Capítulo 23 #2
Se acercó a ella y abrazó su delicado cuerpo con cariño, enterrando la nariz en aquel cuello blanco y perfilado.
Su aroma lo inundó con la rapidez de una bala, recordándole cuánto la amaba y cuánto le dolería dejarla ir.
Alice, como si en medio de su estupor sintiera la mano de su esposo sobre la cintura, la tomó con delicadeza y la subió hasta enredarse ella misma en un abrazo fuerte y protector.
William agradeció aquella aceptación. Besó con cariño su hermoso cuello y se preparó para disfrutar una de sus últimas noches juntos.
O eso pensaba. Justo cuando sintió que comenzaba a caer dormido, tres fuertes puñetazos en la puerta los pusieron alerta, con el corazón palpitando de golpe.
Alice miró desorientada hacia todos lados, pero la oscuridad no le permitía ubicar ni siquiera el rostro de su marido, quien ya se levantaba y encendía una pequeña vela.
—Quédate en la cama —advirtió él.
Alice obedeció, pero vigiló con atención el avance de su esposo hacia la puerta, que William abrió con rapidez. Nada. Nada excepto un pequeño sobre blanco, colocado sobre la alfombra del pasillo.
—¿Qué es? —preguntó Alice desde el interior.
—Nada. No salgas.
Alice, entendiendo que en realidad algo pasaba, se puso de pie y recorrió el mismo camino que William había hecho. Se detuvo junto a él, observando el sobre blanco iluminado únicamente por la vela que su marido sostenía. Lo miró de soslayo, él hacía lo mismo.
William se adelantó y se inclinó para tomar la carta.
Para mis queridos Millentmont.
William sintió como si un rayo le cayera sobre los hombros, era nuevamente esa persona. ¿Qué tendría que decirles ahora?
—Ábrela, William, por Dios —pidió Alice, alterada—. Me saca de quicio no saber qué quiere.
William regresó junto a su esposa, la abrazó y besó su coronilla.
—Vamos adentro.
La pareja se internó de nuevo en la habitación.
Alice miraba con hostilidad aquella carta que les arrebataba la paz, sintió la tensión en sus hombros cuando William rompió el sobre y sacó la hoja del interior.
—“Mis queridos Millentmont” —comenzó a leer William—.
“Se creen muy listos al contactar a alguien como Thomas Hamilton. Debo admitir que ha sido una movida interesante. De hecho, me enfurece. No me gusta que alguien como él se meta en mis asuntos. Solo les advierto que Alice no puede salir de Francia. Tiene cosas que hacer aquí. Cosas que me benefician, a decir verdad. Willy, querido Willy, si crees que la protegerás alejándola, te equivocas. Deja las cosas como están. Te aseguro que, si lo intentas, Alice saldrá… pero de esta vida. Buenas noches, parejita. Les manda saludos su querida Ayuda.”
William hizo una pausa, su mandíbula se tensó.
Alice dejó de respirar.
—Hay más —dijo él con una voz más baja.
Continuó leyendo:
—“Oh, se me olvidaba… ¿Les importa mucho su bebé, no? No nos gustaría que, de casualidad, la comida saliera con condimentos especiales. ¿O sí?”
—¡William! —Alice pareció desquiciarse—. ¡Está loco… o loca! ¡Mataría a un bebé! ¡A un bebé!
—Tranquilízate, Alice.
—¿Qué me…? ¡No! ¡Este es mi hijo! ¡No voy a dejar que nadie lo lastime! Yo…
—Alice. —William le tomó los hombros—. Nadie lo va a lastimar.
—Tú no lo sabes. —Negó con la cabeza—. Es capaz de todo.
—No creo que tenga alcance hasta Inglaterra.
—¿Y si lo tiene? —preguntó ella—. ¿Y si en realidad tiene todo el alcance? Yo no me arriesgaré a perder a mi bebé, William. Si esa persona quiere que me quede, me quedo.
—¡No! Estás cediendo.
—Estoy sopesando. La vida de mi hijo vale más que cualquier cosa.
—Estás minimizando la situación. Nada te asegura que no haga lo mismo aquí, que te engañe, que…
—No me arriesgaré. Lo siento. Si quieres molestarte conmigo, no me importa.
—Alice, eres irracional. No estás viendo las cosas.
—Buenas noches, William. Será mejor que le digas a lord Hamilton que se vaya de una vez. Yo me quedo.
—¡Qué terca eres! ¡Te irás porque te lo ordeno! ¿Me escuchas?
—Entonces tendrás que meterme en esa carroza.
—Créeme que lo haré. Si es por tu protección, lo haré.
—En ese caso, suerte.
—No la necesito.
—Sí la necesitas —respondió Alice, con la barbilla alta—. Porque tendrás mucho que hacer para lograrlo.
William la miró furioso y se apresuró a salir de la habitación.
Tenía cosas más importantes en las que pensar que la supuesta resistencia de su mujer, por el momento, lo que en verdad lo perturbaba era el espía dentro de la casa.
No podía simplemente despedir a todos, pero era una realidad que los acechaban. Aquello empezaba a hacerse insoportable, una cosa era tener problemas fuera de casa, otra muy distinta era descubrir que el peligro ya había cruzado las puertas de su refugio.
Una invasión en su propia casa, una jugada arriesgada y, por qué negarlo, de lo más inteligente, porque, si había una cosa que desquiciaba a William, era la deslealtad y, en ese momento, él estaba paranoico, dudaba de todo y de todos.
Era una forma perfecta de mantenerlo fuera de control.
Alterado. Ciego de ira. Incapaz de confiar en las personas que hasta entonces habían sostenido su mundo.
Sin darse cuenta, lo estaban desarmando lentamente.
A tal punto que, cuando quedara vulnerable y debilitado, bastaría una sola estocada para sacarlo por completo del mapa.