Lo que oculta un corazón: El impenetrable William Capítulo 23
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Capítulo 23

A lice caminaba de un lado a otro en el despacho de su marido.

Estaba furiosa. Su andar rimbombante atormentaba terriblemente a los dos hombres que intentaban mantener una conversación con ella. El frufrú de la seda de su vestido azul rozaba la alfombra casi con estruendo en medio del silencio que había seguido a la noticia de Thomas Hamilton.

—Alice —la llamó William, intentando hacerla entrar en razón.

—¡No, William! —negó ella, terriblemente segura—. ¡No!

William quedó impactado por aquella forma de hablarle.

Sobre todo por la negativa firme, constante, casi feroz que su esposa le dirigía.

Alice era una persona dulce y tímida. Justo lo contrario de aquella fierecilla que se le plantaba de frente, renegando de una decisión que, al parecer, ya estaba tomada.

—Es lo mejor —lamentó Thomas—. De hecho, es la única solución.

—¿Alejarme? —estaba histérica—. ¿Alejarme es la única solución?

En sus ojos se leía la decepción y la desesperación que le desgarraban el alma.

—¡Y yo que pensaba que dos hombres tan inteligentes darían con una solución útil! —recriminó—. Ya veo que no.

—Es una solución sabia —dijo Thomas.

—Es una tontería.

La furiosa damisela tomó sus faldas y se apresuró a salir de la habitación, no miró a nadie más, tampoco lloró, estaba indignada.

Además de todo, ninguno de los dos hombres le decía la razón exacta por la cual debía marcharse, por lógica, lograba deducir que aquello provenía de las cartas que tanto William como ella habían recibido, pero, más allá de aquella suposición, no tenía nada.

William soltó un pequeño suspiro ante la escena, no tenía ganas de seguirla, esperaría a que se le pasara.

Además, tenía a la persona indicada sentada en el sofá de su despacho.

Thomas Hamilton, con aquella postura tranquila y despreocupada, se hallaba desparramado en el sofá negro, con ambos pies sobre la fina mesa del centro.

—Es lo mejor —repitió Thomas cuando William se volvió hacia él.

—Lo sé —asintió el marqués—. Pero no por eso se lo tomará mejor.

Thomas asintió.

—Me imagino si le dijera eso mismo a Annabella. —Negó con una sonrisa—. Seguro haría todo lo contrario.

—Alice es más tranquila —dijo Will, con un dejo de esperanza—. Mis primas y mis hermanas siempre han sido una pesadilla.

—No afirmes cosas con tanta rapidez —advirtió Thomas—. Yo pensaba lo mismo de Annabella, y vaya que me ha sacado sorpresas.

—Alice es diferente —aseguró—. Terminará por entenderlo.

Thomas tuvo ganas de burlarse de su primo político. Pero, siendo quien era aquel hombre, y considerando la importante presencia que tenía dentro de tantos países, decidió callar y concederle la razón con un silencio conciliador.

—Si tú lo dices —dijo al final, sin dar por vencido su punto de vista.

William lo miró con clara indignación, pero, al igual que Thomas, se tenían un gran respeto, se conocían y sabían de las capacidades del otro, por lo tanto, el respeto era casi una regla entre ellos.

—Hamilton, quiero que me lo digas todo.

—Debí suponerlo. Pero te advierto que no es nada en comparación con lo que debe de ocultar el verdadero meollo del asunto.

—Hamilton.

William sonó desesperado y Thomas lo comprendió, porque se vio a sí mismo en la misma situación. No imaginaba cómo se comportaría si su esposa y sus hijos estuvieran en peligro.

—William, te lo repito: deja que me lleve a Alice a Inglaterra.

El poderoso hombre suspiró, temía que dijera eso, pero, si Thomas lo decía, era porque creía que era lo mejor. Si ese era el caso, entonces no tenía sentido seguir debatiéndose, le haría caso, la seguridad de su familia era todo cuanto importaba.

Todo lo demás quedaba en segundo plano.

—Bien —aceptó, sin ninguna conformidad—. ¿Cuándo partirás?

—Entre más pronto me vaya, mejor será tu situación y la de ella.

Thomas apoyó los codos sobre las rodillas.

—William, el asunto es que no entiendo si todo esto va contra ti o contra ella. No entiendo por qué alguien querría lastimar a tu mujer. Siendo sincero, Alice no resalta en nada que pudiera convertirla en enemiga de alguien.

William frunció el ceño.

—A menos que tengas alguna idea —continuó Thomas.

—No creo que una rival amorosa llegara a planificar algo como esto —respondió William, deseando que Thomas le diera la razón.

—Si te refieres a lady Quilet y a la duquesa, tienen que ver. Pero dudo que alguna sea la mente maestra.

—¿Alguna idea? —cuestionó William, desanimado.

—La verdad, muchas. Ninguna concreta. Y, sinceramente, no le veo caso a puntualizarlas ahora.

—No le des vueltas, Hamilton —dijo William con molestia—. Quiero una lista de sospechosos.

Thomas se sentó correctamente sobre el sofá, adoptando una postura mucho más seria. Su semblante no mostraba felicidad en ninguna medida y, por si fuera poco, el modo en que colocó las manos sobre sus fuertes piernas parecía indicar que estaba por levantarse y, posiblemente, atacar.

—No me exijas, Millentmont —amenazó con cordialidad—. Me conoces. Sabes que, si haces algo que me desagrade, me largaré. No te debo nada y no te necesito. Creo que ambos nos conocemos lo suficiente como para entender nuestras posiciones.

William apretó las manos en dos poderosos puños, no estaba acostumbrado a las irreverencias de la gente, al menos no en su contra, pero era cierto: por el momento necesitaba la ayuda de aquel hombre voluble, por lo tanto, debía hacer acopio de su paciencia y limitarse a escuchar, aunque aquello le costara más que enfrentar al Senado.

Después de un silencio intenso, y de una discusión que no pasó de lo mental y de una fiera mirada compartida, Thomas se levantó.

—Parto en dos semanas —le dijo—. Ten lista a tu mujer.

William no agregó nada más.

Siguió con la mirada el pomposo caminar de aquel hombre tan poderoso y suspiró, cansado, cuando la puerta del despacho se cerró.

En definitiva, Thomas Hamilton era difícil de tratar.

Se había ganado una escala de respeto más alta que la de casi cualquier persona, no era razonable enemistarse con él. William agradecía su ayuda, pero, francamente, su actitud era insoportable.

Alice había llorado lo suficiente durante aquella tarde. No salió de su habitación ni siquiera cuando fueron a avisarle que su marido la llamaba, no tenía ganas de escuchar la decisión.

No. De hecho, ya la sabía. William haría lo que Thomas le pedía, la llevaría lejos de su marido, si eso era lo que quería comunicarle, entonces no deseaba saberlo.

Tomó un baño rápido, se puso un camisón y se dedicó a dormir el resto del día. No comió, no habló y tampoco se movió de la cama.

Lloró porque sabía lo que se avecinaba. La soledad. Sí, tal vez estaría en Londres con Annabella y el resto de las Bermont, pero no era lo mismo, el único que había quitado su soledad era William y ahora se separarían, lo odiaba por eso.

Sin quererlo, todos aquellos recuerdos tortuosos regresaban a ella. Las burlas, las miradas de lástima, el desprecio. Su madre, sí. En definitiva, su madre y sus hermanas estaban incluidas en sus peores memorias, para ella eran peores que cualquier bruja de la sociedad.

Tal vez peores que la duquesa.

Alice escondió más la cabeza en la almohada e intentó no volver a derramar lágrimas, no quería regresar a Inglaterra, ese país solo traía malos recuerdos, experiencias tortuosas e indescriptibles.

Había guardado todo aquello en el fondo de su ser, pero ahora, ante su inminente retorno, todo resurgía para torturarla y hacerle recordar el horror que había pasado.

Eran pasadas las diez de la noche cuando la puerta del dormitorio cedió. Alice sabía que era William y él, por su parte, sabía que estaba despierta, aunque intentara simular que dormía.

—Alice, tienes que comer algo.

Silencio.

—Tienes que hacerlo, estás embarazada, puedes enfermarte.

—No tengo hambre.

—Podrías obligarte.

—No quiero. Gracias.

—Alice, sabes que lo hago por ti y por nuestro hijo.

—Qué amable eres.

William negó con la cabeza y cerró nuevamente la puerta de la habitación.

Alice se estaba comportando como una niña.

Nunca pensó que pudiera desarrollar aquella faceta caprichosa, pero parecía ser que era muy capaz de hacerlo y lo hacía muy bien, utilizando las dos cosas que más amaba en el mundo: a ella y a su futuro hijo.

Alice no pudo evitar sonreír por su propia actitud.

La verdad era que jamás había hecho berrinches, por el simple hecho de que nunca le funcionaban, pero con William era diferente. Él intentaba complacerla en cualquier cosa. Sabía que le importaba y no era como si ella se descuidara, ni a sí misma ni al niño.

A escondidas, Peter le había estado llevando comida, pero tenía la estricta orden de no decirle nada a su marido. William entró en la habitación pasadas las doce de la noche. A esa hora, seguramente su mujer ya estaría dormida y, al menos, no pelearía cuando él se metiera en la cama con ella.

Cuánto deseaba abrazarla. Besarla. Hacerle el amor.

Claro que no era el momento correcto, no era como si Alice fuera a negarse, pero seguramente no estaría feliz después de que él intentara darle placer mientras ella seguía enfadada.

Nunca le haría el amor cuando estuviese molesta.

Sería una estupidez obligarla a complacerlo o intentar contentarla con una acción física, sabía perfectamente que una mujer no funcionaba de esa manera, se dedicó a observarla desde el umbral de la puerta.

La habitación estaba oscura, como siempre.

La iluminación llegaba únicamente desde el pasillo, donde las velas permanecían encendidas.

Gracias a aquella luz tenue, William pudo ver su rostro hinchado por el llanto y suavizado por el sueño.

Suspiró y se internó en la férrea oscuridad en la que ella se deleitaba en dormir, caminó sin problemas por una habitación que conocía de toda la vida. Se desvistió y, desnudo, se metió en la cama.