Lo que oculta un corazón: El impenetrable William Capítulo 20
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Capítulo 20

A lice caminaba en dirección a la biblioteca con paso lúgubre, lento y trémulo, como si en cualquier momento fuese a dar media vuelta y regresar en dirección contraria, directa a los brazos de su esposo.

Los únicos en los que debía confiar, pero no lo hizo.

No sabía si era su estúpida tendencia a querer ayudar a todo el mundo o su alta capacidad para hacer aquello que terminaba lastimándola.

Alice era así desde niña y, como casi todas las personas moldeadas por esa clase de carácter, se lo debía a sus padres.

Desde que tenía memoria, recordaba la voz de su madre diciéndole lo poco agraciada que era; interrumpiéndola hasta el punto de que, durante años, Alice prácticamente perdió el deseo de hablar; señalando su figura como si fuese una falta, porque tenía el busto y las caderas más generosos de lo que la moda juzgaba delicado.

Sí, tal vez no la habían golpeado con frecuencia, pero había recibido suficientes heridas invisibles como para quedar marcada durante toda la vida y era en ese punto donde debía agradecer a los Bermont.

Seguramente, sin su intervención, seguiría siendo aquella niña patética, escondida bajo una mesa cercana, con miedo incluso de pronunciar su propio nombre.

Alice había sido despreciada al punto de no ser elegida junto a sus hermanas para asistir a fiestas, ni para recibir vestidos nuevos. Con facilidad, ella era la seleccionada para lavar una alfombra o ayudar a sus hermanas menores a vestirse.

No la trataban mal de un modo demasiado evidente, desde luego. Nada que pudiera escandalizar a la sociedad, pero tampoco había tenido una vida plácida y serena, como la mayoría de las señoritas con algo de posición y dinero.

Gracias a ella, sus hermanas llegaron a ser reconocidas en sociedad, puesto que Alice se había hecho amiga de una de las familias más prestigiosas —y, por qué no decirlo, más populares— de toda Inglaterra.

Su unión con Katherine era legendaria. Incluso muchos la reconocían por ser la única capaz de centrar, aunque fuera un poco, a aquella alborotada pelirroja.

Alice dejó desvanecer la tenue sonrisa que aquel recuerdo le había arrancado cuando se dio cuenta de que tenía la mano sobre el picaporte.

No se atrevía a girarlo, no se atrevía a encontrarse con Lucca Fridckford, su antiguo prometido.

El hombre que la había dejado plantada en el altar, el hombre que, sin quererlo, la había lanzado a los brazos de aquel al que siempre había amado.

Suspiró y se recordó a sí misma que no iba allí por sus conflictos interiores, tenía que descubrir a la persona de las cartas y, según lo que Lucca decía, era posible que incluso conociera en persona a la famosa “Ayuda”, que resultaba ser todo lo contrario.

Sin pensarlo más, Alice giró el picaporte y entró despacio en la habitación que conservaba parte del conocimiento más selecto de Francia, tal vez solo equiparable con la biblioteca de su propio marido.

Sus preciosos ojos violáceos escudriñaron el lugar con atención, intentando descubrir al hombre que supuestamente la esperaba en el interior.

Si no lo veía, no se internaría más. No era tan tonta como para adentrarse en una habitación vacía estando bajo aquella situación de acoso.

Estaba a punto de cerrar la puerta y dar por concluida su misión cuando la voz de Lucca la detuvo.

—Alice.

La llamó en un susurro, con una voz masculina tan baja que casi habría resultado ridícula de no ser por el miedo que la acompañaba.

—Alice —repitió al notar que ella no contestaba.

—¿Lucca?

Alice abrió un poco más la puerta.

—¿Dónde estás?

Sus ojos violetas recorrieron los hermosos libreros cargados de conocimiento. Había mesas, sillones, mapas y candelabros.

Pero ni rastro de Lucca Fridckford.

—Aquí estoy —repitió él con el mismo tono—. Pasa y cierra, Alice.

—No hasta que te vea —dijo ella, recelosa ante aquella situación y ante el nerviosismo de su voz.

—Alice, vamos. No hay tiempo.

—No hasta que te vea —repitió, esta vez con más firmeza, tentada a marcharse de allí.

Pero Lucca no le dio esa opción. Salió de entre los libreros con una sonrisa trémula y una expresión casi funesta. Bajaba la mirada constantemente y no se acercaba más de lo necesario.

—¿Puedes pasar ahora? —preguntó, notando el recelo marcado en el rostro de Alice—. No recordaba esa timidez cuando nos veíamos a escondidas detrás de tu jardín.

Alice levantó la cabeza bruscamente. Su mirada se iluminó con una ira pura, antigua, alimentada por un resentimiento que aún no había aprendido a morir. ¿Cómo se atrevía a sacar ese tema?

—Ahora es diferente —respondió, sin permitir que el dolor se filtrara en su voz—. Estoy casada, felizmente casada y, para ser sincera, tu presencia y este constante acoso solo han venido a complicarme.

Lucca dio un paso hacia atrás, sorprendido por la seguridad con la que hablaba. Cuando él la conoció, Alice apenas podía expresarse en un tono audible. Ahora se defendía y no solo eso: no se turbaba ni tartamudeaba al exponer su punto de vista.

—Veo que… la vida de casada te ha servido.

—Me ha servido que alguien confíe en mí, además de mí misma.

—Yo confiaba en ti, Alice…

—Por favor.

Ella levantó una mano autoritaria en el aire, exigiéndole silencio.

—Enfoquémonos en lo que vinimos a tratar.

Lucca Fridckford se mostró renuente a dejar pasar el tema. Sí, había ido allí con la intención de advertirle sobre el complot, pero también porque deseaba llevársela. Alejarla de William era, a su juicio, la única forma de salvarlos a ambos.

—Tienes que alejarte de tu marido, Alice —dijo de pronto, dejando salir sus pensamientos sin medirlos.

—¡He dicho que solo hablaría del asunto…!

—¡Es de eso de lo que hablo!

Lucca se adelantó un paso y la tomó por los hombros.

—Piensa, Alice. Por Dios, piensa. —La zarandeó—. También me tienen vigilado. Sigo órdenes como si fuera un maldito perro.

—No entiendo.

—¿Quién querría haceros daño? —preguntó, intentando que ella llegara sola a la respuesta—. Vamos, Alice. Tienes que intentar pensar. En tu interior lo sabes.

—No…, yo… no lo sé —dijo, turbada—. ¿Quién? ¡Dímelo de una vez!

Lucca la soltó como si su piel le quemara. Pasó una mano por su rostro sudoroso, mostrando toda la angustia que lo poseía. Sus pasos eran largos, nerviosos, y revelaban una lucha interna que no conseguía resolver con facilidad.

—Lucca… —Alice le tomó el brazo y lo miró con súplica —. Por favor, Lucca. Es mi familia de la que hablamos.

Lastimosamente, aquella petición despertó en Lucca un sentimiento contrario a la ayuda. ¡Él debía ser la familia de esa mujer! Pero no se lo habían permitido. Lo habían obligado a dejarla plantada en el altar, lanzándola a los brazos de ese maldito Millentmont.

Qué bien lo conocían, pensó con una sonrisa cínica, qué bien sabían que aquello tentaría el honor y el orgullo de ese noble, que tocaría su caballerosidad como se toca la cuerda justa de un instrumento, lo tenían medido con una vara exacta.

—Alice. —Volvió a tomarla y cerró los ojos con dolor —. No me importa que ya seas… su mujer. Yo te amo. Podemos formar…

—No podemos formar nada —lo cortó ella, intentando zafarse del agarre con que Lucca le hundía los dedos.

—¡Piénsalo, Alice! —se exaltó él—. Sé cuánto llegaste a amarme.

—No seas pretencioso. —La joven se removió entre sus brazos—. Estoy casada ahora. Si no vas a decirme nada, entonces déjame ir.

—Te diré quién es la culpable de que no seas mi esposa en este momento —dijo él con furia. La ira y el dolor se asomaban en los ventanales castaños de sus ojos—. Pregúntale por qué nos hizo esto… por qué nos separó, cuando habríamos sido tan felices.

—¿Qué? —preguntó Alice, asustada por la brusquedad con que la trataba—. ¡Suéltame!

En medio del forcejeo, ambos olvidaron por completo que se escondían. No les importó tirar algunas cosas del salón. Incluso derribaron un gran jarrón de porcelana, que se estrelló contra el suelo con un sonido fuerte y sordo.

Alice se asustó y miró el piso cubierto de fragmentos, pero Lucca no lo notó.

No se daba cuenta de lo que hacía, solo quería mirar el rostro de la mujer que tenía enfrente, cuántos deseos tenía de besarla, de amarla, de hacerla suya, limpiaría cualquier rastro de Millentmont.

No le importaba que William la hubiera tenido antes que él.

La amaba, eso era todo lo que necesitaba.

Con una fuerza imposible de rebatir, Lucca la derribó. No se dio cuenta de que la hacía caer justo sobre los cristales rotos, los fragmentos se incrustaron en las rodillas y piernas de Alice, atravesando la delicada muselina rosada de su vestido.

La joven volvió a gritar al sentir cómo aquellas astillas se enterraban en su piel y comenzaban a manar el líquido rojo que debía permanecer dentro de su cuerpo.

—Vamos, Alice —suplicó él, intentando hacerla recostar la espalda.

Ella no lo permitiría por dos razones. La primera: no le facilitaría nada a un posible agresor. La segunda: si se recostaba, los cristales se le incrustarían también en la espalda.

—Deja que te muestre lo que es tener un buen amante —dijo él, perdido en su desesperación—. Te enseñaré lo que nos arrebataron.

—¡Basta! —gritó Alice.

Las lágrimas apenas dejaban que las palabras salieran de su boca.

Recordaba otra vez lejana en la que una situación parecida había ocurrido. Recordaba bien los brazos que la salvaron en aquella ocasión y, cuando escuchó que la puerta se abría, solo deseó que fuera la misma persona de aquella vez.

William miró la escena con una impresión imposible de describir, no sabía cómo interpretar aquello. Su ira pocas veces se tornaba explosiva, pocas veces perdía el control, pero, en ese momento, al ver a su esposa debajo de un imbécil que parecía querer obligarla a…

No podría detenerse y no lo hizo.

Con tres largas zancadas, William alcanzó a tomar a Lucca Fridckford por las solapas del saco. Con una fuerza descomunal, lo levantó del suelo y lo estampó contra la pared.