Lo que oculta un corazón: El impenetrable William Capítulo 24
72%

Capítulo 24

W illiam observaba cómo su mujer terminaba de hacer las maletas.

Al final, Alice estaba cediendo a lo que él le había pedido.

No le agradaba en absoluto hacerlo, pero nunca lo había visto tan decidido como cuando le ordenó comenzar a preparar sus valijas, no habían dormido juntos desde aquella noche en que William no le dejó otra opción más que obedecer.

Alice ni siquiera lo miraba y, si por algún motivo necesitaba hablar con él, lo hacía estrictamente por asuntos relacionados con el embarazo.

Para desgracia de Alice, el bebé le estaba causando más molestias de las que ambos habían esperado. Como en ese momento, cuando tuvo que detenerse y posar una mano sobre su boca, intentando contener las náuseas que la atacaban cada mañana.

—Alice, ¿estás bien?

William se puso de pie enseguida, se acercó unos pasos a su esposa para intentar ayudarla, cosa complicada, puesto que ella seguía enfadada y le bastaba levantar una mano para detenerlo.

—Sé que estás molesta, pero, si te encuentras mal, puedo ayudarte.

—Debo aprender a hacerlo sola —le dijo con orgullo—. Después de todo, pronto estaré en Inglaterra.

—Iré a verte pronto —intentó mediar nuevamente.

—¿El primer ministro me honrará con tal acción?

—Alice, por favor.

William se acercó de nuevo.

—¿Puedes al menos intentar entender?

—Lo entiendo, William. —Ella regresó la mirada hacia él por primera vez—. Pero eso no me hace feliz. Yo… te extrañaré.

En ese momento, Alice no pudo controlarse y cubrió su rostro con ambas manos.

Lágrimas. De verdad estaba derramándolas sin sentirse culpable, tonta o frustrada.

No le gustaba llorar; se sentía estúpida cuando eso ocurría, más aún, lo odiaba.

Normalmente, cuando tenía la necesidad de llorar, se iba, no le gustaba que nadie la viera.

—Alice…

La voz de su marido sonó cargada de dolor.

William se acercó a ella y la tomó en brazos, sin importarle el rechazo que pudiera imponer entre ambos. Francamente, se sorprendió cuando Alice no hizo nada por apartarlo, simplemente se abrazó a él con fuerza, como si en aquel pecho encontrara el último refugio que le quedaba en el mundo.

—No creas que para mí será más fácil —dijo William, manteniéndola contra sí—.

Soy yo quien no verá crecer tu vientre. Soy yo quien se perderá tus berrinches, la ilusión de tus ojos cuando sientas moverse al bebé, el modo en que cambiarás tus vestidos habituales por los seleccionados para tu tiempo de encinta.

—¿Por qué nos hacen esto? —preguntó con la voz quebrada—. ¿Qué pude haber hecho yo? ¿Qué pudiste haber hecho tú?

—No lo sé, amor. Es gente enferma. —Le tomó el rostro entre las manos y la miró a los ojos—. Sé que no es lo mejor, pero, cuando te vayas, podré enfocarme por completo en atrapar a esa persona.

—¿Y si nace el bebé y tú aún no la descubres? —bajó la cabeza—. ¿Creceremos como una familia rota? Eso es lo que pensará todo el mundo. Ni siquiera conviene a tu carrera política.

—Por el momento, eso ha pasado a segundo plano. —Le acarició la mejilla—. Lo único que me interesa ahora es mi familia.

Alice suspiró y asintió.

—¿A Londres?

—Estarás bien cuidada —prometió él.

—Lo sé.

Alice tomó su sombrero y se lo colocó sin ayuda de nadie.

Miró a su esposo por un momento y sonrió.

Qué hermoso era. Tan alto, fuerte y apuesto.

Siempre lo había amado, y ese día no era la excepción.

Lo amaba tanto que la idea de la separación la consumía, solo pensar que, en menos de dos horas, estaría en aquel vapor que la llevaría a kilómetros de distancia, le provocaba una opresión en el estómago y unas ganas terribles de llorar.

William y Alice bajaron las escaleras con paso fúnebre.

Él cuidaba cada movimiento de su mujer embarazada. Los mozos se afanaban en llevar y sujetar las valijas a las carrozas que conducirían a su señora hacia Inglaterra. Todo estaba listo, incluso el imponente Thomas Hamilton aguardaba fuera de la mansión.

—Thomas. —William le tendió la mano—. Por favor…

—Está en buenas manos —lo cortó el hombre—. No te preocupes.

William asintió y miró a su esposa. Alice bajó la mirada, conteniendo con todas sus fuerzas las lágrimas que estaban a punto de salir. Aun así, se las arregló para sonreír cuando William posó una mano bajo su barbilla y la besó con ternura.

Un beso de despedida.

—Te amo —le dijo, mirándola a los ojos, a aquellas profundidades violetas que tanto adoraba—. Los amo.

Alice dejó escapar las lágrimas silenciosas que había intentado resguardar en el fondo de su alma y sonrió.

—Y-yo… también te amo.

William la besó entonces. Una emoción inimaginable lo invadió cuando ella por fin pronunció aquellas palabras, nunca se lo había dicho, sabía que Alice había desarrollado un cariño profundo hacia él, pero hasta ese instante se lo confesó con palabras y con una expresión que no dejaba lugar a dudas.

William siempre había pensado que no necesitaba escucharlo, puesto que Alice se lo demostraba con constancia, pero ahora, al oírlo de sus labios, al confirmar con aquellas simples palabras todo lo que él presentía, la sensación fue indescriptible.

Se sintió feliz, e inmensamente desdichado por dejarla ir.

Alice se separó primero, no podía permitir que la situación se volviera más difícil. Viajaría con Thomas Hamilton y no deseaba que él la viera llorar durante todo el camino. Sería patético.

—Adiós —se despidió William, ayudándola a subir al carruaje donde ya la esperaban.

—Te veré después —sonrió la joven, aunque salió como una mueca.

Alice subió a la carroza y se sentó en el lado opuesto al que ocupaba el marqués de Sutherland.

En serio agradeció que Thomas no le dirigiera ni una mirada en aquel momento.

Al parecer, Annabella lo estaba transformando.

Si no recordaba mal, en el pasado Thomas Hamilton habría aprovechado la ocasión para molestarla y arrancarle alguna broma, pero ahora aquel nuevo marqués parecía comprender los sentimientos ajenos y no se burlaba de un dolor tan puro como el que tenía enfrente.

—Volverán a estar juntos —dijo Thomas después de unos minutos de viaje—. Te lo prometo.

—Lord Hamilton…

—Thomas —corrigió.

—Thomas —repitió—. ¿Puedes decirme a tus sospechosos?

Los rastros de sus lágrimas seguían dejando surcos por sus mejillas; sus ojos hinchados no dejaban lugar a dudas de que deseaba continuar llorando; los espasmos en sus manos delataban el nerviosismo, aun así, mantenía una postura erguida, casi suntuosa.

Sus palabras fueron firmes y concretas, sus labios no titubearon.

A Thomas solo le dejó una escapatoria: decir la verdad.

—Tengo a tu madre en la mira… más bien, a tu madrastra.

—Mi… ¿Qué dice? Disculpe.

—¿No lo sabías?

Thomas se sorprendió. Al ver la incredulidad en el rostro de la joven, no hizo falta respuesta.

—Tu madre no es tu madre.

Alice recostó bruscamente la espalda contra una de las paredes de la carroza, sus oídos zumbaron, y en su cabeza tintineó una sola frase:

Lo sabía.

—Continúe —pidió la marquesa con rotundidad.

—Lo siento si no lo sabías, pero esa es una de las razones por las que necesito llevarte a Londres.

Alice levantó la mirada. No dijo nada, pero Thomas comprendió la duda instalada en su interior.

—¿Qué tanto cree que puedo sacarle a su “madre”?

—Muy poco —suspiró la joven—. Nada.

—¿En serio?

Thomas sonrió.

—Suena interesante. Y dígame, a su madre, ¿le gustan los hombres?

—Está casada con uno —contestó Alice.

—No.

Él sonrió.

—Me refiero a si gusta de los placeres que los hombres pueden brindarle. —Alice enrojeció de pies a cabeza y bajó la mirada de inmediato—. Veo que la respuesta es sí.

—No veo a qué viene esa pregunta —dijo, ofendida.

—A todo —contestó él, cruzándose de brazos con altivez—. Digamos que quizá lo hace por venganza.

—¿Venganza?

—Es que usted no sabe nada.

Thomas sonrió con vanidad.

—Digamos, señorita Miller, que usted proviene de una cuna muy alta. Muy, muy alta.

—¿Qué quiere decir?

—Nada, en realidad. —Thomas se recostó contra el asiento de la carroza—.

Solo digo que es uno de mis casos más interesantes.

Lo que me gustaría saber es el porqué del problema.

¿Quién está dispuesto a ensuciarse tanto las manos?

¿Quién tiene a tantas personas bajo su mando?

¿Quién puede ser tan inteligente como para atar tantas piezas sin revelar su identidad?

Sonrió.

—Pensaba que solo yo podía hacer algo así.

—¿Extorsionar a las personas hasta un límite inhumano?

—Me gusta más la palabra manipular. O controlar. Extorsionar suena demasiado vil.

—Porque lo es.

—Como sea. Esa persona es astuta. Los conoce. Sabe cosas que nadie debería saber, porque los tiene vigilados. Y no gratis: las personas que los vigilan también están siendo manipuladas.

Su sonrisa se ensanchó.

—Brillante. Brillante, en verdad. Pero yo lo soy más, mucho más. Esa persona apenas comienza. Y yo… yo tengo experiencia. —Alice frunció el ceño. Thomas lo notó, intentó calmarse y centrarse en el problema—. Lo siento. Como le decía…

La carroza se estremeció de pronto con violencia, los caballos relincharon, las ruedas patinaron fuera del camino y el carruaje dio una sacudida tan brutal que Alice tuvo que aferrarse al asiento para no caer.

Alguien había subido a la carroza sin autorización.

Los pasos sobre el techo golpeaban como ecos en los oídos de Alice, su corazón se alteró y los nervios la atacaron.

Miró a Thomas Hamilton. El hombre mantenía una sonrisa de oreja a oreja. ¿Qué demonios…?

—Picaste —dijo él con suficiencia—. No eres tan listo.

Y, sin decirle nada más, Thomas abrió la cortina de la carroza y salió por la pequeña ventana.