Lo que oculta un corazón: El impenetrable William Capítulo 19 #2
60%

Capítulo 19 #2

—Interesante, señor, puesto que no nos conocíamos antes de que lo estuviera —respondió ella con astucia—. Por lo tanto, debería recordarme ya casada.

El padre del muchacho aplaudió y rio, aunque la risa terminó mezclándose con un poco de tos.

—¡Por eso me gusta! —le dijo a su hijo—. Se da su lugar de una forma muy dulce, sin llegar a ser grosera.

—Y díganos, lady Charpentier, ¿llegamos en mal momento?

—Un poco temprano, señor Harnett —respondió Alice, sonrojándose al tener que decir la verdad—. Pero lo puedo controlar.

—Lo lamento —se disculpó el anciano—. Pero hay algo que quiero hablar con usted.

—¿Conmigo? —Alice levantó ambas cejas.

—Sí. Venga, lady Charpentier. —El hombre sonrió Tanteó el sofá situado junto a su silla de ruedas—. Quiero hablarle sobre política.

—¿Política? ¿Conmigo? —La joven se sentó.

—Sí —asintió él—. Será usted la cara de nuestra organización.

—¿Qué?

—El pueblo la ama, Alice Charpentier —dijo el hombre—. Se ha enamorado de usted desde que mostró humanidad para con ellos.

—Pero… —Alice se sintió halagada, aunque no por eso menos insegura—. Tengo que discutirlo con William.

—Lo entendemos —asintió el anciano—. Su marido apoya esta organización para el pueblo. No creo que tenga inconveniente.

—¿De qué habla, señor Harnett?

La voz de William interrumpió la conversación.

El presidente del Consejo entró en la habitación después de que un lacayo le abriera las puertas. Todas las miradas volaron hacia él. William avanzó con paso seguro y tomó asiento junto a su esposa sin pedir permiso a nadie.

—Sobre la propuesta de que lady Charpentier sea la cara de nuestra organización —dijo el señor Harnett sin mostrar tensión alguna—. Su mujer se ha ganado el cariño del pueblo.

Lo miró con firmeza.

—¿Qué opina usted, señor?

William miró a su esposa. Alice hizo lo mismo.

—Creo que lo discutiremos luego —dijo él, con los ojos fijos en ella.

No era tonto, veía la determinación de Alice, quería hacerlo, pero había situaciones que frenaban a William antes de dar una respuesta afirmativa. Su estado. Estaba casi seguro de que Alice estaba embarazada. El estrés de las cartas, de los atentados y ahora de la política podía ser demasiado.

No deseaba provocarle un ataque de nervios.

—No me diga, Millentmont, que es celoso —se burló Harnett joven.

William volvió la mirada hacia él con lentitud y sonrió.

—Sí, lo soy —respondió con seguridad—. Demasiado.

Ante esas palabras, el hombre no pudo decir nada. ¿Qué podía replicarse ante una afirmación tan segura y certera de un sentimiento?

—O tal vez crea que su mujer no tiene la capacidad…

—Mi esposa es capaz de hacer lo que quiera —lo interrumpió William—. Pero hay minucias personales que debo tratar con ella antes de que acepte o se niegue. ¿Tiene eso algún inconveniente?

—Ninguno —dijo el mayor, mucho más prudente y perceptivo—. Ninguno en absoluto, señor presidente del Consejo.

Remarcó el título para recordarle a su hijo con quién estaban hablando. William pareció complacido ante aquella muestra de respeto y se dirigió a su mujer.

—Ve a terminar la velada —indicó—. Yo atenderé a los Harnett.

Alice sonrió agradecida y, sin replicar, se puso en pie, hizo una leve inclinación ante los dos hombres antes de salir de la habitación con premura. William esperó a que Alice se alejara lo suficiente antes de lanzar una mirada severa a ambos.

—Lo sabemos, Millentmont —dijo el mayor de los Harnett—. Sé que estará molesto porque hemos actuado a sus espaldas. Pero meter una idea en la cabeza de una mujer es ideal para convencer al hombre.

Sonrió apenas.

—Créame, señor Millentmont. Ella es la mejor opción.

—Ya lo decidiremos.

A las ocho en punto, los invitados comenzaron a llegar a la importante velada de Versalles.

El banquete formaba parte de unos días de cacería en la zona y de varias jornadas de discursos, reuniones y propuestas políticas dirigidas al presidente de Francia y al presidente del Consejo.

Alice permanecía de pie junto a su marido en la entrada, recibiendo a cada uno de sus invitados.

Incluso tuvo que tragarse su orgullo al recibir a Marcela Quilet y a la duquesa de Montsenpier, quienes no se limitaron a besar a William más de dos veces ni a molestarla con conversaciones comprometedoras que su marido intentaba evitar o disuadir con la elegancia de costumbre.

A pesar de que aquellas mujeres la sacaban de quicio, Alice tenía otras prioridades: pensaba en la propuesta de los Harnett, en los posibles pensamientos de William y, sobre todo, en la carta de Lucca.

En el encuentro que tendría con él.

De hecho, aún recordaba los escalofríos que sintió cuando Lucca llegó y se vio obligada a saludarlo. William, a su lado, no pudo evitar tensarse. Ambos estaban pensando en lo mismo.

El encuentro. Ese maldito encuentro que, según la carta, debía tener lugar entre Alice y Lucca sin que William estuviera presente.

La tensión entre la pareja era palpable.

A pesar de sus sonrisas y de la actitud cariñosa que mostraban ante los invitados, ambos sentían la distancia que se había instalado entre ellos. Una distancia nacida de todas las cosas que se ocultaban con la intención mutua de protegerse.

Eran las diez de la noche cuando la pareja llegó a un punto crítico.

Ambos se lanzaban miradas desde diferentes partes del salón.

De alguna forma, intentaban escaparse el uno del otro, sobre todo cuando Lucca rozó ligeramente el hombro de Alice para indicarle que ya era momento de hablar.

Alice miró el salón con nerviosismo, sonrió con dulzura hacia las personas con las que conversaba y comenzó a caminar hacia la biblioteca.

William, por su parte, observó el salón, entonces se dio cuenta de que había dos ausencias importantes: su esposa y ese idiota de su antiguo prometido, se maldijo y empezó a caminar hacia la biblioteca.

—William —lo llamó Andrei de pronto, acercándose junto a su esposa con una sonrisa inquebrantable—. No tienes perdón, amigo.

—¿Qué?

William se volvió distraído.

—¿Qué hice ahora?

—No nos has visitado en semanas. ¡Meses! —se quejó Amber, tomada del brazo de su esposo.

—Lo siento —dijo William sin sentimiento, mirando por encima del hombro de sus amigos—. Tengo que hacer algo.

—¡Vaya! Ahora eres maleducado.

—En serio lo lamento.

Pasó de largo. Si sus cálculos eran correctos, Alice y Lucca llevaban más de veinte minutos desaparecidos.

William era celoso. Muchos pensaban que no tenía corazón y que los sentimientos eran para él apenas una palabra ajena.

Pero la verdad era muy distinta. William era explosivo, dominante y posesivo en lo que le importaba y su mujer no entraba en ninguna negociación.

Avanzó hacia la biblioteca con paso apresurado, casi creía escuchar la conversación que ellos mantenían. Se preguntaba cómo había sabido Alice del encuentro. Tal vez él le había escrito directamente. Tal vez había recibido otra carta sin decirle nada.

¿Seguirían amándose? ¿Desearía Alice estar con él? Esos pensamientos le atravesaban la cabeza cuando, de pronto, escuchó algo que le heló la sangre.

Un sonido sordo, después, un grito fuerte. Su esposa. Sí. Era la voz de su esposa. Eso lo hizo correr el resto del trayecto hasta la biblioteca y entrar de forma abrupta.

Lo que vio…

No podía describirlo.