Lo que oculta un corazón: El impenetrable William Capítulo 22
67%

Capítulo 22

U n mes de tregua.

Eso parecía haberles concedido su querida “Ayuda”.

Aparentemente, les habían permitido a los nuevos padres disfrutar de la noticia sin inconvenientes, solo debían preocuparse por cosas tan simples como los meses que Alice llevaba de embarazo, sus repentinos cambios de humor y, claro, sus antojos, que eran solventados por un siempre atento William.

Lástima que no existiesen únicamente los problemas derivados de un acosador empeñado en saber todo cuanto ocurría dentro de sus vidas, también existían las familias y, en el caso de ambos, eran familias particularmente dificultosas.

Hacía más de dos días que Alice había recibido una carta de parte de su madre, en la que anunciaba su pronta llegada para “visitar a su querida hija”, lo cual, en realidad, significaba: molestar a su hija.

Según los cálculos de la pareja, la madre —y, por ende, suegra— de los Charpentier llegaría aproximadamente el lunes.

—No puede ser tan malo —dijo William, recostándose en el sillón.

Extrañamente, seguía en casa después del desayuno.

—¿Que no puede ser tan malo? —replicó Alice con una sonrisa sarcástica, golpeando las manos contra sus piernas—. ¡Es terrible!

—Vamos, Alice. Es solo una visita. Además, no es como si fueran a hacerte algo. Estás conmigo.

William ignoraba tranquilamente el nerviosismo de su esposa mientras pasaba papeles de un montón a otro sobre el escritorio.

Alice se acercó a él y colocó sus pequeñas manos sobre el respaldo del sillón de cuero, aferrándose con esmero a la parte superior.

—No es ese el punto —replicó—. Necesitamos hacer muchas adecuaciones. Además…

Alice extendió una carta hacia él.

—¿Qué es eso? —preguntó William.

—Una carta. De parte de tu familia.

—¿Kate? ¿Gigi?

—No.

—No tengo más familia. Y no creo que hables de mis padres, porque acabo de verlos.

—Son tus parientes lejanos, creo.

Alice miró la carta con duda.

—Dicen que son unos…

Releyó la firma.

—Los Achard.

—¿Achard?

William se puso de pie y tomó la carta de entre sus manos. La leyó con la esperanza de que las palabras de su esposa no fueran ciertas y de que, de alguna manera, ella no hubiera mencionado aquel apellido.

—No puedo creer que vengan —negó el hombre—. Seguramente no saben que estás embarazada.

Alice se desorientó ante aquella afirmación, dicha de una manera nada afortunada. Era como si su hijo fuera una especie de tregua destinada a mantener alejados a los Achard.

—¿Hay algún problema con tu familia?

William levantó la vista y sonrió.

—Digamos que ellos sentirían una gran dicha si perdieras al niño por algún motivo.

Alice se llevó ambas manos a la boca, incapaz de creer aquella expresión cruel salida de los labios de su marido.

Él pareció notar su brusquedad y se adelantó unos pasos hacia ella, los suficientes para besarle la mejilla.

—No es algo que yo desee —dijo William, inclinando la cabeza para mirar los ojos centelleantes de duda de su esposa—. Lo sabes, ¿verdad?

Alice asintió. Pronunció un “sí” nada convencido. William suspiró. Caminó por su despacho como un león enjaulado y se detuvo frente al enorme ventanal que dejaba entrar la luz del sol.

—No sé por qué sigues siendo tan insegura —dijo.

Alice no pudo evitar mirarlo.

—Sinceramente —continuó él—, no sé qué más hacer para demostrarte que me importas.

—William, sé que soy una mujer difícil. Sé que necesito que me repitas una y otra vez que soy bella, buena o importante para ti…

Inclinó la cabeza, observando el movimiento de sus manos.

—Imagina lo triste que es para mí darme cuenta de ello.

El marqués volvió rápidamente el rostro, intentando ver la expresión apesadumbrada de su esposa. Pero no le fue posible, porque ella ya tomaba camino hacia la entrada del despacho, dispuesta a marcharse sin mirar atrás.

William volvió la vista hacia la ventana y suspiró.

—Espera —la detuvo con rotundidad.

Alice no dijo nada.

Simplemente detuvo los pasos y lo miró, pero no se acercó. De hecho, seguía con una mano sobre el picaporte, desesperada por irse. Solo deseaba dejar aquel tema de lado, pero conocía a William.

Su curiosidad no le permitiría dormir.

En ese momento estaba decidido a sonsacarla.

—Dime qué te hicieron para volverte tan insegura —lanzó la estocada perfecta—. ¿Qué te atormentó de tal forma que dudas incluso cuando alguien te dice que te ama?

—No es nada.

Alice sabía que la rapidez de su respuesta la delataba, pero no sabía qué más hacer ante una pregunta tan directa, tan dirigida a su autoestima, a sus heridas más viejas y, de hecho, solo recordarlo… No.

No podía hacerlo.

—¿Ah, no?

—No quiero hablar de ello.

Alice estaba a punto de salir de la habitación, pero se vio imposibilitada por una mano fuerte y decidida que se colocó sobre su cintura y la introdujo de nuevo en el despacho.

—Todo esto…

William abrió los brazos, dejándola en libertad.

—Todas estas “visitas” son una forma de atormentarnos. Y creo que sabemos quién nos desea esa clase de felicidad. Alice, esa persona asesinó a un hombre sin remordimiento alguno.

—D-dices…

Ella susurró.

—¿Que puede ser quien escribe aquellas cartas?

—Sí. Estoy seguro de ello.

William asintió, furioso.

—¿Pero sabes por qué todo le funciona? —La miró—. Porque no nos conocemos, no conocemos nuestros secretos, no confiamos el uno en el otro, se aprovecha de eso.

Alice, de pronto, entrecerró los ojos. Dudó de algo que su esposo había dicho y entonces llegó la iluminación.

—¡Te ha llegado otra carta! —lo acusó—. ¡No me lo has dicho!

—¿Acaso tú me cuentas algo?

La verdad era que, justo en ese momento, la pareja comprendía algo muy importante.

Sí, podían estar casados. Podían compartir la misma casa, la misma cama, el mismo deseo y un hijo en común.

Incluso podían amarse, pero no confiaban del todo el uno en el otro.

, por algún motivo, ese paso jamás lo habían dado.

William era terriblemente reservado con sus asuntos personales. Estaba acostumbrado a guardarse comentarios, opiniones y dudas. Al fin y al cabo, siempre las resolvía después por su cuenta.

Y Alice… Alice no confiaba en nadie.

Se había manejado sola desde tiempos memorables.

No sabía lo que era tener a una persona que se interesara lo suficiente como para preguntarle cosas y permanecer allí para escuchar la respuesta.

Tal vez Kate la obligaba a hablar de vez en cuando, pero Alice nunca contaba más de lo estrictamente necesario.

—Confía en mí, Alice —pidió William—. Es lo único que te pido.

Un toque presuroso en la puerta fue la única razón por la que aquella tensa conversación se aplazó, porque el tema no estaba terminado, ambos lo sabían.

—Mi señor —llamó un mayordomo, asomando medio cuerpo por la rendija de la puerta, cuidadoso de no interrumpir demasiado.

—Dime, Jacob —asintió William.

—La duquesa de Montsenpier ha llegado.

Ante el fruncimiento de ceño de los dueños de la propiedad, el hombre se apresuró a añadir:

—Me ha dicho que la esperaban.

William volvió la cara hacia su esposa.

—¿La esperabas?

—Nunca la espero —sinceró Alice con desgana.

—Entonces… dígale que iremos enseguida —indicó el marqués.

Escuchó el claro suspiro cansado de Alice a sus espaldas.

—Sé que no quieres encontrarte con ella, pero vino por una razón.

—¿Además de atormentarme?

—Además de eso —asintió William.

—Bien. Al mal tiempo, darle prisa —parafraseó ella—. Rápido.

—Espera.

William la detuvo en seco, tomándola del hombro con delicadeza.

—¿Quieres ir? Puedo disculparte por tu estado.

—No.

—Alice, estás embarazada y creo…

—No —repitió—. Quiero escuchar lo que tenga que decir.

—Promete que no te alterarás. —La miró con severidad—. Tiendes a guardarte las cosas, el enojo es malo si no se expresa.

—No me enojo.

—Alice…

—Vamos.

William meditó un instante. Parecía tener ganas de cargar a su esposa y encerrarla en su habitación.

Pero, al ver la determinación en ella, no quiso arriesgarse.

Tenía dos hermanas y, en ambos casos, cuando había intentado encerrarlas, habían ideado alguna manera de escapar por la ventana.

Del segundo piso. No. Mejor no forzar a ninguna mujer de su familia.

—Bien.

La pareja caminó por el pasillo de la casa Millentmont con lentitud, observando cada esquina. Eran conscientes de que los vigilaban. Era imposible descubrir quién de todos era el culpable y, por esa razón, lo mejor que podían hacer era actuar con naturalidad. Como si aquel acoso no les interesara.

El silencio extremo en que se encontraba la casa les permitió escuchar algo que, seguramente, no les correspondía.

Ambos se miraron con los ojos abiertos y casi corrieron hacia la puerta tras la cual se encerraban aquellos susurros que, al resonar en un lugar tan amplio y solitario, producían un eco inquietante.

Era la duquesa de Montsenpier quien discutía con alguien dentro de la sala dorada.

La predilecta de Alice. La otra voz era irreconocible, pero ambos fueron perfectamente capaces de notar que había otra persona.

A menos, claro, que la duquesa de Montsenpier se hubiese vuelto loca y hablara consigo misma.

—…no puedo —se escuchó en voz baja. Era la única voz reconocible: la de la duquesa—. Es mucho… demasiado…

Alice miró dudosa a William, quien fruncía el ceño de una manera tan marcada que parecía a punto de enterrar las cejas en los ojos.

—Entremos —ordenó él, decidido a atrapar al intruso que acompañaba a la duquesa.

William abrió la puerta de golpe, de forma tan inesperada que tanto Alice como la duquesa dieron un grito acompañado de un salto bastante gracioso.

—¡Señor Millentmont! —se quejó la mujer—. ¡Qué forma de entrar!