Lo que oculta un corazón: El impenetrable William Capítulo 21
64%

Capítulo 21

W illiam caminaba delante de su esposa rumbo a su despacho.

Iba taciturno, con el ceño fruncido, la mirada implacable y las manos cerradas en puños. Alice, sinceramente, no se atrevía a pronunciar palabra alguna desde que habían abandonado la estación donde declararon lo sucedido en Versalles.

Habían sido horas interminables de interrogatorios por parte de las autoridades, además de preguntas venidas de curiosos, familiares y hombres deseosos de encontrar una grieta en la versión oficial.

No era para menos. Un hombre había muerto en la casa de la justicia de Francia, y los únicos testigos eran precisamente ellos.

Si se decía con crudeza, también eran sospechosos.

Solo gracias al ventanal hecho añicos y al arma desaparecida, William había salido librado por muy poco.

Aunque seguramente muchos no lo pensarían igual. Aquello era una herida profunda en la imagen pública del primer ministro de Francia. El intachable, el perfecto, el mejor hombre del país, tenía ahora una llaga demasiado grande para cubrirla con elegancia.

Alice lo resentía en el fondo del corazón.

William había trabajado duro para ganarse aquellos títulos. Para ser el hombre al que todos quisieran como líder. Y había bastado un pequeño rumor, una sombra de sospecha, para que el desagrado comenzara a oírse entre murmullos.

Era cierto que el pueblo era voluble. Seguramente, en una semana, volverían a amarlo, pero William no se recuperaría con tanta facilidad.

William no se indultaría a sí mismo con tanta facilidad.

La pareja estaba cansada, abrumada y, no estaba de más decirlo, atravesando una de las etapas menos felices de su relación. Se notaba a simple vista en la forma pesada de caminar, en los hombros decaídos de la marquesa y en el inquebrantable ceño del marqués.

En realidad, deberían estar celebrando.

Durante aquella noche infernal también habían pasado por algunos exámenes médicos rudimentarios, y en ellos se confirmó el embarazo de la marquesa de Millentmont.

William estaba contento por aquella noticia que, en el fondo, ya esperaba, pero no podía siquiera mirar a su esposa en ese momento.

Habían hablado de aquello. Recordaba con absoluta fidelidad que le había negado el permiso para acudir al encuentro con Lucca Fridckford y ella había ido de todos modos.

No se lo perdonaría si Alice hubiera salido herida de gravedad.

No se lo perdonaría si, por alguna razón, perdía a su hijo.

—William —se oyó sobre el murmullo del viento la pequeña y temerosa voz de su mujer, quien lo seguía por el pasillo.

—Ve a la recámara, Alice —dijo él sin mirarla—. No tengo ganas de discutir nada en este momento.

—Lo sé…

La joven bajó la cabeza, apesadumbrada. No sabía cómo introducir un tema con William, no sabía cómo disculparse con él, cómo mediar las cosas, cómo hacerlo entender.

—William, yo…

—No iré a dormir hoy.

La interrumpió con tal brusquedad que Alice se detuvo en seco.

No pudo emitir queja alguna ni intentar convencerlo de lo contrario. Sería la primera vez que no dormiría con él desde que se casaron. ¿Por qué no iría? ¿A dónde saldría? ¿Iría… con otra mujer?

En ese momento solo podía ver su espalda, una espalda que no se volvía en ningún instante, se mantenía erecta, fuerte, poderosa e imponente, daba aquella imagen de omnipotencia, de grandeza, de autoridad inapelable, con la sola postura de su cuerpo decía que no cambiaría de opinión y que no admitiría réplica de nadie.

—¿D-dónde irás?

William giró apenas el cuerpo. Cedió un poco ante la voz pequeña y temerosa de su mujer, la escasa luz del pasillo iluminaba hermosamente su figura delgada.

Su vestido estaba manchado de sangre, su cabello desordenado, y sus ojos violáceos centelleaban con la angustia de desconocer su próximo destino.

William cerró los ojos.

—Tengo cosas que hacer —respondió con frialdad, más frío de lo que pretendía, pero no logró modular la voz—. Ve a la cama.

Dio media vuelta y retomó el camino hacia su despacho.

—William —lo llamó de nuevo. El hombre volvió a detenerse—. Tú… ¿estás feliz por…? Por el bebé.

Ante aquella pregunta absurda, William negó, su expresión de obviedad quedó oculta entre las tinieblas del enojo y la frustración.

—Amo al niño que llevas dentro.

Solo eso, no dijo nada más y Alice tampoco lo detuvo de nuevo. En lugar de hacerlo, lo vio alejarse de ella sin recibir un abrazo, ni un beso, ni una sola expresión de entusiasmo por el hijo que se estaba formando dentro de su cuerpo.

Un hijo suyo. Sí, le había dicho que lo amaba, pero su rostro demostraba todo lo contrario. Alice suspiró, no podía exigirle nada en ese momento. Él estaba furioso con ella y, en parte, era comprensible.

Con el ánimo por los suelos, Alice Charpentier se obligó a arrastrarse hacia la habitación, dispuesta a meterse en una cama que se quedaría vacía toda la noche, no existía algo peor que saberse sola.

Y ella lo había estado durante tanto tiempo…

William entró en su despacho y dejó escapar un grito desesperado, quien lo escuchara habría pensado que estaba a punto de asesinar a alguien, pero no lo haría.

Ya había tenido suficiente con presenciar un asesinato. Uno que había sido planificado con el único deseo de que ellos vieran el alcance del poder de su acosador. El dominio que aquel enemigo tenía sobre los lugares donde normalmente se movían.

Era aterrador. Sí. Un hombre como él, fuerte, poderoso e inquebrantable, estaba empapado en el más puro y tácito terror. No por él ni por su carrera, por su familia. Nunca se había sentido tan débil como en ese momento, tan vulnerable.

Habían acertado en la forma de atacarlo. Su familia era lo único por lo que él se quebrantaría una y mil veces. No importaba si se arriesgaba él, no importaba si lanzaban mil piedras contra su cuerpo, pero si intentaban lanzar una sola contra su esposa…

Sería capaz de cualquier cosa.

William se dejó caer en su silla de cuero, tenía la cabeza gacha, los hombros vencidos y las piernas estiradas a toda su longitud. Una postura derrotada. Una postura que reflejaba con brutal claridad que no sabía qué camino tomar.

Su prodigioso cerebro maquinaba una y mil posibilidades, pero todas llegaban a una conclusión común.

Una que no le gustaba en absoluto.

—Señor.

Llamaron a la puerta, distrayéndolo momentáneamente de sus pensamientos.

William elevó la cabeza con tanta lentitud que parecía pesarle una tonelada.

Susurró un cortante y práctico “pase” antes de recostarse de nuevo en la silla, cuyo cuero crujió bajo su peso, acomodándose para incomodarlo aún más, como si ni sus propios muebles desearan darle satisfacción aquella noche.

Peter entró con una bandeja de plata.

El ayuda de cámara caminaba con seguridad por la habitación tenuemente iluminada. Solo un fuego apagado en la chimenea daba algo de luz al rostro apesadumbrado de su señor.

—Creí, excelencia, que necesitaría esto.

El hombre colocó la bandeja con el vino favorito de William, servido en una fina licorera de cristal cortado y acompañado por una copa del mismo material.

—Hiciste bien —asintió William—. He tenido un día pesado.

—Me lo imaginé, excelencia —dijo Peter, sirviendo el vino.

William esperó pacientemente a que le entregaran la copa. En cuanto la tuvo en la mano, bebió un sorbo. Sabía que su ayuda de cámara no se quedaría callado demasiado tiempo, así que lo miró con los ojos entrecerrados y se recostó en la silla.

—Dilo de una vez, Peter.

—¿Cómo sabe usted que quiero hablar, mi señor?

—Usted siempre quiere hablar, Peter. Y en este momento prefiero la premura y la frontalidad a la insinuación y la divagación.

—Siempre tan elocuente, mi señor.

William frunció el ceño, esperando a que, de una vez por todas, le lanzara aquello que tenía que decir.

—Creo que, si su día fue pesado, mi señor —comenzó Peter—, el de mi señora también lo fue. Tal vez peor… si consideramos su embarazo.

—¡Ha sido culpa de ella, Peter!

William se puso de pie, furioso.

—Ella se puso en riesgo. Casi… casi…

Negó con la cabeza.

—Sentí que la perdía.

—¿Y ahora no la está perdiendo también?

Peter levantó una ceja inquisidora.

—La señora seguramente pensará que usted ni siquiera está feliz por su embarazo. Y, conociéndola, ha de estar imaginando un repudio inexistente de su parte.

—No creo que…

—¿Su excelencia conoce a la señora?

William lo miró con algo parecido al resentimiento.

—Es mi mujer.

—Entonces sabrá lo que estará sufriendo ahora.

—¿Qué esperas que haga? —preguntó con voz funesta.

—Que vaya donde lo necesitan.

Peter tomó vanidosamente la copa de entre los dedos de William y se alejó con el resplandor triunfal de quien sabía haber ganado.

William observó aquella salida, tal vez Peter tenía razón, pero no estaba en un momento en el que quisiera ceder ante su esposa.

En verdad deseaba que ella sintiera, aunque fuera un poco, el pánico que él había sentido al verla ensangrentada bajo el cuerpo de aquel bruto que intentaba…

No. Ni siquiera quería pensar en lo que intentaba hacerle.

Suspiró. Tal vez lo mejor sí era ir con Alice.

Abrazarla. Tranquilizarla. Bien sabía él que su hijo había soportado demasiadas emociones aquel día.

No quería que Alice pensara también en un supuesto abandono.

Si continuaban así, su mujer podía resentirlo. Y la criatura también.

Eso no podía pasar, no se lo perdonaría.

Con una exclamación nada educada, William atravesó el despacho oscuro donde se encontraba. Decidió abandonar aquella estancia reconfortante en la que solía sentirse protegido y lejos de todos.

De todos menos de su mujer, ella siempre se infiltraba de una u otra forma en sus pensamientos. Como en ese momento, cuando habría preferido pensar en la forma más tortuosa de amar su cuerpo, en lugar de debatirse entre ir a su lado o quedarse lejos.

—William.