Capítulo 22 #2
Alice abrió los ojos con impresión, aquella mujer no era la que conocía, parecía perdida.
Sus ojos distaban mucho de la agudeza con la que normalmente se manejaba, sus cabellos estaban desordenados, mal trenzados y enrollados sin cuidado.
El vestido, manchado de musgo, podía llevar días sobre su cuerpo, pero lo más perturbador era aquel caminar desorientado, esos golpecitos constantes de sus manos, ese murmullo incesante dirigido a nadie.
—¿Duquesa? —se adelantó Alice, cegada por su inmenso corazón.
—¡Tú! —La señaló con odio—. ¡Ustedes dos!
Negó con una sonrisa cínica. William, acertadamente, tomó a su mujer y la colocó a una distancia prudente de la voluble dama.
Estaba trastornada por alguna razón. Aunque era difícil de creer.
La duquesa de Montsenpier siempre se había caracterizado por su carácter duro, desafiante, casi cruel.
Algo terrible debía de haber ocurrido para dejarla en aquel estado.
—Dígame, duquesa —dijo William—. ¿Qué le ocurre?
—¿Qué me ocurre? —La mujer rio—. ¡Qué me ocurre!
—Alice, quiero que te vayas —pidió William en voz baja.
—Ni loca.
—¡Cartas! —gritó la duquesa, llamando la atención de ambos—. ¡Cartas por todos lados! ¡Cartas y cartas! “Haz esto”, “haz aquello”. ¡Mata! ¡Encierra! ¡Envenena!
—Duquesa —la detuvo William—, ¿quiere decir que tuvo algo que ver con la muerte de Lucca Fridckford?
—¡Ja! —Volvió a reír y comenzó a caminar de un lado a otro—. ¡Lo sabe todo! ¡Sabrá que estoy aquí! ¡Me matará también!
—Nadie la matará en esta casa —tranquilizó el marqués—. Cálmese.
—Usted no es nadie —negó la duquesa—. Es vulnerable. Lo es con esa mujer a su lado.
William dirigió una rápida mirada a su esposa, quien se mantenía a sus espaldas. Sus ojos violáceos estaban demasiado interesados en lo que decía aquella mujer desquiciada; su mano blanca y suave se aferraba al saco de William con fiereza.
—¿Por qué todo gira en torno a mi mujer? ¿Qué tiene que ver?
—¡Todo! ¡Todo! —Negó de pronto—. No… ¡Nada!
—William —le habló Alice en voz baja—. Está demasiado alterada. Tal vez si le mando pedir un té.
—O un sedante —murmuró él—. De otra forma no hablará.
—¿Piensas aprovecharte de su estado?
—Sí —respondió él con facilidad—. Sabe de lo que habla. Y tú y nuestro hijo son mi prioridad.
—William, pero ella…
—Dígame, duquesa —la interrumpió—. ¿Quién la atormenta?
—¿Quién?
La mujer sonrió con locura.
—¿Una sola persona?
—Perdone. Quise decir: quiénes.
—Quiso decir… —se burló ella—. Si hablo, me matarán.
—¿Pero por qué?
—¡Porque los odian! —La duquesa los señaló—. Yo también lo hago, pero no quería. Ya no quería…
Entonces, la puerta principal de la casa volvió a abrirse con estruendo. Se escuchó el griterío de los empleados intentando retener algo —o a alguien— incontrolable.
—¡Maldita sea, déjenme pasar! —gritó una voz—. ¡Es peligroso!
William volvió la mirada hacia la puerta abierta de la sala dorada. No pudo evitar que una ceja se arqueara al encontrarse de frente con Thomas Hamilton. Furioso. Enervado. Lo que seguía de histérico.
—Déjenlo —pidió Alice—. ¿Thomas?
—Bendita seas —dijo el hombre—. ¿Dónde está la desquiciada?
Los poderosos pasos de Thomas Hamilton resonaron en el interior de la mansión francesa. Era obvio que aquel hombre sabía algo, aunque nadie parecía saber más que la mujer hundida en la locura.
La duquesa, al verlo, comenzó a gritar con desenfreno y corrió por toda la habitación.
—¡No! ¡No iré con usted!
—De hecho —sonrió aquel atractivo hombre—, si no lo hace, morirá. La droga que le di es algo fuerte, y el único que sabe contrarrestarla soy yo.
—¿Thomas? —cuestionó Alice, horrorizada—. ¿Qué has hecho?
—Nada. —Sonrió apenas—. Digamos que no tolera muy bien las medicinas… fuertes.
—¡Thomas! ¿Qué le has hecho? —se exaltó la joven.
—Lo necesario para arrancarle un poco de verdad.
—¿Qué verdad? —se adelantó por fin William.
Thomas apretó los labios y bajó la mirada.
—No la sé completa, pero sé cómo solucionarla. En cierta medida.
—¿Qué dices? —inquirió Alice.
—Ahora no —pidió el hombre—. Primero, la loca. William, ayúdame a retenerla. Y cuidado. Tiene una fijación horrorosa con tu mujer. Puede hacerle daño.
William asintió y miró a su esposa.
—Alice, por favor, sal de aquí.
La joven se cruzó de brazos de inmediato y negó.
—No quiero.
La pareja sostuvo un duelo de miradas. Lo que no sabían era que Hamilton no se encontraba en su mejor estado de paciencia. Por tal motivo no esperó demasiado y apuntó sin ninguna vergüenza:
—Mire, señora —dijo Thomas—, no soporto más caprichos que los de mi esposa y mi hija. Así que, si quiere mi ayuda, haga lo que digo y, por el momento, lo que digo es que se largue.
—¡Ella tiene la culpa! —gritó la duquesa, señalando a Alice—. ¡Debió morir ella!
—¿Sigues aquí? —dijo Thomas con fastidio.
Alice suspiró, enojada, pero al final decidió hacerle caso.
Thomas sabía algo y, si sabía algo, ella también lo sabría. Había dicho que conocía una solución, pero algo en el fondo de su pecho le advertía que aquella solución no le gustaría en absoluto.