Lo que oculta un corazón: El impenetrable William Capítulo 20 #2
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Capítulo 20 #2

—¡Maldito bastardo! —rugió William, arrojándolo después contra una mesa cercana. No había soportado ver aquella mirada desafiante del hombre que casi…—. ¡Es mi esposa a quien pretendes…!

Cerró los ojos, intentando calmarse. No funcionó. William fue hacia la mesa donde Lucca apenas intentaba reincorporarse y volvió a tomarlo por la camisa. Le asestó un golpe fuerte, certero, directo al rostro, pero no se detuvo ahí.

Volvió a golpearlo una vez. Y otra. Y otra más. Hasta el punto en que Alice pensó que lo mataría.

—¡William! —La joven se adelantó y le tomó el brazo cuando este volvía a alzarse con violencia.

—Lo matarás.

William no la miró. Seguía con los ojos clavados en el hombre que intentaba alejarse de sus puños como un animal rastrero.

La respiración del presidente del Consejo se volvió pesada, sus ojos negros no daban tregua a nada ni a nadie, solo la intervención de su esposa pareció surtir algún efecto, aunque no por eso soltó a su presa.

—Tiene un hijo mío en el vientre, maldito imbécil —dijo William con odio y repulsión—. Si pretendías robármela, iría hasta el fin del mundo para encontrarla a ella y a mi hijo.

Volvió la mirada hacia Alice.

—La traería de regreso, aunque ella no quisiera.

Alice negó con la cabeza, asustada.

—No, William.

Intentó tocarlo, pero él se tensó de tal forma que Alice se vio obligada a apartarse. El marqués dejó salir un sonido brutal de sus labios y se puso de pie, intentando arreglarse el saco y contabilizando la sangre que había en su ropa.

Alice lo miró con miedo, aun así, fue a revisar el estado de Lucca. No moriría, al menos eso podía verlo.

—Señor Fridckford —le tocó el rostro magullado. —Will tuvo que volver la cabeza para no dejarse arrastrar por la ira—. Señor Fridckford.

—Demasiadas consideraciones para el hombre que intentó violentarte hace un segundo —dijo William con amargura—. O quizá no era una agresión, y yo entré en mal momento.

—¡Cállate! Dios mío, William… —pidió Alice y lo miró con dolor en los ojos—. No sabes cuánto agradezco que me hayas salvado, pero no es momento para esto. ¿Cuánto te perjudicaría que se supiera que mataste a un hombre en el mismo Versalles?

—¡Mucho menos que tener una esposa atacada, herida y cubierta de sangre! —puntualizó él al ver el vestido manchado y la sangre sobre algunos fragmentos de porcelana esparcidos en el suelo—. Nadie cuestionaría mi honor por defender a mi mujer.

Alice agradeció aquellas palabras, la hacían sentirse importante para él, pero Lucca iba a decirle el nombre de la persona que los había obligado a estar separados. Esa persona que tal vez enviaba las cartas.

—Puedo ponerme en pie —dijo Lucca, apartando la mano de Alice y levantándose con dificultad. Se tocó el ojo hinchado y la boca—. Maldita sea, Millentmont. Qué condenado dominante eres.

—¿Qué esperabas, bastardo?

William se adelantó, pero Alice se interpuso entre ambos y miró fijamente a su marido.

—Bueno —sonrió Lucca tanto como la herida en el labio se lo permitió. Rio un poco—, al menos esperaba que pidieras una explicación. Siempre pensé que eras un hombre racional.

—No cuando se trata de mi mujer y mi hijo.

Alice miró a William con sorpresa.

Era la segunda vez que mencionaba un hijo.

—Bien, Millentmont.

Lucca se acercó un poco más. Alice continuaba entre ambos, por lo cual los dos hombres solo consiguieron acercarse más a ella, dejándola casi atrapada entre sus cuerpos. Ambos se miraron, evadiendo por completo la presencia de la mujer que los separaba.

William era considerablemente más alto y corpulento, pero Lucca no se quedaba atrás. Sus miradas habrían podido asesinar a alguien sin mayor esfuerzo.

—Dime lo que ibas a decirle a ella —ordenó William—. Sé que la citaste para darle una pista. Si no, ella no habría venido.

—¿Seguro de eso?

Lucca sonrió, con el labio lastimado.

—Yo creo que huía de ti.

—¡Lucca! —gritó Alice, enojada por aquellas palabras.

—Hasta me llama por mi nombre de pila —observó él.

—Estaba acostumbrada a usarlo… —La voz de Alice bajó hasta volverse casi un susurro—. Íbamos a casarnos.

—Déjense de estupideces —dijo William con voz severa—. Dime lo que sabes si no quieres que termine de matarte.

—El precio sigue siendo el mismo —sonrió Lucca—. Tu mujer por la seguridad de todos.

—Tiene un hijo mío —respondió William con dureza—. Y yo no soy tan poco hombre como para negociar a mi esposa. Ella es mía y punto. Ahí se acaba tu discusión.

—Entonces no diré nada.

—Por favor, Lucca. —Alice lo miró—. Me lo ibas a decir, aunque sabías que no dejaría a William.

—Estoy seguro de que, cuando les diga la verdad, ambos estarán de acuerdo en que deben separarse.

La pareja se miró rápidamente antes de dirigir la vista hacia Lucca Fridckford, quien seguía sonriendo.

—La persona que más quiere hacerles daño los quiere unidos.

—¿Qué? —preguntaron los Millentmont al mismo tiempo.

—Sí —asintió él—. Porque, al tener esposa e hijos, William se vuelve débil. Antes no lo era.

—Siempre he tenido por dónde ser atacado —negó William—. Cualquiera de mis hermanas, primas, tías… cualquier familiar podría hacerme ceder.

—Pero no amas a nadie como amas a tu esposa o al hijo que aseguras que tiene.

William calló un momento y bajó la vista, meditabundo.

—¿Quieres decir que usan el amor que siento por mi esposa como flanco de tiro?

Alice volvió el rostro hacia William. ¿Él… él había dicho que la amaba? Sí, era patético que pensara eso en un momento tan importante, pero no pudo evitarlo. ¿William la amaba? ¿O solo intentaba entender las razones por las que les hacían aquello?

—Sí —asintió Lucca—. Incluso la mejoraron para ti, para que la quisieras más y con mayor facilidad.

—Hablas en plural —se dio cuenta William—. ¿Son más de uno?

—Nos involucran a fuerza de cañón —dijo Lucca.

—¿Qué quieren? —preguntó William, con la ira aumentando.

—No lo sé. —Lucca sonrió—. Pero tengo un nombre.

—Escúpelo, entonces.

—Promete que alejarás a Alice de ti. —Lucca levantó una ceja—. Es la única forma de mantenerla a salvo.

William bajó la mirada, considerando la posibilidad.

—¡William!

Alice se volvió hacia su marido y le tocó el pecho con una mano.

—No… —Bajó la cabeza—. Por favor.

—Es mi única condición —insistió Lucca.

William alzó la mirada y la fijó en su acompañante masculino, evitando por completo la súplica de su esposa.

Estaba a punto de responder cuando un sonido brutal provocó que los tres dieran un brinco y se cubrieran los oídos por el impacto.

Alice abrió los ojos hasta el límite de lo posible.

No podía creerlo.

No podía ser cierto.

Su mente entró en un estado de choque.

Cuando se dio cuenta, Lucca caía sobre ella.

Su cabeza se dejó caer pesadamente sobre el pequeño hombro de la mujer. Las manos que antes le habían apretado los brazos descendieron con una lentitud espantosa, arrastrándose por la longitud de sus mangas hasta quedar laxas a cada lado de su cuerpo.

Luego sus piernas fallaron. El peso muerto de Lucca hizo que a Alice le flaquearan las rodillas, y ambos cayeron al suelo: ella debajo, él inerte sobre ella. Alice gritó.

—Madre…

Esa última palabra, el último aliento de Lucca, fue pronunciada con tanto dolor y con la clara intención de revelar lo que sabía.

Alice comenzó a llorar.

No tanto por la última palabra del hombre con quien iba a casarse, sino por tenerlo muerto sobre ella. Y peor aún: por no saber quién le había disparado ni poder quitárselo de encima.

William lo apartó rápidamente y acunó a Alice entre sus brazos.

—¿Estás bien? —preguntó, alterado—. Alice, ¿estás bien?

—William… lo mataron —dijo ella con el corazón en la boca.

—Lo sé, amor. Lo sé.

Le acarició la larga cabellera oscura e intentó ponerse de pie.

Pero otro disparo —o algo que sonó como tal— los obligó a agacharse nuevamente para cubrirse.

William comprendió enseguida que esta vez no se trataba de una bala.

Era una flecha. Yacía clavada en la puerta de la biblioteca, desde donde ya comenzaban a escucharse pasos presurosos.

Seguramente la gente se había alterado por el horrible estruendo del ventanal al estallar bajo el impacto de la bala que ahora reposaba en el corazón de Lucca Fridckford.

—William… —susurró Alice entre lágrimas, aún abrazada al pecho de su marido para protegerse.

—Tiene una nota —se dio cuenta él, intentando dejar a su mujer en el suelo para ir a recogerla.

—No —lo detuvo ella—. Te pueden hacer daño.

—Chist.

La calló mientras se ponía de pie.

William se acercó a la flecha y arrancó la nota justo en el momento en que algunos invitados, encabezados por Asher y Giorgiana, entraban a la habitación.

El presidente del Consejo se mostró tranquilo. Demasiado tranquilo. Abrió la nota con una calma escalofriante, quitándole el listón que la mantenía sujeta a la flecha y leyó:

No me gustan los chismosos. Prefiero una boca callada a una lengua ligera. Es cuestión de educación, ¿no lo cree, lord Millentmont? Suerte con su esposa y… bueno, siempre es bueno enterarse de cosas inesperadas. Como un hijo.

Un abrazo de parte de su querida AYUDA.