Capitulo 25
W illiam caminaba de un lado a otro fuera de su recámara. Era la primera vez que dudaba antes de entrar en su propia habitación, aquello provocaba una confusión profunda en su interior.
Él no dudaba de nada, sin embargo, desde que Alice estaba a su lado, titubeaba con una normalidad desconcertante cada vez que algo tenía que ver con ella, era como si su mujer se hubiese convertido en una amenaza para su dominio de sí mismo.
Justo en ese momento, William temía que ella pensara que la muerte de su primer hijo había sido culpa suya.
Tal vez lo era. Él la había obligado a marcharse con Thomas, alejándola de su protección y desobedeciendo las órdenes de una persona que no tenía remordimiento alguno al matar, ya se los había demostrado cuando asesinó a Lucca Fridckford.
Cerró los ojos y se tocó el puente de la nariz, ya no sabía qué hacer, ni cómo compensar las cosas. Se acercó a la puerta e intentó oír algo en el interior del dormitorio, un susurro, un movimiento, cualquier sonido que le indicara el estado de ánimo de su esposa.
Lo que escuchó no era precisamente lo que esperaba.
—¡No…! ¡William! ¡William!
Eran gritos desesperados, aterrados y eran de su esposa.
El primer ministro no dudó esta vez, entró en la recámara en penumbra y se abrió paso entre los muebles hasta llegar a la cama.
Encendió una vela sobre el buró de Alice y la tomó en brazos, parecía asustada, desorientada y frustrada, había tenido una pesadilla.
—Aquí estoy, Alice —susurró él, pegado a su cabellera castaña.
—¡Nos matará! —lloriqueó—. ¡Ya mató a nuestro hijo!
—Alice, tranquilízate.
William la abrazó con más fuerza.
—¡No! —Alice apartó la cabeza del pecho de su marido y lo miró a los ojos—. Tenemos que atraparlo, no podemos seguir así.
—Lo sé. Tranquila.
William volvió a abrazarla, intentando calmarla, procurando que dejara de temblar, por alguna razón, la pobre Alice no lograba controlar su cuerpo, era como si un frío imposible de vencer se hubiese instalado en sus huesos.
—William —volvió a hablar, con seguridad—. Tengo que hacer lo del partido político. Ya no tengo nada que me lo impida. Ya no estoy embarazada y, aparentemente, eso es lo que la persona de las cartas quiere: que continúe en la política.
—Hablaremos de eso después, acabas de sufrir un dolor muy fuerte.
—Perdí a nuestro hijo —dijo ella con frialdad—. No la vida.
—Alice, ¿estás escuchando lo que dices? —preguntó, sorprendido.
—Sí. Estoy pensando en el futuro de nuestros demás hijos —aseguró con determinación—. No volveré a sufrir esto.
—Sí, mi amor, pero…
—Quiero hacerlo, no me lo prohíbas. —Bajó la mirada—. Ya comprobaste que, separados, solo ocurren cosas malas.
William apretó los labios en una fina línea.
Era verdad. Separándose, solo habían conseguido empeorar las cosas, pero eso se debía a que “Ayuda” los quería juntos por alguna razón.
Aún recordaba la conversación con Thomas Hamilton, quien había regresado con una apariencia devastada después del accidente.
Por primera vez en su vida, William comprobó que aquel hombre tenía alma y un corazón capaz de doblegarlo.
—Ellos hicieron todo para detenernos —le había dicho Thomas—. Incluso la otra carroza era el último recurso para impedir que avanzáramos. Siendo sincero, fue un descuido mío.
—¿Viste quién conducía la otra carroza? —preguntó William.
—La única que pudo haberlo visto es Alice.
William, como era de esperarse, no culpaba a Sutherland de nada.
Habría sido estúpido hacerlo, sabía que Thomas había hecho todo lo posible para evitar daños y que, aunque quizá esperaba un ataque, no era Dios como para prever todo cuanto ocurriría en aquella batalla.
—Alice, si eso es lo que quieres hacer, no te detendré —le dijo William—. Si deseas unirte a ese partido político, tienes mi permiso.
La joven sonrió y asintió, más tranquila al obtener una respuesta positiva de su marido.
—Gracias.
—Vuelve a dormir —aconsejó él.
William se puso de pie con indecisión.
No sabía si su esposa querría que se quedara o si preferiría que volviera a dormir en otra habitación.
Era consciente de que, como hombre y dueño de la casa, podía tomar la decisión por sí mismo.
Pero no deseaba obligarla a nada, quería que estuviera cómoda, quería que lo aceptara solo cuando creyera que podía hacerlo.
El marqués miró hacia la puerta, interpretando el silencio de Alice como una invitación a su salida.
—Will…
La voz de Alice se escuchó suave, casi avergonzada.
Los ojos claros del primer ministro volvieron hacia ella con prontitud. Se encontró con el rostro inclinado de su esposa y con aquellos ojos violetas fijos en las manos entrelazadas sobre sus piernas.
—¿Qué pasa? —preguntó al ver que ella permanecía callada.
—Tú… ¿tampoco hoy dormirás conmigo?
William abrió los ojos y dio un paso hacia atrás.
¿Quería que durmiera con ella?
Desde hacía días no quería su presencia en la recámara. Desde que le dijo que se marcharía con Thomas. Y ahora, después de perder al niño, William había llegado a pensar que jamás querría volver a verlo.
—Pensaba que no querías verme.
—Yo… estaba molesta —aceptó—. Pero me siento sola… y triste. Quisiera que me abrazaras y…
William la abrazó con fuerza y enterró el rostro en el pequeño y suave hombro de su esposa, captando su aroma, su temblor y el débil latido de su corazón.
A pesar de lo que había demostrado unos segundos antes, Alice lo necesitaba y aquello lo hizo sentir extrañamente feliz, incluso en medio del dolor.
—William… —lloró la joven—. ¿También estás triste, verdad? ¿También te duele que nuestro hijo…?
—Por supuesto que me siento devastado —dijo William—. Pero tú me necesitas fuerte a tu lado.
—Necesito a mi esposo.
Lo obligó a levantar el rostro.
—Uno que se sienta triste conmigo. No una roca que quiera soportarlo todo.
—No puedo llorar, Alice —suspiró William—. No es tan fácil para mí. De hecho, no recuerdo la última vez que lloré. Pero me siento abatido. Y no encuentro cómo sanar el dolor de verte así.
William tocó con dulzura la mejilla llorosa de su esposa.
—Solo te necesito a mi lado —dijo ella, apretándose contra él.
—Aquí estaré. —La abrazó con más fuerza—. Siempre.
Alice se acurrucó contra él y fue cayendo dormida otra vez. No deseaba despegarse de su marido, pero todo la cansaba de una forma tan extrema que no podía evitar hundirse nuevamente en el sueño.
Dos días pasaron y las malas noticias continuaron, al menos eso pensaba Alice. Lunes. El maldito lunes que su madre había programado para su visita había llegado.
En realidad, Alice no deseaba verla. ¿Cómo podría siquiera llamarla de esa forma cuando, en realidad, no lo era? Ahora entendía muchas cosas de su infancia. Muchas de sus desgracias, de sus dificultades y de los traumas del presente se los debía a su “madre”.
Alice estaba de pie junto a su marido, quien intentaba convencerla de que no se levantara de la cama.
—No tienes por qué levantarte, Alice —indicó William—. Ellos entenderán que no te encuentras bien.
—Estás de broma si piensas que mi… madre lo entenderá —negó la joven—. No. Deja que me levante.
—No es razonable que solo quieras complacerla —intentó nuevamente su marido—. En este momento, lo importante eres tú.
—Gracias, William, pero no. Me levantaré. —Alice se colocó los pendientes—. Además, tus demás familiares llegan hoy. Los Achard.
—Lo había olvidado —dijo con frustración—. ¿Qué querrán?
—Burlarse, tal vez —contestó Alice fríamente—. Recuerdo que una vez dijiste que ellos serían felices si perdía al niño.
—Deja de jugar con eso, Alice —aconsejó el hombre—. Solo consigues verte cínica y, francamente, me molesta.
—¿En serio? —Se encogió de hombros—. Lástima. No sé por qué lo hago, pero de alguna forma alivia mi dolor. ¿Crees poder soportarlo?
William suspiró y asintió.
—Si eso te hace sentir mejor, puedes hacer lo que quieras.
—¡Vaya esposo permisivo! —dijo una voz alegre y juvenil.
Alice volvió rápidamente la vista hacia la entrada de la habitación. Abrió los ojos con impresión y no se detuvo antes de correr hacia la persona que se encontraba en el marco de la puerta.
—Emma, ¿qué haces aquí?
—La misma de siempre. Solo paseaba por el lugar… Bueno, a decir verdad, no le dejé otra opción a tu madre más que traerme.
La joven sonreía con suficiencia.
Aquella endemoniada mujer de ojos verdes como aceitunas y cabello rubio hecho un nido de pájaros se plantaba rimbombante en la recámara privada del marqués de Millentmont, irrumpiendo sin un dejo de vergüenza en una habitación marital.
—¡Dios, Emma! —sonrió Alice.
Lastimosamente, no estaba del todo recuperada por la pérdida del bebé, y la carrera, junto con los movimientos bruscos, le arrancó un quejido de dolor.
—Alice, por Dios. Quédate quieta —pidió su marido, avanzando unos pasos hacia ella.
Emma sonrió y apartó a su amiga de su cuerpo.
—Sí. Y mientras te estás quieta, ¿podrías explicarme qué demonios pasa en esta maldita casa?
—Emma, por favor, deja que los muchachos respiren. —intervino Charles de pronto y se tocó el pecho—. Y yo también.
La joven rubia rodó los ojos y los miró de uno en uno.
—No. No me importa quién se trague sus pulmones. —Miró a William—. Explicaciones. Ahora.
—¿Qué haces aquí? —preguntó Alice cuando se sintió un poco mejor, ignorando la petición —o más bien orden— de su amiga.
—Vine a verte —explicó a medias—. Oh, tu madre está abajo.
—Sí. A ella sí la esperaba —rodó los ojos la marquesa.
—Sí, bueno. —Se encogió de hombros—. Me invité sola, como ya te había dicho. Pero, sobre todo, vine porque quería avisarte que me casaré con este idiota.
—¿Qué? —preguntó la pareja de casados al mismo tiempo, mirándose con sorpresa.
—Bueno, es más bien una tregua —explicó Emma, se mordió la lengua, no era algo fácil de explicar—. ¡Nosotros preguntamos primero!
—Nosotros no nos estamos casando de la nada —se excusó Alice.
—¿Debo recordarte que se casaron en una situación aún más rara?