Lo que oculta un corazón: El impenetrable William Capítulo 21 #2
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Capítulo 21 #2

El hombre se detuvo al escuchar aquella voz y por un momento no se volvió hacia la puerta, donde seguramente estaba parada su mujer, mirándolo de esa forma ante la cual no podía resistirse.

—Alice… —dijo con un tono suplicante que ella no notó—. Te dije que fueras a dormir.

—¿Cómo…?

Bajó la mirada al notar que él ni siquiera se volvía.

Pero no lo dejaría así, tomó valor y preguntó con firmeza:

—¿Cómo pensabas que lo lograría sin ti?

—Puedes dormir sin mí.

—No —dijo terminantemente, con la mirada encendida de anhelo y amor hacia aquel hombre que seguía sin mirarla—. No puedo.

—¡Entonces por qué, por todos los dioses, fuiste al encuentro de Lucca Fridckford!

—¡Porque quería saber la verdad!

William se volvió hacia ella, furioso.

Se acercó de una forma tan intimidante que la obligó a retroceder. Pero Alice no bajó la mirada. La mantuvo fija en aquellos ojos azules que, en ese momento, parecían negros.

—¡La verdad es que te pusiste en riesgo!

William volvió el rostro hacia el interior del despacho, dejándola en el marco de la puerta.

—¡A nuestro hijo!

—¡Ni siquiera sabía que lo llevaba dentro! —se excusó ella—. ¡Y ni siquiera parece que te importe! ¡No has actuado como un…!

—No lo digas, Alice.

La tomó por los hombros, zarandeándola apenas.

—Si quieres que pierda el juicio, termina esa maldita frase.

—No maldigas —murmuró ella en una voz pequeña.

William recorrió lentamente el hermoso rostro de su mujer. Aquel semblante compungido por oírlo maldecir. Esa mirada decidida con la que había ido a enfrentarlo. El camisón rosa claro, con un escote que tentaba más de lo prudente. Su pequeña estatura rivalizando inútilmente con la de él.

No podía creer que fuera suya, que pudiera hacerle el amor todas las noches, que llevara a su hijo en el vientre.

En verdad agradecía que todos los hombres la hubieran evadido antes. Eran tan estúpidos que jamás notaron lo perfecta que era Alice.

Daba gracias a todos los santos por ello.

Y la besó. No fue un beso suave, ni dulce, ni tierno.

Fue necesidad pura. Fue deseo. Fue amor herido.

Alice, sobrecogida por aquel arranque inesperado, no pudo hacer más que sostenerse de los hombros de su marido, intentando permanecer en pie ante aquel ataque pasional que hacía mella en sus piernas.

—William —dijo entre besos—. Me caeré.

Sinceró su temor al darse cuenta de que él no la sostenía como de costumbre. No era como cuando comúnmente le hacía el amor. Había una dureza en él, una urgencia contenida, como si cada caricia estuviera atravesada por el miedo.

—Entonces sostente bien —dijo con voz ronca.

Pero sus manos, aunque tardaron unos segundos más de lo habitual, terminaron cerrándose en su cintura, firmes, posesivas, impidiéndole caer. Alice cerró los ojos, había enojo en él, pero también amor. Un amor torpe, desesperado, que no sabía aún encontrar un cauce sereno.

William decidió que necesitaban una residencia más conveniente que la alfombra de su despacho.

No quería otra interrupción, ni tampoco la frialdad de aquella estancia.

Quería su habitación. Su cama. El lugar donde ella le pertenecía y él podía pertenecerle sin testigos.

La tomó en brazos y recorrió el pasillo de Millentmont con la urgencia clara de un hombre que apenas lograba contenerse.

Si alguien de la servidumbre los vio, seguramente disimuló una sonrisa y se apartó del camino.

Mejor, no deseaba interrupciones.

William la depositó sobre la cama con una firmeza que le robó el aliento.

Se quedó de pie junto al borde del colchón, mirándola desde su altura, dejando que ella se recompusiera sobre las mantas, anhelante, nerviosa, encendida por aquella forma nueva en que él la observaba.

El hombre comenzó a deshacerse lentamente de sus ropas, atento a cada mirada que ella le lanzaba.

Jamás se había desvestido frente a ella con esa calma, como si quisiera que lo apreciara de cerca, que aprendiera todos sus bordes y cicatrices, porque William tenía cicatrices. Cicatrices de guerra.

Como era de esperarse en un antiguo general.

—Quítate el camisón —le indicó cuando estuvo ante ella, vulnerable y poderoso al mismo tiempo.

Alice tragó saliva. A veces se preguntaba cómo era posible que las cosas funcionaran entre ellos.

Al verlo frente a ella, con toda su masculinidad expuesta y aquella mirada oscura, la pregunta regresó a su cabeza, pero, francamente, no podía imaginar a nadie más amándola de esa manera.

No podía pensar en otra persona que no fuera William.

La joven estaba azorada por sus pensamientos, por su marido y por la orden de desvestirse.

Sus dedos temblaron al tomar la tela. Sabía lo que iba a ocurrir, y aun así se preparaba como si fuera la primera vez.

Cuando estuvo descubierta ante él, William continuó sin moverse. Solo la miró.

—Recuéstate —ordenó con un gruñido bajo.

Alice obedeció. No le quedaba otra cosa más que esperar aquello que William quisiera darle.

Las manos fuertes de su marido recorrieron la desnudez de sus piernas con una lentitud asfixiante.

Alice fue plenamente consciente del tirón en su interior cuando los dedos de William rozaron, apenas, la parte más sensible de su deseo.

No pudo evitar un gemido. Aquella mano siguió su camino por su abdomen, sus senos, su cuello. Cuando delineó sus labios, Alice los abrió sin darse cuenta y se incorporó, buscando su boca.

William se alejó.

—Recuéstate —indicó de nuevo.

Alice, descolocada por no ser complacida, volvió a dejar caer la espalda sobre el colchón y lo miró con interrogante.

—No será como siempre —le advirtió él.

Si Alice iba a preguntar algo, lo olvidó cuando las manos de William volvieron a encontrarla con una precisión que le arrancó un grito imposible de contener.

No era la primera vez que la tocaba, pero sí era la primera vez que no la besaba para tranquilizarla, que no le decía cosas dulces al oído para que no se avergonzara. Esa noche, William la obligaba a sentir. A mirarlo. A aceptar que él estaba furioso, sí, pero también profundamente enamorado.

Era una intensidad nueva, casi desesperante.

Cada vez que ella intentaba tocarlo, él detenía toda acción y se alejaba, lo suficiente para hacerla comprender que aquella noche él marcaría el ritmo y Alice, entre la vergüenza y el deseo, descubrió que eso la desarmaba, la desarmaba porque él no era indiferente, porque no la repudiaba, porque la amaba con una fuerza tan feroz que parecía dolerle.

Cuando finalmente estuvieron unidos, Alice sintió que el mundo entero se derrumbaba y volvía a levantarse alrededor de ellos.

William la llevaba al borde del placer y, cuando ella creía que ya no podría soportar más, se detenía.

La observaba. Dejaba que pasara aquel instante de vértigo para volver a conducirla, lentamente, hacia el mismo abismo.

Alice estaba sorprendida por su autocontrol, pero la desesperación comenzó a quebrarla.

No podía besarlo como quería. No podía abrazarlo como necesitaba.

Sus muñecas permanecían sujetas contra el colchón, no con daño, sino con una firmeza que la mantenía allí, completamente expuesta a él, solo podía mirarlo y sentir.

—Por favor, William —suplicó cuando no pudo más.

—¿Qué pasa, amor? —preguntó con una dulzura provocativa.

—Por favor…

Estaba al límite.

—No llores, cielo.

La voz de William fue tan dulce que la piel de Alice se erizó.

—Me castigas… —dijo ella, pesarosa.

William la miró, la tensión de su rostro se quebró apenas.

—Sí —aceptó en voz baja—. Porque me asustaste. Porque pensé que te perdía. Porque pensé que perdía a nuestro hijo. Porque no sé cómo vivir con ese miedo y no volverme un monstruo.

Alice sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas.

Entonces William la besó y esta vez no se apartó.

Le soltó las manos, entrelazó los dedos con los suyos y terminó de amarla con una profundidad que ya no se parecía al castigo, sino a una rendición.

A una confesión hecha con el cuerpo antes que con las palabras.

Cuando todo terminó, William salió lentamente de aquel abrazo íntimo y se tendió a su lado.

Alice lo miró de soslayo, deseando profundamente ir a su encuentro.

Recostarse sobre él y dormir en sus brazos.

—Ven, cariño —pidió él, estirando una mano.

Alice no tardó más de dos segundos en pegarse al cuerpo sudoroso de su esposo y pasar tranquilamente los dedos por los bordes musculosos de su pecho.

—¿Me odias? —preguntó con voz trémula.

—¿Te parece que te odio?

William la miró con una ceja interrogante.

—No sé cómo interpretar esto…

Se avergonzó al recordar la forma en que se habían amado. Sí, había existido ira contenida en cada movimiento, pero también algo más. Vehemencia. Necesidad. Un miedo tan grande que solo podía confundirse con furia.

—En momentos creí sentir que…

—Que te amaba —terminó William, abrazándola—. Y así es.

Un escalofrío recorrió la espalda de Alice y la obligó a levantar la cabeza del pecho fuerte de su marido.

—¿Q-qué dices?

—Que te amo —repitió él con seguridad.

—Tú… —Lo miró impresionada—. ¿En serio me amas?

—Créeme, cariño, nunca me había enojado tanto con nadie como contigo. Pero es porque te amo tanto que me aterra perderte.

Suspiró.

—Nunca había hecho el amor de esta manera…

La miró con una sonrisa traviesa todavía teñida de cansancio.

—¿Fue…?

—Enloquecedor —reconoció ella—. No quisiera sufrir lo mismo.

Se recostó nuevamente en su pecho, escondiendo una sonrisa.

—No vuelvas a enfurecerme.

—Tal vez sea divertido.

William dejó escapar un gruñido brutal, lo cual provocó que Alice riera dulcemente, como una niña después de cometer una travesura.

—No lo intentes.

Alice asintió contra su pecho y besó aquella zona.

—William —lo llamó, aunque sabía que él se estaba durmiendo.

—¿Mmm?

—Yo también te amo.

William no respondió, simplemente apretó aquel abrazo y bajó una mano hasta el vientre donde descansaba su hijo y se durmió.

Con su esposa entre los brazos.

Como debía ser.