Lo que oculta un corazón: El impenetrable William Capítulo 18 #2
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Capítulo 18 #2

Ella pasó las manos por el cabello sedoso de su marido, acercándolo más, permitiéndole reclamarla allí mismo, en una estancia que nada tenía que ver con la recámara y, precisamente por eso, parecía más indecorosa.

Más tarde, cuando ambos recuperaron el aliento, William ayudaba a su esposa a colocarse el vestido nuevamente, no resultaba muy eficaz, puesto que seguía esparciendo besos por su espalda y sus hombros.

—William —habló Alice cuando él terminaba de abrochar los botones de su vestido—. ¿Tienes algo que es mío?

—Sí, cariño. Tengo muchas cosas.

Lo dijo con una picardía que aludía sin pudor a lo que acababa de ocurrir entre ellos.

—¡No, William!

La joven se sonrojó.

—Hablo… hablo de una carta.

—Una carta…

William fingió pensarlo.

—No. No la tengo.

Alice dio media vuelta y lo miró impresionada; William no mentía nunca, al menos no que ella supiera. ¿Por qué comenzaba a hacerlo justo ahora? Aquello le daba más indicios de que sí la tenía.

—¿Qué? —sonrió él con tranquilidad, dando un beso en su boca.

—Nada —lo miró consternada—. Solo creí que la tenías.

—Pues no.

William se irguió y caminó por el despacho.

—William. —Alice detuvo—. Jamás me ocultarías cosas, ¿verdad?

Él sonrió y besó con ternura la frente de su esposa.

—Solo si tú no lo haces. —Con eso le daba todas las respuestas. William, en pocas palabras, le decía que no pidiera algo que ella misma no estaba dispuesta a dar—. Bien, tengo que regresar, espero que no vuelvas a salir esta tarde. El día parece nublado y no quiero que te resfríes con la lluvia.

Alice estaba un poco perdida, seguía pensando en la carta que William le ocultaba, sin ella, Thomas no podría ayudarla, no avanzarían en ninguna dirección, probablemente seguiría recibiendo todas aquellas notas sin tener oportunidad de tocar una más.

—Me quedaré —dijo al fin—. Tengo ganas de practicar piano.

William volvió los ojos hacia ella mientras terminaba de abotonarse la chaqueta, la duda se reflejaba en las tres arrugas que se formaban en su frente, pero no dijo nada. Se irguió, como siempre, y asintió. No le quedaba más opción que creer que decía la verdad.

—Volveré para la cena —dijo—. Tienes que organizar el banquete del Senado. Supongo que recuerdas que estás a cargo de ello.

—Sí —respondió ella con seguridad. En realidad, era un alivio que se lo hubiese recordado—. Tengo muchas cosas que hacer.

William colocó su reloj de bolsillo en el chaleco y dio su atuendo por terminado, se acercó a su mujer y besó dulcemente su frente, algo de duda seguía fijo en su interior, pero no podía mantenerse más tiempo en casa.

Alice notó aquella duda espantosa. No quería que pensara que era posible que ella lo engañara, de hecho, desde el día en que William le preguntó aquello mientras estaban juntos, había sentido un terrible arrepentimiento por hacerlo dudar.

Ella lo amaba.

No podía creer que su marido no se diera cuenta.

—William —lo llamó antes de que saliera de la habitación.

Su marido la miró con una ceja levantada, esperando a que dijera algo. En lugar de eso, Alice prácticamente corrió hacia él y se lanzó a sus brazos, enredando sus delgadas manos en el cabello negro de su marido para plantarle un beso que él, ciertamente, no esperaba.

—¿Planeas retenerme aquí? —sonrió William.

—Me gustaría decir que sí —respondió Alice, apoyando de nuevo los talones en el suelo, puesto que se había puesto de puntillas para alcanzar los labios de su marido—. Pero no eres mío.

—¿Qué?

William ladeó la cabeza con dulzura.

—Le perteneces a Francia. Y yo comprendo que debo compartir.

—Soy tuyo.

Le besó los labios, mordiéndola apenas antes de apartarse.

—Solo que tengo trabajo.

Alice sintió aquellas palabras en lo más profundo de su ser. Una sonrisa preciosa salió desde su corazón y se reflejó hasta en sus ojos.

—Te veré más tarde.

—Cuídate, por favor, Alice —pidió él, recordando las sospechas que tenía sobre el posible embarazo de su esposa.

—Tranquilo.

Ella le tocó la mejilla.

—Estaré bien.

William asintió una vez más y, en esa ocasión, nadie lo retuvo en la casa, por fin pudo marcharse a trabajar.

Alice, en cambio, casi arrancó el cordón de la campanilla por la fuerza y la constancia con que tiró de él. Una pobre doncella, totalmente desorientada, abrió la puerta de la habitación, pensando que la señora se encontraba en algún problema.

—Ayúdame con el vestido —pidió Alice, alterada—. Rápido, Cassidy, por favor.

—Sí, señora.

La joven doncella asintió, aliviada de que solo se tratara de eso.

Alice tenía prisa. No deseaba que el correo pasara por otras manos que no fueran las suyas. Sabía perfectamente que la señora Pakins acostumbraba a revisar las cartas a las diez.

Era tarde, pero todavía alcanzaba a quitarle la correspondencia a aquella mujer despreciable, que seguramente correría con William para contarle todo como si fuera una falta gravísima.

La joven marquesa bajó prácticamente corriendo las escaleras, y decir que atacó al mayordomo sería una forma amable de describir lo ocurrido.

Tal como sospechaba, había dos cartas destinadas a ella, una con su apellido de soltera, otra con su nombre de casada, una de la persona que los amenazaba y la otra, de Lucca Fridckford.

Eso pensaba ella. Seguramente William tenía bajo su resguardo el resto de las cartas que iban dirigidas a ella, tal vez lo hacía para protegerla, pero era una violación a su privacidad.

De hecho, no creía a William capaz de algo semejante.

Sin importar nada más, abrió primero la carta de Lucca, en la que seguramente le diría dónde se verían para la supuesta explicación que debía darle.

Alice:

Esto no puede extenderse más. Me alejé por una razón, y para este momento deberás comprender cuánto te amo.

Nos veremos el día del banquete en Versalles, en la biblioteca. Espero que sepas cómo llegar.

Un saludo cordial, Lucca.

Alice arrugó la carta y suspiró.

No era una buena idea, no quería que William hiciera conjeturas sobre esa situación, pero tampoco se lo diría. Tenía que ir y seguramente William no la dejaría.

Era necesario saber lo que su antiguo prometido tenía que decir y, justo en ese momento, otra carta estaba siendo abierta después de mucho tiempo. Aquella carta oculta entre el hollín de una habitación que había sido escenario del intento de asesinato de Alice.

Dirigida a una sola persona:

Alice Miller.

Ve a la biblioteca el día del banquete de Versalles.

Cuida que no vaya tu marido, querida. Será lo mejor. Ya sabes a lo que me refiero.

Con cariño, Una ayuda.