Capítulo 24 #2
Alice no podía creer que semejante hombre saliera sin dificultad por aquella ventana que, aunque no era diminuta, tampoco parecía hecha para permitir el paso de alguien de su tamaño.
Ella tuvo que apoyar las manos en ambas paredes de la carroza para estabilizarse.
Miraba hacia todos lados, desesperada por comprender lo que pasaba.
Escuchaba la pelea, los golpes, los tirones y era consciente del aumento de velocidad. Seguramente, durante la lucha, el cochero había sido arrojado sin piedad del pescante.
Bien, era su turno.
Alice abrió la otra ventana del carruaje y miró hacia arriba, donde dos figuras masculinas llamaron su atención. Thomas se enredaba en una pelea con un hombre… No, no era un hombre cualquiera.
Era el cochero. ¡Tenía que serlo!
Alice miró hacia el frente de la carroza, las riendas estaban sueltas y los caballos, asustados, corrían desbocados por el sendero desolado.
Tenía que detenerlos, tenía que hacer que el carruaje dejara de avanzar o se descontrolaría hasta volcar.
La mujer desabrochó sin ningún cuidado el vestido que llevaba puesto, rompiendo botones y tela. Necesitaba estar más cómoda si deseaba saltar como una demente hacia la parte frontal, cuando quedó en camisola y medias, Alice no pudo poner más excusa, comenzó a salir por la ventanilla de la carroza.
Thomas logró verla e intentó indicarle que volviera a meterse.
No funcionó. Ella estaba concentrada en no caer, pisaba con cuidado los bordes seguros de la carroza, resbalando en algunas ocasiones, pero manteniéndose firme.
De alguna manera, logró quedar sentada en el pescante, nunca había aprendido a manejar caballos, y le era imposible entender cómo conseguir que aquellos animales se detuvieran.
—¡Alice! —gritó Thomas por encima del viento—. ¿Qué demonios crees que haces?
—Intento…
Entonces la mujer abrió los ojos de forma desmesurada, ni siquiera fue capaz de gritar, otra carroza se avecinaba a toda velocidad hacia ellos, no había salida, debían virar ahora o esperar un choque espantoso.
Alice se paralizó, pero Thomas no. El hombre reaccionó con la velocidad de un tigre.
Se lanzó hacia delante, junto a Alice, tomó las riendas y viró; como era de esperarse, la carroza no soportó el cambio repentino de ruta y terminó volcándose.
Thomas salió despedido del asiento y quedó fuera de la revolución brutal que el carruaje dio por aquel sendero empinado. Con Alice fue distinto, ella quedó atrapada entre las riendas de los caballos.
—Por Dios —exclamó Thomas.
El hombre descendió con rapidez por aquella colina, resbalando un poco sobre el musgo que se enredaba entre sus pies, tenía que llegar a ella lo antes posible. En esas ocasiones agradecía ser médico. Lo único que se repetía en su cabeza era que Alice estaba embarazada.
Si algo le ocurría, William seguramente lo asesinaría.
—¡Alice! —gritó, intentando recibir una respuesta—, contéstame.
—Thomas…
Se oyó un pequeño grito, nada potente, pero gracias a los sentidos desarrollados de Hamilton, fue perfectamente capaz de detectar de dónde venía.
Thomas prácticamente corrió al encuentro de la joven, que se encontraba sentada contra el tronco de un árbol, tenía incrustadas varias partes de la carroza, una de las más perturbadoras era una astilla de tamaño considerable clavada en la pierna, pero aquello no parecía ser la prioridad de la mujer.
—Alice, dime qué sientes.
Thomas se agachó junto a ella, había hecho un rápido análisis de las heridas, pero lo importante era saber qué le preocupaba a ella.
—El bebé, Thomas… creo que perdí al bebé.
—Sshh. Tranquila. No tengas miedo. Todo está bien.
—No, Thomas. Mi bebé…
—Lo sé, lo sé. Déjame revisarte.
No era necesario. Alice sentía dolor en el vientre. La sangre provenía de muchas partes, pero Thomas estaba seguro de que una buena cantidad no salía de su pierna. Estaba perdiendo al bebé. Con todo el dolor del mundo tendría que avisarle a una madre que estaba perdiendo a su hijo.
—Alice…
—¡No! —lloró ella—. Sálvalo. Tú eres médico. Sálvalo. Sálvalo ahora.
Thomas no pudo hacer nada ante aquel dolor. Así que, en contra de todo lo que era él, la abrazó. La abrazó pensando en el sufrimiento que ella atravesaba, porque no podía ver a una mujer llorar así. La abrazó también por la impotencia de no poder ofrecerle nada más que malas noticias.
—¡No, Thomas! ¡Sálvalo! —lloraba la joven madre con histeria—. ¡Haz algo! ¡No te quedes ahí!
Pero Alice sabía que no había solución.
Lo sabía porque no hacía nada por moverse ni por apartar al hombre que la sostenía contra su pecho, simplemente se aferraba a aquella camisa con toda la fuerza que le quedaba, por el dolor del aborto y por el dolor aún más grande en el corazón.
No llevaba más de dos meses y medio con ese bebé, pero ya se había hecho a la idea de tenerlo en brazos. De amarlo. De descubrir si se parecería a su padre o, quizá, incluso a ella.
Se quedó sin fuerzas.
No tenía por qué luchar en ese momento, no sabía si era el dolor de la pérdida o la rabia que sentía contra esa persona empeñada en lastimarlos. Al final, se desmayó, dejando a Thomas Hamilton con el peso de su cuerpo entre los brazos.
—…Alice…
La joven se negaba a despertar, no quería, no tenía ganas.
—…Alice, por favor, despierta…
Si ella pudiera hablar, seguramente diría que no. Pero no podía. Estaba cansada y quería dormir. Deseaba que aquella maldita voz se callara de una vez, porque comenzaba a resultarle fastidiosa.
—Alice…
Ante el incesante llamado, se atrevió a abrir los ojos con lentitud. Era como intentar levantar dos pesadas cortinas ella sola. Prácticamente imposible. Se esforzó un poco más y logró percibir su recámara. La que compartía normalmente con William.
Y la voz fastidiosa era justamente la de su marido.
—¿William? —preguntó ella, sin dar por sentado que fuera él.
Pero sí lo era. En cuanto oyó su voz, William se abalanzó sobre ella y depositó un dulce beso en sus labios.
—¿Cómo te sientes? ¿Estás bien?
—Yo estoy… —Alice se tocó el vientre y miró desesperada hacia todos lados—. ¿D-dónde…?
Sus ojos violetas viajaron del rostro dolorido de su marido hacia la figura alejada y seria de Thomas Hamilton. El marqués de Sutherland se encontraba en el rincón más apartado de la cama, con los brazos cruzados y la cabeza gacha.
—No… —comprendió la joven—. Yo… ¿Dónde está Thomas?
—Alice —la llamó su marido.
Pero ella no estaba dispuesta a escuchar otras palabras que no fueran las del hombre experto en el tema. Thomas miró interrogante a William, quien solo dio un asentimiento de cabeza, dándole permiso para decirle a la temblorosa mujer lo que había sucedido.
—Señora Charpentier —comenzó Thomas, completamente metido en su papel de médico, puesto que le resultaba mucho más sencillo que comportarse como amigo—. Temo informarle que la criatura ha fallecido. El embarazo era demasiado temprano para determinar el sexo. En serio lo lamento.
Alice dejó de escuchar. El dolor, el profundo dolor, la invadió de pies a cabeza. Algo dentro de ella se rompió en mil pedazos. El llanto jamás salió, para sorpresa de todos. Alice mostraba una calma temerosa, una calma ocasionada por la desolación.
—Retírense de la habitación —pidió con tranquilidad.
Seguía con el rostro cubierto por las manos y las rodillas cerca del pecho. No quería verlos y era lo único que pedía que cumplieran.
—Alice, deja que me quede… —pidió William.
—He dicho que fuera —elevó el rostro, iracunda—. ¡Fuera! ¡Todos!
Thomas posó una mano sobre el hombro de William y lo incitó a salir de la habitación. Debían dejarla tranquila. Si lo que quería era estar sola, era mejor concedérselo.
Alice se derrumbó sobre la cama, mirando hacia el techo cubierto por el dosel. Intentaba descubrir por qué no lloraba, porque prácticamente no sentía nada más que una calma tremenda, rencor y odio y no le costó trabajo saber contra quién era todo ese coraje.
El desliz de una hoja bajo la puerta se oyó en el silencio.
Alice casi rio por la rapidez de la tortura. Apartó las sábanas y descubrió un fuerte dolor en el vientre, consecuencia de la pérdida, pero también tenía otros dolores por aquella caída estrepitosa.
Como pudo, se agachó y tomó la carta entre las manos, suspirando ante cada movimiento que le causaba dolor, se irguió y miró con desdén aquella nota blanca con un solo nombre impreso en ella:
Alice Miller.
La joven suspiró y comenzó a abrir la carta.
Siento lo de tu hijo. No era mi intención matar a un inocente, aunque lo dije en el pasado.
Realmente me siento mal por ti y por la tristeza que debes sentir en este momento.
Pero debes saber que, si no hubiesen desobedecido, posiblemente tu hijo seguiría con vida.
Tal vez nada habría cambiado, pero al menos seguiría vivo.
Le debes el dolor a tu marido, quien se puso terco y decidió inadecuadamente.
Mi más sentido pésame, Una ayuda.
Alice arrugó aquella carta y la apretó en la mano durante un tiempo indefinido. ¿William tenía la culpa? Sí. Era verdad, porque él la había obligado a irse a pesar de las advertencias. A pesar de todo, lo hizo y ahora ella no tenía a su hijo.
Suspiró. Pero no. William no tenía la culpa. Ahora que lo pensaba con más claridad, quien seguía arruinándoles la vida era aquella maldita persona que mandaba las cartas.
¿Cómo habría vivido su hijo, si hubiese nacido, bajo una amenaza constante? Seguramente siempre atacarían por medio de él. Tal vez… Solo tal vez, y aunque aquella idea apenas lograba menguar su dolor, era mejor que no hubiera nacido, porque, al menos así, nadie podría usarlo para destruirlos.