disculpen… —dijo William, algo impactado por la actitud de las dos jóvenes—. ¿Qué hacen aquí?

—Hola, señor marqués —saludó la madre de Alice, entrando a la habitación con las mismas agallas que las otras dos muchachas.

—Señora Miller —dijo William con rudeza, enmarcando su desagrado con una expresión de pocos amigos—. No esperaba que subieran hasta mi habitación.

—¡Oh! —La mujer sonrió—. Pensé que mi hija estaría aquí.

William encontró razonable aquel pensamiento, pero no por eso le pareció aceptable el comportamiento de ella y sus hijas, quienes husmeaban por la habitación sin remordimiento ni vergüenza alguna.

—¿Estos son los vestidos de Alice? —señaló una de las chicas—. ¡Son muchísimos! ¡Mamá, yo quiero más vestidos!

—Hija, por favor. No seas maleducada y ven a saludar.

—¡Pero mamá! ¡Quiero más vestidos!

—¡Y nosotras!

William sintió que no podría con aquellas mujeres que se encontraban en su recámara. Eran escandalosas. Seguramente molestarían a todos los vecinos. Tal vez incluso a los animales.

—Yo tuve que convivir con ellas todo el camino —dijo Charles, poniéndose de pie, claramente dispuesto a escapar de la situación—. Lograron desesperarme… ¡A mí! ¡El rey de la paciencia!

—¿Quién demonios te dijo eso? —preguntó William—. Te mintió.

—Bueno, ciertamente tú no lo vas a ganar nunca. Suerte.

William cerró los ojos y respiró profundamente varias veces, intentando controlarse. Al menos Charles tenía razón en eso: él era el hombre menos paciente del mundo. En realidad, era temperamental y explosivo. Intentaba dominarse, y era un maestro en hacerlo, pero no siempre lo conseguía.

Justo en ese momento estaba a punto de gritar como loco y correr a todas aquellas mujeres fuera de su habitación. De su casa. Pero bastó con que su esposa hiciera aparición para que lograra contenerse.

Lo haría por ella.

Además, deseaba saber qué era lo que esa mujer —a quien hasta ahora Alice llamaba madre— le había hecho. Según Thomas Hamilton, su madre tenía mucho que ver en todo.

¿Sería ella quien mandaba las cartas?

¿O sería algo relacionado con Lucca Fridckford?

Thomas sabía parte de la verdad, pero, gracias al estado de salud de Alice, no hubo tiempo para hablar de nada.

Tenía que conversar con el esposo de su prima. Al fin y al cabo, Thomas Hamilton se la pasaba viajando, y su prima normalmente lo acompañaba junto a sus dos hijos.

Solo esperaba que regresara pronto.

La última vez que lo vio, le dijo que traería más información, puesto que, según Thomas, aún había demasiados cabos sueltos.