Lo que oculta un corazón: El impenetrable William Capítulo 19
59%

Capítulo 19

E l banquete de Versalles se llevaría a cabo aquella misma noche.

Como era de esperarse, Alice estaba despierta desde muy temprano.

Se encontraba sentada en la cama, rodeada de papeles esparcidos por toda la colcha.

Algunos, incluso, habían terminado sobre el cuerpo de su esposo dormido, quien permanecía ajeno al estrés y a los nervios que ella experimentaba en ese momento.

William despertó a su hora acostumbrada.

Era extraño que no abriera los ojos a las seis y cuarto de la mañana, lo habitual era encontrarse con su esposa dormida junto a él o, incluso, sobre él. Por eso le resultó curioso descubrirla despierta, despeinada y rodeada por una verdadera estampida de documentos.

—Alice —murmuró William, intentando moverse.

Pero al notar que el sonido de las hojas aplastadas aumentaba conforme se removía, prefirió quedarse quieto, esperando a que su esposa apartara aquel desastre antes de arruinar algo importante.

Alice levantó la vista y comenzó a recoger los papeles con rapidez.

—Lo siento —se apresuró a decir, despejándole un espacio.

Cuando William consideró que ya no estaba en peligro de destruir el pedido de flores que su esposa tenía registrado en una de aquellas hojas, se incorporó en la cama y observó el desorden.

Luego observó el cabello, aún más desordenado, de Alice.

—¿Qué haces despierta tan temprano? —preguntó con una sonrisa.

El estado de su esposa no podía parecerle otra cosa más que encantador.

—Estoy revisando que no me falte nada —contestó ella distraídamente, recorriendo los papeles con los ojos sin volver siquiera el rostro hacia él.

—No te estreses demasiado.

William apartó las sábanas y se puso en pie, estirándose antes de comenzar su nuevo día.

—Ya tienes todo resuelto.

—Sí, pero aún debo cerciorarme de que todo salga como lo planeé.

Alice lo miró con evidente angustia.

—Las flores llegarán a Versalles a las doce, el banquete comenzará a prepararse a las tres, las mesas estarán dispuestas a las dos y…

—Alice.

William la interrumpió al darse cuenta de que enumerar todas sus tareas solo incrementaba su ansiedad.

—Todo saldrá perfecto. ¿Entiendes?

—No.

Ella negó y volvió a concentrarse en sus papeles.

—Tú no lo entiendes.

Suspiró.

—A ti todo te sale bien.

William guardó silencio.

En realidad, había cosas que se escapaban completamente de su control, y eso lo volvía loco. La afirmación de su mujer era infundada, no podía hacer que todo saliera bien, podía intentarlo, sí, pero no siempre conseguía que el mundo obedeciera a su voluntad.

—Solo no te agobies demasiado —pidió él, acercándose para pasar una mano cariñosa por su mejilla—. Te hace daño.

—No me hace daño —respondió Alice sin mirarlo—. Es solo un poco de estrés. Puedo soportarlo.

William lo dudaba.

Su esposa era demasiado distraída en ocasiones, cuando estaba nerviosa, dejaba de prestarse atención a sí misma, pero él sí la observaba y no cabía duda en su cabeza.

Alice llevaba consigo a su primer hijo, sin poder evitarlo, William sonrió, aquello llamó la atención de la joven, que levantó la mirada de inmediato.

—¿Por qué sonríes? —inquirió, con una ceja alzada.

—Por nada.

Él le besó la mejilla.

—Intenta calmarte.

—Sí, claro —respondió ella, volviendo a sus papeles—. Lo haré.

Eran las ocho de la mañana cuando William salió de su casa en dirección al despacho. Ese era el día, el día que la carta dirigida a su mujer estipulaba un encuentro del cual él debía quedar excluido.

Lo gracioso era que, al final, quien quedaría excluida del asunto sería Alice, porque no había forma de que se enterara de aquella cita si la carta jamás había llegado a sus manos.

William se acomodó la gabardina negra sobre los hombros, intentando protegerse del frío que ya comenzaba a instalarse en la ciudad. París era hermosa en todas las estaciones, pero el invierno tenía algo precioso, casi solemne. Era, por mucho, su época favorita.

Suspiró y volvió un poco el rostro hacia la casa, como si de pronto fuera a ver a su esposa asomada por alguna ventana.

Era poco probable.

Con el estado de nervios en que se encontraba, Alice seguramente seguía enredada entre listas, flores, menús y protocolos.

—¿Nos vamos, excelencia? —preguntó su cochero, que lo esperaba pacientemente con la puerta abierta.

—Sí —dijo William, un tanto distraído—. Sí, vámonos.

Subió al carruaje y dio la orden de llevarlo a su despacho.

Solo esperaba que todo saliera bien.

Solo esperaba que Alice permaneciera a salvo.

Para ese momento, William pensaba seriamente que a su mujer le gustaba arriesgarse, considerando que había omitido durante días el detalle de aquellas cartas con las que alguien la acosaba.

Alice se levantó de la cama cuando la señora Pakins le informó que algunas doncellas encargadas de la decoración y la disposición del salón ya estaban llegando. Partirían hacia Versalles en cuanto ella estuviera arreglada.

—Marquesa —dijo la señora Pakins con educación.

Desde hacía tiempo, Alice parecía haberse ganado el respeto de aquella mujer. No era demasiado cortés ni amable, pero al menos le daba su lugar y eso, para Alice, ya era un avance enorme.

—Debemos salir lo antes posible hacia el palacio. Ya tenemos su vestido de gala en el vestíbulo, así como sus joyas.

—Gracias, señora Pakins —respondió Alice con tranquilidad, retirando las sábanas y reuniendo las hojas para colocarlas dentro de su sujetapapeles—. ¿Ya están los cocineros en Versalles?

—Sí, señora —asintió Goretti, entrando con su propia tabla de tareas—. Llegaron hace una hora.

—Bien.

Alice levantó la vista por primera vez.

—Ayúdenme a vestirme, por favor. El vestido sencillo que puse en el armario de William.

—Sí, marquesa.

Alice suspiró lentamente y tomó la tabla entre las manos, levantó unos cuantos papeles y se encontró con la carta que Lucca le había dirigido.

Aún dudaba qué hacer. No sabía si asistir o no a aquella reunión.

La curiosidad la asaltaba, porque sabía que Lucca tenía respuestas, y esa cita parecía ser la única forma en que él se las diría.

Releyó una vez más aquellas simples palabras donde se especificaba el lugar del encuentro y suspiró, no era lo único que le preocupaba, su querida “Ayuda” también le había escrito algo, y sus palabras distaban mucho de ser tranquilizadoras:

Problemas, problemas, Alice Miller. Te encantan los problemas. ¿Serás lo bastante lista para salir de ellos?

Problemas. Eso era lo que su “ayuda” le anunciaba sobre la reunión, tal vez tuviera razón, pero no había opción. Lucca era el único que sabía quién podía estar detrás de las cartas, y esa información era algo por lo que Alice estaba dispuesta a arriesgarse.

—Señora —la llamó Sandre desde la puerta—. Estamos listas.

—Bajaré enseguida.

Alice miró a su alrededor y cerró la puerta lentamente.

La persona de las cartas debía de tener un infiltrado dentro de la casa, aún recordaba con un escalofrío el día posterior a la primera vez que hizo el amor con William.

De alguna manera, el remitente de las cartas había sabido que aquello había ocurrido entre ellos y se lo hizo saber casi de inmediato.

Se sentía observada constantemente, desconfiaba de todo el mundo, pero no le quedaba más opción que seguir viviendo e intentar protegerse a sí misma y al hombre que amaba.

Durante el trayecto hacia Versalles, Alice no pudo evitar pensar en la carta que William tenía. Esa carta que lo ponía nervioso y le provocaba un exceso de protección hacia ella.

No le era posible descubrir su contenido y eso la enloquecía.

El día transcurrió con aparente tranquilidad.

Alice se movió entre arreglos, decoraciones y organización de cubiertos.

Su trabajo iba desde probar la comida hasta cerciorarse de que la disposición de los platos fuera perfecta.

Escuchó la entonación de la cantante de ópera y luego a la orquesta.

Las flores comenzaron a colocarse alrededor del enorme salón, dotándolo de una elegancia exquisita, los candelabros se alzaban majestuosos, y todo empezó, poco a poco, a tomar forma.

—¡Marquesa! ¡Marquesa!

Una doncella llegó con una urgencia evidente.

—¿Qué pasa, Jessica? —preguntó Alice, alterándose por el tono.

—El señor Harnett y su hijo han llegado —anunció la muchacha con los ojos desorbitados.

—¿Qué?

Alice se sobresaltó.

—¿Por qué tan pronto?

Miró el reloj situado en una de las paredes.

—Apenas son las seis. Los citamos a las ocho.

—Lo sé, marquesa —asintió la doncella—. ¿Qué hago?

—Nada.

Alice se quitó el mandil que llevaba puesto e intentó arreglarse el cabello lo mejor posible, luego miró a la señora Pakins, quien la observaba horrorizada por la situación.

Alice sonrió.

—Encárguese en mi ausencia, señora Pakins —pidió—. Que todo salga como lo he planeado.

—Pero, excelencia… —se adelantó Goretti, considerando la ausencia de la organizadora como una catástrofe.

—Siempre surgen imprevistos —dijo Alice—. Tenemos que enfrentarlos, no evadirlos. Yo iré con ellos.

La señora Pakins admiró la determinación de aquella mujer que, en otro tiempo, había clasificado como endeble y poco astuta. Se había equivocado, indudablemente, Alice era una mujer lista y mucho más segura de lo que ella había pensado.

Alice entró en la habitación a la que habían conducido a los Harnett y sonrió lo mejor que pudo, aparentando tranquilidad ante la intrusión de aquellos dos hombres a deshoras.

—¡Oh! —aplaudió el anciano en silla de ruedas—. La preciosa Alice.

—Señor Harnett —sonrió Alice—. Me da gusto que asistiera.

—¿A una velada que organiza usted?

El hombre sonrió.

—Por supuesto.

—Parece que ha encantado a mi padre, señorita Alice.

—Señora —corrigió—. Y su padre me resulta de lo más grato.

El menor de los Harnett sonrió y asintió un par de veces.

—Veo que respeta mucho al presidente del Consejo, perdone mi falta de educación también, no me acostumbro a que esté casada.